¿Por qué me dejaste subir?

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¿Por qué me dejaste subir? Lo he repetido como si fuera un monosílabo estrecho y plano. ¿Lo he repetido o no lo he hecho…?; tal vez, sólo lo he pensado y no ha salido una sola sílaba entre mis labios, secos y apretados como mis ojos mientras la miró fijamente.

La miro ahí, tumbada, con las piernas abiertas, algo fofas, mórbidas, pálidas, con un placer inquisitorial; frente a mi soledad y la apariencia de imperturbabilidad de un sabueso de novela policial. Ha dejado la braga sobre la colcha, arrugada, irreconocible rollito rosado que acaba de contener su cuerpo caliente, los cachetes de su culo, los labios hendidos de su coño; una raja entre esferas y una raja comprimida (la veo desde aquí, como una línea casi recta, una frontera entre la carne que se abre como una hucha, por dinero.

Me mira sin hablar. Sin moverse, tan solo respirando, esperando…

¿Virginia —ahora si he despegado los labios; estoy seguro—, por qué me dejaste subir?

No responde, o, sí, responde con una mirada que achica sus ojos marrones profundos. Se acaricia las rodillas y luego coloca en ángulo la pierna derecha. Deja escapar un suspiro. Virginia pasa su lengua por el labio inferior y se encoge de hombros. Me doy la vuelta y observó a través de la blanca cortina ondulada la cornisa del edificio de enfrente. “La estás acosando”, me digo.

Finalmente la paloma echa el vuelo. Eso sólo supone que el macho, tras un milisegundo en que ve el vacío que ha dejado el ave renuente, con pasitos cómicos y acelerados, comienza el ritual de un baile ajustado a los pocos centímetros de anchura de la cornisa metálica gris. La otra hembra tampoco está interesada en la copula propuesta e imita a la anterior: sus alas a franjas se deslizan en la enojosa tarde de nubes blancas y perezosas.

“Porque tú lo quieres”. Su voz delicada ha dejado en la estancia seis sonidos engarzados, musicales y leves que han hecho un eco en mis oídos, antes de dirigirse a mi cerebro y adquirir las dimensiones de la realidad viscosa que suponen.

Bajo la mirada antes de volverme. Tengo salpicaduras barrosas sobre los zapatos. Cómo evitar el arco automático y doliente de mis cejas confesantes.

¿Desde cuándo…? —pregunto. No la dejo responder— ¿lo sabe Esteve? En realidad no quiero que responda: me es indiferente que él lo sepa o no lo sepa. Tampoco me interesa conocer los detalles. Simplemente, ella está ahí, desnuda, salvo por el sostén beige. Quiero el sexo; su sexo blando, gratificante, cálido y meloso.

La braga plegada sobre sí, elástica y todavía templada.

Entró en la habitación sin mediar palabra, sin volver a mirar hacia atrás por ver si la seguía o si mis pasos eran dubitativos, o si me había parado al salir del ascensor. Por qué subió arrastrándome consigo. Y yo…, por qué obedecí el movimiento de sus nalgas cimbreantes, alternativas y seguras.

Se desabrocha el sujetador. Los senos grandes, carnosos, se separan entre sí y ocupan su espacio calibrado prestándose al efecto de la gravedad. Nunca le había visto los pezones. Son como dos flores redondas con dos óvulos sobresaliendo en su centro. El sujetador cae al suelo con un movimiento que hace bailar las tetas voluminosas. Aparto la vista de ellas y vuelvo a sus ojos color madera, expectantes y plácidos.

Meto las manos en los bolsillos y hago chasquear los labios. Echo la vista a un lado y desde allí él me mira atento, oblicuo. Virginia también está invertida en la imagen brillante entre biseles. Desde allí, sus tetas parecen más lúcidas, su entrepierna estática se afirma en la habitación. Me observó a mí mismo entre un mar de preguntas revueltas, como las olas estrellándose contra las rocas puntiagudas y húmedas. Las salpicaduras son alas de mariposas que se elevan anárquicamente.

No hay respuesta, me dice. Prefiero esto, a volver a lo de antes.

Pienso. Callo. Reflexiono.

Lo único que importa soy yo. Entiendes…

Saco las manos de los bolsillos. El calor de las manos permanece sobre los muslos. Me acerco a la cama y me siento a sus pies. Aspiro el perfume que desprende Virginia. Desdobla la pierna. El olor mezcla carne y perfume, deseo ya no furtivo, sino abierto, a vello y carne húmeda.

Esto, no cambia nada, me dice. Hace una pausa y añade: Lo único, es que no se debe enterar mamá; está claro.

Me vuelvo hacia ella: Ya sabes que no…; no por mí.

Asiente y se relaja se deja regalar ligeramente. Coloca los brazos por debajo de la cabeza. Los cabellos hacen una especie de moño a ambos lados. Me da un golpecitos con el pie. Virginia sonríe y le devuelvo una sonrisa que trato que no parezca de cortesía ni melancólica.

No podía seguir así, Sergi, aduce. Mi vida era mecánica y me sentía cada vez peor. Esteve solo piensa en su trabajo. Pasa más tiempo cada vez en la oficina, y las reuniones, y llega tarde a casa… agotado. No creas que no le entiendo. Pero, y yo…, qué saco. Sabes, en tres meses hemos tenido sexo una vez. Vuelve a hacer una pausa. Y antes de…, señala la habitación haciendo un arco amplio como un giro planetario. Antes, prosigue, de esto. No me digas tú también que soy egoísta, que debería tener paciencia… ¡Tres años, Quim… tres años!

Le cojo los pies. Están fríos; son suaves y están helados. La habitación está templada, pero sus pies parecen los de un ser muerto. Los cojo entre los dedos y los froto. La piel es como la de un bebé, como cuando era niña. ¿Por qué se despierta ese arrebato en medio de la ola de ternura de la visión del pasado? Maldigo este segundo.

Sabes que te vi…

Abandono los pies y levanto la cabeza hacia ella, hacia sus ojos, sus mejillas algo encarnadas. Hay unas manchas rojizas en su cuello; también en uno de sus senos. Sus ojillos, pequeños pero encendidos de un mar albino de olas espumosas. El aroma de su sexo me alcanza, me rodea, me fuerza; incendia ya mi sexo.

No entiendo.

Cuando nos espiabas… Otra pausa. Yo y Gerard…, en la azotea de La Cerdanya.

Sí, recuerdo. Virginia tenía 18 y el hijo del socio de papá, Rigalt estaba con nosotros. Habíamos acabado de comer. Todos estaban tomando café en el salón que da al jardín. Los tres nos fuimos a la piscina, a tomar el sol mediano de junio. Virginia subió a su habitación a ponerse el bañador. Al poco, Gerad entró en la casa. Y yo tenía una sospecha. Después de un par de minutos subí las escaleras en silencio. Virginia no estaba en la habitación. “En la azotea”, pensé.

La puerta estaba entornada, pero una franja de luz delataba su presencia. Me agaché y miré procurando contener la respiración.

Gerard estaba acariciando las tetas de Virginia; uno de sus senos estaba desnudo y los dedos de Gerard lo sujetaban como una garra. Ella tenía una pierna subida al zócalo. Sus bragas estaban caídas sobre el otro pie. Él le metía mano en la enredadera rubia del chocho. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás; le sujetaba la polla y se la meneaba lentamente. Virginia no pudo reprimir un gemido cuando el mástil se clavó en su hendidura. Gerard tenía el pantalón caído. A cada empellón sus cojones se balanceaban. Yo noté cómo mi propia polla crecía dentro de mis pantalones. Cautivado por la escena sentí palpitar mi corazón hasta desbocarse. La serpiente de mis genitales se despertó y se encabritó la trompa furiosa y hambrienta.

Te vi, Quim. Tú no dijiste nada; pero te vi mirando, goloso… y

Fue la primera vez, inquirí.

La segunda.

Y…, él se corrió.

Fue cuando te vi. Mientras él se dejaba ir yo me agarré a sus hombros y vi la sombra en el vano… Tomaba anticonceptivos; no había problema. Y mientras…, tú. Tus ojos absortos

Me vio sin duda. Cómo.

El movimiento dejaba entrar una lámina de luz. Tus movimientos…

Me masturbé. Enérgicamente me pajeé.

Lo vi: te vi. Tus movimientos, el brazo…, el puño subiendo y bajando.

Él, la interrumpí, estaba dentro de ti.

Pero mis ojos eran para ti, tuyos.

Por qué me has dejado subir, pregunto.

Ya lo sabes, Quim.

Desde cuándo lo haces, Virginia.

Se reclina sobre la cabecera de la cama. Sus tetas se yerguen con el movimiento; esos pezones, con sus puntas oscuras. Se recoge las rodillas; las tetas quedan sostenidas. Los pies se juntan. Ya no distingo la matita de vello rojizo.

Tengo derecho a sentir —Se acaricia los tobillos. Sin mirarme. Contempla los dedos de sus pies que bailotean. Levanta la vista— Lo hago por placer, Quim; no por el dinero. El dinero es un vehículo también para mí…, para sentirme deseada…, para gozar. Esteve no significa nada; ya no me quiere: ya no me quería.

Asiento con la cabeza.

¡Ven!, me dice. Ya no es como entonces. ¿Quieres? No hace falta que nadie lo sepa…, ¡y menos…!

Mamá, termino yo.

Abre las piernas. Abre las piernas para mí. El arbusto rubio queda al descubierto. Los pechos se mueven como dos flanes perfectos, que esperan los labios, ser paladeados, notar el calor de otra piel que busca entre el sabor unas gotas de un imposible néctar lácteo.

Sé que quieres —Se tumba. Su mirada se centra en mi entrepierna—. Fue por eso: sabía que cuando entraste ya lo sabías; como sabías que vengo aquí muchas tardes. No querías comprobarlo, o no sólo. No tienes que reprimirte. Somos solamente dos personas, dos cuerpos. Sabes que yo también lo deseo… Lo sabes —pregunta. Estira los brazos, con los dedos de las dos manos abiertos como sargazos que bailan por la fuerza del movimiento del mar profundo. De nuevo percibo el olor del cuerpo genital. Mi seco arde en el pantalón; se aprieta ya incontenible—. Vamos, quiero que goces de mí, que entres en mí, que esparzas tu esperma en mi vagina. Quiero sentir el roce de tu polla en el conducto mojado, que llegues hasta el fondo; moverme contigo…, con tu verga dentro.

«¿A qué he venido?», me pregunto: «A esto, en realidad, a esto: a poseerla, a ser poseído por ella. Y ella también lo quiere. No se inmutó al verme entrar en el local. ¿Lo esperaba…, no hoy, ningún día en concreto, sino algún día, cualquier día, un día cualquiera? ¿Habría ensayado mentalmente el diálogo, la forma de desnudarse, como se bajaría ja braguita, haciendo un rollo de tela bajando por sus caderas, los muslos; mostrando la rubicundez de su vientre; esperando ver mis ojos ávidos, hipnotizados por su coño desnudo para mí?»

Autómata convencido, me bajo los pantalones. Apretado contra la goma superior el glande grueso está húmedo. Estiro la elástica y el capullo liberado aparece grueso, rizado. La polla se yergue, el prepucio cede y el aro violáceo destella un momento. Los testículos liberados se separan. Los ojos de Virginia observan. Los ojos de Virginia observan fijamente. Pienso que por dentro debe sentir la mucosidad del flujo. Mi boca se hace pastosa bajo la fuerza de la lubricidad. Me acerco a ella ya sin ropa alguna.

Mi polla se balancea frente a su mirada. Virginia me coge por las caderas. Se arrodilla; me tima por los cachetes del culo. Sus ojos miran mis genitales: suben al capullo, se desplazan de huevo a huevo…, después…

Hueles bien. Lo ha dicho en un susurro cálido, con una pausa entre las dos palabras. Ahora me acaricia el vientre, juega con los rizos de mi pubis. Sus dedos se desplazan, encuentran la base del pene erecto; suben por él, alcanzan el grueso glande y lo aprietan. Emite un sonido de placer. Sus dedos están calientes: saben lo que hacen. Juega con la boca diminuta, con la hendidura minúscula y consiguen que mane la translúcida apetencia. La otra mano sopesa, evalúa, contiene uno tras otro los cojones endurecidos; estira los ondulados estambres del vello.

Me gusta tu olor…, me gusta el tacto de tu flujo.

Cierro los ojos, preguntándome si podré aguantar mucho rato. Respiro con fuerza; yo mismo me escucho respirar. Se acumula el semen. Tragó saliva. Quieto que ella…. Y como adivinándolo musita:

Una mamada… —no es una pregunta es la manifestación de un deseo no oculto que ha esperado tanto tiempo…—. Hasta ese punto; no más allá. —Estira la piel hasta el máximo. Notó el calor que brota de sus fosas nasales; el calor de sus labios cuando se funden con la carne tensa de mi glande. Fagocita todo el miembro, que se desliza por encima de la forma acanalada de su lengua mojada. Y succiona despacio. La miró: nuestros ojos se confabulan en un acto misterioso de unidad. Virginia me chupa y sorbe. Vuelvo a cerrar los ojos.

Es delicioso.

No hace nada con los dedos: deja que su boca trabaje: entran y salen sus labios. La verga brillante de saliva aparece y se esconde entre sus mofletes que se hinchan y deshinchan con el baile seductor de la boca receptiva. Dejó de mirarla, ya estoy a punto. Y ella:

¡No! —De su boca emerge toda la polla erecta y dura. Unos chorretes de saliva caliente recorren el miembro y se posan en el vello de mi pubis— Virginia chupa sus labios, la punta de la lengua recorre la abertura rosada de su boca. Se recuesta. Abre los muslos. Sus dedos abren la matita pelirroja. Los labios de su coño aparecen húmedos y exigentes—: ¡Ahora, tú! ¡Cómemelo!

Obedezco. Retiro sus manos y abro la almeja reluciente de flujo. Aspiro el aroma, el olor que ahora es pleno y me llena por fuera y por dentro. La capa de fluido sexual de Virginia es untuosa al tacto. Hundo mi rostro en la vulva jugosa. Beso y me impregnó del flujo, de su olor, de su sabor. Meto la lengua por el orificio dilatado. Es el mar y la miel: todo en uno. Bebo y cosecho, trago. Siento como mi propio flujo va saliendo por el agujero tenso de mi capullo. El paraíso es sentir esto. Virginia gime y mueve sus caderas. Penetró al máximo dentro del coño caliente. Hurgo entre las paredes sabrosas. Paladeó e inundó con mi propia saliva el conducto sexual de Virginia.

Ha exclamado un ”¡ahhhh!” prolongado, estirado en el segundero. Me concentro ven el exterior de su coño. Abro los labios, descubrí completamente el clítoris brillante enrojecido entre los labios distendidos. Descubro una pequeña pequita oscura en uno de los lados. Beso la joyita violácea y la atrapó entre mis labios, como si fuera un caramelo lo chupo y le doy vueltas entre mis labios extasiados. Ella se agita, gime y jadea alternativamente. Se tensa… Se corre. Se viene con fuertes latidos de su vulva contra mi boca, mi barbilla, mi mentón. Gime y el gemido se hace casi doloroso. Se frota contra mi boca que no deja de besar el botón duro del clítoris, lo circunvala. Está en ebullición. Ambos ardemos.

Virginia me coge por los cabellos, los estruja entre sus dedos nerviosos. El orgasmo no cesa…, apenas un instante. Yo mano el capullito y sigo jugando con él, atrapado entre mis labios. Grita: se vuelve a correr:

¡Ya…, no más! ¡No puedo..!

Me retiro. Siento la lágrima caliente y dura de la perlita que sigue latiendo. Me quedo observando los movimientos espasmódicos del coño entero de Virginia. Subo hacia sus pechos. Los beso, lamo los pezones oscuros. Mi polla se sitúa sobre el coño y de un sólo movimiento penetró en la cavidad totalmente mojada. Somos un solo vientre unido, gemelo, vello púbico que se hace un conjunto: el rojizo pelamen recortado de Virginia y el mío, castaño oscuro.

Nos besamos, nuestras bocas se hacen una sola, nuestras lenguas se besan, se enroscan, se chupan una a otra. La sensación de lujuria aumenta. Virginia mordisquea mis labios. Una fuente insaciable de saliva inunda mi boca. Los dos jadeamos. Mi polla se hunde una y otra vez en sus carnes. Mis testículos golpean los cachetes de su culo. Entró y salgo. Mis jadeos aumentan entre los gemidos agudos de ella. Aprieto sus tetas y pellizco sus pezones. Bajo y los chupo con fruición. Estaba deseando este momento desde mi adolescencia. Desde aquel junio lejano, en la azotea. Hubiera querido ser yo quien follase con Virginia y no Esteve; yo quien entrase en aquel coñito joven; quien dejase escapar chorros de leche en su vagina entonces prieta…

El líquido centelleante se esparce dentro del canal del chocho de Virginia, latigazos dolorosos brotan desde la base de mi tranca. Mis huevos se vacían a golpes secos. Virginia jadea fuerte. Me acaricia los cabellos mientras me termino de vaciar dentro de ella. Mi miembro poco a poco se desinfla. Salgo de ella. Me quedo a su lado. Nuestros manos se juntan. Miró sus ojos azules. Me sonríe.

Esta será la última vez…

La última, pregunto.

Ahora sí; ahora ha llegado la hora de aprovechar el tiempo, Quim; contigo: tú y yo y…

Acarició la entrada de su vagina. Mi dedo se llena de la espuma de mi propio esperma. Terminó la frase:

“sin que mamá se entere.”

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