¿Alguna vez has considerado la idea de que cada vez que sales al trabajo, tu esposa coje con desconocidos?
Tipos mucho más dotados que tú, que la tratan como a una cualquiera.
Seguro solo de imaginarlo te has erectado, de saber que esa mujer con la que duermes es una puta sumisa adicta a la verga.
Estoy segura de que te ha pasado esta situación, o que estás por descubrirla…
Aquella mañana salí de casa al gimnasio, después de dejar a nuestras hijas en la escuela.
Mis leggings negros remarcaban perfectamente mis nalgas, amoldándose a ellas de manera perfecta. Si no fuera por la costura del cachetero que se remarca en la tela, podría parecer que no llevo nada debajo.
Mi top, negro también, deja que mis pezones se marquen, mientras mis lindas nenas rebotan al paso de mi trote en la caminadora.
Mientras corro, puedo sentir la mirada morbosa de Octavio, un tipo que lleva días tratando algo conmigo en el gym.
No me desagrada del todo; es un tipo fuerte, moreno, de brazos bien marcados, piernas muy bien trabajadas, un poco más alto que tú y, aunque no es del todo guapo, feo tampoco es.
Después de un rato paso a la estación de poleas para hacer un poco de brazo. Octavio, al ver mi poca experiencia en ese aparato, se acerca para ayudarme, colocándose detrás de mí para ayudarme a levantar el peso. En un movimiento calculado, puedo sentir su enorme paquete cargándose en mi trasero.
Existe el mito de que un tipo fuerte posee un miembro pequeño; Octavio claramente contradecía esto.
Ambos hicimos como si no hubiese pasado nada y continuamos la rutina.
Al terminar me despedí y salí con dirección al estacionamiento, aún caliente por el ejercicio y por la sensación que ese animal había dejado en mi culo.
Al llegar a la camioneta vi una de las llantas totalmente desinflada; al parecer se había ponchado. Justo en ese momento aparece Octavio nuevamente, como si supiera perfectamente de la situación.
Octavio — ¡Uf! ¡Se ha picado, eh!
Karen — Así parece, y no traigo refacción.
Octavio — Aquí cerca hay un talachero, si gustas llevamos la llanta en mi auto.
Karen — ¿De verdad? No quisiera ser encajosa, pero te voy a tener que tomar la palabra.
Octavio se puso a quitar el neumático y lo subió a su cajuela. Nos dirigimos a la talachera. ¡Y sí! Si se lo preguntan, fue la misma donde me habían pegado tremenda cogida entre varios.
Esta vez no bajé, solo bajó él a dejar la llanta, aunque esta vez el mecánico parecía tener bastante trabajo, así que tendríamos que esperar.
Tras unos minutos sonó mi celular: eran de paquetería y estaban en mi domicilio. ¡Pff, lo que me faltaba!
Octavio — ¿Todo bien?
Karen — Sí, solo que he hecho un pedido que necesito y justo ahora me ha llegado.
Octavio — Si no vives lejos, podemos ir para que lo recibas.
Karen — No, cómo crees, ya sería un abuso.
Octavio — Tú dime por dónde.
Arrancó el auto, gritándole al de la talachera que regresaba más tarde, y se puso en marcha.
No vivo tan lejos, así que llegamos rápido. Recibí el paquete y le ofrecí un vaso de agua, a lo que él accedió sin pensar.
Entré con la caja en las manos, sintiendo su mirada en mi cola, aún sudada por el ejercicio previo.
Octavio — La tienes muy linda.
Karen — ¿Disculpa?
Octavio — Tu casa, es muy bonita.
Me reí algo apenada y le agradecí.
Se sentó en el sofá, con las piernas abiertas. Llevaba un pants holgado, pero eso no evitaba que imaginara la tremenda reata que llevaba debajo.
Preparé una jarra de agua y me dirigí hacia él. Un juguete tirado de mi hija pequeña hizo que tropezara, vertiendo el agua sobre sus piernas y mojándole la verga.
Karen — Discúlpame.
Octavio — No te preocupes, ¿estás bien?
Karen — Sí, solo que tropecé. Voy por un trapo.
Al regresar él estaba de pie, sacudiéndose el agua. Yo me agaché frente a él para levantar el vaso que cayó al piso; al subir la mirada pude ver cómo me miraba las tetas, que se asomaban perfectamente al estar agachada.
Nos quedamos mirando unos segundos, como sabiendo lo que iba a pasar.
Karen — ¿Quieres que te la seque?
Octavio — A eso vine.
Me arrodillé frente a él pasando el trapo por su miembro, que de inmediato se puso duro.
Octavio — ¿Por qué no mejor lo sacas para secarlo bien?
Tomé su pants de la cintura y lo bajé despacio. Mientras bajaba, aquel animal enorme emergía totalmente erecto para mí.
Estaba enorme, de al menos unos 20 cm, con la cabeza palpitante.
Le pasé el trapo por encima.
Karen — ¿Así está bien?
Octavio — Ahora quiero que le hagas encerado, putita…
Abrí los labios lentamente mientras lo miraba fijamente a los ojos. Mi lengua tocó la punta, girando en círculos alrededor de ella; comencé a bajar recorriendo todo el tronco de su verga salada. La tenía deliciosa el cabrón.
Octavio — Me encanta cómo la lames.
Karen — Como una puta.
Abrí la boca y empecé a tragar como desesperada. Esta vez era yo misma la que me ahogaba, colocando mis manos en su cadera y empujando mi boca contra él hasta tragármela por completo.
Octavio — ¡Ya me habían dicho que eras una puta, pero no creí que tanto!
Colocó su mano en mi nuca y comenzó a cogerme la boquita a su modo, cada vez más fuerte, haciendo que salivara como una perra.
Me levantó el rostro para restregarme su vergota en la cara.
De un jalón me bajó el top dejando mis tetas al aire.
Octavio — ¡Mira qué ricas las tienes, puta!
Karen — ¿Te gustan?
Octavio — Me encantan, mamasota.
Colocó su miembro entre mis nenas y me obligó a masturbarlo con ellas.
Octavio — ¡Ah, qué rico, puta!
Karen — Son tuyas, papi.
Octavio — ¡Las tienes bien duritas, cabrona!
Karen — Sí, es que así se ponen cuando me usan…
Octavio — ¡Qué puta eres, Karen!
Karen — Lo sé… ¡Móntame! —le dije mirándolo a los ojos.
Me jaló del pelo para levantarme, poniéndome en cuatro sobre el sofá. Apenas me bajó los leggings y el calzón, sentí su verga entrando dentro de mí, abriendo mi cavidad como no lo habían hecho. Me dolía, pero se sentía tan placentero.
Octavio — Estás bien apretadita, güera.
Karen — Ya sé… aflójame, papi.
Una vez entró completa, empezó a arremeter contra mí con todas sus fuerzas, tanto que el sofá comenzó a avanzar con nosotros.
Sentía su verga metiéndose sin piedad alguna dentro de mí una y otra vez, haciéndome chorrear toda.
Octavio — ¿Así te gusta, puta?
Karen — ¡Sí, así, cógeme duro!
Octavio — Te gusta que te traten como a una puta, ¿verdad?
Karen — Sí, que me usen y me den como a una zorra.
Octavio — Tú te lo buscas por vestirte como una putita.
Karen — ¿Ah, sí?
Octavio — ¡Sí, como si no enseñaras las nalgas a propósito, puta!
Empezó a cogerme más duro, tomándome del pelo y haciéndome gemir como perra en celo. Estoy segura de que mis vecinos podían escuchar mis jadeos.
Me tomó del pelo, arrojándome contra el piso.
Octavio — Te voy a coger como lo que eres…
Traté de levantarme, pero se montó sobre mí abriéndome las nalgas.
Karen — No, por mi culo no, amor.
Octavio — ¡Cállate! Las putas no hablan, solo obedecen.
Sujetó mis brazos con su mano, mientras la otra empujaba su pitote en mi ano.
Karen — Ah, no, por favor.
Octavio — Siempre he querido cogerme esas nalgas y ahorita no me vas a decir que no.
Traté de moverme para que no me penetrara, pero era imposible: era muy fuerte. Me sentía tan dominada y tan puta… sentir a un macho de verdad encima de mí hizo que poco a poco cediera.
Su verga dura empezó a enterrárseme en la cola. Aquí no hubo delicadeza, no dejó que mi culito se adaptara: me lo reventó de una. Su verga entraba y salía como si fuera su casa.
Nunca me habían cogido así por atrás, ni siquiera los albañiles me habían dado tan duro.
Él estaba como en cuclillas, cogiéndome la colita, mientras yo estaba tirada en el suelo totalmente sometida, con el calzón y los leggings a medio muslo…
Octavio — Tienes un culo de diosa, cabrona.
Me estaba dando como un toro; yo no podía ni hablar, apenas me quedaba aire para gemir.
Solo imagina esa escena en tu propia sala: tu esposa en el suelo donde juegan tus hijas, siendo montada por un macho de verdad, un tipo mamado y pitudo, no como tú, que no podrías con eso.
Octavio — A partir de hoy vas a ser mi puta, ¿oíste?
Karen — Sí…
Octavio — Le vas a decir en el gimnasio que yo soy tu macho, cabroncita.
Karen — ¡Ujummm!
Octavio — No quiero verte hablando con ningún cabrón, o soy capaz de cogerte ahí mismo para que vean lo puta que eres.
Karen — ¡Sí, sí, quiero ser tu puta, Octavio! ¡Y este culo es solo tuyo!
Tomó mi cadera y aumentó aún más las embestidas contra mi cuerpo. Yo ya no podía, me había venido no sé cuántas veces, era solo un trapo siendo utilizado…
Octavio — ¡Esto querías, verdad, zorra!
Karen — Sí, úsame, papito.
Octavio — Te voy a rellenar de leche.
Karen — Sí, dámela, dame tu leche, por favor.
Sus huevos gordos chocaban con mis nalgas mientras yo sentía que semejante pedazo de carne me partía llegando hasta lo más profundo de mí. Sentí su última estocada con toda su fuerza mientras se derramaba dentro de mi colita; juro que su leche me llegó hasta el intestino de la fuerza con la que salió.
Una vez terminó de correrse, se levantó dejándome ahí tirada.
—¡Eres una muy buena puta, Karen!
Pasó sobre mí y dijo que más tarde regresaba con la llanta, pero que por ahora no lo molestara, y se fue.
Yo me quedé en el suelo sin fuerzas, sabiendo lo que era ser una puta de verdad.
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me encantan tu relatos me ponen la verga durisima…
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