La mamá de mi novia

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Aquel día Sofía y yo decidimos salir de fiesta juntos e ir a bailar. Habíamos acordado que yo estaría ahí a las 8 de la noche. Cuando llegué a su casa por ella, me dijo que la esperara en la sala mientras terminaba de arreglarse. Accedí y me fui a sentar en el sofá. A los minutos apareció la mamá de Sofía y me saludó. Tal parecía que la señora también iba a salir de fiesta y ya iba de salida.

No pude evitar morbosear sus piernas tan ricas. Llevaba puesta una falda negra tipo short junto a una blusa escotada amarilla, no llevaba calzado y me daba una imagen deliciosa al ver la desnudez de esos muslos maduros de mi suegra. Estaba tan excitado que mi verga estaba como roca, y ella lo sabía. Procedió a pedirme que le pasara el florero del estante de arriba. Al bajarlo y entregárselo la vi morboseándome la verga abiertamente. Me rozó la entrepierna “sin querer” al tomar el florero y, con una sonrisa de mujer madura que sabe exactamente lo que provoca, me susurró:

—Qué duro lo tienes, yerno… Sofía tiene suerte.

Se fue de la casa sin decir más, dejándome con la polla palpitando. Sofía bajó minutos después, preciosa, y nos fuimos a la fiesta. Bailamos, bebimos y, cuando regresamos cerca de la una de la madrugada, la casa estaba en silencio. La mamá de Sofía aún no había vuelto… o eso creíamos.

Subimos directo al cuarto de Sofía. Apenas cerramos la puerta nos lanzamos el uno al otro. Le subí la falda, le bajé las bragas y me la follé contra la cama con ganas, sin apagar la luz. Sofía gemía fuerte, clavándome las uñas en la espalda mientras yo le embestía el coño empapado una y otra vez. No nos dimos cuenta de que la puerta había quedado entreabierta.

La mamá de Sofía había llegado minutos antes. Escuchó los gemidos desde el pasillo, se acercó en silencio y se quedó mirando a través de la rendija. Vio cómo mi polla entraba y salía del coño de su hija, cómo las nalgas de Sofía rebotaban con cada embestida, cómo yo le agarraba las tetas y le decía cosas sucias al oído. La señora se pasó la mano por debajo de su propia falda corta y se tocó sin dejar de mirar, el pecho subiéndole y bajándole rápido.

Cuando Sofía se corrió gritando mi nombre, yo me corrí dentro de ella. Nos quedamos un rato abrazados y después ella se durmió casi de inmediato, agotada. Yo me levanté para ir al baño del pasillo. Al salir, la mamá de Sofía estaba apoyada en la pared, todavía con la falda negra tipo short y la blusa amarilla escotada. Me miró fijo, sin vergüenza.

—Los escuché a los dos —dijo en voz baja—. Y los vi. Qué rico la follas

Me agarró de la camisa y me empujó hacia su habitación, que quedaba al final del pasillo. Cerró la puerta con llave. Antes de que pudiera decir nada ya tenía la mano dentro de mi pantalón, agarrándome la polla todavía medio dura y manchada de los jugos de su hija.

—Ahora te toca a mí —susurró contra mi boca—. A escondidas. Mientras ella duerme.

Me bajó el pantalón de un tirón. Se arrodilló y me metió la verga entera en la boca, chupando con hambre, saboreando el sabor de Sofía todavía en mi piel. Gemía alrededor de mi polla mientras se tocaba el coño por debajo de la falda. Yo le agarré el pelo y le embestí la garganta un par de veces hasta que ella se levantó, se quitó la blusa y la falda de un solo movimiento y se quedó completamente desnuda: tetas maduras y pesadas, cintura marcada, culo redondo y un coño afeitado que ya brillaba de humedad.

Me empujó hacia la cama, se montó a horcajadas y se bajó sobre mi polla de un solo movimiento, tragándosela hasta el fondo. Soltó un gemido ahogado y empezó a cabalgarme con fuerza, las tetas rebotándole en la cara. Yo le agarré las caderas y la embestí desde abajo, duro, profundo, mientras ella se inclinaba y me mordía el cuello para no gritar.

—Más fuerte… fóllame como le follaste a mi hija —jadeaba al oído—. Quiero que me dejes el coño igual de abierto…

La giré sin sacármela, la puse a cuatro patas y se la clavé desde atrás con embestidas rápidas y profundas. Cada golpe hacía que su culo maduro rebotara contra mi pelvis y que el sonido húmedo de su coño llenara el cuarto. Ella enterraba la cara en la almohada para ahogar los gemidos, pero de vez en cuando soltaba un “sí… así… más duro, yerno…”.

Le di varias nalgadas fuertes, le abrí las nalgas y le escupí en el culo antes de meterle un dedo mientras la seguía follando. Se corrió primero, contrayéndose alrededor de mi polla y mojando las sábanas. Yo no me detuve. La seguí embistiendo hasta que sentí que no aguantaba más, me clavé hasta el fondo y me corrí a chorros calientes dentro del coño de mi suegra, llenándola igual que había llenado a su hija horas antes.

Cuando me retiré, el semen empezó a salirle despacio por entre los labios hinchados. Ella se giró, todavía jadeando, me agarró la cara y me besó con lengua, saboreando todo.

—Ahora limpia lo que me dejaste —susurró—. Y la próxima vez que vengas a buscar a Sofía… pásate primero por aquí. A escondidas.

Me bajé de la cama, me vestí en silencio y salí de su habitación. En el pasillo miré hacia el cuarto de Sofía: ella seguía dormida, completamente ajena a todo. Bajé a la sala con la polla todavía sensible y el sabor de las dos mujeres en la boca, sabiendo que esto apenas empezaba.

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