Durante años busqué satisfacción en diversas parejas, pero nunca encontré éxito en mi búsqueda de placer y que me llenara como hembra.
Conocí hombres que si bien se veían atractivos al final solo me llenaban con palabras vacías y embestidas torpes que no me daban satisfacción, probe un tiempo relaciones con otras mujeres, pero estas me acariciaban, pero con lenguas y dedos suaves que se cansaban muy pronto, que se retiraban cuando yo pedía más.
A veces por exigir nuevas experiencias exigía que me ataran, que me callaran, que me entregaran por completo, pero cada encuentro terminaba igual, un vacío incluso después de algunos efímeros orgasmos, la sensación de que algo esencial faltaba, como si mi piel nunca hubiera estado realmente tocada.
Frustrada me confese con unos de mis pocos amigos, confese lo que sentía, entonces mi amigo me dijo me entendía y que a veces solo enfundado había sentido placer, cuando lo interrogue mi amigo un poco avergonzado, temiendo lo juzgara me indico que era un fetichista y le causa gran placer y morbo usar ropa de látex, goma y cuero.
Lo miré curiosa, en ese momento usaba pantalones de cuero sintético e hice memoria que siempre desviaba la mirada cuando veía gente vestida de cuero o materiales brillantes, en vez de juzgarlo lo interrogue y me conto las maravillas de su mundo, me indico la sensación de goce que producía el enfundarse completo en un traje de látex y que con ayuda de una maquina masturbadora había alcanzado un gran orgasmo; lo seguí interrogando y al final me dio un tutorial, al respecto esa misma noche ingrese a las páginas web indicadas y realice varias compras.
El tiempo paso muy lento, pero por fin llegaron los implementos había comprado, solicite unos días libres en mi trabajo, y esa noche prepare una habitación para los efectos que deseaba y me dispuse para mi placer, como un ritual, me desnudé lentamente en la habitación con el suelo de goma negra diamantada.
El traje de látex que había comprado me esperaba, brillante como un charco de petróleo bajo la luz fría. Lo toqué primero con las yemas de los dedos, estaba helado, denso, con esa textura ligeramente granulada que solo el látex grueso tiene, como piel de animal extraño.
Empecé a enfundarme por las piernas, el material se deslizó sobre mis pantorrillas con un sonido húmedo y crujiente, mientras el frío inicial me arrancaba un escalofrío que subía hasta la entrepierna.
Al subir más, el látex se calentaba con mi propia temperatura corporal, pero nunca del todo, siempre quedaba ese contraste entre el exterior liso y frío al tacto y el interior que empezaba a pegarse a mi piel como una membrana viva, cuando llegué a los muslos, sentí la presión.
El material no solo cubría, para aumentar mi creciente excitación también comprimía, cada centímetro se tensaba, aplastando la carne contra el hueso, marcando surcos profundos en la piel que solo yo podía sentir desde dentro.
El cierre subió por la entrepierna y el látex encerró mis labios vaginales, mi clítoris y mi ano, creando un vacío húmedo e inmediato. Ya no había aire entre mi cuerpo y el traje. Solo una fina capa de sudor que empezaba a formarse, lubricando el interior, haciendo que el material se adhiriera todavía más fuerte, como si quisiera fundirse conmigo.
Los guantes largos llegaron hasta los hombros. El látex me robó el tacto de las manos, ahora solo sentía la presión constante de los dedos envueltos, el calor atrapado, el leve chasquido cuando movía las articulaciones.
El traje era cómodo pero me comprimía a la vez, cada respiración hacía que el látex se expandiera y se contrajera contra mi pecho, un vaivén húmedo y apretado que me recordaba que pronto ya no controlaría ni el aire que entrara en mis pulmones.
Luego me coloque una máscara que solo daba espacio para ojos, nariz y boca, después me coloque un casco negro completo, que era una máscara de gases funcional.
Cuando lo ajusté, el mundo exterior desapareció por completo. El olor del látex me envolvió, ese aroma denso, dulzón y químico a goma nueva, a aceite y a piel sellada. El interior de la máscara se pegó a mi cara, a mis párpados, a mis labios.
El tubo corrugado se conectó al tanque blanco de una máquina con un clic sordo. El aire que llegaba ahora era filtrado, más pesado, más caliente, y cada inhalación hacía que el látex de la máscara se hundiera ligeramente contra mis mejillas, creando un vacío que me recordaba que estaba completamente encapsulada.
Me tumbé en el suelo de diamante negro y abrí el cierre de mi entrepierna y con mis dedos me di placer. El látex crujió bajo mi peso, un sonido húmedo y obsceno, primero con los brazos abiertos y las piernas separadas.
Dentro del traje, el sudor ya corría en finos hilos entre mi piel y el material, creando zonas de calor intenso y otras de frescor resbaladizo, entonces tome el dispositivo estaba a mi lado y moví un brazo mecánico, que se deslizó entre mis muslos.
El dildo de silicona empujó primero contra la abertura del látex y luego penetró, empujando el material hacia dentro, haciendo que el látex se estirara y se tensara alrededor de la intrusión.
Cada embestida inicial producía un leve chasquido húmedo, el sonido del látex rozando el látex, del material estirándose y volviendo a contraerse. Cuando ya lleno mi sexo, me tumbe y con un control remoto empezó mi deleite, la vibración empezó, baja al principio, luego más profunda.
El látex transmitía cada temblor directamente a mi clítoris, a mis paredes internas, a la base de mi columna.
El material se adhería tanto que cualquier movimiento mínimo se sentía amplificado, así el roce interno del sudor, la presión constante del traje que me impedía expandir del todo el pecho, el collar metálico que tiraba suavemente del cuello mientras el látex de la máscara se pegaba más con cada respiración agitada creo una sinfonía de sensaciones que estaban llevando al cielo.
Respiraba a través del filtro, el aire era denso, casi embriagador, y cada inhalación hacía que el látex de la cara se hundiera un milímetro más, creando una sensación de asfixia controlada, de ser tragada por el propio traje.
El olor a goma se mezclaba con el de mi propio deseo. El material brillaba bajo la luz, reflejando cada curva de mi cuerpo sellado. No podía tocarme y no podía rascarme a mi piel, sino, solo sentir cómo el látex me abrazaba por completo, era frío por fuera, caliente y resbaladizo por dentro, apretando, estirando, succionando, convirtiéndome en un objeto brillante y sin escape.
El orgasmo no llegó como un estallido. Llegó como una ola lenta que hacía que el látex se contrajera con cada espasmo, como si el material mismo estuviera gozando conmigo. Grité dentro de la máscara y el sonido se perdió en el respirador, convertido en un gemido filtrado y lejano. La máquina no se detuvo. Continuó, más profundo, más rápido, mientras el látex me exprimía, me sellaba, me transformaba en puro placer encapsulado.
Ahora, en primera persona, lo digo sin dudarlo, Al final, después de tantos cuerpos, de tantas promesas rotas, de tanta decepción con hombres y con mujeres, mi única y verdadera satisfacción increíblemente la conseguí con una máquina, que no se cansaba y no se quejaba.
Con este traje de látex negro se multiplicaban las sensaciones por cuanto me sella como una segunda piel viva, frío al principio, luego caliente y pegajoso de sudor, que cruje, que huele a goma densa, que comprime cada centímetro de mi cuerpo hasta que ya no sé dónde termino yo y dónde empieza el material.
Con la máscara de gases que controla cada respiración, haciendo que el látex se hunda en mi cara con cada inhalación. Con el brazo mecánico que me penetra sin piedad ni cansancio, estirando el látex a cada embestida.
Aquí, tendida en el suelo, completamente encapsulada, respirando aire filtrado mientras la maquinaria me folla sin descanso y el látex me abraza, me aprieta y me traga, encontré por fin lo que nadie más pudo darme, un placer absoluto, limpio, infinito e impersonal…
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