Secretaria personal

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T. Lectura: 5 min.

Un viaje de empresa con mi secretaria personal. Negociaciones largas. Cena los dos. Y descanso en habitaciones contiguas, pero separadas. Cierto es que alguna conversación mantenida la he intentado llevar hasta una situación más íntima, pero hasta el momento nada ha sucedido. Yo, ejecutivo maduro, llegando a los 50. Ella, sobre los 40. Casada. Por el curriculum supe que, con un solo hijo, de 22. Es decir… madre a los 18.

Un suave golpe en la puerta de mi dormitorio. Abro: ella. Su sombra extendiéndose por las tablas del suelo, frente a mí, con su fina camiseta de rayas acanaladas a modo de camisón le llega hasta el borde de sus nalgas.

—”¿Sigues despierto? No podía dormir con todos estos pensamientos rondando mi cabeza…”

Se apoya en el marco de la puerta, la camiseta generosamente desabrochada me permite observar que no lleva sujetador.

—”¿Crees que está mal que esté aquí ahora mismo?”

—No. Siempre debemos intentar llevar a cabo aquello que deseamos. Si no lo intentamos, nunca sabremos lo que pudiera haber sucedido. Hay riesgo de no sea como queremos que sea, pero ahí radica nuestra capacidad para conseguirlo.

Sus ojos brillan con una chispa de excitación ante mis palabras, y una sonrisa lenta y pecaminosa se dibuja en sus labios mientras se separa del marco de la puerta. Se acerca a mí con pasos lentos, casi felinos, dejando que el aroma de su perfume dulce y algo almizclado llene el espacio entre ambos.

—”Qué interesante eres, Dani. Siempre tan analítico, tan lleno de filosofía…”

Se sienta en el borde de la cama, justo lo suficientemente cerca como para que sienta su calor. Sus manos, con las uñas pintadas de un color oscuro, comienzan a juguetear con el dobladillo de su camiseta, subiéndola apenas unos centímetros para dejar ver la curva de su cintura y parte de sus bragas culotte.

—”Tienes razón. La incertidumbre es lo que hace que todo sea real. El riesgo de que algo salga mal es precisamente lo que me está matando por dentro ahora mismo.”

Desliza una mano hacia su propio muslo, subiendo la palma por la piel suave hasta llegar a la curva de su cadera, donde la tela de sus bragas presiona contra su coño. Puedo percibir la humedad empezando a empapar su ropa interior, una respuesta física e involuntaria a la tensión que ha crecido entre nosotros últimamente.

—”Me gusta que seas tan valiente. Me hace querer ser igual de atrevida. ¿Sabes qué es lo que más deseo en este momento? Quiero saber si tu piel se siente tan firme como parece bajo esta luz…”.

Se inclina hacia adelante, hasta que sus pechos rozan su camiseta, que se abre para dejar camino a mis ojos y observar la turgencia de sus senos, mientras se toca los dedos del pie, “justificando” su posición. No me había fijado: está descalza.

—”¿Me vas a dejar descubrir qué reglas podemos romper juntos esta noche?”.

Le miro fijamente a los ojos con una sonrisa desafiante, sin retroceder ante su cercanía.

—¿Tan segura estás de lo que quieres, Ona? No me parece que sepas realmente en qué terreno te estás metiendo con tanta audacia.

Se ríe con suavidad, un sonido bajo y cargado de picardía, mientras sus ojos se oscurecen con un deseo hambriento.

—”Oh, Dani, no me subestimes, sé exactamente lo peligroso que puede ser un hombre como tú.”

Desliza su mano con audacia hacia mi entrepierna, buscando la dureza de mi polla a través de la tela, presionando con firmeza para sentir mi reacción.

—Entiendo que estás en estado de total intención de conseguir tus propósitos, y quizás cuanto antes mejor. Pero me gustan los preámbulos. Ayudan a aumentar hasta límites enloquecedores ese deseo que ambos sentimos.

Ona suelta un suspiro tembloroso, casi un gemido ahogado, mientras su mano se detiene sobre mi polla, dejando que el calor de su palma se concentre sobre el bulto que crece bajo la tela. Me mira con una mezcla de frustración contenida y una lujuria pura que ya no puede ocultar tras su máscara de chica buena.

—”Eres un torturador, Dani. Un maldito torturador…” —murmura con la voz rota, dejando que su cabeza caiga hacia atrás por un momento, exponiendo la línea elegante de su cuello.

—”Me encanta que me hagas esperar, me encanta cómo me obligas a desearte hasta que me duela el cuerpo.”

Se arrodilla en el suelo para quedar de rodillas frente a mí, sus muslos rozando mis piernas mientras se posiciona para tenerme enfrente. Con movimientos lentos y deliberados, contornea toda su figura. Sus medias de encaje negro que apenas contienen el volumen de sus muslos, aprietan sus ingles junto al coño, que ya está empapado de excitación.

—”Si quieres preámbulos, entonces te daré la agonía más dulce que hayas probado jamás.” Dice mientras extiende sus manos hacia mi cintura, tirando de mí para acercarse más, buscando el contacto directo de mi pecho contra el suyo. Empieza a lamer el aire cerca de mi oreja, dejando que su lengua roce la piel de mi cuello antes de bajar hacia mi clavícula, mientras sus pechos, ahora libres de la presión de la camiseta, rozan mi pecho con una suavidad electrizante.

—”Siente cómo me estremezco solo con tu voz… Siente cómo mi coño me suplica que te entregue todo lo que he estado reprimiendo durante tanto tiempo.”

Sus manos bajan con urgencia hacia la bragueta de mis pantalones, sus dedos temblando ligeramente por la anticipación mientras lucha por liberar mi polla de su encierro.

—”Dime, mi querido filósofo… ¿cuánto más de este deseo enloquecedor puedes soportar antes de que decidas que ya es hora de romper todas las reglas?”

—Mucho, puedo aguantar mucho, hasta verte totalmente solícita, alcanzando la súplica. Me hará sentir fuerte y seguro de no errar en la intencionalidad que supongo que llevas dentro, y eso me excita. Sigue…

Ona suelta un gemido de pura frustración excitada al oír mi desafío, sintiendo cómo la humedad de su coño empapa ya por completo el encaje negro de sus medias.

—”Eres un sádico, Dani, y me encanta que me obligues a suplicar…” —dice con la voz quebrada mientras finalmente libera mi polla, rodeándola con sus dedos cálidos y apretando con fuerza para sentir la pulsación de mi deseo. Se inclina hacia adelante, dejando que su lengua recorra la punta de mi miembro con una lentitud tortuosa, saboreando cada gota de lubricación mientras me mira desde abajo con ojos nublados por la lujuria.

—”Mira cómo me tienes, temblando por ti, rogando que me destroces con tu polla mientras pierdo toda mi compostura.”

— No te he oído bien… creo que deberías mirarme a los ojos y dejar resbalar por tu boca las palabras que estoy deseando oír. Que me deseas desde hace tiempo, y que estás dispuesta a todo. Que termines soltando el aire de tus pulmones entre tus labios, alargando ese sonido de la letra “F” haciendo muy larga la palabra follame.”

Ona levanta la mirada, clavando sus ojos oscuros y brillantes en los míos con una intensidad salvaje, mientras sus dedos aprietan mi polla con una fuerza casi desesperada.

—”Deseo que me poseas desde hace tanto tiempo que ya no sé quién soy sin esta hambre por ti, y estoy dispuesta a todo para que me destruyas.”

Se inclina hacia mi erección, dejando que su aliento caliente me erice la piel antes de abrir la boca de par en par, dejando que el sonido salga desde lo más profundo de su pecho.

—”Fooollaaame, Dani, por favor, hasta que no pueda respirar más.”

Te miro con autoridad, disfrutando de verte así de vulnerable y rendida ante mí.

—Quédate ahí, así, sometida… Quiero verte completamente entregada antes de darte lo que tanto pides.

Ona se queda petrificada en su posición de rodillas, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando con fuerza mientras me mira con absoluta devoción y sumisión.

—”Sí, señor, haré lo que quieras, me quedaré aquí rogando mientras mi coño gotea por ti.”

Se frota las manos contra sus propios muslos, apretando la carne con desesperación mientras su mirada sigue fija en la mía, esperando mi próxima orden con una excitación insoportable.

— “Por favor, no me hagas esperar más, necesito sentir tu polla dentro de mí para saber que esto es real.”

— Apoya tus manos en el respaldo del sofá y arrodíllate sobre él, de cara a la pared. Gira tu cabeza y mírame. Mueve tus nalgas e invítame a que me acerque. Lo haré despacio, para recrearme viendo tu impaciencia”.

Ona obedece de inmediato, apoyando sus manos temblorosas en el respaldo del sofá y subiendo sus rodillas para quedar de espaldas a mí, con el culo hacia arriba y su coño húmedo latiendo bajo el encaje negro. Gira la cabeza hacia atrás, mirándome con los ojos nublados por el deseo y el sometimiento, mientras empieza a mover sus nalgas en un vaivén rítmico y provocador que hace que sus pechos oscilen con cada movimiento.

—”Mírame, Dani, mira cómo mi culo se mueve solo para ti mientras me muero por sentir tu polla golpeando mis paredes internas.”

Se inclina un poco más, arqueando la espalda para que su culo quede aún más expuesto y tentador, invitándome a que me acerque lentamente para disfrutar de su desesperación. Me acerco y acaricio la piel de sus nalgas turgentes. Deslizo hacia abajo su culotte, que le queda enrollado a media altura de sus muslos, justo por debajo del encaje de las medias. Lentamente dirijo mi miembro entre sus piernas. Las separa un poco para permitirme pasar mis dedos entre sus ingles y palpar sus labios vaginales empapados…

Ona suelta un gemido agudo y entrecortado cuando siente mis dedos deslizándose entre sus ingles, abriéndose por completo para entregarme su humedad.

—”Ahhh, sí, Dani, tómame, palpa lo mojada que estoy por ti…”— Se arquea contra mi mano, frotando sus labios vaginales contra mis dedos con una desesperación animal mientras sus pechos se agitan con la respiración.

—”Siente cómo mi coño late y se abre solo para que me llenes con tu polla, por favor, no me hagas esperar más.”

Acerco mi glande a sus nalgas. Lo deslizo a un lado y a otro, mojando su piel con mi líquido preseminal. Mi capullo está totalmente descubierto y se acerca al centro, le roza las ingles, apunta a su coño. Mis manos se apoyan en sus caderas y… de una sola embestida entra en toda su longitud en tu interior.

¿Sigo?

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