Quedamos para ponernos al día. Hacía casi diez años que no hablábamos siquiera, y varios más que no nos veíamos.
Tuvimos un romance fugaz, precoz, inexperto y bastante apasionado. Ambos éramos jóvenes e ingenuos cuando en aquellas siestas caminábamos por cierta ciudad de la zona oeste del conurbano bonaerense, buscando las calles y rincones más desiertos, para fumar algunos “Viceroy” y atropellarnos con besos, lamidas y manosearnos por sobre la ropa, y debajo también.
Toda esa inexperiencia no era excusa para falta de deseo, y calentura. Experimentamos, conocimos el cuerpo del otro y las sensaciones del propio… sin pericia… pero con hambre y, aunque nunca concretamos, fue sin duda esa relación, el cimiento de la pasión en nuestras vidas.
Nos separamos, tal vez por algún motivo tan vano como lo era todo en nosotros en aquel entonces. Pero periódicamente, cada cierta cantidad de años, volvíamos a hablar. A veces una red social, a veces una casualidad… A veces quizá, más voluntad de la que estoy dispuesto a confesar.
A esta altura, cada uno tiene su vida, su familia, sus hijos, su historia. Sin embargo, aquel mensaje llegó, y no dudé en responder.
Sin duda el cariño que tengo por aquellos recuerdos, también lo siento por ella, son inseparables. Así que después de unos mensajes de protocolo social, surgió la idea de juntarnos a tomar un café y ponernos al día.
Si soy completamente honesto, puedo jurar que no tuve ninguna segunda intención, al menos no conscientemente. Porque en honor a la verdad nunca fuimos amigos, y no habría nada de qué ponerse al día, sería mejor decir “recordar viejos tiempos”, pero ambos cedimos a nuestro propio engaño. Tal vez estaba todo claro y no supe verlo, o no quise. Quizá algo intuía pues nadie supo que iría a verla.
Quedamos en la misma esquina que solíamos encontrarnos, donde cruzan dos grandes avenidas, cerca de aquella estación. Llegué antes, como siempre, y me sentí raro viendo la gente pasar, esperando, buscándola entre los peatones… Entonces llegó, pero en ella no había rastro de ingenua juventud. Quién me sonreía era toda una mujer, espléndida, hermosa, segura de sí y de lo que causaba. Daba la impresión de estar consciente de cada gesto, de cada ademán. Era como si todo lo hiciese por y para algo… aunque la razón escapaba de mí totalmente…
Me intimidó y sedujo su sola presencia, estaba encantado. Era extraño, ya no había rastro de quien había conocido en su rostro, sin embargo algo allí había. Era como encontrar una cara familiar en una completa desconocida. Nos abrazamos, y un pulso intimo retumbó en mi interior, en mi pecho, quizá fue en mi espalda o quizá todo mi ser tembló… Fue como esos sonidos graves que se sienten más que escucharse. No duró más que un instante, e intenté que nada se notase. Mi mano ciñó su cintura, sentí sus brazos encadenarse a mi cuello, y sus pechos aplastarse sobre mi… sentí su olor, su aroma tenía temperatura, era caliente, por supuesto.
Reímos y recuperamos la distancia. Comenzamos a caminar por inercia, como antes lo hacíamos, al parecer nuestros pasos recordaban aquellos caminos, y mientras hablamos del día, del clima y de cualquier trivialidad, sacó un cigarrillo. Una parte de mí pensó que aquello era una invitación, por otro lado temía ser el único que lo recordara, pero cuando salíamos, no me gustaba mucho que ella fumase, entonces siempre hacíamos un juego, ella sacaba un cigarro, yo se lo quitaba, y debía besarme o cumplir alguna prenda para recuperarlo.
Le quité el cigarro. Me miró extrañada, y me lo quiso sacar de la mano, no pudo. Volvió a mirarme, esta vez con un aire de desafío…
—Sabes… Siempre podría haber sacado otro cigarrillo… (Lo recordaba)
—Supongo que por algo no lo hacías.
—Quizá… Pero ahora podría sacar otro.
—Podrías, pero seguís sin hacerlo.
—Quizá porque ya no quiera fumar.
—Quizás porque querés otra cosa…
Tan tontos como en aquellos años, pero ninguno apartaba la vista del otro, entre la incredulidad y el desafío. Se abalanzó sobre mi brazo queriendo recuperar otra vez su cigarro, pero retiré mi mano y volví a abrazar su cintura, la apreté contra mí, y el juego terminó.
Un beso profundo, húmedo y arcaico. Nos entregamos a él sin oponer la menor resistencia, nuestras lenguas se recorrían sin paz ni tregua. Los mordiscos ahora eran precisos, tentadores, diestros e incitadores. Mi mano encontró al apretar su glúteo derecho la forma ideal, la que buscaba, la que conocía bien. Mi pene sintió sus dedos cerrarse sobre mi pantalón y otra vez, la escuché maldecir mi cinto.
Ese beso tuvo furia, tuvo anhelo y cuando terminó encontré ante mis ojos una mirada que jamás había visto, no en ella. No éramos los jóvenes de antes , y esa mirada me decía que esta vez las cosas no quedarían así simplemente.
Desde que pedimos el Uber, hasta que llegamos al hotel, mi mente divagaba, no tengo recuerdos, o quizá la potencia de lo que vino a continuación borró todo lo menos relevante… lo más seguro es que fuimos besándonos como adolescentes.
Al entrar en la habitación, no conseguimos deshacer el beso que nos trenzaba. Mis manos la recorrían entera y la pegaban a mi como si pretendiesen fundirnos en uno. Sus manos arrancaron mi camisa y mi espalda sintió el tibio tacto de sus palmas y de sus dedos abiertos como queriendo abarcarlo todo.
Quité la parte superior de su ropa, y su corpiño. Esos senos eran una novedad para mí, no por no haberlos tocado ni visto antes, pero digamos que fue quizá de ella lo que más cambió en estos años de no vernos.
Otro beso nos atrajo como un imán y sentí la calidez y dureza de sus pezones en mi pecho. Yo hubiese pensado que cualquier resquicio de control lo había perdido hacía ya tiempo, sin embargo en ese momento sentí perder un control que ya no tenía.
Metí mis manos en su pantalón, apreté sus nalgas, las amasaba como si pudiera saborearlas con las manos, la alcé y ella me envolvió con sus piernas. Mientras la sostenía baje a besar o más bien lamer su cuello, era en extremo liviana, y se arqueó mientras mi lengua la degustaba, dejando al fin ese manjar exquisito al alcance de mi boca. Devoré sus tetas con la boca, con la lengua, con los dientes y la cara entera. Me zambullí en ellas mientras sus jadeos comenzaban a musicalizar la escena.
Caímos en la cama, ella entendiendo perfectamente que aún no estaba satisfecho, pasaba sus tetas en mi cara, me las ofrecía, me las imponía… me asfixiaba con ellas.
Todo se sentía nuevo, pero conocido. Cada uno había vivido y experimentado, pero se sentía como una primera vez. Un debut con experiencia, o como si una obra consagrada fuese un estreno.
Poco lugar quedó en ese cuarto para la metáfora, sus besos no sabían a miel, su piel no era un lienzo dónde escribir mis fantasías. Todo allí fue sexo, desbordado, brutal, desinhibido.
Luego de entregarme sus pechos, fue ella quien besó mi cuello, y lamiendo comenzó a bajar por mi torso desnudo.
—Odio tu cinto… —Repitió
Pero esta vez me lo quito con urgencia. Lo tiró lejos, bajó mis pantalones y mi erección quedó ante ella. La miró, me miró a los ojos y sonrió, mientras con su manos envolvía y apretaba la base de mi pija.
—¿Te acordás cuando por mensaje jugábamos y me decías puta? Ahora vas a ver lo puta que soy…
—Dale rubia… Chupamela…
Lamió desde mis huevos hasta la punta y la tragó vorazmente. Chupaba y movía su lengua con una maestría increíble. La golpeaba en su cara, la escupía, me miraba y volvía a chupar.
—¿Te gusta? ¡Viste que putita tu rubiecita cheta!
—¡Hija de puta! Sos tremenda…
Paso a lamerme los huevos mientras me pajeaba, me hablaba sucio, sabiendo que eso me encanta. Hasta que le dije que era mi turno de comer.
Sonrío con picardía, se quitó lo que le quedaba de ropa con una sensualidad espectacular y se dispuso a sentarse en mi cara. Me acomodé boca arriba en la cama, ella se subió gateando pasó de largo de mí y posó su concha mojada en mi boca hambrienta.
La sensación fue única, tener su sexo a tal alcance hacía que decir “manjar” quede corto. La sentía moverse encima mío mientras recorría su exterior con mi lengua, lento y fuerte como para pintarle para siempre el color de mi deseo. Cuando mi lengua entró, aceleró sus movimientos y gemidos, me agarró de los pelos y la danza se volvió más viciosa y morbosa.
—Ay! Hijo de puta! ¡Qué rico así! ¡Me encanta! ¡Ah, Aah! ¡Cogeme hijo de puta! ¡Quiero tu verga! ¡Coje a tu puta!
Ninguno aguantaba más, ya era inevitable. Salí de debajo de ella, y la acomode boca arriba en la cama. Abrí sus piernas como un compás, y posé mi verga encima de su concha, con mis huevos chocando en su entrada y me movía rozándola, sintiéndola, deseándola. Nos mirábamos fijamente mientras danzábamos así como queriendo extender más una espera insufrible, pero de algún modo disfrutándola.
Acomode sus piernas en mis hombros, y la cabeza de mi pija en su entrada, la frotaba y empujaba apenas. Pidió más … y ya no pude contenerme.
Entré en ella sin dificultad, sentí cómo mi verga fue envuelta en una calidez y estrechez única. Cómo si las formas de ambos coincidieran perfectamente.
Me movía disfrutando cada centímetro que entraba y salía. No era un movimiento mecánico, cada instante tenía una sensación que invitaba a más.
El ritmo aumentó y con él los jadeos, las puteadas, las frases sucias…
Su cara de placer quedará en mi recuerdo por siempre. No era la joven de antaño, ni la mujer de esa misma tarde… era una hembra caliente gozando del sexo.
—¿Te gusta así? ¡Sentí lo duro que me pusiste por puta!
—¡Así! ¡No pares! ¡Muy puta! ¡Puta tuya! ¡Acabo hijo de puta!
Ver aquella expresión, sentir como su cuerpo se contrajo en aquel espasmo, ése grito de placer triunfante. Todo eso duró apenas un segundo, el segundo más largo que he vivido.
Reduje mis movimientos, embestía más lento, más profundo, quería dejarla gozar, apretaba sus tetas, las masajeaba casi usándolas como punto de apoyo. A cada embestida le sucedían ecos más leves de aquel espasmo. Acompasó su respiración y se recuperó instantáneamente
—Ahora es mi turno…
Intercambiamos posiciones, ella encima ahora se disponía a cabalgar hasta el éxtasis. Tomo mi verga erecta y la introdujo sin esfuerzo. Se irguió completamente y me deslumbró con un espectáculo alucinante. Se movía como una posesa, con los brazos en alto detrás de su cabeza, con sus tetas rebotando al compás hipnotizante de sus movimientos circulares.
Comencé a nalguearla, a cachetear sus tetas, ella pedía más, me desafiaba a más. Se tumbó sobre mí, y sus movimientos aumentaron en velocidad, me gemía en la cara, me tenía extasiado y estaba por reventar. Apreté su culo acompañando sus movimientos cómo aferrándome a un borde para no caer. Ella lo entendió todo…
Salió de encima mío y fue hasta mi verga, me miraba mientras pajeaba y chupaba.
—Dame tu leche… Dale tu leche a tu puta…
Ronroneaba, pedía, exigía su premio y no logré atrasar más el momento. Explote dándole lo que solicitaba.
Cuando volvió a meter mi verga en su boca fue el estallido. La sentí llenarse de mi simiente y tragarlo todo, succionó hasta que no hubo más para luego besarnos y abrazarnos nuevamente. Sabíamos que el tiempo no era eterno y sabíamos que lo que hicimos no fue inocente. Aunque no se sentía como una falta, era más bien saldar una deuda antigua. Durante varios minutos todo fueron besos y caricias, como si todo el lenguaje del que disponíamos fuesen nuestros cuerpos.
Nos duchamos y nos vestimos (no sin repetir en la ducha). Y finalmente salimos al mundo real, que seguía como si nada hubiese pasado. Un último beso y un auto llegó a recogerla. Desde entonces no hablamos. No pasó mucho tiempo.
La rutina continúa, y cada quién sabe lo que pasó. Y sabe también, que aún… debemos ponernos al día.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos