Peligro en el viaje de trabajo con mi amigo casado

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Voy a confesar lo que pasó en un viaje de trabajo con un amigo casado.

Me llamo Regina. Mido 1.65, soy delgada, con senos pequeños pero redondos y naturales. Mis piernas son largas, gruesas pero bien formadas, de esas que se marcan cuando camino. Mi piel es morena clara, el tipo de tono que se pone más brillante con el calor y el sudor. Y esa noche, en Acapulco, el calor no perdonaba.

Samuel y yo somos amigos y compañeros de trabajo. La confianza ya era íntima desde hacía meses: cruces de miradas que duraban de más, coqueteos disfrazados de broma, esa tensión constante que ambos fingíamos no ver. Yo lo había visto morbosearme más de una vez, y él también a mí. Sabía que este viaje era demasiado riesgo. Él está casado. Y yo… yo tenía miedo de lo que mi cuerpo ya deseaba con él.

El primer día fue normal. Juntas, presentaciones, trabajo. Nada más. Pero en la noche me escribió:

“¿Bajamos a brindar? Lobby a las 6.”

Quise decir que no. Quise mantenerme al margen. Pero algo dentro de mí no me dejó. A las 6:05 estaba en el lobby con un short negro de mezclilla, corto pero no exagerado, que se me subía un poco al caminar. Blusa blanca de tirantes finos. Debajo, un sostén de encaje discreto pero bonito, y un cachetero blanco del mismo encaje. Me había puesto eso a propósito. O al menos, no me había resistido a ponérmelo.

En el bar del hotel pedimos comida y las primeras cervezas. Todo se sentía normal, casi inocente. Samuel bromeaba como siempre, yo reía, nos empujábamos con el hombro. Pero cuando empezaron a llegar los tequilas, algo cambió. Mi mirada se volvió más lenta. Más coqueta. Empecé a provocar roces: me inclinaba un poco más de la cuenta para alcanzar mi vaso, dejaba que mi pierna rozara la suya bajo la mesa, me reía y apoyaba la mano en su brazo más tiempo del necesario. Él no se apartaba. Al contrario. Sus ojos bajaban a mi escote, a mis piernas, y volvían a subir como si nada.

Cuando el bar se empezó a sentir pequeño, Samuel dijo:

—¿Vamos a ese antro de al lado? Está tranquilo, es miércoles.

No dudé. Ya llevábamos varias copas. No sé cuántas. Suficientes para que la vergüenza se me aflojara.

El antro estaba medio vacío. Luces bajas, música latina de fondo. Pedimos más. Yo me senté más cerca de él de lo normal.

El short se me subió un poco cuando crucé las piernas. Estaban brillosas y erizadas, Él lo notó. Yo lo vi notar y eso me empezó a gustar.

Seguimos tomando y platicando. El antro seguía medio vacío, las luces bajas y la música lo suficientemente lenta como para que cada roce se sintiera más. Yo tenía las piernas cruzadas, el short de mezclilla negro subido un poco de más, y la piel de mis muslos brillaba por el calor y el alcohol. Estaban erizadas, con ese vello fino de punta. Samuel lo notó. Vi cómo sus ojos bajaron ahí, se quedaron un segundo de más y volvieron a subir.

Esa mirada me gustó. Me calentó el pecho de una forma que no esperaba. En un momento, mientras reía de algo que dijo, él se acomodó en la banca. Su mano se movió y, sin querer —o al menos eso fingimos—, rozó mi pierna. Fue solo el dorso de sus dedos contra la piel de mi muslo, justo por encima de la rodilla. Un roce breve, casi accidental. Yo fingí demencia. Seguí hablando, como si no hubiera pasado nada.

Pero por dentro fue un choque eléctrico. La piel se me erizó más. Sentí el calor de su mano incluso después de que ya no estaba ahí. Mis piernas se apretaron una contra la otra por instinto, y el cachetero de encaje se me pegó más a la piel. Estaba empezando a mojarme y lo sabía.

Samuel no dijo nada. Siguió la conversación como si el roce no hubiera existido. Pero su mano se quedó cerca. Muy cerca. Sobre su propio muslo, a centímetros del mío. Yo podía sentir el calor que irradiaba. Y cada vez que me movía un poco, o reía, o me inclinaba para tomar mi vaso, nuestras piernas volvían a rozarse. Ya no era accidental. O al menos, ya no lo sentía así. El alcohol me tenía los labios sueltos y el cuerpo más despierto de lo normal. Me incliné hacia él para decirle algo al oído por encima de la música, y mi pecho rozó su brazo. El sostén de encaje se marcó bajo la blusa blanca. Cuando me separé, vi que su mirada se había quedado fija en mis labios un segundo de más.

—¿Bailamos? —le dije de pronto. Lo solté así, cortando la conversación a mitad de una frase, con una sonrisa que no era del todo inocente. Me levanté sin esperar respuesta, acomodándome el short negro de mezclilla que se me había subido. Lo miré por encima del hombro, como retándolo.

Él levantó una ceja, pero se levantó. Al principio fue normal. Nos movíamos uno frente al otro en la pista casi vacía, platicando entre canción y canción, riendo, tomando de nuestros vasos cuando la música lo permitía. Pero la canción que sonaba era más lenta de lo que esperaba.

El alcohol ya me había calentado el pecho y las piernas. Mis muslos brillaban bajo las luces bajas y seguían erizados. Me acerqué un poco más. Nuestros cuerpos empezaron a rozarse sin que ninguno lo evitara. Mi cadera rozó la suya de frente. Sentí el calor de su cuerpo a través de la blusa blanca. Su mano, casi por inercia, se posó en mi cintura. Yo no la quité.

Al contrario: me acerqué otro centímetro, dejando que su palma se acomodara mejor sobre la curva. Seguimos bailando. Más cerca. Más lento. Yo movía las caderas apenas, un vaivén mínimo que hacía que mi vientre rozara el suyo y que el short se tensara contra mis piernas. Su mirada bajaba a mis labios, a mi cuello, a donde la mezclilla se me había subido, y volvía a subir. Yo lo veía. Y me gustaba.

De momento lo miré a los ojos. Seguíamos bailando, pegados, con su mano en mi cintura y mi cadera rozando la suya. Levanté la mirada y lo encontré mirándome. Sonreí. Despacio. Y me mordí el labio inferior, sosteniéndoselo un segundo entre los dientes antes de soltarlo. Él no apartó la vista. Se acercó más. Tanto que podía sentir su respiración caliente contra mi boca. Era fuego.

El tipo de mirada que ya no disfrazaba nada. Me acerqué yo también. Busqué sus labios. Dejé que los míos casi rozaran los suyos, apenas un milímetro de distancia, el calor de su aliento mezclándose con el mío. Sentí cómo su mano en mi cintura se cerró más fuerte, cómo su cuerpo se tensó contra el mío. Por un segundo creí que iba a besarme. Yo también lo deseaba. El alcohol, el calor, meses de miradas… todo estaba ahí, a punto de romperse. Pero no lo hice. Me alejé apenas, con la misma sonrisa lenta, retándolo.

Mis labios se separaron de los suyos sin llegar a tocarlos. Seguí moviendo las caderas, más lento, más pegada a él, como si nada hubiera pasado. Pero ambos sabíamos que sí. Su respiración se había vuelto más pesada. Su mirada se quedó fija en mi boca. Y yo, con el corazón desbocado y el cachetero empapado pegado a la piel, seguí bailando contra él, sonriendo, provocándolo, dejándolo con las ganas.

Sonrió. Luego rio bajo, esa risa ronca que le conozco cuando algo le gusta más de lo que debería.—Estás jugando con fuego, mujer… —me dijo, cerca, casi contra mi oído. Yo empecé a reírme. Una risa nerviosa, coqueta, que se me escapó más alta de lo que quería.

Seguí moviéndome contra él, las caderas lentas, el short de mezclilla rozándole la entrepierna con cada vaivén. Lo miré con esa expresión que sé que me queda: inocente, coqueta, pícara.

Los ojos un poco más abiertos, la sonrisa ladeada, como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—¡Estás loco! —le dije entre risas, mordiéndome el labio después.

Además… Me acerqué un poco más, lo suficiente para que mis pechos rozaran su pecho y mi boca quedara cerca de la suya otra vez. Bajé la voz, casi un susurro, pero con la misma mirada traviesa.

—… estás casado.

Lo dije como si fuera un juego. Como si solo estuviera recordándoselo por bromear. Pero los dos sabíamos que no. Mi cuerpo seguía pegado al suyo. Mis piernas entre las suyas. El cachetero de encaje empapado bajo el short. Y mientras lo decía, me froté apenas contra él, lenta, deliberada, retándolo con la mirada y con el cuerpo al mismo tiempo. Él no contestó de inmediato. Solo me miró. Esa mirada de fuego otra vez. Su mano en mi cintura bajó un poco más, hasta el borde del short, los dedos rozando la piel de mi cadera. Yo seguí riendo bajo, como si todo fuera inocente. Pero mi respiración ya no lo era. Ni la forma en que me mordía el labio. Ni cómo me pegaba más a él cada vez que la música nos empujaba. Estaba jugando con fuego. Y los dos lo sabíamos…

Regresamos a la mesa por otros tragos. Él se sentó. Yo no. Me quedé de pie a su lado, con la cerveza en la mano, el short negro de mezclilla todavía subido de tanto bailar. Me acerqué más. Él abrió las piernas, casi sin pensarlo, y yo me metí en medio. Fue tan natural que pareció coordinado.

Quedé entre sus muslos, mi cuerpo a la altura de su cara, el calor de ambos pegado. Lo miré lento. Me incliné apenas hacia adelante, acercándome. Él me miró con esa mezcla de miedo y pena que le conozco cuando algo se le sale de control. Aun así, puso las manos en mis caderas. Al principio fue solo el peso de las palmas. Pero sentí cómo sus dedos se deslizaban hacia atrás, hasta el inicio de mi culo. El short se tensó. Sus yemas rozaron la curva baja, justo donde la mezclilla terminaba y empezaba la piel.

Un roce mínimo. Suficiente. Dios. Me mojé. Lo sentí de inmediato. El cachetero de encaje se pegó más a mí, húmedo, caliente. Lo deseaba. Y por la forma en que sus dedos se quedaron ahí, afirmados, supe que él también me deseaba. Su respiración cambió. Más corta. Más pesada. Me acerqué más. Lento. Crucé las manos detrás de su cuello, los dedos enredándose en su cabello.

Mi cuerpo quedó pegado al suyo, mis pechos pequeños rozando su pecho, mi vientre contra el suyo. Me incliné hasta que sentí su respiración en mis labios. Él sentía la mía. Caliente. Cercana. Casi tocándonos. Me mordí el labio. Despacio. Lo mojé con la lengua, dejándolo brillar frente a su boca. Lo miré a los ojos, con esa sonrisa pícara que ya no podía esconder.

Mis caderas se movieron apenas entre sus piernas, frotándome contra él sin llegar a sentarme. Sus manos en mis caderas apretaron más. Los dedos se hundieron un poco más en el inicio de mi culo. Y yo, con el corazón desbocado y la humedad creciendo entre las piernas, me quedé ahí, a milímetros de su boca, retándolo en silencio.

Cerré los ojos. Meses de amistad, de confianza, de cariño disfrazado de bromas y miradas, pasaron por mi mente en un segundo. Todo lo que habíamos sido. Todo lo que no debíamos ser. Y entonces lo sentí. Sus labios contra los míos. Lento. Muy lento. Casi como de amor. Como si llevaran años siendo pareja y este fuera un beso más de tantos.

No fue urgente ni desesperado. Fue profundo desde el primer contacto. Sus labios se abrieron apenas sobre los míos, cálidos, húmedos, moviéndose con una suavidad que me desarmó. Sentí el roce de su boca, el calor, la forma en que se acomodaba a la mía como si ya me conociera. Sus manos apretaron mis caderas. Firme. Los dedos se hundieron en mi piel por encima del short, jalándome hacia él. Yo me acerqué más. Me pegué por completo. Mis pechos contra su pecho, mi vientre contra el suyo, mis muslos entre los suyos.

El beso se profundizó sin prisa. Su lengua rozó la mía, lenta, explorando, saboreándome. Yo le respondí igual. Meses de tensión se derritieron en ese contacto. Él me besaba como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si no estuviéramos en un antro a media luz, como si él no estuviera casado, como si yo no fuera su amiga y compañera de trabajo. Solo éramos nosotros.

Su boca sobre la mía. Sus manos afirmadas en mis caderas, apretándome, subiéndome apenas contra él. Y yo, con los ojos cerrados y el cuerpo entregado, me dejé besar así. Lento. Íntimo. Peligroso. Cuando se separó apenas, milímetros, su respiración seguía mezclada con la mía. Sus labios húmedos. Los míos también. Y sus manos no me soltaron. Me siguieron sosteniendo de las caderas, pegada a él, como si ya no quisiera que me alejara.

Lo miré. Con esa mirada coqueta que ya no podía esconder. Sonreí. Él sonrió igual, los labios todavía húmedos del beso anterior, los ojos más oscuros. No dijimos nada. Yo me acerqué de nuevo. Esta vez el beso fue mío. Más intenso. Con lujuria. Mis labios se abrieron sobre los suyos con hambre, la lengua buscando la suya de inmediato, profunda, húmeda, sin la lentitud de antes.

Lo besé como si llevara meses conteniéndome. Y lo había hecho. Mis manos se aferraron a su cuello, jalándolo hacia mí, mientras mi cuerpo se pegaba más entre sus piernas. Sentí cómo su respiración se cortaba contra mi boca, cómo respondía con la misma urgencia. Sus manos bajaron de mis caderas a mis muslos. Apretó. Firme, pero suave al principio.

Las palmas abiertas cubrieron la parte alta de mis piernas, los dedos hundiéndose en la carne de mis muslos gruesos. Empezó a manosearlos. Soft. Despacio. Subiendo y bajando, apretando apenas, sintiendo la forma, el calor de mi piel bajo el short de mezclilla. Cada vez que sus dedos se deslizaban hacia adentro, cerca del borde interno, yo me estremecía contra su boca. El short se subía más con el movimiento. Sus pulgares rozaban la piel sensible de la cara interna de mis muslos, justo donde el cachetero de encaje terminaba. Yo seguí besándolo. Más profundo. Más sucio. Mi lengua se enredaba con la suya mientras él me manoseaba los muslos con esa mezcla de contención y deseo. Apretaba, soltaba, volvía a apretar.

Como si estuviera aprendiéndome. Como si no pudiera creer que por fin me tenía así, entre sus piernas, con la boca abierta sobre la suya y las piernas temblando bajo sus manos. El beso se volvió más húmedo. Más urgente. Y sus manos no paraban. Me agarraban los muslos, me los abrían apenas, me los apretaban contra él. Yo gemí bajo contra su boca. Él lo tragó. Y siguió manoseándome. Soft. Pero cada vez con menos miedo.

Me mordió el labio. No fue fuerte. Fue preciso. Sus dientes atraparon mi labio inferior, lo jalaron apenas y lo soltaron con un roce húmedo. El pellizco fue corto, caliente, suficiente para que todo mi cuerpo reaccionara. Gemí. —Diossss… Se me escapó bajo, ronco, contra su boca. El sonido vibró entre los dos. Mis manos se aferraron más a su cuello.

Mis caderas empujaron hacia adelante, frotándome contra él sin poder evitarlo. El cachetero de encaje se pegó más a mi piel empapada. Sentí cómo sus manos en mis muslos apretaron más fuerte en ese instante, los dedos hundiéndose en mi carne como respuesta a mi gemido. Él no soltó mi labio de inmediato. Lo mantuvo entre sus dientes un segundo más, lamiéndolo después con la lengua, suave, como pidiendo perdón y provocando al mismo tiempo. Yo temblé. El gemido se me quedó atrapado en la garganta.

Mis pezones se endurecieron bajo la blusa y el sostén de encaje. Y entre mis piernas, la humedad creció más. Cuando por fin soltó mi labio, ambos respirábamos agitado. Mis labios estaban hinchados, sensibles. Él me miró. Yo lo miré. Y sin decir nada, volví a besarlo. Más profundo. Más sucio. Con el sabor de ese mordisco todavía en la boca y su verga dura marcándose contra mi vientre.

Me separé. Despacio. Mis labios se despegaron de los suyos, hinchados, sensibles. Tomé mi cerveza de la mesa y bebí. Un trago largo. Él hizo lo mismo. El silencio entre los dos estaba cargado. Yo todavía sentía el mordisco en el labio y sus manos en mis muslos. Lo miré. Con la botella aún en la mano, con esa sonrisa que no podía controlar.

—Eres un cabrón… —le dije, bajo, casi riendo. Él se me empezó a reír. Esa risa ronca, corta, de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Se inclinó un poco hacia mí, todavía sentado, conmigo entre sus piernas.—¿Y cabrón te gusta? —me soltó, directo, con la mirada fija en la mía.

Yo reí. Me mordí el labio otra vez, el mismo que él había mordido segundos antes. Negué con la cabeza, pero no me aparté. Al contrario. Me acerqué un poco más, mi cuerpo todavía pegado al suyo, mis muslos entre los suyos.—Estás loco —le dije, entre risas, con la voz más baja.

Pero no me fui. Me quedé ahí. Bebiendo. Mirándolo. Con el short subido, el cachetero empapado y su verga todavía dura contra mi vientre. Él siguió sonriendo. Y yo también. Porque los dos sabíamos que sí. Que me gustaba. Que me estaba volviendo loca. Y que esto ya no tenía marcha atrás…

Continuará.

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