Ana, esposa amante (6): Sorpresa en la empresa de mi marido

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Después de esa noche que al volver del trabajo me encontró atada, prácticamente desnuda y con el tapón en el culo, mi marido ha estado muchos días casi sin hablarme. Aunque aprovechó mi delicada situación para follar mi culo como nunca antes había hecho y pensé que eso le había acercado a mí y había hecho renacer sus deseos para conmigo, creo que en realidad después se avergonzaba de mí por verme así e incluso de sí mismo, por haberme dado nalgadas y después encularme y llamarme de todo. Él supone que nadie antes me había dado por culo y que lo tenía virgen. Pero eso ya no era así desde que le fui infiel y ya me habían estrenado el ano mis dos vecinos.

Y ahora ya no es solo que mi esposo me ignora a nivel sexual, sino que nada más se dirige a mí con monosílabos y sin apenas mirarme. Yo, por mi parte, no puedo creer cómo he pasado en un par de meses de ser una mujer totalmente fiel a sentirme una fresca al haber engañado a Roberto con mi vecino Álvaro y con mi vecino Nacho. Y haber estado además con mis dos amantes a la vez y pasar de tener mi culo virgen a haber sido enculada ya por tres hombres, incluido mi esposo. Lo mejor es que he pasado también de haberme sentido tan poco deseada a verme ahora tan atractiva, de alcanzar apenas el orgasmo a ser multiorgásmica e incluso llegar a eyacular como una fuente.

Sé que el hecho de tener un esposo a quien atrae tan poco el sexo es la causa de que le haya sido infiel, pero aun así no justifico haberle puesto los cuernos. Y es que le quiero mucho y siempre le querré. Así que he decidido arreglar mi situación con él, hacer que me perdone, no seguir engañándole y conformarme con nuestro coito mensual, con un poco de suerte, y con darme auto placer con mis consoladores. Y ya nunca más engañarle con mis dos vecinos.

Así es que esta mañana decidí darle una sorpresa y presentarme a verle a su empresa, de la que es propietario, e invitarle a dar un paseo y a comer. Para eso reservé mesa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, su preferido. Al irse por la mañana le dije:

—Adiós, amor, hasta la noche, cariño.

Y él apenas me contestó con un “adiós” ni sin mirarme a la cara. Enseguida me dispuse a prepararme, me depilé bien las axilas, el pubis y el sexo y me miré al espejo, guapa y peladita como una niña. Antes les gustaba que no tuviera ni un pelo en el cuerpo. Ahora mismo ya no lo sé.

Después de ducharme me puse mis braguitas más sexis, blancas con pequeños lunares negros, tipo culote, y los sostenes a juego, que me hacen los pechos aun algo más grandes y erguidos. Me puse unas medias negras que me llegan a los muslos, poco más arriba de las rodillas, una blusita blanca muy transparente y escotada y un traje marrón claro, con una faldita muy corta, para que fácilmente muestre las ligas y mis muslos desnudos y una chaqueta muy elegante. Es uno de mis mejores trajes y, definitivamente, el más sexy. Quiero recuperar a mi marido. Hoy verá que soy una señora elegante y así olvidará que me viera como una fulana esa noche en que me enculó.

Me maquillé muy guapa y cuando salí de mi piso me encontré con Álvaro:

—Oh, vecina, pero ¿dónde vas tan guapa y elegante? ¡Espero que a mi piso!

—No, no, Álvaro, eso se acabó. Tengo a mi esposo muy enfadado conmigo. Y es por tu culpa.

—Bueno, tú también tienes algo de culpa, ¿no? —contestó guiñándome un ojo.

—Te pasaste tres pueblos al dejarme de esa manera, atada, casi desnuda y con el plug en el culo, cuando sabías que llegaría mi marido Roberto. ¡Con lo bien que me porté con vosotros dos! Os dejé hacer conmigo todo lo que deseasteis.

—Todo, no. Sabes que no pudimos hacer esa doble penetración en tu culo.

—Pero eso no fue culpa mía. Sabes que me lo dejaba hacer… incluso lo deseaba. —me avergüenzo al reconocer eso— Pero no pudisteis.

—Eso tendrá solución. Tú lleva a menudo el tapón y verás como la próxima vez…

—¡No, no habrá próxima vez!

—Mujer…

—Nunca más confiaré en ti.

—¡Fue una broma, Ana! No te lo tomes así. Mira, si vuelves pronto de donde sea que vayas, por favor, ven a visitarme. ¡Me encanta verte así tan elegante, como una señora!

—¡Es que soy una señora! Puedes esperarme sentado, nunca me verás. Venga, déjame, ¡adiós!

—Adiós, adiós, señora Ana, ¡hasta luego!

Por la calle los hombres me devoraban con los ojos. Aunque ya no soy una jovencita, desde hace unos meses me vuelvo a sentir atractiva y muy deseable. Una perfecta milf. Al subir al taxi, el conductor no pudo evitar mirar mis muslos y relamerse. ¡La verdad es que me encanta gustar a los hombres! He estado demasiados años sintiéndome poco deseable. Esperaba que a mi marido también le encantara y así recuperar su cariño.

Al llegar a la empresa de Roberto, todo el mundo ha sido muy amable conmigo. Se nota que todos quieren a mi esposo. Antes de acceder a su despacho, su nuevo secretario me saluda muy amablemente y le explico quién soy. Y él contesta:

—Soy Enriquito, el nuevo secretario de su esposo.

—No sabía que Roberto había cambiado a su secretaria.

—Bueno, digamos que la ha ascendido, ella… es como si ahora fuera una super secretaria, su asesora, su persona de confianza.

—Ah, bueno, vale. Entro a ver a Roberto, está en su despacho, ¿verdad?

—Esto… bueno… sí, pero, el señor Roberto me ha dejado muy claro que tiene mucho trabajo y que nadie debe molestarle.

—Ya… pero yo soy su esposa… ¡Entro!

—No, no, ¡por favor! Se va a enfadar. No… ¡Señora!

¡Al entrar no puedo creer lo que veo! Roberto tiene los pantalones en los tobillos y Margarita, en cuclillas y con los pechos por encima del escote, le está haciendo una felación mientras le agarra los testículos con las dos manos y él le arremanga la faldita, le aparta las bragas y le mete un dedo en el culo y con la otra mano le agarra una teta.

—¡Vamos, mama, mama, Margarita, que bien la chupas, oh!

—¡Venga, córrete, cabrón, córrete! ¡Lléname la boca con tu leche!

—Señor Roberto, perdone usted, no pude evitar que su mujer…! Oh!

—¿Pero… qué? —se sorprende mi esposo— ¡Ana!

—¡Roberto! ¡No puedo creerlo!

—¡No es lo que parece, Ana! ¡Deja que te explique!

—Oh, ¡qué vergüenza! —exclama Margarita, bajándose la falda, que apenas cubre unos centímetros de sus muslos, y limpiándose los labios, aún con los pechos al aire.

—¡Esta me la vas a pagar! ¡Ahora entiendo por qué apenas me miras! —me voy cerrando la puerta de golpe.

—Enriquito, ven, por favor, estoy muy nerviosa. ¡Llámame un taxi! ¡Ay, creo que me voy a desmayar! ¡Qué disgusto!

—Señora, siéntese, siéntese. Mire, la acompaño a esa sala, mientras viene el taxi. Está usted muy alterada.

—Enriquito, gracias, ¡eres muy amable! Que bien me viene este sofá. Creía que mis piernas no me iban a sostener. Estoy temblando. ¡Nunca hubiera pensado que Roberto me pusiera los cuernos, ay!

—Permítame que le prepare una copa. ¿Whisky? ¿Ginebra? ¿Coñac?

—¿Tienes vodka? No bebo nunca, pero… ponme un vodka, llena bien el vaso… hmmm, gracias, ah, eres muy amable —mientras bebo todo el licor de un trago, no puedo evitar ver que Enriquito me mira las piernas y me doy cuenta de que la falda me ha subido mucho y que enseño las ligas, los muslos e incluso algo las braguitas. Entonces, al ver el deseo del secretario, tengo una idea malvada que solo de pensarla ya me excita y noto como humedezco el culote.

—¿Quiere algo más, señora?

—Pues sí, Enriquito. Pero no me llames señora, por favor. ¿Cuántos años tienes?

—¿Yo? Veinticuatro.

—Una buena edad. ¿Sabes que eres muy guapo? —le piropeo mientras separo mis muslos y enseño ya completamente las braguitas empapadas al secretario de mi marido, lo que hace que él no pueda evitar un “oh!”—¿Qué miras, Enriquito? Oh, uy, sin querer se me ven las bragas, ¡oh! ¡Que apuro! ¡Ay, además veo que las estoy mojando! ¿Te gustan, Enriquito? ¿Te gustan mis braguitas? Aunque están empapadas y así son casi transparentes. ¿Te gustan o no?

—¿Eh? Yo… —balbucea el joven sonrojándose— Sí, son muy bonitas, señora… Ana.

—A ver… —digo pasando un dedo por las bragas, por encima de mi rajita y luego llevándomelo a la boca— Están muy ricas las braguitas. Bonitas, sexis y sabrosas. ¡Ven, ven, Enriquito! ¡A ver si a ti te gusta su textura, su olor y su sabor!

Agarro su mano derecha, se la acerco a mis bragas y hago que las acaricie por la parte de mi clítoris y mi raja. Luego llevo su mano a su cara para que la huela. Hago que se arrodille, me abro completamente de piernas, aparto mis bragas y al momento él se amorra a mi sexo y empieza a lamerlo, a besarlo, a sorberlo, me introduce un dedo y yo me abro más para él y le empujo la cabeza hasta mi vulva y me lame desde el ano hasta el clítoris.

Le aparto un momento para quitarme completamente las braguitas y veo su enorme bulto debajo del pantalón y le digo que todavía estoy disgustada y que necesito que me mime más y me meto un dedo en el coño y se lo ofrezco empapado y él me sorbe el dedo. Él separa más mis muslos y se vuelve a amorrar a mis labios vaginales y me dice “está muy rica señora” y yo le digo que Ana y que me diga más cosas bonitas. Y él me dice que huelo muy bien y que nunca había estado con una mujer completamente rasurada y yo le pregunto entre ayes y suspiros si le gusta y él dice que le encanta y yo le miento cuando le explico que nunca había sido infiel a mi marido y que él es el primero y eso parece excitarle porque me llama Ana y amor y que estoy muy buena.

Yo ante tanto cariño no puedo evitar correrme y lanzarle chorros a su cara y él se sorprende y se relame y se traga tanto squirt como puede y enseguida vuelve a besar mi sexo, a introducir un par de dedos en mi vagina y otro par en mi culo, que levanto para él y huele con placer sus dedos y acaricio su bulto que no para de crecer bajo el pantalón y le digo si quiere correrse en mi cara como yo me he corrido en la suya y él dice que si puede y yo le digo que lo deseo y él se saca su tranca completamente erguida.

Y yo abro los ojos y se la agarro con las dos manos y me la llevo a la boca aún espatarrada para que Enriquito tenga libertad absoluta para jugar con sus manos en mi clítoris, mis labios, mi perineo, mi culo, mis nalgas, mis muslos y él dice que no puede más y que se va a correr y yo le digo que sí, sí por favor y saco su pene de mi boca para que me llene la cara con su lefa y él empieza a correrse entre un mar de gemidos y suspiros y me dispara su leche a la nariz, a los ojos, a las mejillas, a la barbilla, a la frente… y entonces oigo la voz del señor Narráez que entra a la sala:

—Oh, Enriquito, pero ¿qué le haces a la señora?

—Yo, esto… —balbucea Enriquito, con su pene apuntando a mi cara llena de esperma y con un par de dedos en mi vagina y otro par en mi culo espatarrado.

Me levanto del sofá, me bajo la falda para cubrir mi sexo y con la lengua limpio algo mi cara.

—Jonás, no riñas al chico. Él ha sido muy amable conmigo. Como puedes ver —sonrío y le guiño un ojo.— He tenido un disgusto muy grande con Roberto. Ya debes de saberlo. Y seguro que toda la oficina sabía que me era infiel. Y Enriquito me ha estado consolando.

—Sí, yo, bueno, Ana, precisamente venía a ver cómo estabas… siento lo que pasó. Pero esto que has hecho con Enriquito…

—Es lo menos que se merece mi marido. Yo siempre le he sido fiel. Y mira cómo me lo paga. Enriquito se ha portado muy bien. Y tú, deberías hacer lo mismo —le digo mientras voy recogiendo el semen de Enriquito de mi cara y lo llevo a la boca.

—Ana, para eso vine cuando me enteré. Por si necesitabas algo.

—Pues sí. Todavía estoy muy triste. Enriquito, por favor, ponme otro vodka —pido al secretario acabando de dejar mi cara limpia de su leche al recoger la que quedaba en mi ceja derecha y saborearla y tragármela — Y tú, Jonás, ven. Mira cómo estoy de triste.

Me doy la vuelta, me subo algo la falda para enseñarle enteramente mi culo, me inclino y le muestro también mi sexo húmedo.

—¿Ves cómo necesito consuelo? —le pregunto mientras me bebo el segundo vaso de licor.

—Ana, por favor, tápate, yo nunca… tu esposo…

—Él me ha sido infiel con Marga. Y tú lo sabías. ¡Seguro! Ahora tienes que consolarme. Me lo debes.

—No… sí, es cierto, todos sabíamos que… Roberto…

—¡Me ha engañado él y me habéis engañado todos! ¡Mira! —me aparto algo la chaqueta y le enseño mi escote y él puede ver mi sostén blanco con lunares negros que realza todavía más mi pecho— Coge mis tetas, necesito que me las mames y así no esté tan triste.

—Pero Roberto es mi jefe… yo no puedo…

—Señora, si quiere… yo… —se ofrece Enriquito que se muere de ganas de agarrar y sorber mis pechos.

—Tú sí eres un hombre, Enriquito. Ven, ¡toma! —me desabrocho un par de botones de la blusa y saco mis pechos del sostén y se los ofrezco y los empieza a mamar, a lamer, a besar y a mordisquear.

Desearía que de mis tetas brotara leche para que él la bebiera como un lactante. Llevo mi mano a su pene otra vez empalmado y se lo masajeo por encima del pantalón y noto cómo crece y él me masajea el clítoris y oigo como Jonás grita que ya no puede más y que espera que mi Roberto le perdone pero que siempre me ha querido follar y viene por detrás, se saca su verga, me sube la falda e intenta penetrar mi culo.

Yo me inclino un poco y separo mis nalgas para él y le digo que me dé por culo y que nunca me la ha metido nadie por ahí -mentira- y que él será el primero y eso le excita mucho y me penetra de golpe y me duele y me excita y le digo que me rompa el culo que es lo que mi marido se merece y él dice que sí que me lo va a reventar y que mi marido es un cerdo y una mala persona y que no entiende que teniendo a este pibón se lo haga con otras mujeres, lo dice así, en plural, y yo bajo la cremallera del pantalón de Enriquito y le saco su verga y la masturbo tan hábilmente que se corre en mi barriga y mis muslos y yo recojo su leche y me la llevo a la boca.

Oigo abrir la puerta y entran otros dos ejecutivos de la empresa. Ante su sorpresa ven que les hago una señal para que se acerquen, me inclino hasta la altura de sus braguetas mientras don Narráez me sigue enculando, les desabrocho su pantalón y les digo que saquen sus pollas que les haré una mamada que no la olvidarán y no se hacen de rogar mientras uno me dice que había soñado con que se la mamara con mis labios tan sensuales y él otro que si puede tocarme las tetas que se balancean y apuntan hacia abajo mientras Enriquito sigue mamándolas.

Yo les digo que sí y que por favor se corran en mi cara y noto que eso excita más a Jonás porque su pene crece en mi culo y yo lo muevo para que me llene con su esperma y él se corre y yo me corro llenando de mi squirt los trajes de los dos ejecutivos, que no tardan en eyacular chorros hacia mi cara. Al cabo de un rato, me visto, pero regalo mis bragas al secretario por lo bien que se ha portado.

—¡Díganle a mi marido que es un cerdo! —les ordeno cuando me voy.

—Pero Ana…

—Y, por mí, le podéis contar que he hecho de todo con vosotros cuatro y que me habéis hecho gozar como una loca.

—¡No, eso, no, que nos iba a echar!

Cuando vuelvo a casa me paso por el piso de Álvaro y solo entrar me subo la falda para que vea que no llevo braguitas y él me empotra contra la pared y folla de golpe sin cesar de besarme y dice que mi boca tiene gusto de vodka y de semen y que cada vez soy más puta. Y yo le digo que sí, que es verdad, que fue él quien me convirtió en una guarra y que me moría de ganas de tener su gran polla dentro de mí lo que le hace correr al instante y a mí con él.

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