—Me haré una paja para ti —dijo el arlequín.
El camerino olía a alcohol de quemar. Sobre una cómoda desvencijada la llama inverosímil de la lamparilla bailoteaba en las paredes, fantasmal como una niebla nocturna en un muelle londinense; un lúgubre tono amarillento dominaba la estancia; el bochorno del verano meridional casi se podía palpar.
La enana se sentó en un taburete cojo y colocó sus manos en la faldilla plisada de muselina de color rosa. Se acarició una rodilla cubierta con la media blanca que tenía un par de agujeros y mostraba su piel pálida. El corazón, bajo las tetitas le palpitaba acelerado; la boca se le llenó de saliva espumosa; los pezones comenzaron a ponerse erectos por el deseo. El arlequín, sentado en el lado de la cama de hierro, se abrió el lazo que sujetaba sus pantalones a rombos negros y rojos. Su mirada se concentró en la tarea de sacar su chisme grueso y largo; endurecido ya. Cuando el falo se irguió victorioso sobre la tela lo agarró por la base y se lo mostró a la mujer.
Los ojos de Mirta miraban hipnóticamente la tranca enorme, el capullo sonrosado, el anillo violáceo bajo el cual el mango descapullado de Víctor se elevaba deseable. En la pared se dibujaba una gris sombra gemela. Cuando el arlequín comenzó a sobar la polla enhiesta, el somier de muelles se quejó agriamente. Tenía las piernas separadas y su nariz aguileña estaba apenas a doce centímetros del borde troquelado del cuello de su patético traje.
—Sácate las bolas.
Él levantó la mirada y le hizo un guiño. Con un sencillo movimiento de muñeca hizo que los dos testículos emergieran. Dos pelotas ovoides con algunos pelillos como raíces entrecanas que celebraron los ojillos redondos de la enana del circo. La mano del hombre los acarició sin dejar de mirar a la mujer. Los cogió en una palma de su mano nervuda y los levantó. El cipote se mantenía rígido y retador, con su prepucio tirante, el glande rosado descubierto, la punta humedecida.
—¿Te gustan?
—¿Puedo tocártelas? —El arlequín asintió sonriendo sibilinamente.
—No sólo tocármelas; no sólo los huevos. El precio es el mismo.
Mirta se levantó y se acercó. Víctor se levantó: su chisme se balanceó apenas unos milímetros y se quedó tieso como una caña. Se reclinó sobre la almohada cuando Mirta se sentó a su lado.
—Hace mucho que no los vacías. —El hombre afirmó secamente—. ¿Te excita que te vea masturbarte y correrte…? —En realidad no era una pregunta; en realidad ambos tenían un pacto prefijado. Pero el juego del diálogo encendía las brasas y los dos conocían las reglas. Ninguno pensaba respetarlas.
Los dedos de Mirta acariciaron la piel rugosa, los pilosos estambres rizados. La enana pudo definir la forma de aquellos cojones repletos de semen.
—Apriétalos —pidió él.
Mirta dudo.
—¿No te haré daño?
El arlequín negó. La mano se cerró y palpó las dos bolas a la vez: estaban duras y apretadas contra la bolsa del escroto. Apretó ligeramente. El hombre jadeó.
—Más fuerte.
La garra atenazó la carne haciendo que ambos testículos se juntarán; incrementó la presión. El arlequín, con los ojos fijos en los genitales, dejó escapar un pequeño gemido. Ella no aflojó la presa.
—¿Más? —preguntó con voz provocativa.
—Más…, y con la otra mano apriétame la polla.
La lengua de Víctor sobresalió entre los labios cuando la enana agarró el falo y cerró la tenaza de sus dedos.
—Así, así, nenita.
Mirta apretó con firmeza hasta que Víctor dejó escapar un gemido más agudo. Aflojó la tenaza.
—No; no pares, sigue, corazón.
Ella se inclinó y depositó un beso sobre el glande, justo en el centro, donde los diminutos pliegues del orificio comenzaban a dejar salir unas gotitas viscosas. La enana se llevó las gotas y las paladeó. La humedad se esparció con abundancia por la vagina. El juego debía continuar, pero ella ya rememoraba la última penetración en su coño… No la de Víctor: él era “nuevo”. Hasta que una semana antes August, el domador, pidió la cuenta y partió en dirección a Suiza, donde Artie Becker le había ofrecido un salario más alto y una pareja de leones jóvenes e inexpertos.
Hasta entonces, aunque la cosa no era nueva; Paulito había considerado las relaciones entre ellos. Su pareja era impotente, y Mirta y él habían convenido en que no le importaba que ella satisficiese su necesidad de coitos y placer con otro hombre. Con una condición…
Ahora Paulito, desde su escondrijo, experimentaba la mezcla de celos y lujuria al ver cómo la boca de Mirta se apoderaba del capullo completo del arlequín y se iba tragando el falo despacio.
Víctor exhaló un largo suspiro cuando más de la mitad de su polla era melosamente chupada por la boca de la mujer, cuya lengua recorría circularmente el bastón duro y tieso, caliente y sabroso del hombre.
—Los huevos… —dijo entrecortadamente el hombre. Acariciaba los cabellos de la enana. Esta desobedeció ex profeso la petición.— ¡Las pelotas! —insistió con exigencia— ¡Apriétalos! —Ella extendió la tensión del placer y siguió inmutablemente la despaciosa mamada. El arlequín, casi furioso exclamó—: ¡Fuerte…ya!
Mirta obedeció está vez. Sus labios chupaban la polla, sus dientes se cerraron sobre el miembro. Víctor se quejó levemente.
—Sí…, sí, nenita.
Desde la abertura del armario, Paulito sintió encenderse su pecho y la lubricidad de su pensamiento le proporcionó un gusto un poquito doloroso, pero placentero. Los dedos de Mirta juguetearon con los cojones duros del arlequín. Cogía uno y lo sobaba, lo apretaba, lo empuja y arrastraba hacia arriba y hacia abajo en su bolsa granulosa y peludita; luego repetía con el otro. Un sabor espeso brotaba del meato clavado en el paladar de la mujer. Mirta trasladaba las leves gotas de fluido y las tragaba sonoramente entre su saliva caliente: Víctor no debía irse todavía.
Se sacó el vergajo que cimbreó varias veces al liberarse de la felación. Víctor emitió una queja contenida, quejosa, lúcida: sabía lo que Mirta quería. No era lo pactado: con sus miradas enfebrecidas ambos habían reformulado los puntos. Ella le iba a pagar, y él debía cumplir su parte. La mano de la enana liberó las pelotas endurecidas y dolorosas. Su enano compañero sentía en su interior el extraño placer desexualizado cuando Mirta se repasó los labios y los chupeteó.
Pensó en el coño lubricado de su mujer, que él conocía perfectamente y con el que había jugado cientos de veces…, miles, haciendo que se corriera: podía casi recordar olfativamente su olor, la salubridad de sus jugos, el color blanquecino de sus corridas, el rostro contraído, los labios de la boca prietos antes de abrirse húmedos y estremecidos. La hendidura distendida, la cuevecita rosada del chocho burbujeante y el pequeño caramelito del clítoris dilatado, palpitante. Todo ello insuficiente para Mirta.
Por ello, él que la amaba profundamente le propuso mantener relaciones con alguien…, con August que, después que ella se le insinuase, quiso experimentar y gozar a la enana. La primera vez resultó doloroso para Paulito; luego recordaba el placer sexual de su mujer; más tarde descubrió que él gozaba con la supuesta infidelidad… hasta que le hizo saber a Mirta que podían disfrutar los dos cuando el domador jodía con ella: una especie de secreto ménage á trois.
La idea encantó a Mirta. Paulito se lo dijo una mañana lluviosa y fría, cuando debajo de las mantas la masturbó y le hizo un espléndido cunnilingus que ella gozó con una pizca de necesidad de sentir que la follaba una polla dura y tiesa: su pareja tenía un pijo que no sufría ningún cambio, aunque Paulito si sintiera una potente rijosidad del sexo en su mente.
Mirta se acostó en la cama y se bajó las medias bajo las cuales no había braga. Se quitó la camisola y se abrió de piernas. Víctor se colocó sobre ella. Y le besó los pechos pequeños. Los pezones estaban completamente erectos, como dos bolas oscuras sobre las pequeñísimas colinas mamarias femeninas de Mirta. La lengua del arlequín recorría los senos y trazaba círculos con los pezones dentro de la boca. Sorbía y lamía los bulbos duros de la mujer, que resoplaba al sentir el calor salivar de la boca de su nuevo amante.
El hombre la tomó por las carnes respingonas del culito. Descendió con besos ensalivados desde las tetitas hasta el escasamente elevado monte de Venus, pasando por el rugosito ombligo. Mirta tenía un escaso pelamen sobre la entrada del coño, y muy suavecito. Víctor hizo espirales sobre el mantito de vello rubio y lo besó. El otro vello, el de los antebrazos de la mujer se erizaron instantáneamente. Luego, el hombre llegó al chocho.
Entre los labios apretados del corte entre los labios vaginales de Mirta un sendero semi blanquecino señalaba el estado de excitación sexual de la pequeña artista del circo. Víctor acarició la boquita vertical del chocho: la capita de flujo se fijó en las yemas de sus dedos. Emitió una especie de gorjeo. Mirta abrió los ojos y levantó la cabeza. El hombre le mostró los dedos humedecidos.
—Estás disfrutando, nenita. Creo que mi tarifa debería ser más alta —se echó a reír—; pero… —se cogió el bastón todavía erecto de su pene y lo mostró triunfante—,yo también…, así que, la próxima vez, veremos. —Se inclinó hacia el sexo de la mujer.
Paulito sintió una punzada en el pecho al asistir a lo último. Al mismo tiempo una descarga erótica difusa le recorrió. Ya sabía que Mirta gozaba de los encuentros sexuales con August. La relación duró tres años y había visto los sucesivos orgasmos de su mujer con el domador. Escuchó sus exclamaciones de placer; asistió a sus estremecimientos cuando se corría; observaba las penetraciones profundas y animales del otro hombre dentro del coño de su mujer; al derrame de sus jugos en el interior de su vagina o sobre su vientre o sus tetas, su espalda o su culo.
También había oído a Mirta llamarle “cariño”, “vida” y hasta… “amor” en medio de sus folladas; o al domador cuando la tenía agarrada por los cabellos, con su polla en el coño y a veces, mientras se descargaba en la boca de Mirta, dejaba escapar palabras soeces como “puta; así, mi putita”, “te voy a traspasar”, “tragate mi leche…, todita”; hasta una tarde en que le llegó a decir: “te voy a dar por el culo, hasta rompértelo” (cosa que, él era testigo, jamás ocurrió).
A su mujer eso no parecía desagradable: era como si formase parte de la furiosa relación pasional. Le gustaba como la jodía August, con todo; y aquello también. Follar con aquel joven domador fornido, de cabello rizado, que la tumbaba boca abajo para penetrarla o la arrodillaba y se la metía, haciendo que ella chillase de placer cuando ambos se corrían a la vez. Lo único de que la enana artista circense se quejaba era de que August no parecía muy inclinado a comerle su coño famélico de besos y caricias. Se lo hizo notar a Paulito una vez. Su nuevo amante, Víctor, a diferencia del domador parecía gozar del chochito suave y delicado de ella: miraba aquella vulvita fascinante como si la estuviera gozando en sus labios masculinos.
El arlequín se quitó la ropa acto seguido. Era notablemente mayor que August, pero su cuerpo era flexible y, desde luego, aquel chisme, que acababa de probar Mirta, obtenía un sobresaliente en comparación con la polla del domador, su antiguo amante.
Los brazos de Víctor abrieron con suavidad los muslos hambrientos de la mujer que se arquearon en su total ofrecimiento. Nuevamente repasó la hendidura del chumino y sus dedos se llevaron de la miel fluida vaginal de Mirta; condujo los dedos años labios de ella.
—Chúpalos.
Ella lo hizo y captó por vez primera su propio sabor interior. Los dedos empujaron deferentemente la entrada al conducto vaginal y aquella boca vertical se abrió hasta llenarse con los dedos humedecidos. Las miradas de los dos amantes se estrecharon y una sonrisa compartida celebró los ruidos que generaba la absorción del jugo femenino. Entonces, él se amorró y besó el coño con gran delicadeza; la lengua repasó una y otra vez los labios calientes y penetró la cuevecita vaginal hasta donde alcanzaba. Un gran gemido de Mirta retumbó en la pequeña habitación entre sombras. Paulo tragó saliva y trató de controlar su respiración alterada. El desnudo arlequín no podía saber que estaba siendo espiado.
La lengua frotaba por el interior, lamía las paredes, arrastraba hasta su garganta aquel fluido ligeramente espeso que tragaba sin dejar de chupar, lamer, sorber: buscaba desatar el placer de la mujer. Mirta temblaba ante la avalancha de placer continuo.
Comenzó a mover las caderas. El desarlequinado amante abría los labios del chumino y hacía entrar y salir los dedos alternativamente intercambiando la exploración con las incursiones de su lengua ávida de la humedad salina: los dedos acababan en la boca de la mujer y en la suya propia antes de acariciar la vulva cálida. Terminó con una secuencia de besos entre ambos, que se trocaban de suaves a feroces cuando los dedos masculinos alcanzaban el pequeño botón clitorídeo y lo frotaban hábilmente. Los jadeos de la pequeña mujer dejaron paso a un seguido de gemidos. Víctor creyó llegada la hora.
Se colocó con los brazos a ambos lados del cuerpo de Mirta. La descabalada cama crujió bajo el peso y el esfuerzo de los brazos musculosos del hombre. Su falo, en el máximo de excitación y dureza, entró de un sólo empujón hasta lo más profundo de la vagina de la mujer, cuyo gemido se combinó con los arañazos que propinó en las nalgas del hombre.
Paulito instintivamente buscó su propio órgano y descubrió que a pesar de las nuevas sensaciones eróticas seguía en su habitual flacidez, aunque su mente reciba el impacto lujurioso de ver cómo la polla de Víctor jodía el chocho de su pareja; disfrutaba de aquella sesión algo improvisada entre los dos amantes. La polla se movía al compás de unos movimientos de pelvis del hombre, que eran respondidos al unísono por el cuerpo enano pero ardiente de Mirta.
Le levantó las piernas mientras la follaba. Víctor observaba sus embestidas, cómo su órgano entraba en las carnes de la mujer, y salía impregnado de los fluidos salinos espesos y ardientes. Paulito miraba y… gustaba de la penetración, como si fuera él mismo quien jodiera el chocho insaciable de Mirta. Experimentaba en su cerebro un placer imaginado: el de tener su polla crecida entre las paredes chorreantes de la vagina sedosa, en el canal viscoso llegando hasta lo más profundo de aquel chumino amado; también era capaz de llegar a experimentar el vértigo del folleteo entre los dos amantes.
El falo volvió al exterior. Víctor lo condujo a la boca de la mujer que lo recibió con la boca abierta y la lengua dispuesta. Mirta tenía frente a sí los cojones de Víctor, que se balanceaban provocadores: los acarició y volvió a apretar.
—Más, cielo —musitó él.
Estaban muy duros, y la bolsa que los contenía estaba caliente.
La mujer lamía el miembro envidiablemente juvenil del hombre maduro, al que estaba proporcionando un placer extremo. Sabía cómo hacerlo, conocía los puntos exactos que provocaban un crecimiento del ardor y el instantáneo deseo de eyacular, de llenarle la boca con la hirviente leche del orgasmo. También para ella eso era una necesidad. Probó con su marido varias veces, besando el abúlico miembro, besándolo cariñosamente, manoseando el capullito suave y forzando la piel del prepucio; chupando e introduciéndolo en el interior de su expectante boquita.
Paulito observaba y una chispa de lujuria encendía sus ojos…; pero eso era todo. Ahora su mano masturbaba la tranca ajena, subiendo y bajando aquella piel translúcida y sensible. Él acariciaba el clítoris erecto y sanguíneo de su compañera sexual. La respiración indicó el momento exacto:
Cuando subía el esperma, desafiando la Ley newtoniana, Mirta alcanzó el punto del éxtasis justamente cuando Víctor se colocó dentro del espacio vaginal. El coño comenzó sus espasmos en el instante en que los huevos descargaban el primer golpe lácteo en el conducto chorreante de la mujer: uno dos, tres, cuatro, cinco… Latigazos seguidos, apenas con medio segundo de diferencia, bañaron el chocho incandescente de la mujer enana, que se debatía en sus propios calambres de placer. Mirta contuvo un grito de placer, mientras Víctor aulló su corrida en el chumino receptor.
Paulito no pudo ocultar un pinchazo de dolor en aquellos momentos en que su mujer alcanzaba el paroxismo compartido y los fluidos sexuales se entremezclaban al igual que los jadeos, el abrazo sudoroso, los alientos mezclados, el furor de las miradas.
Víctor sacó su polla del coño de Mirta. Un reguero ancho y blanquecino llenó los labios de la pequeña vulva. La ardiente lava seminal bajaba por los cachetes de la mujer mojando la áspera sábana, dejando un rodal que se iba ensanchando circularmente bajo la satisfecha raja. Víctor observaba; se recuperaban sus sístoles y diástoles; su tranca iba menguando poco a poco. Mirta dejó caer las piernas y otro chorro de esperma brotó burbujeante entre los labios de su chumino.
El hombre se levantó y se limpió el normalizado falo y se vistió sin dejar de mirar el cuerpo de la enana, laxo y relajado en la cama. Sus muslos brillaban por la humedad de la leche que había inundado el conducto de su coño minutos antes. Se dio la vuelta y quedó boca abajo.
En su escondrijo, Paulito suspiró con una mezcla de emociones y sentimientos: predominaba el alivio de haber terminado la sesión de jodienda de su mujer y el arlequín, ya otra vez compuesto dentro de su festivo traje. El artista enano había un participado a su manera (quién sabe si equivalente) de aquel sexo furtivo en el ambiente mórbido de luz mortecina, respirando el bochorno estival. Podía “sentir” de alguna manera los roces, los sabores, las descargas de fluidos a golpes placenteros… Era un sexo repercutido y traspasado, como un alquiler; sin embargo, en su interior lo había gozado por reflejo y el dolor sentimental refluía poco a poco, como todas las veces anteriores
—Mañana te llevo el dinero —dijo una Mirta deliciosamente reposada, con los brazos en ángulo sobre la cabeza. A Víctor le pareció que había un ligero contoneo de su cintura contra la sábana. Su voz se asemejaba a una borracha que comenzaba a caer en el sueño.
Se acercó a la cama y se agachó. Le besó los dos carrillos del culo y percibió el olor de su semen en el cuerpo de la mujer; una franja Láctea manaba entre los muslos, deslizándose desde la hendidura vulvar.
—Puedes dármelo en el siguiente encuentro, nenita. ¿Cuándo vuelve a marchar Paulito a la ciudad?
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos