Infiel a mi novio en el trabajo (3)

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La vibración del teléfono sobre la mesa de cristal rompe el silencio denso del salón. El zumbido es agudo, insistente, resonando contra la madera y haciendo que mis nervios se estremezcan. La pantalla se ilumina en la penumbra y el nombre de Armando parpadea como una señal de alarma. Miguel no aparta la mirada de mi entrepierna, donde sus dedos siguen presionando la tela húmeda de mi tanga, pero su cabeza se gira ligeramente hacia el dispositivo. Ve el mensaje. Leo las letras blancas sobre el fondo negro: “¿Llegaste bien?”.

El aire se me atraganta en la garganta. Espero que su mano se detenga, que grite, que golpee la mesa. Nada de eso sucede. Al contrario, la presión de sus dedos aumenta, frotando con más fuerza mi clítoris a través de la licra deportiva. Una risa baja, ronca, sale de su pecho.

—Qué considerado —susurra Miguel, con una voz que no muestra ira, sino una curiosidad perversa—. Contéstale. Pero no con texto. Hazlo con tu voz. Quiero que le envíes un audio.

Me quedo paralizada, con la boca abierta, intentando procesar la orden. Miguel retira su mano de mi entrepierna y me da una palmada suave en el muslo.

—Vamos, no seas tímida. Dile que llegaste bien, pero hazlo sonando como lo que eres ahora: una mujer bien usada. Haz que sepa que te acuerdas de su polla.

Mis manos tiemblan mientras cojo el teléfono. El sudor de mis dedos hace que la carcasa resbale. Desbloqueo la pantalla y pulso el icono del micrófono en WhatsApp. El círculo rojo empieza a parpadear. Miguel me mira de abajo a arriba, expectante, con los ojos brillantes, dominando el momento desde el suelo.

—Armando… —empiezo a decir, pero la voz me sale quebrada, un susurro rasposo—. Sí, llegué… llegué bien.

Miguel hace un gesto con la mano, indicándome que suba el tono, que deje de ser tan formal. Me muerdo el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la sangre seca. Cierro los ojos y me dejo llevar por la imagen de Armando en el cerro, su aliento a mentol, la fuerza bruta de sus manos.

—El coche huele a ti —continúo, el volumen subiendo involuntariamente, un tono más gutural y lascivo—. Huele a lo que hicimos. Tengo el uniforme manchado y… y mi coño todavía late por donde me la metiste.

Hago una pausa, jadeando un poco al final para que se note el deseo. Miguel asiente con aprobación, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta. Pulso el botón de enviar y el audio desaparece de la pantalla, comprimiéndose y viajando hacia el teléfono de ese hombre que me dejó temblando en el bosque.

Miguel se acerca de nuevo, esta vez colocando ambas manos en mis rodillas, separándolas más para tener acceso total. La humedad de mi tanga se enfría con el aire del salón, pero su piel caliente la contrasta de inmediato.

—Muy bien —dice Miguel, y sus dedos vuelven a la carga, deslizándose bajo el borde de los leggings para tocar la piel velluda y húmeda de mis labios mayores directamente—. Ahora, mientras él escucha eso, quiero que me cuentes todo. No te guardes nada. ¿Qué te hizo? ¿Cómo te tocó?

La vergüenza me quema las mejillas, pero mi cadera se impulsa hacia adelante, buscando sus dedos.

—Me… me agarró fuerte —susurro, mirando al techo, incapaz de sostener la mirada de Miguel mientras traiciono su memoria con la realidad de Armando—. Me empujó contra la puerta del coche. No fue suave como tú. Fue… bruto.

—¿Y eso te gustó? —pregunta Miguel, introduciendo un dedo en mi conducto, que está todavía dilatado y resbaladizo por el semen y el flujo de Armando—. Dime la verdad. Compáralo.

Sí, un grito interno se desata en mi mente. Me encanta.

—Él es… él es mucho mejor —confieso, las palabras saliendo disparadas, liberadas por la presión de sus dedos dentro de mí—. Armando me folla como tú no puedes, Miguel. Es más grande, más duro. Tú eres suave, eres… eres aburrido. Él me rompe, me deja sin aire.

Miguel no se inmuta. Al contrario, mete otro dedo, estirándome, escarbando en mi interior mientras se excita con mi humillación.

—Sigue —ordena, moviendo los dedos en un ritmo rápido, húmedo y obsceno—. Cuéntame cómo deseas que te vuelva a tener. Cuéntame qué te hizo ese día en el cerro que yo no puedo hacer.

—Me la metí toda… hasta el fondo —gimo, arqueando la espalda, el delantal de tela blanca manchado de vino apretándose contra mi estómago—. Me cogió como si fuera una perra, sin importarle si me hacía daño. Quiero que vuelva a hacerlo, Miguel. Quiero que me vuelva a usar así. Aquí, en la cocina, a veces se me acerca cuando tú no estás… me roza el culo cuando pasamos por los pasillos estrechos, me sopla en el cuello con ese olor a cigarrillo…

La imagen de la cocina se superpone a la del salón. El calor de las ollas, el ruido de los cuchillos golpeando las tablas de cortar, y el cuerpo de Armando apretándome contra la nevera industrial.

—¿Y qué sientes cuando te toca a escondidas? —insiste Miguel, su pulgar apretando mi clítoris ahora con movimientos circulares precisos—. ¿Te sientes culpable?

—No… me siento viva —admito, la respiración entrecortada—. Disfruto más cuando él me toca a escondidas que cuando estamos en nuestra cama. Me mojo solo con verlo trabajar, con verle la espalda sudar bajo la chaqueta blanca. Desde que lo vi, desde el primer día, lo deseé. Siempre quise que me cogiera así, pero nunca lo acepté… hasta hoy.

Miguel acelera el ritmo de su mano, frotándome con fuerza, aprovechando la lubricación ajena para masturbarme con brutalidad.

—Eres una zorra, Yoalli —dice, y su voz es un susurro sucio—. Una zorra que necesita una verga real. ¿Y sabes qué más quiero que me confieses? Quiero que me digas qué esperas que pase con toda esa leche que te ha dejado dentro.

El orgasmo se acerca, una ola de calor que sube desde mis muslos. La idea es repugnante y excitante a la vez.

—Espero… espero que me embarace —gimo, perdiendo el control, las palabras manchándose de placer y lujuria—. Con lo mucho que corre dentro de mí… con esas venidas frenéticas… quiero que se me quede en el vientre. Quiero tener a su hijo, Miguel. Quiero que sus hijos me llenen mientras tú miras.

Miguel gruñe, satisfecho, y aprieta con tal fuerza que veo estrellas, mi cuerpo convulsionándose en el sofá, manchado de azafrán y vino, entregado por completo a esta confesión obscena que nos está destruyendo y armando al mismo tiempo.

De aquí en adelante lo voy a contar en primera persona, les recuerdo que mi relato es real.

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