Hola, me presento, soy Carolina. Viví siempre en zona sur del Gran Buenos Aires. Soy totalmente pasiva, y ya con cuarenta y tres años, digamos que socialmente no tengo problemas en vestirme como lo que soy, una mujer.
Vivo sola en el suburbio hace ya varios años, y la anécdota que voy a referir es verídica, fue algo inesperado pero halagador también.
Como vivo en una casa antigua que estoy reciclando, normalmente soy de sacar la hojarasca y las ramas que van cayendo llegado el otoño, básicamente vienen los de la Municipalidad, pero a veces tardan mucho en venir a recogerlas. Así que cuando pasa algún cartonero lo llamo para que se lleve las hojas. Los cartoneros que suelen pasar por el barrio son conocidos, siempre tienen una frecuencia. Así que cuando deje las bolsas de consorcio afuera y pasaron los días sin que el basurero las llevara, decidí que al primero que pasara se las daba a cambio de unos pesos.
Uno de los muchachos que pasaba siempre con el carro los jueves a la mañana, solía llevarse algunas cosas que dejaba afuera: sillas viejas, caños, una casa antigua tiene muchas cosas por tirar. Muy correctamente siempre me saludaba cada vez que me veía, solo era un gesto de saludo, muy respetuoso, sin estridencias. Es más, cuando dejaba una silla o un mueble viejo, se acercaba a tocarme el timbre y preguntarme si había algo más, en sus gestos era muy correcto y su mirada me decía mucho, es como que quería de alguna forma trabar conversación conmigo. Me halagaba eso. Yo me visto como mujer, no como trola. La femineidad tiene más que ver con el estilo y las formas, y no tanto por la apariencia en sí, y mis gestos son normales, aunque bien femeninos.
La cuestión es que ese jueves, yo regresaba justo de hacer unos trámites, caminando y el pasaba con el carro y me dijo: buen día señora. Hola buenos días, le dije. Mientras llegaba a la puerta de casa, me dijo: “¿quiere que le lleve las bolsas de consorcio?” Dudé. “Si”, le dije. Acercó el carro a la acera. Y yo entré, para darle unos pesos.
Sali al rato y el terminó de cargar las bolsas que no eran más que tres. Le di unos pesos. Lo vi agitado, como cansado, era un muchacho que no tendría más de 18 años. “¿Te sentís bien?” Le dije. “Si, gracias señora, estoy desde las tres de la mañana juntando cosas.”. No tenía un caballo ni una mula, él era quien lleva el carro. Eran cerca de las doce, el carro estaba con alguna que otra cosa… la verdad me dio ternura, le dije si quería un vaso de agua. “¿En serio? Gracias señora”.
Fui hasta la cocina y saqué de la heladera una botellita de agua y se la acerqué: no me sacaba los ojos de encima, tenía una mirada muy dulce y respetuosa, se ve que quiera hablar. “Tomala tranquilo, no de golpe”. Lo mire bien, muy joven, sus brazos eran poderosos de tantas horas de tirar del carro, su cabellera estaba desordenada, estaba transpirando… me empezó a gustar lo que veía. Le dije, “¿querés acercarte a la sombra un rato y descansar?”. Se ruborizó, cosa que me encantó (quizá era lo que él quería también), “no te preocupes, no te voy a hacer nada”. Así que entró con la cabeza gacha al zaguán, donde estaba algo más fresco.
—¿No tendrá problemas con su marido? —Me dijo por curiosidad.
—Yo vivo sola, —le dije—, así que no te preocupes.
Aquí se produjo un silencio, él se quedó mirándome bien, con una media sonrisa tímida. Le devolví la sonrisa.
—Debes estar muy cansado, pobre —le dije haciéndome la maternal. Bajo la cabeza, dijo si— ¿Queres pasar y sentarte? —le dije.
Dudó, mirando la botellita.
—Bueno, permiso —y entro al living despacio y le indique el sillón. Me dio la botellita, me miro fijo. Le sostuve la mirada.
—¿Queres más?
—Si, —me dijo, y cuando tomé la botellita nos rozamos los dedos, él se sonrojó.
—que pasa —le dije— ¿te sentís mal, te molesta algo?
Me miro fijo casi como un ruego y me dijo:
—Nunca estuve con una mujer señora —se disculpó y se levantó— no quiero molestarla, gracias
Y cuando se iba, lo tome de la mano. Me estaba fascinando esta situación.
—Te da miedo?
—No, bueno, si, no sé, no sé qué decirle
Le tome de la mano y le di un beso a esa mano callosa.
—¿Te gusto?
Bajo la cabeza.
—Si, siempre me gusto.
Cerré la puerta. Me acerque a él.
—¿qué te gusta de mí?
Se sonrojo más aun. No me miraba.
—Todo. —dijo— siempre que la veo me gusta mucho.
Me acerque más.
—No soy una mujer común y corriente, ¿lo sabias?
—sí, todo el barrio lo sabe y me gusta mucho eso.
Lo mire fijo, comencé a acariciarle sus brazos. Era algo más alto que yo así que podía verlo. Sus ojos se estaban encendiendo. Me fui acercando más y más, hasta apoyarme en su pecho y mirarlo.
—besame —le susurre
Y el me beso, al principio muy despacio. Y luego más intensamente. Su lengua estaba enloquecida, con mi mano lleve su brazo hasta mi cintura y la baje hasta mi cola. La apretó, ¡que bien me sentí! Después de unos segundos, comenzó a acariciarla.
Sentí su cuerpo ardiendo y su boca hirviendo, acaricie el sudor de todo su cuerpo, levante mi rostro para que el me besara por el cuello, me mordiera… era muy básico y yo lo ayudaba. Puse mi mano en su entrepierna y comencé a masajearlo, el jadeaba… estaba con una erección increíble. ¡Y enseguida su cuerpo comenzó a contraerse!
—No no —le dije en un gemido.
Pero él no podía evitarlo, era su primera vez así que me arrodille le desabroche el pantalón y apareció ese hermoso pene con la piel tersa y suave de la primera vez y mirándolo la bese tan dulcemente: yo arrodillada ante él, mis manos en mis piernas en pose sumisa y merced a su pene erecto y hermoso. Lo lamí, lo succione y gritando lanzo todo el chorro dentro de mí: ni siquiera me sujeto la cabeza, ¡no sabía qué hacer con sus manos! Tome de sus manos y las apoyo en mis brazos, acariciándolos. Yo me trague todo, hasta lo último y seguí un rato más succionándolo, hasta que sus gemidos pasaron a ser suspiros.
Quedo fláccido ante mí y me levante, me dio un beso, sus ojos entrecerrados estaban brillosos, yo descanse en su pecho, sumisa, y él me abrazo. Así parados sucedió.
—Que hermosa pija tenes —le dije besando su pecho— yo soy Carolina
—Damián —susurro.
—Ahora —le dije— haceme tuya —le rogué— por favor, quiero sentirte dentro de mí
Su piel hervía cada vez más. Me gustaba el sabor en mi boca, su semen, su sudor, su lengua empapada…
Me desabroche el enterito que tenía y ante el quede solo con mi tanguita. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Estaba renervioso, transpiraba, suspiraba… sus ojos estaban desorbitados
—No tengas miedo. Es todo tuyo
Y juntamente con sus manos, empezó a besar mis hombros, mordió mis pechos con tanta pasión que me dejo en las nubes. Lleve su mano a mi cola.
—meteme los dedos mi vida —le gemí— por favor
Yo estaba en las nubes, un chico tan joven su primera vez, verme deseada, y sentir el sabor del sudor en cada parte de su piel, ver esos brazos poderosos comenzar a someterme… fui sintiendo su fuerza en ellos, no quería despegarse de mí.
Y metiéndome los dedos y yo contorneándome para que entraran más… que caliente que estaba: eran dos cuerpos hirviendo que en el caso de él, ya estaba por ser un volcán. Yo hacía surcos con mis dedos por sus pechos sudorosos, los lamia, buscaba sus labios, me besaba hasta dejarme sin aliento, me hacía ver las estrellas cada lengüetada intensa y prolongada, le gemía, se ponía más loco, su pene estaba durísimo y…
Me dio vuelta él. Desesperado, volcánico, intenso y fogoso, me dio vuelta y yo grite y aprisiono mucho más mis pechos y mi cola quedo hacia el entera, paso su mano por la raya yo me entregue a él por completo, apoye mi cabeza en sus hombros y acercándonos al sofá, sentí como su pene empezaba a entrar… así, medio seco medio lubricado, pero salvajemente me aprisiono por la cintura y sentí su penetración hasta el alma, gritando
—¡Si mi amor, sí! —le grite— por favor, le rogué, seguí por favor.
Y entro a meter y sacar a meter y sacar… que vacío que me dejaba cada vez que la sacaba y yo le decía:
—nooo, no me dejes así, dame más, por favor, no me dejes con este vacío por favor, llénamelo con vos, por favor —le rogaba y le gemía y él más caliente se ponía.
Me penetro tanto y tan bien que lo sentí en el alma, me hizo lagrimear, babear… hasta eyacule yo también.
Me calentaba sus gemidos y sus gruñidos: si, gruñidos como de desesperación por sacarse de encima algo, con fuerza. Yo acariciaba sus brazos y me sentía tan prisionera de él, tan sometida, tan en sus manos, tan sin iniciativa propia. Me mordía la espalda, me besaba la nuca, el cuello, me mordía los labios. Yo estaba literalmente en el cielo.
—¡dame más bebe, dame más, mas, más! —Le gritaba y el más fuerte me daba.
Y bien fuerte y salvaje. Sentí su pene hasta en la boca del estómago, me estaba volviendo loca su violencia, su rigor, no podía medir él su pasión por ser su primera vez y yo lo deje enteramente, estaba a su merced, no me podía ni mover de lo fuerte que me sujeto, apenas si podía respirar y jadear. Arrodillada en el sofá, el parado…
Y llego el momento colosal: eyacular dentro de mí. Bien dentro de mí, su cuerpo se contrajo, lanzo un pequeño grito, me tomo más fuerte aun y el torrente caliente me inundo y me dejo loca literalmente. Le agarre la cabeza y la puse sobre mi cuello para que me mordiera, arañe sus brazos, grite, me desespere…Que maravilloso sentir toda su leche inundar de tibieza mi interior. Me temblaron las piernas, sentí una corriente intensa… gritamos los dos, casi al mismo tiempo… yo caí sobre el sofá con todo su peso. Él estaba dentro de mí. Y acomode mi colita para seguir teniéndolo así.
Así quedamos, en posición cucharita, abrazándome por la cintura y yo acariciando esos brazos. Descansamos. Él se apoyó mucho más en mí, y yo sintiendo su pene aun en mi colita. Estaba fláccido, sí, yo destruida, pero que importaba: me lo dejo bien abierto, me encanto.
De vez en vez le mordía sus dedos y el me correspondía con besos en mis espalda, hasta que me di vuelta y nos comimos la boca otra vez. No sabía que decir, se le notaba que estaba muy feliz. Me complacía, me halagaba: hice feliz a un pibe en su primera vez, lo hice sentir hombre. Y todo un hombre además.
Conversamos. El todavía seguía sin poder creerlo, aunque en su rostro estaba muy feliz, sonreía. No tenía tiempo para una chica, desde los nueve años en la calle juntando cosas en un carro al hoy poco margen tenía para pensar en una chica. Me dio tanta ternura. Mientras me hablaba lo acariciaba, le acomodaba el cabello, el aún conservaba cierta timidez, por la emoción de esta su primera vez, pero me fue contando como iba su vida, un poco con culpa, otro con vergüenza.
—no, no —le dije abrazándolo— no te sientas mal por esas cosas, ya va a ir cambiando todo vas a ver. Estas trabajando y haces lo que podes, no te tiene que dar vergüenza eso. Vergüenza es robar o matar.
Quizá nunca le habían hablado así. Me miraba con una sensación de admiración, respeto… yo lo miraba y le acariciaba la cara y él respondía acariciándome las piernas. Al llegar a mis glúteos se frenaba y volvía a mis piernas, me daba cuenta aun de su timidez.
Me sonreí. Mi rodilla toco su pene y mi cola quedo mitad hacia arriba para que su mano siguiera por ahí. Él se puso colorado otra vez. Nos reímos los dos. Lo bese. Sus labios volvían a hervir.
Sus dedos pasaron por mi raya y sentí un escalofrió hermoso: me puso la piel de gallina y gemí, mirándolo, él se incorporó un poco dejándome su pecho frente a mí. Y volví a besarlo y a morder esa piel dura, pero joven. Sus dedos entraron por mi ano, que no necesitaba de mucha dilatación. Su erección era hermosa. Me lance literalmente a comerme ese pene erecto.
Mi colita quedo casi enfrente de él, así que no hizo más que besarlo y con sus manos ponerlas en mi cadera otra vez.
—Meteme la lengua bebe —le susurre.
Esta vez era yo la salvaje. Le mordí el pene, lo lamí, lo recorrí con toda mi lengua, la babee todo, sus testículos, su entrepierna…el gemía de locura y placer. Y con las dos manos abrí mis glúteos y le introduje su cabeza en mi ano. Y allí comenzó a darme lengua en mi ano de manera frenética. Así bebe, así mi amor le susurraba.
Hay dos cosas que no acostumbro a hacer. Sostener el pene para succionarlo. Me gusta dominarlo con mi lengua y mis labios, ir viendo cómo va creciendo solo con mi boca. Me fascina eso, soy de masajearlo, sí, pero en el momento del sexo oral, nada de manos, solo con mi boca.
Otra cosa es que respeto mucho a quienes le gusta que le eyaculen la boca: es uno de los momentos en que una domina al macho. Lo hace eyacular incluso en contra de su voluntad. Tiene un sabor hermoso, me encanta pasarlo por mi cara, ver el semen en mis pechos en mi cara… pero mayor placer aun es cuando eyaculan dentro de mí. Es el momento en que me siento dominada por completo. Realmente, quien no lo sintió alguna vez, no sabe lo que se pierde.
Me tuvo lengüeteando un buen rato y su pene estaba enrojecido. Así que, de una, me di vuelta y me senté en su grueso y largo instrumento. A él le sorprendió la velocidad y entro tan bien. Parece irreal pero el cuerpo mismo pide su parte: no hay que acomodar mucho, la memoria del cuerpo dirige el ano al pene casi instantáneamente y al revés también.
Yo sentada encima de su pene subiendo y bajando, sosteniendo el mis caderas con firmeza pero aun así, contorneándome para sentir esa dureza en plenitud. Yo me acercaba a besarlo, a lamerlo, lo atraía a mis pechos para que los besara y los mordiera. Yo soy muy de gemir, de rogar, de suplicar… pero este Damián, me hizo llorar más de una vez de puro placer. Ahí si pude sentir con nitidez lo que su pene era dentro de mí: me apretó las nalgas, volvería a eyacular y yo le sostuve sus brazos para que no me soltara y pudiera derramar toda su leche dentro de mí.
Y que belleza por Dios. Levanto su cadera y lo sentí tan hondo. Y el torrente de semen me volvía a poner loca. Un torrente inmenso, me lleno toda, me volvió loca otra vez, me hizo gritar, jadear, suspenderme sobre el con los brazos abiertos y mirando el cielo, entregada por completo, despersonalizada, en babia, en las nubes… el aún tenía sus caderas levantadas levantándome a mí. Yo lo miraba como suplicando, lo miraba lagrimeando… el acaricio mis hombros jadeando y me derrumbe en su pecho. Sentía su estómago en el mío, transpirados los dos… ahora me estaba abrazando con mayor firmeza. Ahora me estaba haciendo suya.
Acurrucada sobre él, como una nenita, sobre ese hermoso pecho…
Así estuvimos todo el resto del día. Sus 18 años le permitían eyacular cuantas veces quiera y yo aproveche cada uno de esos momentos. Su vigor me encanto, su timidez me fascino… cuando nos despedimos, él ya tenía otra sonrisa y otro aplomo. En ningún momento se propaso conmigo, no tomo confianza alguna solo en la piel que le deje que fuese mi hombre. Hasta para ir al baño pedía permiso. Y está bien, me gusto que sea tan correcto en esas cosas.
A mí me encanta abrirme de piernas, cuando tengo a mi hombre de frente. Es instintivo, mis piernas son muy bonitas y entregarme con mis piernas abiertas con mi vientre en el suyo me fascina. Es una pose que recomiendo, muy femenina además. El hombre puede cómodamente morderte acariciarte besarte… me excita muchísimo tenerlo de frente con mis piernas abiertas y abrazarlo como toda una mujer. Así fue la tercera vez que lo hice con Damián ese mismo día.
Cada instancia de nuestra piel lo volvía loco y así fue como me penetro salvajemente de frente, aprisionando mis piernas hasta que me llegaron a mis pechos y penetrándome tan tierna pero duramente: no sabía ir despacio y no me importo en absoluto: yo era suya por completo y cada instancia de esas le hacía saber que podía hacer lo que quisiera conmigo. Mis suplicas, mis ruegos, mis gemidos, mis alaridos lo volvían loco y con mayor rigor entraba en mí.
Y en el momento de eyacular, grite y me alce y lo tome de la nuca abrazándolo fuertemente y poder sentir mejor su leche dentro de mí. Y como fue. Mis piernas alrededor de su cadera, en el aire y sentí otra vez su liquido caliente que me volvió a poner loca, loquísima, salvaje, lo arañe por todos lados, lo mordí, le grite.
—Ay si la puta madre, me haces mierda bebe, por Dios, si, si, si, si… —y gemía como loca. Y gemía y gemía… me temblaban las piernas, sentí escalofríos en el cuerpo… estaba rendida por completo.
Me recostó el en el sofá tan suavemente y al recostarme, me acerque a su cadera y traje ese hermoso pene y lo lamí y lo bese… saboreando los restos de semen que había quedado allí. El acaricio mi cabeza y con la otra mano, acaricio mi vientre, mi estómago, mis pechos… hasta que se acostó al lado mío y me beso tan dulcemente. Yo buscaba su lengua y el la mía. Volví a recostarme en su pecho y el a acariciarme.
Así estuvimos buena parte de la tarde también. No comimos, no tomamos nada tampoco. Fue solo placer.
Nuestra despedida, fue tan emotiva como imposible: no quería irse de mi lado y yo tampoco. Pero debíamos separarnos. Yo a mi rutina y él a su carro. Le costó mucho irse, se paraba, se me quedaba mirando, se calzaba, me seguía mirando, yo le sonreía comprensivamente. Pero no me incómodo para nada, me gusto.
Nos besamos un buen rato, suspiramos los dos, nos miramos.
—¿Puedo volver Carolina?
No dije nada. Lentamente me arrodille ante él y lo mire otra vez mientras sacaba su miembro y lo deje ante mí.
—Vas a volver —le dije besando su pene— vas a volver —le dije mientras lo lamia.— Vas a volver bebe —le dije mientras le lamia los testículos.— mmm vas a volver —y me lo metí todo en mi boca, hasta acomodarlo bien en mi garganta para que entrara hasta el fondo. Iba para atrás con mi boca y con mis dientes rayando su miembro, pero muy suavemente, el gemía como loco.— Vas a volver mi bebe, y me vas a romper toda —le decía entre succión y lamida— vas a volver y me vas a hacer tu puta, tu hembra, tu yegua, tu todo…
Y yo sentía como comenzaba a contraerse y me la metía más adentro
—¡Si! —Grito— quiero que seas mi mujer
—¿Me vas a coger siempre? —le decía mirando su pene— ¿solo a mí? —Le pregunte besando su pene otra vez
—¡Solo a vos, solo a vos! —Estaba desesperado— ¡solo a vos, te amo, te amo, te amo! —grito mientras llenaba mi garganta con su leche y no me aparte, lo sujete fuerte de sus glúteos y lo aprisione contra mi boca.
Me hizo lagrimear, ahogarme pero me la trague toda.
Bese con tanta ternura ese miembro. Y recogí todo la leche que iba saliendo, esta vez con suavidad. Sumisa, le subí el slip, el pantalón… se subió la cremallera y me levante.
Me sujeto y me beso. Su pasión no había disminuido.
—Te amo Carolina —lo dijo casi como un ruego.
No sé por qué le dije. Yo también.
—Chau —me dijo con algo de tristeza.
No quería mirarlo, yo también estaba con algo de tristeza. Abrí la puerta y salió. Estaba el carro, todo… volvió a mirarme como quien no quiere irse, como que le faltaba decir muchas más cosas, como que…
Cerré la puerta. Un día inolvidable llegaba a su fin.
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