Hola, soy Verónica, conocida artísticamente como Ishtar Flores. Soy alta, delgada, bonita, de largas piernas, pelo largo, bellos senos, un vientre plano y un culo bien formado. Me gusta vestirme con minivestidos sexys que resaltan mi figura y provocan el deseo de hombres y, por qué no decirlo, de mujeres también. Tengo 25 años, estoy felizmente casada y, aunque mi marido es físicamente poco agraciado, gordo como un oso y con un miembro de pequeño a normal (aunque sí me cumple), lo quiero. Aun así me gusta tener encuentros casuales; he tenido infinidad de aventuras sexuales y amantes.
Uno de mis recientes amantes fue el joven Eduardo (he tenido muchos amantes con este nombre), de 18 años. Fue mi vecino, pero su familia se mudó a otra ciudad lejos de la capital. Seguimos platicando por redes sociales y un día decidí visitarlo porque sus padres saldrían de viaje.
Aquel sábado llegué a su casa. Dejé mi camioneta estacionada afuera porque no había lugar adentro. Iba con un minivestido morado y unas medias color carne. Al verme, inmediatamente se lanzó sobre mí como un león joven sobre su hembra. Se acercó y me dio un beso que recibí sin poner resistencia. Su mano acarició mi pierna por encima de las medias, que estaban sujetadas por un liguero; subía y bajaba mientras me besaba. Me acariciaba las piernas y las nalgas, me quitó el vestido hasta dejar mis senos descubiertos. Estaba hambriento y comencé a amamantarlo. Le besaba el cuello y le quité la camisa, descubriendo un buen cuerpo atlético. Él me abrazaba con pasión.
—¡Estás buenísima! ¡Qué rico, te tenía ganas, preciosa!
—¡Lo sé, nene, aprovecha que estoy ardiendo de lujuria!
Le bajé los pants y, Dios mío, una verga de buen tamaño, erecta por la excitación. Sin dudarlo la llevé a mi boca, la succioné y la lamí como una paleta. Eduardo gemía del placer de tenerme entre sus piernas.
—¡Ah, qué rico, qué rico me la mamas! ¡Uff!
Mamaba la verga de mi joven semental mientras él me acariciaba las nalgas, me tomaba de la cabeza y me metía toda la verga en la boca. Yo, experta mamadora, gozaba con ello. Pasamos a un 69: le dejé caer mi vagina en la cara mientras me la chupaba y yo le masturbaba la verga con mis tetas. El 69 era magnífico. Yo no dejaba ni un centímetro sin comer; él trabajaba muy rico mi clítoris y mi ano. Estaba gozando.
Decidí tomar el control y me subí sobre él. Lentamente me dejé caer sobre su verga. Eduardo, desesperado por penetrarme, me tomó de la cintura y comenzó a moverse como loco. Yo movía la cadera de forma tan rica que mi amante no cabía en sí de la excitación. Me agarraba los pechos, las piernas, las nalgas. Yo seguía domando a la bestia mientras él solo jadeaba y gozaba mi cuerpo.
—¡Uf, qué rico te mueves, amor! ¡Qué rica vagina, me aprietas riquísimo!
Me movía más rápido. Cambié de posición y lo hice al revés mientras él me acariciaba las nalgas. Cada vez que podía me dejaba ver lo fascinado que estaba con mi tremendo trasero. Yo hacía lo mismo con su pene. De repente no soportó más y se vino. Era lógico: lo estaba destrozando.
—¡Perdón, señora… pero estás buenísima…!
—¡No te preocupes, bebé, tenemos mucho tiempo!
Bajé a mamársela de nuevo. Él gemía y gozaba el placer que le daba. Le limpiaba nuestros fluidos, me la tragaba toda; él me apretaba la cabeza y me la follaba ligeramente. Poco a poco se paraba otra vez. Mamaba con fuerza; él gemía y me pedía que no parara. Yo obedecía, ahogándome con su rica verga hasta lograr que volviera a estar dura.
Me puse en cuatro, dejándole mi trasero a su disposición. Me dio un par de nalgadas, me abrió las nalgas y metió su verga en medio. Se masajeó un momento con ellas y luego me la dejó ir con fuerza. Me la daba lento y después rápido mientras yo acompañaba con ricos movimientos. Me tomaba de la cintura y me acariciaba las nalgas; se estaba dando gusto con mi cuerpo.
—¡Qué ricas nalgas, están riquísimas! ¡Muévete, muévelas más, amor!
Continuamos así un rato. Estaba tan excitado que sentí que no resistiría más por su inexperiencia. Me tomó de la cintura y, con tremenda velocidad, decidió venirse dentro de mí. Logró prenderme; lo acompañé con movimientos desesperados. Ambos nos vinimos y los líquidos mancharon la cama. Quedó encima de mí como un perro mientras su semen escurría por mis entrepiernas. Sudados, cansados pero bien gozados, así estábamos cuando se escuchó la puerta.
Eran sus padres. Me encontraron desnuda y ensartada. La madre de Eduardo me gritó:
—¡Maldita zorra, cómo te atreves!
Eduardo intentó defenderme, pero no pudo. La señora me tomó de los cabellos y, con una fuerza desmedida, me sacó. Alcancé a tomar mi bolso y mi vestido, pero el padre de Eduardo me lo arrebató. Sufrí algunas cachetadas y jalones de cabello. Así me sacó de su casa gritándome que me iba a demandar, ante la mirada atónita de algunos vecinos que veían escurrir los fluidos de mi cuerpo. Me subí rápido a mi camioneta, di marcha atrás, me estacioné a unas cuadras y me puse una ropa que llevaba. Horas más tarde mi joven amante me mandó mensajes pidiéndome disculpas y le dije que no era su culpa.
Así transcurrieron las semanas hasta que un miércoles, al llegar a la calle de mi casa, vi una camioneta verde estacionada. Me bajé para pedirle que se quitara porque estorbaba mi entrada. Se bajó un hombre de aproximadamente 45 años, alto, calvo y fornido.
—¿No me recuerdas? Soy Augusto, padre de Eduardo. Te traigo una demanda porque mi hijo es menor que tú.
—Ya es mayor de edad, no me quieras mentir. Él me enseñó su identificación y todo fue consensuado.
Efectivamente era mayor de edad; solo quería intimidarme con mentiras. Él sonrió y dijo:
—Vale, tienes razón. Pero ¿qué pasará si espero a tu marido y le cuento? Tengo evidencia. ¿Qué diría tu esposo e hijas?
Sacó de la camioneta mi minivestido, el que había dejado en su casa.
—Quiero dinero. Sé que a tu marido le va bien.
Me dejó pensando. Creí que sería bueno darle una cantidad. No me espantaba que mi marido supiera de una infidelidad, pero con mis hijas sí tengo algo de decencia.
—Ok, déjeme entrar y enseguida le traigo el dinero, pero deme mi minivestido. Me vas a firmar un documento para que no vayas a querer extorsionarme.
Entramos a mi casa. Él bajó una mochila de su camioneta. Le di una cantidad considerable y accedió a firmar el documento como aval. Antes de salir me dijo:
—Mira lo que traigo.
Sacó de su mochila mis tangas y medias, las que les había regalado a su hijo. Me quedé perpleja y no reaccioné. Se acercó y me dijo:
—Vamos a coger. Te encanta. Eduardo me contó todo y, lejos de regañarlo, lo felicité.
Me dio un beso mientras me manoseaba.
—Uff, qué hembra eres.
—No, aquí no.
—Aquí te haré mía. Mira cómo me tienes.
Sacó de su pantalón una enorme verga de aproximadamente 17 cm, con una cabeza en forma de hongo muy ancha.
—Tienes buena verga, como tu hijo —dije. Me traicionó el inconsciente.
Sonrió y me tomó fuertemente del cabello.
—Híncate, puta. Te voy a castigar.
Quedé frente a su pene. Su enorme cabeza de hongo me excitó. Comencé dando besos, pero Augusto dijo:
—Perra, mételo todo completo.
Lo intenté, pero su cabeza era demasiado grande. Me costó trabajo y después ingresó el tronco. Hice lo posible y vi cómo su verga desaparecía en mi boca. Augusto puso las manos en mi cabeza y comenzó a realizar movimientos con mi cabeza y su pelvis al mismo tiempo. Sentía ahogarme; quería zafarme, pero me daba fuertes golpes. Me tenía atrapada.
—Así, ahógate, ramera. Qué rica estás. Desde que te vi ensartada en la verga de mi hijo no dejé de pensar en hacerte mía.
Cuando por fin se apiadó, sacó su miembro de mi boca y me picó los ojos con él, provocándome dolor. Sentí dos fuertes cachetadas que me dejaron aturdida y me aventó al suelo. Cuando apenas recobraba la vista, sacó de su mochila una correa y unas orejas de conejo, y me las puso. Me colocó en la pose de cuatro patas: pies juntos, manos a la altura de los hombros apoyadas en las palmas, espalda ligeramente arqueada y cabeza echada hacia atrás. Se puso de rodillas detrás de mí, con las piernas entre mis pies. Levantó mi minivestido rojo, hizo a un lado mi tanga roja y colocó su miembro en la entrada de mi ano. Su enorme cabeza de hongo no entraba; sentía que estiraba mi ano al máximo y me ardía.
—Escúpele o déjame ir por lubricante.
Respondió con unas nalgadas fuertes y finalmente sentí cómo ese pene desgarraba mi ano. Lo clavó de un solo golpe. Grité de dolor, mordiéndome los labios. Con una mano en mi cintura y con la otra tomando con fuerza mi cabello, empujaba su verga al ritmo de sus movimientos. Sentí cómo salía sangre de mi ano porque la cogida era fuerte, sin piedad, con saña, como si el objetivo fuera partirme. Después de unos minutos dejó mi cabello y me tomó de la correa, que sentía lastimarme el cuello, pero al mismo tiempo me parecía excitante.
Mantuvo su verga dentro mientras yo contenía la respiración y mis ojos se ponían en blanco. Me corrí y empecé a mojar el piso. Sacó la mitad de su pene y volvió a meterlo hasta el fondo. Con violencia brutal sacó toda su verga y, con su enorme cabeza de hongo, volvió a abrir mi ano, del que ya salían mis fluidos. El dolor me hizo echar el culo hacia adelante como si quisiera sacar algo de miembro para tomar un respiro, pero reaccionó rápido, me agarró suavemente las caderas, las guio hacia él y volvió a meter todo su miembro.
—Qué ricas nalgas tienes. Con razón tienes loco a mi hijo.
Comencé a gemir como una loca mientras aquel pene me reordenaba los órganos internos y me hacía gritar de locura. Me separaba las nalgas para meter aún más polla, me agarraba del pelo o de las caderas para atraerlas hacia él. Unas lágrimas salieron de mis ojos. Disfrutaba la cogida, pero también estaba muy adolorida. Empecé a quedarme sin voz mientras me sodomizaba de la manera más bestia que pensé posible. Me jalaba de la correa.
Sacó su verga de mi ano, me levantó y comenzó a besarme fuertemente los labios y a darme cachetadas.
—Dios mío, qué hembra tan hermosa y puta. Voy a demostrarte lo que es un hombre con experiencia, que es lo que le falta a mi hijo.
Me levantó y dijo:
—Vamos a tu recámara.
Mientras me daba otra cachetada, lo llevé a mi alcoba. Allí subió mi minivestido hasta la cadera, se hincó, besó mi tanga, la bajó con los dientes y la quitó. De su mochila sacó unas pinzas vaginales.
—Mira, puta, lo que te pondré.
Fue colocando las pinzas en mi clítoris. Gemí, mordí fuertemente mis labios hasta sangrar. Después sacó unas cuerdas y me acostó boca abajo sobre una silla, con las rodillas en el suelo. Sujetó cada rodilla a la parte inferior de las dos patas laterales de la silla y la parte superior de mis brazos a las otras dos. Me sentía muy excitada. Colocó una mordaza en mi boca y comenzó a penetrarme. Su verga entraba y salía mientras yo no podía gritar ni moverme libremente. Ese padre de mi amante me estaba empalando y me follaba el culo con ritmo y dureza. Noté mi culo lleno y mi cuerpo lleno de placer. Cada centímetro que entraba me acercaba más a explotar de nuevo. Estar atada a la silla me parecía aún más excitante.
Sacó su verga, fue por una bolsa negra y me la puso en la cara. Entonces empezó a meterme su gruesa verga. Aquellos 17 cm se abrían paso dentro de mi culo, cortándome la respiración y moviendo mi cuerpo por dentro. Mis gemidos se ahogaban en la mordaza y la bolsa; creía morir de placer. Después de unos minutos sacó su verga, me desató de la silla, retiró la bolsa, la mordaza y las pinzas.
—Uff, eres tremenda puta. Otras ya se hubieran rendido y tú estás como si nada.
Inmediatamente sacó de su mochila un plato para perro, empezó a orinar y me dio la orden de que yo también orinara. Así lo hice. Me hizo beber nuestros orines. Cuando puse la lengua, con su pierna me empujó provocándome sensación de ahogamiento y me jaló bruscamente de la correa, causándome dolor. Me aventó a la cama y me amarró de manos y piernas formando una X. Se me montó, se estiró y me penetró analmente mientras dejaba caer su verga y su cuerpo al mismo tiempo. Esa verga me quemaba.
—Sigue, qué rico, dámela toda.
Se escuchaba rechinar la cama. Mordía mi espalda y mi cuello. Llegó mi orgasmo.
—Mmm, aaa…
Me mojé. Estaba completamente extasiada y satisfecha. Seguimos así varios minutos. Con las manos estiraba mi ano y metía su negra verga dura. Me azotaba y castigaba muy duro. Ahora hacía movimientos circulares, lo que hacía más rico el acto. Estábamos bañados en sudor. Sentí salir nuevamente sangre de mi ano; ya estaba muy adolorida, pero mi macho seguía moviéndose. La sacaba, abría mi ano con las manos y me embestía. Así lo hizo muchas veces.
—Ya casi me vengo.
Se levantó y me desató.
—Tranquila, amor, aún no terminamos.
Me dio un beso en la frente, sacó una mordaza de aro que dejaba totalmente abierta mi boca y comenzó a meterme su cabeza de hongo, provocándome mucho ahogamiento. Continuó varios minutos hasta que se vino. Una enorme cantidad de semen salió de su verga y cayó en mi boca, ojos y frente. Quitó la mordaza y pasó su verga por toda mi cara. Comencé a comerme sus espermatozoides.
—Desde aquel día que te vi con mi hijo no tuve sexo con mi esposa ni me masturbé. Por eso saqué mucha leche.
Me hizo sonrojar. Procedió a ponerme la correa y amarrarme a la cama.
—Ahorita vuelvo, puta.
Me dejó con la incertidumbre de a dónde iba. Al cabo de unos minutos subió con algo de comida, me desató y comenzamos a comer y a besarnos de pie. Nos besamos largamente. Su boca se fundió en la mía, hurgando con la lengua y mezclando nuestras salivas. Me acarició con ternura la espalda, la cintura y las nalgas.
—Eres la mujer más hermosa que he conocido. Me excitas. Qué delicioso hueles, Verónica.
Aquel hombre que me había sometido brutalmente ahora me hablaba tiernamente.
—De verdad, nunca había conocido una mujer más atrayente y sensual que tú. Envidio profundamente a tu marido. Daría todo lo que poseo por hacerte mi esposa.
—No hagamos fantasías. Disfrutemos el momento, mi amor.
Me tomó en brazos y me depositó en mi lecho conyugal. Me besaba y acariciaba como un poseído. No hacía más que decirme lo bella que era, que estaba súper excitado desde el día que me vio empalada con su hijo, que no había dormido desde entonces pensando en mí. Me besó cada centímetro de mi cuerpo. Me quitó el minivestido y, con los dientes, arrancó mi brasier. Se deleitó chupándome las tetas y mordiendo mis pezones. Deliciosamente llegó a mi vientre plano; me encanta que me besen esa parte. Se detuvo una eternidad en mi clítoris. Me lo chupó, lo tomó entre los labios y chupó y chupó, friccionando además con la lengua de arriba abajo. Sentí que iba a estallar de placer y, después de unos minutos, inundé su boca con mis fluidos.
Se colocó encima de mí, me abrió las piernas e introdujo en mi vagina su poderoso miembro.
—¡Aaa, qué rico! —grité desesperadamente mientras le colocaba las piernas en la espalda.
Sentía un infinito placer que me llegaba a cada parte del cuerpo. La sensación me producía la necesidad de curvar la espalda y mover las caderas hacia adelante y atrás para que el pene de Augusto se me metiera más profundamente y saliera, solo para arremeter en la siguiente embestida. Con las manos me sostenía las tetas para que no se movieran tanto durante la tremenda follada que estaba gozando.
—Eres una diosa, Verónica. Te amo. Me vuelves loco. Eres una puta y una dama. Por eso primero te traté como una puta y ahora como una dama. Primero fue sexo duro y ahora hacerte el amor. Cómo te deseo.
Mis jugos cubrían toda su verga, que brillaba mojada cada vez que salía de mi vagina, lubricada, estrecha y hermosa. Seguí disfrutando el pene dentro de mí y finalmente explotó otra carga de semen espeso que inundó mi vagina y mis bellos púbicos. La recámara olía a sexo. Abrazando su cuerpo desnudo encima de mí, le di un largo beso, prometiéndole que sería suya cuantas veces quisiera. Mi lecho matrimonial estaba profusamente lleno de fluidos y aroma a sexo.
Después de unos minutos nos levantamos. Augusto dijo:
—Tengo que irme, pero volveré.
Yo, toda extasiada de sexo, pensaba en cómo sería un trío con mi joven amante y su padre. Nuevamente colocó el collar y me ató a la cama.
—¿Para qué, si ya te vas?
Me volvió a dar otra cachetada. Me quitó las medias y las zapatillas, las guardó en su mochila junto con mi vestido y mi tanga.
—Ramera, te dejaré amarrada como la puta perra que eres.
Finalmente se fue. Logré desatarme, arreglar la habitación y bañarme.
Gracias por apoyar mis experiencias sexuales contadas a través de un rico relato. No olvides escribirme; tardo en responder, pero lo hago. Besos de tu cougar favorita, Ishtar Flores.
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