Alan visita al urólogo

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Alan llegó a la clínica urológica un martes a las once de la mañana acompañado de Fernanda. Ella llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas y una expresión entre nerviosa y expectante. Él intentaba mantener la compostura. Tenía treinta y un años, cuerpo atlético, pero esa mañana se sentía más vulnerable de lo habitual. El motivo era un control de rutina: leve molestia al orinar y una sensibilidad extraña en la zona perineal.

Cuando los llamaron, el doctor entró. No era el hombre maduro que Alan había imaginado. Tenía unos treinta y tres, pelo oscuro peinado hacia atrás, mandíbula marcada, labios finos y una mirada oscura y calmada que lo recorrió de arriba abajo en un segundo. La bata blanca abierta sobre una camisa negra ajustada delataba un torso firme. Se presentó con voz grave y profesional:

—Doctor Mateo Ríos. Alan, ¿verdad? Y usted debe ser Fernanda. Pueden ambos quedarse. Prefiero que la pareja esté presente cuando la revisión es completa.

Fernanda se sentó en la silla junto a la camilla, cruzando las piernas con lentitud. Alan notó que ella ya estaba un poco sonrojada.

El doctor revisó la historia clínica, hizo preguntas rutinarias. Todo con tono neutro. Luego se levantó y se lavó las manos.

—Voy a necesitar que te desnudes completamente, Alan. Incluyendo la ropa interior. Siéntate primero en el borde de la camilla.

Alan se quitó la ropa bajo las dos miradas. Quedó desnudo. El doctor no apartó los ojos, pero mantuvo el gesto profesional.

Lo ayudó a subir y a colocar los pies en los estribos de acero. Las rodillas se abrieron.

Quedó completamente expuesto: el pene semiblando, los testículos colgando, el culo abierto hacia el médico. El aire acondicionado le rozó la piel sensible. Sintió el calor subir a las mejillas.

El doctor se puso guantes de látex negros, se sentó entre sus piernas y acercó la lámpara. La luz fría iluminó la entrepierna y el pliegue de las nalgas.

—Voy a empezar por el exterior. Relájate. Fernanda tiene la última palabra. Si ella dice basta, me detengo de inmediato. Mientras ella no lo diga… continúo.

Sus dedos enguantados separaron las nalgas con cuidado. El gel lubricante frío tocó el esfínter. Alan se tensó. El doctor dibujó círculos lentos alrededor del anillo, evaluando el tono muscular.

—Buena respuesta. Ahora voy a introducir un dedo para evaluar la próstata.

El dedo entró. Lento. Girando. Alan sintió la invasión fría y profesional. El doctor exploró las paredes, encontró la próstata y presionó. Una oleada de placer eléctrico subió por la columna de Alan. Un gemido bajo se le escapó.

Fernanda se inclinó hacia adelante, los ojos fijos en la mano del médico.

El doctor no retiró el dedo. Lo movió con calma, masajeando la próstata mientras hablaba con tono didáctico, casi clínico:

—Mientras te reviso necesito que me cuentes de tu sexualidad, Alan. Sé honesto. ¿Con quién te acuestas? ¿Solo con mujeres? ¿Has dejado que alguien te toque aquí antes? ¿Te excita que te abran el culo o solo lo soportas?

Alan sintió un golpe de humillación caliente en la cara. Estaba desnudo, las piernas abiertas en los estribos, un dedo extraño dentro de él, y el médico le pedía que hablara de su vida sexual como si fuera parte del protocolo. Fernanda lo miraba, sin intervenir, solo observando.

—Yo… solo con mujeres —respondió, la voz más baja de lo que quería—. Nunca… nunca nadie me había tocado así. No me excita. Solo… estoy aquí porque me duele a veces.

El doctor asintió y añadió un segundo dedo. El estiramiento fue más notorio. Alan arqueó un poco la espalda.

—Interesante. El cuerpo dice otra cosa. Tu pene ya está duro y estás goteando. La próstata responde con placer aunque la mente diga que no. Voy a seguir abriéndote. Sigue hablando. ¿Alguna vez fantaseaste con que un hombre te follara mientras tu novia miraba?

La humillación se profundizó. Alan quería cerrar las piernas, pero los estribos lo mantenían abierto. El doctor movía los dos dedos con precisión, presionando la próstata una y otra vez, forzando respuestas físicas que Alan no controlaba. El pene latía, goteando preseminal sobre el abdomen.

—No… no he fantaseado con eso —mintió, la voz rota—. Me siento… expuesto. Ridículo.

—Eso es normal al principio —dijo el doctor con calma casi cruel—. La vergüenza forma parte del aprendizaje. Fernanda, acércate. Quiero que veas cómo se abre tu novio mientras me cuenta la verdad.

Fernanda se levantó y se acercó. Se inclinó y besó a Alan en la boca, pero el beso no borró la sensación de estar siendo examinado y interrogado al mismo tiempo.

El doctor introdujo un tercer dedo. El ardor del estiramiento hizo que Alan apretara los dientes.

—Respira. Empuja hacia abajo. Deja que el músculo ceda. Mientras tanto, dime la verdad. ¿Te gusta que te estén abriendo así, delante de ella?

Alan cerró los ojos un segundo. La humillación era densa, caliente, casi tan intensa como el placer que los dedos le arrancaban.

—Me… me gusta que ella mire —admitió al fin, la voz apenas audible—. Me siento humillado… y aun así estoy duro. No sé qué me pasa.

El doctor sonrió apenas. Retiró los dedos, se puso de pie y se desabrochó la bata y la camisa. Debajo no llevaba nada. Su torso era firme. Luego se bajó los pantalones. El pene que apareció era grueso. Realmente grueso. La cabeza ancha, el tronco pesado, las venas marcadas. Completamente duro.

—Voy a follarte ahora —anunció con la misma calma clínica—. Va a doler al principio porque soy grueso. Fernanda decide si continúo o no.

Alan miró el miembro grueso y sintió un nudo de miedo y excitación. Fernanda se había quedado a su lado, una mano en su pecho, observando.

El doctor se colocó entre las piernas abiertas, alineó la cabeza ancha con el agujero todavía abierto y lubricado, y empezó a empujar.

El dolor fue inmediato. El esfínter se estiró alrededor de la cabeza gruesa con una presión intensa, casi quemante. Alan jadeó, los músculos de las piernas tensándose contra los estribos. Quiso decir que parara… pero no era él quien decidía.

—Duele —admitió entre dientes, mirando a Fernanda.

Fernanda le acarició el pelo, le besó la sien y le susurró al oído, voz baja y firme:

—Sigue. Quiero ver cómo te lo comes entero. No pares, doctor.

El médico empujó otro centímetro. El ardor se profundizó. Alan sintió cómo su cuerpo se veía obligado a ceder alrededor de ese grosor. Fernanda seguía acariciándolo, susurrándole que aguantara, que se veía tan abierto, tan vulnerable, tan suyo.

El doctor avanzó con lentitud implacable, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. El pene grueso llenaba a Alan de una forma que dolía y a la vez presionaba la próstata con una intensidad brutal.

—Estás temblando —observó el médico—. Pero Fernanda no ha dicho basta. Así que sigo.

Empezó a moverse. Empujes lentos, profundos. Cada embestida estiraba el agujero de Alan alrededor de ese grosor, arrancándole gemidos que eran mitad dolor, mitad placer. El ardor inicial se mezclaba con las descargas eléctricas de la próstata.

Alan sentía el preseminal goteando sin control, el cuerpo traicionándolo mientras el médico lo follaba con calma profesional y posesiva.

—Dime cómo se siente ahora —exigió el doctor, sin dejar de embestir—. ¿Todavía te duele?

—Duele… —respondió Alan, la voz rota de humillación y excitación—. Pero no… no quiero que pares.

Fernanda se había subido a la camilla, el vestido levantado, y ahora se frotaba contra el muslo de Alan mientras lo miraba ser abierto por esa pija gruesa. Le tomó la cara entre las manos y lo obligó a mirarla.

—Aguanta. Quiero que te lo meta todo. Quiero oírte gemir. No voy a decir basta.

El médico aceleró el ritmo. Los sonidos húmedos de la penetración llenaban el consultorio. Alan gemía sin control, las piernas abiertas en los estribos, el culo ardiendo y a la vez pidiendo más. Cada vez que el dolor se volvía demasiado intenso, miraba a Fernanda, esperando la palabra que nunca llegaba. Ella solo le acariciaba el pecho, le besaba la boca y le repetía que siguiera, que lo tomara, que se dejara abrir.

El doctor se inclinó sobre él, una mano en su pecho, la otra sosteniendo una pierna más abierta.

—Voy a correrme dentro. Quiero que sientas cómo te lleno mientras todavía te duele un poco.

Las embestidas se volvieron cortas, potentes. Alan sintió el pene grueso latir, el calor súbito del semen llenándolo en chorros densos. El dolor y el placer se mezclaron en un pico casi insoportable. Se corrió segundos después, el semen saliendo a chorros sobre su abdomen, el cuerpo sacudido por la intensidad de haber aguantado el grosor hasta el final mientras Fernanda lo miraba sin detener nada.

El doctor se retiró con lentitud. El agujero de Alan quedó abierto, rosado, goteando semen espeso, todavía sensible y ardiendo. El médico tomó una gasa y lo limpió con suavidad profesional.

—La próstata respondió bien —dijo, voz aún ronca—. La sensibilidad debería mejorar. Podemos programar otra sesión la semana que viene… si Fernanda quiere que continúes aprendiendo a tomarlo aunque duela.

Fernanda besó a Alan en la boca, saboreando la mezcla de vergüenza, dolor y placer que todavía temblaba en su cuerpo. Le acarició el pelo y le susurró:

—Nunca iba a decir basta. Me encantó verte así.

Alan, todavía con las piernas abiertas en los estribos, el culo lleno y dolorido, solo pudo cerrar los ojos y aceptar que, esa mañana, no había tenido ninguna palabra para detener nada.

La consulta había terminado. Pero los tres sabían que no había sido solo una consulta.

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