Katherine y el Pastor (3)

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1943
T. Lectura: 4 min.

Pasaron cuatro días.

Katherine sentía el culo todavía sensible cada vez que se sentaba. No era dolor exactamente, era una memoria física que se activaba con cualquier roce. En la cama, cuando Pascual se le subía encima, ella abría las piernas y lo dejaba entrar, pero ya no era lo mismo. Comparaba. Siempre comparaba.

El jueves siguiente llegó más temprano a la iglesia del barrio San Fernando. Ayudó en la cocina, acomodó sillas en el salón y, cuando las otras hermanas se fueron después de orar, se quedó. Pascual ya había llevado a los muchachos a casa. La iglesia quedó en silencio. Solo se oía el zumbido de los ventiladores del templo y el eco lejano de la calle.

La oficina del pastor tenía la puerta entreabierta.

Katherine entró y la dejó así. Desde ahí se veía el pasillo que daba al salón principal, con el púlpito vacío y las sillas ordenadas para el retiro de jóvenes. El aire olía a madera, a Biblia y a limpiador barato.

Jhon Jairo la esperaba de pie, sin saco, camisa arremangada. Detrás de él, en la pared, la cruz de madera. La miró de arriba abajo.

—Cierre un poco más… pero no del todo.

Ella obedeció. Él se acercó, le levantó la falda y comprobó que no llevaba bragas. Sonrió apenas.

—Bien.

La empujó contra el escritorio y la sentó en el borde. Le abrió las piernas. Se bajó el pantalón. El pene ya estaba duro, grueso, negro. Se colocó entre sus muslos y empujó directo contra la entrada de su cuca.

Katherine soltó el aire cuando la cabeza entró. Esta vez empezaba por delante.

El pastor empujó hasta el fondo de una sola vez y se quedó quieto un segundo, disfrutando de cómo ella lo apretaba. Después empezó a moverse. Embestidas firmes, profundas. El escritorio crujía. Katherine gemía bajito, mirando la cruz de la pared mientras el pene grueso entraba y salía de su cuca.

—Así… —murmuró él—. Primero por donde corresponde.

La pichó así un rato, sin apuro, sintiendo cómo se mojaba alrededor de él. Después salió despacio, la dio la vuelta y la inclinó sobre el escritorio. Katherine apoyó las manos sobre los papeles de la escuela dominical. Escuchó el sonido de la botellita. El aceite caliente cayó entre sus cachetes.

El pastor no se demoró. Apoyó la cabeza gruesa del pene contra su ano y empujó. Entró más fácil que las primeras veces, pero igual la abrió. Katherine apretó los dientes y soltó un gemido largo cuando el tronco completo desapareció dentro de ella.

—Ahora sí —dijo él con voz grave—. Ahora de verdad.

Empezó a darle fuerte. Embestidas profundas, sin piedad. El escritorio se movía. Las nalgas de Katherine rebotaban contra su pelvis. El aceite salía por los bordes y resbalaba por sus muslos. Ella sentía cómo el pene la estiraba, cómo la abría de verdad.

—Hijueputa… qué rico… —se le escapó.

El pastor aumentó la velocidad. La agarró de las caderas y la empujaba hacia atrás para que se embistiera sola contra él. Cada vez que se hundía hasta el fondo, Katherine soltaba un sonido ahogado. El ano le ardía y al mismo tiempo se entregaba.

—¡Más!… así… ¡hijueputa!, abrime el culo…

Jhon Jairo le hizo caso. Le dio con todo. El sonido de la carne contra carne llenaba la oficina y se filtraba hacia el pasillo silencioso de la iglesia. Katherine ya no controlaba la boca.

—Hijueputa… me vas a romper… no pares…

Las piernas le temblaron. El orgasmo la sacudió mientras el pastor la seguía embistiendo sin detenerse. Solo cuando ella terminó de temblar, él aceleró hasta el final y se vino profundo, llenándola otra vez.

Se quedó adentro un rato, respirando pesado. Después salió despacio. Katherine sintió cómo el ano quedó abierto, sin fuerza para cerrarse del todo. El semen empezó a salir de inmediato y le corrió por los muslos.

El pastor le pasó un pañuelo por la espalda, pero no le limpió entre las piernas.

—Mírese —dijo.

Le separó los cachetes con las manos y vio su ano abierto, rojo, brillando de aceite y semen. Se le cerró un poco, pero no del todo.

—Así se va a ir a la casa —murmuró él—. Bien abierta.

Ella se vistió con las manos temblando. La falda le quedó pegada a la piel. Cada paso que daba sentía el aire fresco entrar donde no debería. Cruzó el pasillo de la iglesia, pasó frente al púlpito vacío y se subió al carro.

Esa noche, en la casa, no podía dejar de pensarlo.

Pascual estaba en la cama, leyendo la Biblia antes de dormir, como todas las noches. Katherine se metió al baño, se miró en el espejo y se separó los cachetes otra vez. Todavía estaba sensible, un poco abierto. Se metió dos dedos y sintió lo fácil que entraban.

Salió del baño y se metió a la cama. Se quedó callada un rato, mirando el techo. Después habló, con la voz baja:

—Pascual… quiero que me lo hagas por detrás.

Él levantó la vista de la Biblia, sorprendido.

—¿Qué?

—Por el culo —repitió ella—. Quiero que me lo hagas por el culo.

Pascual cerró el libro de golpe.

—Katherine, eso no se hace. Eso es sucio. Dios no…

—Por favor —lo interrumpió ella—. Solo esta vez.

—No. Eso es de gente perdida. Nosotros no somos así.

Katherine se quedó callada unos segundos. Después se dio la vuelta, se puso de rodillas en la cama, el pecho contra la almohada, y se separó los cachetes con las dos manos. Se abrió delante de él. El ano todavía se veía un poco abierto, rosado, sensible.

—Mírame —dijo en voz baja—. Ya estoy así. Solo… mételo. Te lo pido.

Pascual se quedó mirándola, sin hablar. La respiración se le había acelerado. Katherine se separó un poco más los cachetes y empujó hacia atrás, ofreciéndoselo.

—Por favor, amor… solo esta vez. Quiero sentirte ahí.

Él tragó saliva. Dejó la Biblia a un lado. Se acercó despacio, como si todavía estuviera discutiendo consigo mismo. Se acomodó detrás de ella. Katherine sintió la cabeza de su pene —más delgada, más conocida— apoyar contra su ano. Empujó.

Entró fácil.

Katherine soltó un gemido largo y enterró la cara en la almohada. Pascual entró completo y se quedó quieto, sorprendido de lo poco que le costó.

—Estás… estás abierta —murmuró él, casi asustado.

—Muévete —le pidió ella—. Por favor.

Pascual empezó a moverse. Al principio con cuidado, casi con culpa. Después un poco más fuerte. Katherine cerró los ojos y pensó en la oficina de la iglesia, en el pene grueso del pastor abriéndola de verdad, en cómo la había dejado. El de su marido se sentía distinto. Más chico. Más suave. Pero igual lo necesitaba.

—Más fuerte —susurró.

Pascual le hizo caso. La agarró de las caderas y empezó a darle con más ganas, jadeando. Katherine gemía contra la almohada, no tanto por lo que él le hacía, sino por lo que estaba recordando.

Cuando Pascual se vino adentro, lo hizo con un gemido ahogado, como si todavía le diera vergüenza. Se quedó quieto un momento y después salió despacio. Katherine se quedó en la misma posición, el culo hacia arriba, sintiendo el semen de su marido resbalarle por dentro.

Pascual se acostó a su lado sin decir nada. Apagó la luz.

Katherine se quedó despierta un rato más, con las piernas juntas, sintiendo el culo sensible y usado dos veces en el mismo día.

Y aunque le daba vergüenza admitirlo, ya estaba pensando en el próximo jueves.

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