¿Frígida? Conmigo sí, con mi jefe no (1/2)

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—“Basta, no sigas así, bien sabés que no me gusta sentir tus envestidas como si quisieras traspasarme”.

—“No mi amor, si acepto que lo hagamos cuando tenés ganas, lo que sucede de tarde en tarde, tengo que hacerlo como me gusta; aceptar tu parecer es tan insulso como tomar un vaso de agua, no por sed sino por la conveniencia de hidratarse. Te voy a dar más, te voy a culear como a una burra, a empalar como a una yegua, a cogerte como a una puta, porque te amo así, con fuerza, con bríos, con ganas”.

—“Mentira, lo hacés porque sos un degenerado”.

—“Un degenerado que te quiere mucho, por eso cada estocada es profunda”.

—“Asqueroso me estás haciendo acabar, y eso que me das por el culo”.

—“Sí cielo, te voy a dejar las tetas marcadas, las nalgas con moretones y la concha llena de leche, hasta que, dentro de un mes, me toque de nuevo”.

Realmente Juana es una maravilla de mujer a la que amo desde que la vi por primera vez; es linda, con un cuerpo armonioso, educada, culta, femenina y, por si eso fuera poco, corresponde a mi amor. Por supuesto no es perfecta, tiene un cierto déficit de deseos carnales; no es que los rechace, sino que la satisfacción conseguida en un encuentro parece durarle mucho, algo semejante a los remedios de efecto prolongado y eso, que podría ser una cosa anecdótica, adquiere ribetes de drama porque, en ese aspecto, yo estoy en el extremo opuesto.

Tanto es así que, medio en broma, medio en serio, en una especie de agenda mensual que tenemos pegada en la heladera, marco el día que hubo acoplamiento y el lugar donde le dejé mi corrida, Bo, Co, o Cu (Boca, concha, culo).

De todos modos, el conjunto de sus virtudes hace que el tema incómodo sea tolerable; nuestro hogar es un modelo de orden y limpieza, facilitado por el hecho de que no tenemos hijos, al principio cuidándonos y ahora, al cabo de seis años, dejando que la naturaleza se manifieste sin presiones. Económicamente estamos bien, ella es maestra de grado ejerciendo por las tardes y yo tengo un buen empleo, además soy socio en cuanto capital de un negocio que maneja mi hermano del cual percibo utilidades superiores a las comunes inversiones, lo que me permite ahorrar. Vivimos en la casa heredada de mis padres antes de casarnos y después de haber comprado la parte de mi hermano.

En realidad, además de poco sexo con mi esposa tengo que aguantar otro factor áspero, y es mi jefe directo con el que, por alguna razón que ignoro, hay cierto rechazo de ambas partes; generalmente es cortante y despectivo, pero se cuida de soltar alguna palabra que suene a insulto, es consciente que de una trompada le puedo arruinar la cara; por eso es cauto cuando me recarga de trabajo u horario que, de mala gana, compensa sea pagando, sea con tiempo libre.

No es frecuente que un jefe carezca del respectivo chupamedias y él tenía el suyo, Fermín, que anatómicamente se le asemejaba y portaba una obsecuencia del tamaño de un rascacielos; por supuesto que, en su afán de agradar al superior, le hubiera gustado basurearme, cosa que evitaba porque deseaba conservar la dentadura. Por sugerencia de este sujeto con vocación de siervo, José, nuestro común superior, organizó una cena de camaradería en su casa para el sábado, por supuesto con gastos compartidos, su generosidad no llegaba al punto de asumir el costo del evento, ya demasiado era juntarse con la chusma.

El día viernes tuve una noche gloriosa, después de veinte días mi esposa se mostró dispuesta ya que, al acercarme para darle un beso de buenas noches, con cierto recato, me rozó la pija durante un ratito; superada la sorpresa con la consecuente taquicardia e hiperventilación, el inocuo beso inicial adquirió pasión mientras le estrujaba las tetas para después incursionar en la conchita, que cual manantial empapaba el vello pubiano.

Después de arrancarle un orgasmo comiéndole la almejita, la penetré y, para aguantar más, pensé en mi jefe, semejante basura que por lo menos me sirvió para aumentar mucho el tiempo de serruchado, cuando sentí que ella se aproximaba al clímax tomé el lubricante de la mesa de luz y se la pude mandar por el ano de un solo golpe. La segunda corrida fue cuando froté el clítoris mientras le taladraba el culo, y ahí largué todo lo que llevaba acumulando en el depósito.

Al día siguiente fue la cena en la casa del indeseable José, éramos cuatro matrimonios incluyendo el lacayo Fermín; ahí conocí a las esposas y charlamos un rato copa en mano, lo que me llevó a encontrar afinidad con Irina, la mujer del dueño de casa; cuando llegó el momento de sentarnos a la mesa Juana lo hizo al lado de mi jefe, y pareciera que lo pasó bien a juzgar por la cara y la fluida conversación.

Si bien iba preparado para pasar un trago algo amargo, debo reconocer que la reunión fue agradable por compañía, comida y bebida, así que regresamos a casa satisfechos y ahí nueva sorpresa, hubo festejo carnal con espectacular empalada y corrida en el recto de la habitual inapetente, eso sí habiéndola hecho gozar como burra; espero que la agenda, mal acostumbrada, acepte dos anotaciones seguidas.

Una noche, al acostarnos, sentado en la cama esperando mientras ella entraba al baño, se me caen al piso los anteojos de leer y, al agacharme a levantarlos, veo un bollo de tela bajo la cama; estiro el brazo y lo despliego dándome con la tanga de un juego que tiempo atrás le había regalado; pensando hacerle una broma la oculté bajo el colchón para así verla renegar cuando notara su ausencia.

Al día siguiente nada dijo sobre el extravío y pensé seguir guardándola, pero no iba a hacerlo estando la prenda sucia, por lo que decidí lavarla directamente a mano en el lavatorio y después, cuando ella no estuviera, sacarle la humedad con el secador de pelo; acondicionada y guardada pasó una semana sin reaccionar, cosa rara porque es tan ordenada que nada se le escapa, pero no me rendí, el deseo de ver su cara de desconcierto ante la broma siguió. Al atardecer, cuando regresó de la escuela, quise ver su reacción.

—“Hace tiempo que no te veo con el conjunto de corpiño y biquini amarillo que te regalé y tanto me gusta”.

—“Es que lo guardo para ocasiones especiales”.

La contestación, pronunciada con cierta vacilación, me pareció dudosa, pero me dije «vamos a ver cómo reacciona cuando lo busque sin encontrarlo».

Al día siguiente, al volver de su trabajo y después de una ducha, apareció a mi lado vistiendo el conjunto amarillo; por supuesto el sorprendido fui yo, pero pude reaccionar.

—“Amor, esto merece una fotografía”.

Y accedió, aunque con pocas ganas. Más tarde, en el cuarto que usaba como escritorio, comparé lo que yo guardaba con lo que mostraba la foto. Tres detalles evidenciaban la diferencia. Un extravío es algo totalmente normal y por eso no hay razón para ocultarlo, salvo que esté asociado a una circunstancia que convenga mantener en secreto. Y esa mentira encendió la luz de alerta, es decir, había que estar atento a cualquier detalle que transformara en certeza lo que ahora era duda.

Días después, una de las veces que mi tiempo extra de trabajo fue compensado con una mañana libre, me llamó la atención las veces que Juana leía o escribía en el teléfono, alterando el consabido ritual de limpieza, arreglo, lavado, planchado o tareas propias de su actividad docente; nada censurable o desproporcionado sino simplemente fuera de lo común, cosa que se alteró cuando el aparato quedó a mi lado en el momento de entrar ella al baño y el sonido avisar de una llamada entrante mostrando el nombre y la cara de mi jefe. Por supuesto que no atendí y me fui a la cocina; y lo que era alerta se transformó en alarma. Unos minutos después.

—“Querido, mientras me baño y lavo el pelo, ¿ponés a cargar mi teléfono?”.

Casi hago un salto mortal de pura alegría, su olvido de haberme dado la contraseña para caso de emergencia, me ponía en bandeja la posibilidad de ver con tranquilidad el contenido de los mensajes; y en mi escritorio, tres minutos bastaron para eso.

«Mensajes de los tramposos»

—“Te dije que no me llamaras cuando Facundo está en casa”.

—“Perdón, me olvidé que le había dado día libre al cornudo”.

—“Sabés que no me gusta esa manera de referirte a él”.

—“Será que te remuerde la conciencia, porque vos sos la que le pone los cuernos, yo solo te ayudo, y bien que te retorcés dando de alaridos cuando te la estoy metiendo”.

—“No hablemos de eso que tengo otra preocupación, ayer me tenía que venir la regla, espero que hoy suceda, no quiero pensar en que el atraso sea por otra cosa”.

—“Siempre me dijiste que no había peligro”.

—“Lo que te dije es que hace dos años no nos cuidamos con Facundo y que, en ese tiempo no hubo asomo de embarazo; como eso no nos preocupaba ni intentamos hacernos estudios”.

—“Entonces no hay problema, en caso de embarazo, simplemente se dio algo que podía ser”.

—“No es tan sencillo, a partir de la noche de cena en tu casa le dio por correrse en mi cultito las poquísimas veces que tuvimos sexo, y hace dos meses que ni siquiera me toca.”

—“¿Y vos trataste de excitarlo?”

—“Sí, pero no responde y, cuando le pregunto qué es lo que le pasa, me responde que seguramente yo lo acostumbré a que sea de tanto en tanto, me parece que algo de la nuestro imagina”.

—“Trataré de sonsacarle lo que sabe mientras trabaja”.

«Fin de los mensajes»

Algo comprensible en este marrano es que, al no poder dar rienda suelta a su aversión, buscara cualquier medio para intentar satisfacer en algo su frustración; eso sucedió una vez, cerca del mediodía, cuando apareció por mi escritorio para saber cómo iba el trabajo muy laborioso que me había dado al comienzo de la jornada; al verlo con la cara irradiando felicidad le pregunté.

—“Por tu cara de contento parece que algo bueno te sucedió”.

—“Así es, vengo de echar dos polvos increíbles con una casada que, luego de un mes de paciente y perseverante acoso, la llevé de recatada esposa a puta insaciable, hace rato que le doy verga”.

—“¡Caramba! Buena muñeca de conquistador, ¿y el esposo?”

—“Trabajando como buen boludo y cornudo”.

—“¿Y no tenés miedo de ser descubierto?”

—“Para nada, tengo perfectamente conocido el lapso en que no podrá moverse del yugo”.

—“¿Y tu mujer no sospecha?”

—“Imposible mi tiempo hogareño en nada se ha modificado, con decirte que solo me veo o comunico con la putita en horario de trabajo, y justo se da la coincidencia de que su ocupación es a la tarde, mientras yo lo hago de mañana”.

—“Veo que tenés todo controlado, pero por si acaso, tené cuidado dónde ponés la semilla, no sea que gemine y tengas que dar explicaciones”.

Y como en esta vida nada es perfecto, su placer tenía un límite que, en cierto modo, resultaba doloroso; el deleite hubiera sido total si pudiera decirme cara a cara, riéndose a carcajadas, viéndome presa del dolor de saber que la hembra que él se coge del derecho y del revés, es mi esposa; pero ese gusto podría costarle tener que comer con sorbete uno o dos meses, así que a aguantarse.

Iba llevando el informe que me había encargado el basura cuando, unos pasos antes, lo escucho hablar con su sirviente.

—“Mañana no podré ir, tengo que controlar bien ese papeleo de mierda que está haciendo el cornudo, pues si hay error me cortan las bolas”.

—“Me viene perfecto, así la tengo para mí solo, ese culito lo voy a aprovechar al máximo”.

Esa novedad me movió a adelantar trabajo quedándome más tiempo y, ya en casa, preparar una pequeña trampa para el indeseable visitante antes de que Juana llegara de la escuela. Al día siguiente, a primera hora entregué el expediente y al rato de verlo salir a Fermín, pedí permiso para llevar a lavar el auto, cosa que me tomaría no más de media hora. Sé ve que José estaba muy concentrado en la tarea porque, sin levantar la vista, me autorizó la salida.

Esta situación de mierda merecía ser resuelta con dureza; que mi esposa cogiera a destajo con dos compañeros de trabajo, se burlara adjudicándome la responsabilidad de su proceder, que fomentara la mofa por parte de sus amantes, era algo que me hacía arder de bronca, y la manera de sacarme de encima el dolor del engaño y los insultos era transferir, de alguna manera, ese sufrimiento a quienes lo causaban.

Por el momento debía armarme de paciencia para soportar el crecimiento de los cuernos sin que los involucrados percibieran lo que padecía por dentro por culpa de ellos; cuanto más se confiaran menos precavidos serían y eso facilitaría la venganza.

Por simple precaución estacioné un poco más allá de casa, luego retrocedí y abrí silenciosamente, ubiqué a los amantes en mi dormitorio del primer piso por los quejidos y voces, y con la tranquilidad de que no sería interrumpido, instalé alambres acerados donde había previsto y preparado, cinco centímetros arriba de cada uno de los tres primeros escalones en sentido descendente, paralelos al piso uniendo pared y reja que sostiene el pasamanos.

Terminada la tarea, desde mitad de la escalera, grité fuerte en dirección a donde estaban los que copulaban ruidosamente denotando su placer y construyendo con entusiasmo mis cuernos.

—“Querida, vine a buscar el dinero que me olvidé en el escritorio, ahora llevo a lavar el auto a dos cuadras y regreso en seguida”.

Primero fue un súbito silencio, luego el ruido de movimientos frenéticos y después la voz de mi señora.

—“Perfecto querido, te espero, ahora estoy acomodando el dormitorio”.

Fui hasta la puerta, abrí y cerré estruendosamente pero no salí, sino que regresé a ocultarme en el baño frente al pie de la escalera, ya empuñando el bate de beisbol que había usado de adolescente; estando a oscuras podía observar por el resquicio de la puerta entornada, y fue corta la espera, primero se escuchó la voz de Juana.

—“Rápido, salí antes que sea tarde y asegurate de haber cerrado bien”.

Los pasos del ratón, acercándose a la trampa, sonaron fuerte, y como nada es perfecto, tenía mis dudas sobre el resultado, pero el grito del que se precipitaba escaleras abajo dando tumbos, indicaba que había funcionado y, el que antes se quejaba de placer, ahora también lo hacía, pero de dolor.

Y así, como saboreando cada paso, me acerqué al que, despatarrado al pie de los escalones, emitía sonidos lastimeros; cuando llegué a su lado, con solo mis ojos a la vista, él boca abajo no se apercibió de mi presencia.

Asesté el golpe seco en una pierna, y viendo que la pantorrilla mostraba una torsión anormal en su longitud supe que había acertado, probablemente tibia y peroné estaban fracturados, me demoré medio minuto en sacar los alambres del tropiezo, y ahí sí me fui, había que lavar el auto.

Estaba llegando al lavadero cuando sonó el teléfono, era mi jefe y, por primera vez, atendí su llamado con ganas, imaginando cual podría ser el motivo, y efectivamente era como pensaba, mi mujer debe haberlo llamado para que la ayudara a sacarse de encima al accidentado y simultáneamente mantenerme más tiempo alejado de la casa.

—“Hola José”.

—“Hola Facundo, discúlpame que te interrumpa, necesito que vengas a la oficina, me ha salido inesperadamente una reunión importante y necesito tener el dictamen en que estábamos trabajando listo para esta tarde; naturalmente te voy a compensar esta molestia, dejo el expediente sobre tu escritorio”.

—“No hay problema José, tengo el auto lavándose así que tomo un taxi y voy”.

Increíble su pedido, no tengo en la memoria la última vez que fue amable conmigo; eso significaba claramente que estaban en juego dos cosas que le interesaban sobremanera, una era seguir contando con los favores sexuales de mi mujer, y la segunda era asegurarse que su socio de juergas mantuviera la boca cerrada respecto de los encuentros que tenían en casa disfrutando de mi esposa.

Satisfecho con el resultado sobre el primer destinatario de la venganza, pasé al segundo; en este caso deseaba que el desarrollo fuera más duradero, que la presión se dilatara en el tiempo haciendo jugar a mi favor la inquietud angustiante de la espera, que obra demoledoramente porque el sujeto sabe que no puede escapar, pero ignora el momento y la modalidad del ataque, y esa zozobra se le instala abarcando toda la existencia porque no hay lapso ni lugar donde pueda sentirse a salvo.

Ya en la oficina llamé a mi señora para avisarle de mi demora en volver a casa y luego me dediqué a revisar el expediente que le había dejado en el escritorio, pero antes imprimí con letras grandes abarcando el centro de una hoja «Saludos del cornudo» y, cuando el pasillo estaba desierto, pasé el papel por debajo de la puerta del despacho de mi jefe. Dos horas me llevó la tarea encomendada y estaba terminando de compaginar el trabajo cuando él llegó.

—“¿Cómo va la tarea?”

—“Bien, justo estoy terminando, ¿te lo llevás o lo dejo en tu despacho?”

—“Ya me lo llevo yo”.

Un minuto después lo tenía nuevamente delante.

—“Alguien tiró un papel por debajo de mi puerta, ¿habrás visto a alguien?”

—“No, ni siquiera salí a servirme un café, ¿es algo importante?”

—“No, una propaganda”.

—“Bueno, me voy a buscar el auto y regreso a casa”.

Atento a su actitud, percibí en él una mirada inquisitiva, como quien desea descubrir algo fuera de lo normal en el diálogo que teníamos, mientras yo mantenía mi cara inexpresiva tratando que sus dudas quedaran sin resolver, y así, con la misma cara de preocupación se fue.

Aproveché para llamarla a mi esposa con la intención de aumentar algo la presión.

—“Hola mi amor, ya terminé el trabajo, retiro el auto del lavadero y voy para casa”.

—“Perfecto querido”.

—“¿Cómo anduvo la tarde?”

—“Tranquila, la misma rutina de siempre”.

—“Querida, ya está por cumplirse el mes desde la última vez, ¿esta noche tendré suerte? Ando con la pija dura pensando en cogerte del derecho y del revés”.

—“Degenerado, siempre con la idea fija, no sé si tendré ganas”.

—“Si no fuera que tengo plena confianza en vos, tu poca predisposición me haría pensar que tengo cuernos al por mayor, y con más de un macho”.

—“Nunca te di motivos para que supongas algo así”.

—“Eso es verdad, pero como a «seguro» se lo llevaron preso voy a prestar atención; por supuesto si llego a encontrar algún indicio de engaño te voy a hacer conocer lo que hacían los vietnamitas con los soldados franceses en Indochina para hacerlos hablar, en media hora los interrogados cantaban a cuatro voces en perfecta armonía coral”.

—“¿Serías capaz de hacer eso?”

—“Por supuesto que sí, eso y algo más, pues que la esposa le niegue a su marido las naturales relaciones íntimas para entregarse a otro la hace plenamente merecedora de ese trato vengativo; te digo algo más, lo haría pausadamente y con la sonrisa en los labios, pero no te preocupés pues eso nunca sucederá con mi amada y fiel mujercita”

Esa tarde contraté un mensajero para que pusiera otra hoja de salutación en el parabrisas del auto del amante, apretada por una escobilla y luego tirara otra igual por debajo de la puerta de la casa.

Al día siguiente apenas llegué al trabajo me vino a ver José.

—“Vos sabés que me sucede algo raro, y necesito tu opinión en un tema personal”.

Mi mueca indicando extrañeza fue tan evidente que siguió.

—“No sé por qué hacés esa cara”.

—“Es que me resulta raro que vos me hablés con cierta cordialidad y que sea por algo ajeno al trabajo”.

—“Tenés razón, por favor olvídate de lo anterior, ocurre que alguien me está mandando una hoja que dice «Saludos del cornudo»”

—“Seguro que es una broma”.

—“Una broma que se ha repetido tres veces, y la última en mi casa, por lo cual mi mujer me está hinchando las pelotas para que le explique de qué se trata”.

—“Podría ser de un amigo a quien lo cargás diciéndole que la mujer lo engaña”.

—“Nunca hice eso, ni siquiera en broma”

—“A menos que te estés montando mujer ajena y el marido todavía no se anima a enfrentarte”.

—“Tampoco sucede eso”.

—“No me imagino qué otra cosa puede ser, no le des pelota”.

—“Es que la última, que me llegó esta mañana, tuvo un cambio grave, dice «De saludos pasamos a balas»”

—“Simple broma de mal gusto”.

Y me fui, si pensaba que en la conversación iba a sacar algo se quedó con las ganas; tenía que seguir la presión, si fuera posible, hasta desquiciarlo, hasta que llorara de arrepentimiento por haberse acostado con esa mujer casada.

Con el sicario acordé la actividad a realizar el lunes, debiendo reunirse conmigo una vez finalizado el encargo para informar resultado y cobrar, y así lo hicimos.

—“¿Cómo anduvo todo?”

—“Bien señor, lo esperé a la salida del trabajo y, en una calle poco transitada, puse la moto al lado del auto le hice dos disparos al asiento vacío y, antes que reaccionara, ya había doblado la esquina y desparecido”.

—“Bien, aquí está lo convenido, ahora escuchá la próxima tarea”.

Martes a la tarde nueva reunión.

—“Hoy también salió según lo previsto, lo esperé cerca de su casa, medio minuto después que entró hice dos disparos contra la puerta cerrada y me fui”.

Otro pago y nuevas instrucciones para el día siguiente. Informe del miércoles.

—“Esta vez fue más sencillo, menos riesgoso y decididamente más efectivo”.

—“Qué bueno, dame detalles”.

—“Usé la misma ropa y casco que cuando hice los disparos al asiento del acompañante, así facilitaba que me reconociera y se inquietara ante el peligro de un nuevo ataque. Cuando arrancó el auto me puse detrás unos veinte metros, manteniendo la distancia en todo momento, sea andando o detenido, si aceleraba yo lo imitaba, y lo mismo cuando bajaba la velocidad; algunas veces hizo maniobras sorpresivas tratando de perderme pero la distancia entre ambos no se lo permitió y, en una de esas, se llevó por delante una de las bolas de concreto que marcan la senda peatonal; algo debe haber roto, porque en seguida apareció una mancha de aceite en el piso; ante eso me adelanté y pase despacio por su lado observando su mirada aterrorizada”.

—“Gracias, este es el pago acordado, si más adelante llego a necesitar algo, te llamo”.

Quizá esta etapa fuera la más dolorosa del castigo, no saber quién lo persigue, por qué el ensañamiento de más en más peligroso, cuándo terminará la persecución, cual es la causa de la agresión; todos estos interrogantes sin resolver hacen casi imposible la defensa, y generan una sensación de impotencia que no cesa, que permanece presente a toda hora, todos los días.

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