Katherine y el Pastor (4)

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T. Lectura: 5 min.

Eran las once de la mañana de un martes. Pascual había salido temprano a una reunión en el centro y los muchachos estaban en el colegio. Katherine terminaba de tender la cama cuando escuchó el timbre.

Se asomó por la ventana de la sala y vio el carro del pastor estacionado frente a la casa. Jhon Jairo estaba en la puerta. Al lado de él había otro hombre, también negro, un poco más bajo pero de hombros anchos, con una Biblia bajo el brazo.

Katherine se quedó quieta un segundo. El corazón le dio un vuelco. Se alisó la falda, se tocó el pelo y fue a abrir.

—Pastor… qué sorpresa.

Jhon Jairo sonrió con esa calma de siempre.

—Hermana Katherine. Le presento al pastor Elías, de la congregación de Aguablanca. Estábamos cerca y pensé que podíamos pasar un momento a orar por la familia. ¿Está sola?

Ella miró al otro hombre. Tenía la misma presencia grave, la misma forma de mirar.

—Sí… estoy sola. Pasen.

Los dos hombres entraron. Katherine cerró la puerta. Elías saludó con un apretón de manos largo y una mirada que se demoró un segundo de más en su cuerpo. Jhon Jairo dejó la Biblia sobre la mesa de la sala y caminó hacia ella sin prisa.

—Vamos a la habitación —dijo en voz baja—. No necesitamos orar sentados.

Katherine sintió un calor subirle por el pecho. Obedeció. Los tres entraron al cuarto de matrimonio. Jhon Jairo cerró la puerta con llave.

Se acercó a ella. Sin decir nada le desabrochó la falda y la dejó caer al piso. Después le subió la blusa por encima de la cabeza, le quitó el brasier y por último le bajó las bragas. Katherine se quedó completamente desnuda. Las tetas pesadas le colgaban, los pezones ya duros. El culo amplio y redondo quedó expuesto.

Jhon Jairo la tomó de las caderas y la guio hasta la cama.

—En cuatro. Culo bien arriba.

Ella obedeció. Se arrodilló sobre el colchón, apoyó el pecho contra la sábana y arqueó la espalda, levantando el culo lo más alto que pudo. En esa posición se notaba claro: el ano ya estaba un poco abierto, rosado, marcado por las veces anteriores.

Jhon Jairo se colocó detrás. Le separó los cachetes con las dos manos grandes y escupió directo sobre el agujero. La saliva caliente resbaló por la hendidura. Volvió a escupir, esta vez más, y untó con el pulgar, presionando el centro. Katherine se estremeció.

—Cada vez entra más fácil —murmuró él—. Ya ni siquiera necesita aceite.

Se bajó el pantalón. El pene negro, grueso y largo, ya estaba completamente duro. Apoyó la cabeza ancha contra el agujero del culo humedecido de saliva y empujó.

La cabeza entró con un poco de resistencia y después el resto se deslizó de un solo avance. Katherine soltó un gemido largo, agudo, y apretó las sábanas. El pastor no se detuvo hasta que los huevos le tocaron la carne. Se quedó quieto un momento, disfrutando de cómo el culo de ella lo apretaba, todavía caliente y un poco hinchado.

Empezó a moverse. Embestidas profundas, lentas al principio, después más firmes. La saliva no era suficiente del todo, pero el ano de Katherine ya estaba acostumbrado y se abría alrededor del tronco grueso con menos dificultad que las primeras veces. El sonido era húmedo y obsceno. Las nalgas grandes rebotaban contra la pelvis del pastor. Katherine gemía contra el colchón.

Elías se había bajado el pantalón. Su pene también era grueso, un poco más corto que el de Jhon Jairo pero igual de negro y pesado. Se quedó de pie a un lado de la cama, masturbándose despacio, mirando cómo el otro pastor le abría el culo a la hermana. No decía nada. Solo observaba, con la verga dura en la mano, subiendo y bajando la piel.

Después de varios minutos, Jhon Jairo salió por completo. El ano de Katherine quedó abierto, rosado, brillando de saliva. El pastor se hizo a un lado, le separó los cachetes con las dos manos y miró a Elías.

—Venga, pastor. Pruébela.

Elías se colocó detrás de ella. Apoyó la cabeza de su pene contra el agujero usado y empujó. Entró más fácil de lo que esperaba. Katherine soltó un quejido largo cuando lo sintió hundirse hasta el fondo. Elías empezó a cogerla con ritmo firme, agarrándola de las caderas, embistiéndola profundo mientras miraba cómo el culo se le abría alrededor de su verga.

Jhon Jairo se sentó en el borde de la cama, frente a la cara de Katherine, y le acercó el pene a la boca. Ella lo tomó entre los labios y empezó a chuparlo, babosa, mientras Elías le daba por detrás. Cada embestida del otro pastor le hacía empujar la cabeza más profundo contra la pelvis de Jhon Jairo. Babeaba, gemía alrededor de la verga, y el sonido húmedo de la saliva se mezclaba con el de la carne contra carne.

Elías aceleró. Las nalgas de Katherine rebotaban con fuerza. De pronto se tensó, se hundió hasta el fondo y se descargó adentro, soltando gemidos bajos mientras los chorros calientes le llenaban el culo. Se quedó quieto un momento, latiendo dentro de ella, y después salió despacio. El semen empezó a salir de inmediato, espeso, resbalándole por los muslos.

Jhon Jairo no esperó. Se levantó, se colocó otra vez detrás de Katherine y le entró de un solo empujón, empujando el semen de Elías más adentro. Esta vez fue más fuerte, más profundo. La agarró de las caderas con las dos manos y empezó a darle sin piedad. El sonido de la carne contra carne llenaba el cuarto. Katherine gritaba contra la sábana, el culo completamente entregado, abierto, usado, chorreando la leche del otro mientras el pastor principal lo volvía a llenar.

—Así… así, hermana… —gruñó Jhon Jairo.

Las embestidas se volvieron rápidas y secas. Katherine sintió que se le venía el orgasmo solo de culo. Se le doblaron las piernas y se quedó temblando, apretando la verga del pastor con fuerza mientras él seguía moviéndose a través de las contracciones. Cuando ella terminó de estremecerse, Jhon Jairo se hundió hasta el fondo, se tensó y se descargó profundo. Los chorros calientes se mezclaron con los de Elías dentro de ella. Se quedó quieto un rato largo, respirando pesado, dejándola completamente llena.

Después salió despacio. El ano de Katherine quedó abierto, sin fuerza para cerrarse, y el semen de los dos empezó a salir en cantidad, espeso, blanco, resbalándole por los muslos y manchando la sábana.

Los dos hombres se acomodaron los pantalones en silencio. Jhon Jairo miró el culo usado de Katherine un segundo más, abierto y chorreando, y después se dirigió a la puerta.

—Quédese así un rato, hermana. Y no diga nada.

Antes de que abriera, Elías lo detuvo con la voz baja pero firme:

—Espere, pastor…

Jhon Jairo se detuvo y miró hacia atrás. Elías ya tenía otra vez el pene duro, saliendo por encima del elástico del pantalón. Se acercó a la cama, tomó a Katherine por un brazo y la hizo darse vuelta hasta dejarla boca arriba. Las piernas le quedaron abiertas, el semen de los dos le resbalaba todavía por el culo y le manchaba las sábanas bajo las nalgas.

Elías se colocó entre sus muslos, apoyó la cabeza gruesa de su verga contra la entrada de la cuca y empujó de un solo golpe. Entró fácil, caliente y resbaladiza. Katherine soltó un grito cuando lo sintió llenarla por completo. Elías empezó a embestirla con ritmo firme y profundo, cogiéndola de las nalgas y hablándole al oído.

Jhon Jairo se sentó a un costado de la cama. Le metió dos dedos gruesos en la boca y se los empujó hasta casi la garganta, obligándola a chuparlos mientras Elías la cogía. Con la otra mano le apretó una teta, hundiendo los dedos en la carne blanda, pellizcándole el pezón duro hasta hacerlo poner aún más tieso. Katherine gemía alrededor de los dedos, babeando, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida del otro pastor.

Elías aceleró. Las tetas de Katherine rebotaban con fuerza bajo la mano de Jhon Jairo. De pronto se tensó, se hundió hasta el fondo y se descargó dentro de la vagina, soltando gemidos bajos mientras los chorros calientes le llenaban la cuca. Se quedó quieto un momento, latiendo adentro, y después salió despacio. El semen empezó a salir de inmediato, espeso, mezclándose con el que ya le corría por el culo.

Los dos hombres se acomodaron los pantalones otra vez. Jhon Jairo sacó los dedos de la boca de Katherine, le miró el cuerpo abierto y usado un segundo más, y se dirigió a la puerta.

—Ahora sí. Quédese así.

Salieron. Katherine se quedó tirada boca arriba, las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo la leche de Elías le salía de la cuca y se juntaba con la de los dos en el culo, manchándole los muslos y la sábana.

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