Avril esbozó una sonrisa cargada de malicia y se acomodó justo al lado de su hermana, despojándola de la prenda superior para concentrar sus caricias y mordiscos en sus pechos.
Melissa se incorporó con un movimiento fluido, sin perder esa sonrisa cargada de malicia y adoptó una posición de rodillas justo frente a mí.
—Quiero que nos destroces a las dos, pero modo seguro —sentenció con un condón en la mano ya con un tono firme que no admitió réplicas.
Rasgó el envoltorio de plástico con los dientes, extrajo la protección y la acomodó sobre la corona de mi miembro erecto. Con las yemas de los dedos, ejerció una presión sutil para eliminar el aire mientras lo desenrollaba a lo largo de toda la longitud venosa, ajustándolo firmemente hasta la base. Avril presenciaba el gesto con una fijeza absoluta, deslizando las palmas de sus manos sobre la piel de mi pecho.
—Ahora sí estás listo para lo que viene… —murmuró Melissa, sellando el preámbulo con una succión rápida sobre el látex.
Se montó de horcajadas sobre mis muslos una vez más, alineó la longitud enfundada con su vulva empapada y descendió con un movimiento denso, tragándome por completo de una sola estocada que le arrancó un gemido largo y gutural.
—¡Ahhhh… que gruesa se siente! —jadeó, obligando a su pelvis a marcar un ritmo violento y continuo de subida y bajada.
Avril se incorporó a su espalda de inmediato. Le deslizó las tiras del brasier hacia abajo para liberar sus pechos y comenzó a morderle los pezones endurecidos, alternando succiones profundas mientras colaba una mano entre su vientre para aplastarle el clítoris con los dedos húmedos.
Las dos hermanas se devoraban los labios por encima de mi torso, fundiendo sus quejidos en una sola cadencia rítmica. Melissa cabalgaba con furia, castigando mi pubis con impactos secos que hacían rebotar sus tetas salvajemente, mientras Avril sostenía la estimulación digital y me clavaba una mirada inyectada de morbo.
—Cógeme… Cogenos duro—gemía Melissa, acelerando el vaivén al filo del delirio—. Quiero sentir cómo nos dejas el coño latiendo y completamente abierto por tu vergota.
Melissa continuaba cabalgando con una fuerza desmedida, enfundada en un vaivén cada vez más salvaje. Sus quejidos ganaron volumen, saturando el espacio del departamento sin el menor rastro de pudor.
—¡Ahhh… sí! ¡Qué bestialidad de tamaño! —gemía, con la voz completamente quebrada y rota por el exceso de estimulación.
Su conducto se encontraba totalmente desbordado, destilando una lubricación masiva que corría por la base de mi miembro y mis testículos en cada uno de sus descensos. Un eco espeso, denso y obsceno delataba la fricción rítmica de su intimidad tragándose mi grosor en cada impacto seco.
Avril, anclada a su costado, no aflojaba la guardia en la estimulación. Continuaba devorándole los pechos con un hambre insaciable mientras mantenía dos de sus dedos frotando el clítoris inflamado de su hermana con movimientos veloces, mecánicos y precisos.
Melissa comenzó a retorcerse sobre mis muslos, sintiendo cómo los espasmos le sacudían la anatomía entera mientras mi volumen estiraba sus fibras internas en cada penetración profunda. Sus gritos se volvieron agudos, sibilantes y desesperados.
—¡Ya viene… me voy a desarmar por completo! —chilló, imprimiendo una velocidad frenética y caótica a la marcha.
De pronto, su cuerpo entero se puso rígido bajo una tensión violenta. Estalló en un clímax brutal, contrayendo su musculatura interna con una presión asfixiante alrededor de mi miembro, al tiempo que soltaba un grito ahogado que Avril se encargó de silenciar de golpe, sellándole la boca con un beso profundo y húmedo.
Las dos hermanas se devoraron las lenguas mientras Melissa se convulsionaba sin control sobre mí, chorreando su humedad caliente y liberando el paroxismo en oleadas sucesivas. Avril sostuvo la presión en su clítoris durante todo el colapso, estirando el límite de sus fibras hasta que Melissa quedó jadeante, temblorosa y completamente desarmada, todavía empalada hasta el fondo en mi rigidez.
Se distanciaron del beso apenas unos milímetros, dejando que un fino hilo de saliva densa conectara sus labios inflamados. Melissa me barrió con una mirada nublada por el éxtasis y una sonrisa exhausta.
—Joder… me mojaste por completo… —susurró, intentando marcar un último y agónico vaivén con las caderas sobre mí.
Melissa todavía temblaba por el orgasmo. Su cuerpo estaba sensible, cubierto de una fina capa de sudor, y sus ojos vidriosos me miraban con una mezcla de agotamiento y deseo profundo. Una sonrisa lenta, cargada de lujuria y confianza, se dibujó en sus labios.
—Quiero que me des por el culo… —suplicó con voz ronca, casi desesperada, pero con un tono íntimo, como si me estuviera ofreciendo algo valioso—. Quiero sentir esa verga gruesa abriéndome el ano…
Se levantó de mí con las piernas temblorosas, casi inestables, y se dio la vuelta con lentitud. Se colocó en cuatro sobre el sillón, arqueando la espalda de forma deliberada y provocativa. Con ambas manos se separó las nalgas, ofreciéndome una vista completa: su ano fruncido, todavía tenso, y su vagina hinchada y chorreante, brillante por los restos de su último orgasmo. Avril, arrodillada a su lado, observó la escena con una mirada de complicidad y deseo. Se inclinó y escupió lentamente sobre el ano de su hermana, dejando que la saliva caliente cayera y se esparciera. Luego, con dedos cuidadosos pero firmes, frotó la entrada, preparándola con suavidad, abriéndola un poco más mientras Melissa soltaba un gemido bajo.
—Dale… métemela —pidió Melissa, mirándome por encima del hombro con los ojos brillantes, una mezcla de vulnerabilidad y excitación—. Quiero sentirte.
Me coloqué detrás de ella. Tomé mi verga, todavía dura y palpitante, y alineé la cabeza gruesa contra su entrada estrecha. Empujé lentamente, con paciencia y control, dejando que su cuerpo se adaptara. Melissa soltó un gemido largo, profundo y gutural mientras su ano se abría alrededor de mi gruesa verga, tragándome centímetro a centímetro. La presión era intensa, caliente y apretada; cada avance era una conquista lenta e íntima. Cuando finalmente estuve completamente enterrado en su culo, me detuve un momento, disfrutando de la sensación de estar tan profundamente dentro de ella. Melissa respiraba agitada, empujando ligeramente hacia atrás para recibirme por completo.
—Ahhhh… qué grande… —gimió, con la voz temblorosa—. Me estás abriendo el culo… se siente tan profundo…
Empecé a moverme con estocadas profundas y constantes, al principio lentas, casi cariñosas, luego con un ritmo creciente. Cada embestida hacía que su cuerpo se sacudiera suavemente. Melissa gemía cada vez más alto, moviendo el culo contra mí con necesidad, buscando más profundidad.
—Sí… fóllame el culo… —jadeaba, con la voz rota de placer—. Quiero que me tomes… que me destroces como a una puta… pero que me sientas tuya…
Avril se deslizó debajo de su hermana con gracia, colocándose de tal forma que pudo alcanzar su clítoris hinchado. Comenzó a chuparlo con suavidad al principio, luego con más intensidad, lamiendo y succionando mientras yo la penetraba por el ano. Melissa temblaba entre las dos atenciones: mi verga llenándola desde atrás y la lengua de su hermana estimulándola por delante. Sus gemidos se volvieron incontrolables, una mezcla de placer y entrega absoluta. No tardó mucho. Su cuerpo se tensó violentamente. El ano se contrajo con fuerza alrededor de mi verga, apretándome con espasmos intensos, mientras su coño expulsaba chorros calientes de jugos que Avril lamía con avidez, sin apartarse.
—¡Me vengo! ¡Me vengo con tu verga en el culo! —chilló, con un grito que se quebró entre placer y vulnerabilidad, temblando sin control. Se derrumbó hacia adelante, jadeando, con el cuerpo todavía convulsionando en oleadas. Mi verga seguía enterrada profundamente en su ano, y yo permanecí quieto un momento, acariciando su espalda sudorosa, sintiendo cómo sus espasmos me rodeaban.
Me salí lentamente del culo de Melissa. Ella soltó un gemido largo, tembloroso, casi de queja, como si no quisiera perder esa sensación de plenitud. Se echó hacia atrás en el sillón, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando con fuerza. Su ano quedaba ligeramente dilatado, todavía palpitando, abierto y brillante, una imagen cruda y hermosa al mismo tiempo. Restos de saliva y excitación le corrían por el surco de las nalgas.
Avril no perdió ni un segundo. Con una mirada cargada de deseo, se subió encima de su hermana en una posición 69 invertida, colocando su raja empapada e hinchada directamente sobre la cara de Melissa.
Melissa no dudó. Sacó la lengua y le dio un par de lengüetazos largos, lentos y hambrientos, lamiendo los jugos de Avril con devoción, como si estuviera saboreando algo sagrado y prohibido al mismo tiempo. Su lengua se deslizaba entre los pliegues hinchados, recogiendo cada gota.
Yo me quité el condón con rapidez. Mi verga, todavía dura, venosa y brillante de lubricación, quedó al aire libre. Me acerqué despacio por detrás de Avril, que seguía arqueada sobre su hermana, ofreciéndome el coño con total entrega. Coloqué la cabeza gruesa de mi verga en su entrada empapada y la penetré de un solo movimiento profundo, lento pero firme, hasta sentirme completamente dentro de ella.
—Ahhhh… sí… —gimió Avril, con la voz rota de placer, sintiendo cómo la llenaba por completo. Su coño se cerró alrededor de mí con una presión caliente y deliciosa.
Podía sentir la respiración caliente y agitada de Melissa justo debajo, rozándome los huevos con cada exhalación. No tardó en empezar a lamerme: su lengua cálida y húmeda recorrió desde el clítoris hinchado de Avril hasta mis huevos, lamiendo la base de mi verga con avidez mientras yo follaba a su hermana. Cada lengüetazo era deliberado, obsceno y caricioso a la vez.
—Qué rico se ven así… —murmuró Melissa entre lengüetazos, con la voz ronca y llena de lujuria—. Me encanta sentir cómo la estás follando… y probarlos a los dos al mismo tiempo.
Avril gemía con la cara pegada al coño de su hermana, moviendo las caderas hacia atrás para recibirme más profundo, buscando cada embestida. Yo la cogia con ritmo firme y profundo, sintiendo cómo su coño apretaba mi verga con cada estocada, caliente, resbaladizo y perfecto. Melissa no paraba de lamer: alternaba entre el clítoris de Avril, la base de mi verga y mis huevos, creando una sensación húmeda y continua que me volvía loco.
El trío se volvió completamente salvaje. Los gemidos ahogados de Avril se mezclaban con los sonidos húmedos de la lengua de Melissa y el golpe rítmico de mi pelvis contra el culo de Avril. El olor a sexo, sudor y excitación llenaba el aire. Cada movimiento era una mezcla de deseo crudo y una intimidad casi enfermiza entre las dos hermanas, y yo en medio, tomándolas, sintiéndolas, perdiéndome en ellas.
No pude contenerme más. Agarré a Avril con fuerza de las caderas, clavando los dedos en su carne suave, y empecé a cogérmela con violencia en esa posición. Mi verga entraba y salía de su coño chorreante con furia, golpeando contra su culo con un sonido carnoso, húmedo y obsceno que resonaba en toda la habitación.
Avril gritaba de placer, empujando el culo hacia atrás para recibirme más profundo, como si quisiera que la partiera en dos.
—¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame más duro, por favor! —gemía, con la voz rota y desesperada—. ¡Quiero que me destroces el coño!
Melissa se perdió totalmente debajo de ella. Le comía el clítoris con hambre salvaje, succionando y lamiendo sin parar. Sus gemidos vibraban contra el coño de Avril, añadiendo más placer a la escena, mientras su lengua no dejaba de recorrer cada rincón.
Yo me incliné hacia adelante y comencé a morder la espalda y los hombros de Avril con fuerza, dejando marcas rojas y profundas en su piel. Ella se estremeció violentamente, su piel se erizó por completo y soltó un gemido largo, gutural.
—¡Ahhhh! ¡Muérdeme más… me encanta! —gritó, temblando sin control—. ¡Quiero que me dejes marcado todo el cuerpo! ¡Quiero sentir que soy tuya!
Mis embestidas se volvieron aún más bestiales. La follaba sin piedad, clavándole la verga hasta el fondo con cada estocada, sintiendo cómo su coño me apretaba y me succionaba. Melissa seguía devorándole el clítoris con avidez, sin dejarle respirar. Avril perdió completamente el control. Su cuerpo se sacudió en un orgasmo descomunal, gritando y convulsionando entre nosotros dos. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de mi verga, expulsando chorros calientes y abundantes de squirt que mojaron la cara de Melissa y el sillón.
—¡Me estoy corriendo! ¡Me estoy corriendo como una puta! —chilló, arqueando la espalda con violencia mientras el orgasmo la atravesaba sin control—. ¡Sí… sí… me haces correr como una zorra!
Sus piernas temblaban sin parar y su cuerpo se retorcía entre mis embestidas y la boca de su hermana. Yo seguí follándola a través de su orgasmo, prolongando su placer con estocadas profundas y constantes hasta que casi se derrumbó sobre Melissa, jadeando completamente entregada. Su coño se contraía con fuerza alrededor de mi verga, apretándome como un puño caliente y húmedo, mientras chorros calientes escurrían y empapaban la cara y pecho de Melissa. No me detuve ni un segundo. Seguí clavándole la verga hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo temblaba sin control bajo el mío.
—¡No pares! ¡Sigue follándome! —gritaba Avril, con la voz rota, casi llorando de placer—. ¡Quiero que me destroces el coño!
Melissa gemía debajo de ella, completamente perdida. Lamiaba todo lo que salía de su hermana con hambre salvaje: los jugos, la base de mi verga… su lengua no descansaba, saboreando cada gota como si fuera lo más delicioso del mundo. El sonido húmedo y obsceno de su boca trabajando se mezclaba con los gemidos de Avril.
La tomé del cabello con fuerza y tiré de él hacia atrás, arqueando su cuerpo mientras la penetraba con más violencia. Cada embestida era profunda, poseída, casi bestial.
—¡Toma toda mi verga, puta! —gruñí contra su oído, con la voz cargada de lujuria—. Quiero que te corras otra vez mientras te destrozo ese coño. Quiero sentirte apretarme mientras te lleno.
Avril soltó un grito ahogado, casi un sollozo de placer, y llegó a un segundo orgasmo casi inmediato, más intenso y brutal que el anterior. Su cuerpo se sacudió con fuerza, su coño se cerró alrededor de mí como si quisiera retenerme para siempre, expulsando más jugos calientes que Melissa seguía lamiendo con devoción, gimiendo contra su hermana.
No pude aguantar más. El placer me subió por la espalda como una descarga eléctrica. Con un gruñido animal y profundo, la sujeté con fuerza de las caderas y me enterré hasta el fondo, explotando dentro de ella. Chorros densos, calientes y abundantes de semen inundaron su coño, llenándola por completo mientras seguía follándola a través de mi orgasmo, empujando cada gota lo más profundo posible.
Avril temblaba descontrolada, gimiendo y lloriqueando de puro placer, completamente sobrepasada.
—¡Me estás llenando… me estás llenando toda! —gemía entre sollozos de éxtasis, contrayendo su coño con fuerza para ordeñarme hasta la última gota—. ¡Siento tu leche caliente… me estás marcando por dentro!
Cuando terminé, me salí lentamente. Mi semen espeso y blanco comenzó a chorrear de su coño hinchado y enrojecido, cayendo directamente sobre la cara de Melissa. Ella abrió la boca con avidez y recibió todo con gusto, lamiendo y tragando lo que caía, sin ninguna vergüenza.
Las dos hermanas se quedaron jadeando, exhaustas, cubiertas de sudor, saliva, jugos y semen. Me miraban con ojos vidriosos, las mejillas sonrojadas y sonrisas lentas, satisfechas y completamente entregadas. El aire olía a sexo crudo, a piel caliente y a algo íntimo, casi sagrado en su obscenidad.
Avril, todavía temblando, extendió una mano hacia mí y susurró con voz ronca:
—Quédate… todavía quiero sentirte cerca.
Me dirigía hacia Avril, todavía temblando, pero Melissa me tomó del brazo con fuerza. Su mirada era intensa, vidriosa por el alcohol y el deseo.
—Estoy lista para otro orgasmo… —susurró con voz ronca, casi ofendida, pero cargada de necesidad—. Y te necesito de nuevo en mi culo. Quiero sentirte otra vez abriéndome… quiero que me llenes por detrás.
Avril se quedó sentada en el borde del sillón, exhausta y todo dándole vueltas por el esfuerzo y el alcohol, con las piernas entreabiertas y mi semen todavía escapando lentamente de su coño hinchado. Nos miraba con una sonrisa lenta y satisfecha, sin fuerzas para intervenir, disfrutando el espectáculo.
Melissa me jaló hacia un lado del sillón. Nos acomodamos de cucharita, con su espalda pegada a mi pecho. Levantó una pierna y se ofreció completamente. Tomé mi verga, todavía dura y resbaladiza de fluidos, y la alineé contra su ano, que seguía ligeramente abierto y sensible de la ronda anterior.
—Despacio… —murmuró, aunque su culo empujaba hacia atrás buscando más—. Quiero sentirte centímetro a centímetro… quiero que me abras otra vez.
Empujé lentamente. Su ano se resistió un segundo y luego cedió, tragándome con una presión caliente y apretada. Melissa soltó un gemido largo, profundo, casi un sollozo de placer mientras me hundía en ella hasta el fondo.
—Ahhhh… mierda… qué gruesa se siente… —jadeó, apoyando la cabeza contra mi hombro—. Me estás llenando el culo otra vez… se siente tan rico… tan profundo…
Empecé a moverme con estocadas lentas pero firmes, abrazándola por la cintura mientras una de mis manos le apretaba una teta. Cada embestida era profunda, íntima, casi posesiva. Melissa gemía contra mi cuello, empujando el culo hacia atrás para recibirme completo.
—Más… fóllame el culo más fuerte —suplicó con voz sucia y quebrada—. Quiero que me uses… que me destroces otra vez… quiero sentir cómo me abres mientras mi hermana nos mira.
Avril, desde el borde del sillón, observaba con los ojos entrecerrados y una sonrisa perversa, pasando una mano entre sus piernas para tocarse mientras nos veía.
Yo aceleré un poco el ritmo, follando el culo de Melissa con más intensidad, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mi verga con cada estocada. El sonido húmedo y obsceno de la penetración llenaba el espacio entre nosotros, mezclado con sus gemidos y el olor a sexo.
—Eres mía ahora… —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo—. Tu culo es mío esta noche.
Melissa tembló y soltó un gemido más alto, completamente entregada.
Una de mis manos bajó hasta su clítoris hinchado y comencé a frotarlo en círculos firmes mientras la penetraba. Melissa temblaba cada vez más, gimiendo contra mi cuello.
—Así… no pares… me estoy corriendo otra vez… —jadeó con voz rota.
Su cuerpo se tensó de golpe. El ano se contrajo con fuerza alrededor de mi verga y estalló en un orgasmo intenso, temblando sin control mientras su coño chorreaba jugos calientes. Aproveché ese momento para girarle el rostro hacia mí y besarla en la boca con hambre, metiendo la lengua mientras ella todavía se retorcía de placer. El beso fue profundo, sucio y posesivo; Melissa gemía dentro de mi boca, entregada por completo.
Avril, que seguía sentada en el borde del sillón, nos miraba con una mezcla evidente de celos y excitación. Su respiración se aceleró y se mordió el labio inferior, claramente afectada por la escena. Cuando me separé de Melissa y me salí de su culo, Avril no dudó.
Se acercó de rodillas, tomó mi verga todavía dura y brillante de fluidos, y la limpió con la boca. Lamió y chupó con devoción hasta dejarla resbaladiza y lista.
—Ahora me toca a mí… —dijo con voz dominante y un brillo posesivo en los ojos.
Me empujó para que me recostara en el sillón y se montó encima de mí a horcajadas. Sin esperar, tomó mi verga, la alineó con su coño y se hundió de un solo movimiento, tragándosela entera. Soltó un gemido largo y empezó a cabalgarme con fuerza, marcando el ritmo ella misma: subiendo y bajando con movimientos profundos y circulares, mirándome fijamente a los ojos.
—Mírame mientras te monto… —ordenó, apoyando las manos en mi pecho—. Quiero que sepas que este coño también es tuyo… pero ahora soy yo quien te usa.
Cabalgaba con dominio, acelerando el ritmo, haciendo que sus tetas rebotaran y su culo golpeara contra mis muslos. Cada bajada era intensa, casi agresiva, como si quisiera reclamar su lugar después de haber visto cómo me había perdido en su hermana.
Melissa, todavía recuperándose a un lado, nos observaba con una sonrisa cansada y llena de lujuria, pasando una mano por su propio cuerpo.
Avril se inclinó hacia adelante, me mordió el labio inferior y susurró contra mi boca:—No te olvides de mí… aunque te guste el culo de mi hermana… yo también quiero que me llenes.
Y siguió montándome con fuerza, dominante, exigente y completamente entregada al placer.
La intensidad subió de golpe. Melissa se acercó, tomó a Avril de la barbilla con firmeza y la atrajo hacia ella. Se dieron un beso intenso, profundo, casi salvaje: lenguas enredadas, labios húmedos y gemidos ahogados entre las dos. Avril, todavía montada sobre mí, empezó a mover las caderas más lento, pero cada bajada era deliberada y profunda. Mi verga llegaba hasta el fondo de su coño, rozando ese punto que la hacía temblar.
—Así… más profundo… —susurró Avril contra los labios de su hermana, sin dejar de cabalgarme con movimientos lentos pero demoledores.
Yo me incliné hacia Melissa. Tomé uno de sus pezones entre los labios y lo chupé con fuerza, lamiendo y mordiendo suavemente mientras ella gemía dentro del beso con Avril. Al mismo tiempo, deslicé la mano entre sus piernas y le metí un par de dedos en la vagina, todavía sensible y empapada. La follé con los dedos al mismo ritmo en que Avril me cabalgaba, curvándolos para golpear su punto más sensible.
Las dos se perdieron por completo. El beso se volvió más desesperado, las manos de Melissa se aferraron al cabello de Avril, y esta última aceleró un poco los círculos de cadera, haciendo que mi verga la llenara hasta el límite.
No tardaron en estallar.
Avril fue la primera: su cuerpo se tensó, su coño se contrajo con fuerza alrededor de mi verga y soltó un gemido largo y gutural contra la boca de su hermana mientras llegaba a un clímax intenso. Melissa la siguió casi al instante; al sentir los dedos dentro de ella y el pezón siendo succionado, se corrió con un temblor violento, apretando mis dedos y gimiendo dentro del beso, completamente entregada.
Las dos se sacudían juntas, una sobre mí y la otra a mi lado, compartiendo el orgasmo en un nudo de cuerpos sudorosos, labios unidos y respiraciones agitadas. Avril seguía contrayéndose alrededor de mi verga, ordeñándome con cada espasmo, mientras Melissa se aferraba a nosotros como si no quisiera que el momento terminara.
El aire olía a sexo, a sudor y a deseo puro. Las dos hermanas, todavía temblando, se separaron del beso solo lo suficiente para mirarme con ojos vidriosos y sonrisas lentas, satisfechas y completamente perdidas en el placer.
Avril, todavía jadeando y con el cuerpo temblando, me miró con una sonrisa cansada pero llena de deseo.
–Aun no te has corrido… —susurró con voz ronca—. Quiero ver cómo te vienes.
La miré a ella y luego a Melissa, que seguía a mi lado con los ojos brillantes.
—Quieres chorrearme la carita —dijo Avil con voz baja y cargada de lujuria y tomando de la mano en complicidad a Melissa—. Quiero sentir como escurre tu leche.
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