La prima Sofía: Mi territorio

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Las dos sonrieron al mismo tiempo, una mezcla de picardía y sumisión. Se deslizaron del sillón y se hincaron frente a mí, una al lado de la otra. Sin decir nada más, se inclinaron hacia mi verga todavía dura y brillante de fluidos.

Avril fue la primera en tomarla. Abrió la boca y se la metió hasta donde pudo, chupando con hambre mientras Melissa se dedicaba a mis huevos, lamiéndolos y succionándolos con devoción. Luego cambiaron: Melissa se tragó más de la mitad de mi verga mientras Avril lamía la base y me chupaba los huevos. El calor de sus bocas, el sonido húmedo de sus succiones y la vista de las dos hermanas arrodilladas frente a mí me empujó rápidamente al límite.

—Así… no paren… —gruñí, pasando una mano por el cabello de cada una.

No pude aguantar más. Con un gruñido profundo y animal, sentí cómo el orgasmo me atravesaba. Me corrí con fuerza, descargándome en sus bocas. Chorros densos y calientes de semen salieron disparados; parte entró en la garganta de Melissa y otra parte manchó los labios y la lengua de Avril. Ellas no se apartaron. Al contrario, se quedaron recibiendo todo, abriendo más la boca para no perder ni una gota.

Cuando terminé, se separaron lentamente. Ambas tenían hilos blancos y espesos de semen en los labios y la barbilla. Sonrieron satisfechas, mirándome con ojos vidriosos. Avril sacó la lengua y mostró el semen que tenía dentro; Melissa hizo lo mismo y luego se acercó a su hermana. Se besaron de forma lenta y obscena, compartiendo mi leche entre ellas, pasando el semen de una boca a la otra mientras gemían suavemente.

—Qué rico… —murmuró Melissa, lamiéndose los labios—. Nos dejaste bien marcadas.

Avril asintió, todavía con un hilo de semen cayéndole por la comisura de la boca.

—Y bien llenas…

Después de eso, el cansancio nos ganó por completo. Los tres nos levantamos con torpeza y nos dirigimos a la habitación de Melissa. Nos dejamos caer en la cama, completamente desnudos, todavía cubiertos de sudor y restos de fluidos. Avril se acurrucó a un lado, Melissa al otro, y yo en medio. El calor de sus cuerpos, el olor a sexo y el agotamiento profundo nos arrastraron rápido.

En cuestión de minutos, los tres caímos en un sueño profundo, enredados, exhaustos y satisfechos.

Al día siguiente me desperté de forma lenta, todavía sumido en ese estado de semiinconsciencia que deja una noche tan intensa. Lo primero que sentí no fue la luz del sol ni el calor de las sábanas, sino una boca cálida, húmeda y expertamente lenta envolviendo mi verga.

Abrí los ojos con dificultad. Melissa estaba arrodillada entre mis piernas, completamente desnuda, con el cabello revuelto y una expresión concentrada y lasciva. Me chupaba con una calma exquisita: subía y bajaba con movimientos profundos, usando la lengua para recorrer cada vena, succionando suavemente la cabeza cada vez que llegaba arriba. Su saliva brillaba en mi piel y el sonido húmedo de su boca era el único ruido en la habitación.

Cuando notó que mis ojos se abrieron, no se detuvo de inmediato. Me miró desde abajo, con la verga todavía dentro de su boca, y soltó un gemido suave alrededor de ella, como si disfrutara de que por fin estuviera despierto. Solo entonces se sacó mi pene lentamente, dejando un hilo de saliva conectando sus labios hinchados con la punta brillante.

Se incorporó un poco, se inclinó sobre mí y me dio un beso profundo en la boca. Su lengua sabía a mí, a la noche anterior y a algo dulce. El beso fue lento, íntimo, casi doméstico… y al mismo tiempo obsceno.

—Buenos días… —susurró contra mis labios, sonriendo con picardía—. Avril se tuvo que ir al trabajo temprano. Intenté despertarte un par de veces, pero dormías como muerto. Así que… tuve que intervenir.

Se sentó a horcajadas sobre mis muslos, todavía con mi verga dura rozando su abdomen, y me acarició el pecho con una mano.

—Ahora que ya estás despierto de verdad, te tengo que dar un par de indicaciones del departamento —continuó con tono juguetón, aunque su mirada seguía cargada de deseo—. Dónde está todo, cómo funciona la lavadora, las reglas de la casa… esas cosas de roomies.

Se inclinó de nuevo y me dio otro beso, más corto pero igual de intenso, antes de añadir en un susurro:

—Aunque si prefieres que primero termine lo que empecé… también puedo hacerlo.

Su mano bajó y envolvió mi verga otra vez, acariciándola con lentitud, como recordándome que la mañana apenas empezaba.

Melissa bajó de nuevo entre mis piernas y retomó el oral con la misma calma exquisita de antes. Su boca me envolvió por completo, succionando con lentitud mientras su lengua giraba alrededor de la cabeza. Gemía suavemente alrededor de mi verga, disfrutando del momento, y yo me hundía en las sábanas, todavía medio dormido y completamente entregado al placer.

De pronto levantó la vista, miró el reloj de la mesita y sus ojos se abrieron un poco.

—Mierda… —murmuró, sacándose mi verga de la boca con un sonido húmedo—. Se me hace tarde.

Se apresuró. Empezó a chupar más rápido, más profundo, con movimientos urgentes, como si quisiera terminarme antes de irse. Su cabeza subía y bajaba con ritmo constante, saliva corriendo por mis huevos, pero después de unos segundos se separó de golpe, jadeando.

—No puedo… de verdad tengo que ducharme y salir —dijo, levantándose de la cama.

Me incorporé y la seguí hacia el baño, todavía duro y con ganas de más. Apenas puse un pie dentro, Melissa se giró y me detuvo con una mano en el pecho, sonriendo con una mezcla de diversión y firmeza.

—No. Quédate ahí —ordenó con tono suave pero claro—. Si entras conmigo no salgo nunca.

Mientras se duchaba rápidamente, me fue dando las indicaciones del departamento a gritos por encima del agua:

—La llave de la entrada está en el cajón de la cocina. El wifi es “Melissa&Avril” y la contraseña está pegada en el refrigerador. La lavadora es un poco vieja, hay que ponerle menos ropa de la que cabe. El agua caliente tarda como un minuto. Y… no toques mis cosas del baño, ¿sí?

Salió de la ducha envuelta en una toalla, se secó a toda prisa y se vistió frente a mí: ropa interior negra, una blusa blanca y unos pantalones ajustados. Mientras se peinaba y se ponía un poco de maquillaje, terminó de explicarme dónde estaban las toallas limpias, cómo funcionaba el microondas y que el super estaba a dos cuadras.

Cuando estuvo lista, se acercó a mí todavía desnudo en la puerta de la habitación. Me miró de arriba abajo, sonrió y me dio un beso profundo en la boca, lento y sabroso, dejando que su lengua rozara la mía un segundo más de lo necesario.

—Comportate… —susurró contra mis labios—. Esta noche hablamos.

Me guiñó un ojo, tomó su bolso y salió del departamento, dejando la puerta cerrarse suavemente detrás de ella.

Me quedé solo en el silencio de la mañana, todavía con la verga dura y el sabor de su boca en los labios.

Me quedé un rato solo en el departamento, todavía sintiendo el sabor de Melissa en la boca.

Tomé el teléfono, miré el chat con Sofía y, después de dudar unos segundos, marqué su número.

Sonó tres veces antes de que contestara.

—¿Andrés? —su voz sonó un poco adormilada, pero con un poco de sorpresa.

—Sí, soy yo —respondí, caminando hacia la ventana—. Buenos días.

Hubo un pequeño silencio.

—Qué raro que llames… —dijo finalmente—. Pensé que ya te habías olvidado de mí. ¿Todo bien?

—Más o menos. Ya me mudé. Estoy acomodándome en el nuevo lugar.

Sofía soltó un suspiro corto.

—Ya veo. ¿Y cómo te sientes? ¿Todo tranquilo por allá?

—Sí, bien. Solo quería saber cómo estabas. La última vez que hablamos… las cosas quedaron un poco raras.

Sofía se quedó callada un segundo. Luego su voz bajó un poco, volviéndose más íntima:

—Estoy bien… aunque todavía estoy molesta con mi mamá. Y también un poco contigo, si te soy sincera. Desapareciste varios días.

Hizo una pausa.

—¿Me extrañaste aunque sea un poco, primito?

La pregunta de Sofía quedó flotando. Todavía sentía la boca de Melissa alrededor de mi verga de hace apenas unos minutos, y eso me tenía más caliente de lo que quería admitir.

—Sí… te extrañé —respondí con la voz un poco más grave—. Más de lo que debería.

Sofía soltó una risa baja, cargada de esa malicia que siempre me ponía duro.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo me extrañaste, primito? —preguntó en un tono más suave, casi susurrado—. Porque yo… todavía me acuerdo de cómo me dejaste la última vez. De cómo me llenaste.

Me pasé una mano por el pecho y bajé hasta mi entrepierna. Mi verga seguía semidura por el oral de Melissa, y las palabras de Sofía la hicieron latir con más fuerza.

—Me acuerdo de cómo me chupaste… de cómo me mirabas mientras te follaba la garganta —le dije, sin filtro—. Y de lo apretado que se pone tu coño cuando te corres.

Sofía soltó un gemido bajito al otro lado de la línea.

—Callate, Andrés… —susurró—. No empieces. Estoy en mi habitación y mi mamá está en la casa.

—Entonces cierra la puerta —le contesté, empezando a acariciarme lentamente—. Dime qué se siente recordar cómo te cogí. Dime si todavía te duele un poco.

Hubo un pequeño silencio y luego el sonido de una puerta cerrándose.

—Ya cerré… —dijo Sofía, con la voz más ronca—. Y sí… todavía me recorre la sensación. Me dejaste bien abierta esa vez.

Escuché cómo su respiración se volvía más irregular.

—¿Te estás tocando? —pregunté.

—Un poco… —admitió, casi avergonzada pero sin dejar de hacerlo—. Tú también, ¿verdad? Se te nota en la voz.

—Sí —respondí, apretando mi verga con más fuerza—. Estoy duro… y pensando en metértela otra vez. En follarte hasta que no puedas ni hablar.

Sofía soltó un gemido más claro esta vez.

—Dime más… —pidió—. Dime qué me harías si estuvieras aquí ahora mismo.

—Si estuviera ahí ahora mismo… —empecé, bajando la voz mientras me acariciaba más fuerte—. Te tiraría en la cama, te abriría las piernas y te comería el coño hasta que te corrieras en mi boca. Te lamería lento al principio… y después te follaría con la lengua hasta que me jalaras del cabello pidiendo que te la meta.

Sofía soltó un gemido ahogado al otro lado de la línea. Se escuchaba claramente el sonido húmedo de sus dedos moviéndose entre sus piernas.

—No mames que rico… sigue —suplicó, con la voz temblorosa—. Me estoy tocando… estoy empapada.

—Después te pondría en cuatro —continué, apretando mi verga con fuerza—. Te bajaría la tanga hasta media pierna y te la metería de un solo golpe. Te follaría duro, primita… hasta hacer que la cama rechine y tengas que morder la almohada para que tu mamá no escuche cómo te estoy cogiendo.

—Ahhh… sí… —gimió Sofía—. Me encanta cuando me hablas así… cuando me tratas como tu puta.

—Porque lo eres —le dije, acelerando el ritmo de mi mano—. Eres mi prima puta. La que se corre cuando le fornico la garganta. La que me pide que la llene. ¿Quieres que te llene otra vez, Sofía? ¿Quieres sentir cómo te dejo el bollo chorreando mi leche?

—Sí… quiero… —jadeó ella, casi sin aliento—. Quiero que me la metas toda… que me des por el culo también… como la otra vez. Me duele y aun así quiero más.

El sonido de sus dedos se volvió más rápido y húmedo. Yo también estaba al borde, recordando cómo se sentía su cuerpo y mezclándolo con la sensación de la boca de Melissa de esa misma mañana.

—Estoy duro pensando en ti… —gruñí—. En cómo aprietas cuando te corres. En cómo me miras cuando te estoy destrozando.

—Andrés… me voy a correr… —avisó Sofía, con la voz quebrada—. Sigue hablándome… no pares…

Escuché cómo Sofía se tocaba al otro lado de la línea, respirando agitada, esperando que yo siguiera alimentando su fantasía. Esta vez no lo hice de inmediato.

Me quedé en silencio unos segundos, solo acariciándome con calma, dejando que la tensión creciera.

—Andrés… —dijo ella, con un dejo de impaciencia—. No te calles. Sigue…

—No —respondí con voz baja y firme—. Ahora yo decido el ritmo.

Sofía se quedó callada un momento, sorprendida.

—Te estás tocando porque yo te lo permití —continué—. Y te vas a correr cuando yo diga. No antes.

Escuché un gemido ahogado, una mezcla de frustración y excitación.

—Eres una puta exigente, Sofía. Siempre quieres que te dé exactamente lo que pides… pero esta vez no va a ser así.

Apreté mi verga con más fuerza, pero hablé con calma, controlado:

—Baja la velocidad. Quiero que te toques despacio. Dos dedos nada más… y no te toques el clítoris hasta que yo te lo diga.

Hubo una pausa. Luego su respiración se volvió más irregular.

—Está bien… —susurró, obedeciendo.

—Bien. Ahora dime la verdad: ¿te calienta más saber que te estoy controlando… o pensar en que esta mañana otra mujer me la estaba chupando?

Sofía soltó un sonido entre gemido y queja.

—Las dos cosas… —admitió en voz baja—. Me pone celosa… y me pone muy caliente.

—Lo sé. Por eso ahora eres tú la que espera. Sigue tocándote despacio. Quiero escucharte necesitada.

La dejé así un rato, solo respirando y dándole instrucciones cortas, manteniendo el control del momento. Cada vez que intentaba acelerar, la detenía.

—No todavía —le decía—. Aún no te has ganado correrte.

Sofía estaba claramente frustrada y excitada al mismo tiempo. Su voz ya no tenía la misma seguridad de siempre.

—Andrés… por favor…

Sonreí al escucharlo.

—Eso me gusta más. Sigue pidiendo.

Sofía respiraba agitadamente al otro lado de la línea. Se notaba que estaba frustrada y excitada a partes iguales.

—Andrés… me tienes demasiado despacio —se quejó en un susurro—. Me estoy desesperando.

—Esa es la idea —respondí con calma, seguía acariciándome con movimientos lentos y controlados—. Quiero que sientas cómo es cuando yo decido. Sigue con dos dedos… profundo, pero sin prisa.

Escuché el sonido húmedo de sus dedos moviéndose más despacio, tal como le había ordenado. Su respiración se volvió más irregular.

—Dime qué sientes —le pedí.

—Estoy empapada… —admitió, con la voz temblando—. Me da un poco de ansias de lo mojada que estoy. Y me pone de los nervios que me estés controlando así.

—Bien. Ahora sígueme el juego: saca los dedos, lame un poco y vuelve a metértelos. Quiero escucharte.

Sofía obedeció. Se oyó claramente el sonido de su lengua y después el de sus dedos entrando de nuevo.

—Buenas chica —dije en voz baja—. Ahora sí puedes tocarte el clítoris… pero solo con un dedo y muy suave. Si aceleras, te detengo otra vez.

Ella soltó un gemido más largo esta vez.

—Eres un hijo de puta… —susurró, pero no había enojo real en su tono, solo deseo—. Me tienes temblando.

—Lo sé. Y me gusta. Sigue así. Quiero que estés al borde… pero sin pasarte.

La mantuve en ese punto durante un rato más. Cada vez que su respiración se aceleraba demasiado, le ordenaba bajar el ritmo. Sofía, por primera vez en mucho tiempo, estaba siguiendo mis instrucciones sin intentar recuperar el control.

—Andrés… ya no aguanto mucho —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Por favor… déjame correrme.

Sonreí, disfrutando del momento.

—Todavía no. Primero quiero que me digas algo con claridad: ¿quién decide ahora?

Hubo un silencio cargado. Luego, en un susurro casi rendido:

—Tú… tú decides.

—Así me gusta.

Sofía estaba respirando agitada, esperando mi siguiente orden. Se notaba que ya no intentaba recuperar el control; estaba completamente enganchada a lo que yo decidiera.

—Bien —dije con voz baja y firme—. Ahora sí te voy a dejar correrte… pero a mi manera.

Escuché un gemido de alivio y anticipación.

—Tócate el clítoris con dos dedos. Rápido y fuerte. Y mientras lo haces, quiero que me digas en voz alta que eres mi puta. Nada de susurros.

Sofía dudó solo un segundo.

—Soy… soy tu puta —dijo, con la voz temblando mientras el sonido de sus dedos se volvía más rápido y húmedo.

—Más fuerte.

—¡Soy tu puta! —repitió, casi gimiendo—. Tu prima puta… la que se corre cuando tú se lo permites.

—Así. No pares. Quiero escucharte llegar al borde otra vez.

La mantuve ahí unos segundos más, escuchando cómo su respiración se rompía y sus gemidos se volvían más desesperados. Cuando sentí que estaba a punto de estallar, bajé un poco la voz:

—Ahora. Córrete. Pero no dejes de hablar. Quiero oír cómo te vienes sabiendo que yo lo decidí.

Sofía no aguantó. Soltó un gemido largo, ahogado y tembloroso, seguido de varios más cortos mientras se corría. Se escuchaba claramente cómo su cuerpo se sacudía y cómo intentaba seguir hablando entre el orgasmo:

—Me… me estoy corriendo… por ti… maldito, Andrés…

La dejé terminar por completo. Solo cuando su respiración empezó a calmarse un poco, hablé de nuevo:

—Bien. Eso fue porque yo quise. No porque tú lo pediste.

Sofía soltó una risa débil, todavía sin aliento.

—Eres un hijo de puta… —susurró, pero sonaba más rendida que molesta—. Me tienes temblando todavía.

—Lo sé. Y ahora cuelga. Tengo cosas que hacer.

Hubo un breve silencio.

—¿En serio me vas a dejar así? —preguntó, con un dejo de protesta.

—Sí. Esta vez yo cierro la llamada. Hablamos cuando yo decida.

Sin esperar su respuesta, corté.

Me quedé mirando el techo un momento, todavía duro, con una sensación distinta: por primera vez en mucho tiempo, había sido yo quien marcó el final.

Apenas unos minutos después de colgar, el teléfono vibró sobre la mesita.

Era Sofía.

Abrí el mensaje:

Sofía:

«En serio me colgaste así?»

Pasaron unos segundos y llegó otro:

Sofía:

«Nunca me habías dejado hablando sola después de correrme…

Me tienes rara. Me gustó… y me molestó al mismo tiempo.»

Luego un tercero, más directo:

Sofía:

«No creas que porque esta vez mandaste tú ya cambió todo.

La próxima vez que te tenga enfrente voy a recordarte quién sabe exactamente cómo hacerte perder el control. »

Y por último, después de una pausa más larga:

Sofía:

«Aunque… si vas a seguir tratándome así, avísame.

Podría acostumbrarme a que me dejes temblando y después me cuelgues.

Pero no te acostumbres tú a tener siempre la última palabra, primito.»

Me quedé mirando la pantalla. Por primera vez Sofía no había intentado cerrar ella la conversación con una provocación clara o una orden disfrazada. Había algo distinto en sus mensajes: una mezcla de orgullo herido, excitación y una pequeña rendición que no quería admitir del todo.

Sonreí solo.

Esta vez el silencio lo estaba controlando yo.

Tomé el teléfono y miré los mensajes de Sofía un rato antes de responder. Esta vez no quería caer en el juego de siempre. Escribí con calma:

Andrés:

«Si quieres, puedes venir a conocer el departamento nuevo.

Hoy estoy libre en la tarde.»

Y para probarla un poco, añadí:

Andrés:

«Pero ven solo si estás dispuesta a seguir mis reglas mientras estés aquí.

Si prefieres mandar tú como siempre, mejor ni vengas.»

Envié los mensajes y dejé el teléfono a un lado. No estaba seguro de cómo reaccionaría. Sofía no era de las que aceptaban fácilmente perder el control… pero tampoco era de las que se resistían cuando algo le excitaba de verdad.

La respuesta no tardó demasiado en llegar.

El teléfono vibró unos minutos después. Sofía había contestado:

Sofía:

«Vaya… ahora resulta que tú pones las reglas.»

Pasaron unos segundos y llegó otro mensaje:

Sofía:

«Me da curiosidad ver ese departamento nuevo…

y ver qué tanto puedes mantener esa actitud cuando me tengas enfrente.»

Luego un tercero, más directo:

Sofía:

«Voy.

Pero no creas que voy a llegar de rodillas, primito.

Si de verdad quieres que siga “tus reglas”, vas a tener que hacérmelas cumplir.»

Y por último:

Sofía:

«Avisame la dirección.

Y no me hagas esperar.»

Me quedé mirando la pantalla. Había aceptado… pero a su manera. No se había rendido del todo. Todavía estaba desafiándome, solo que ahora el terreno de juego iba a ser mi departamento.

Sonreí con calma.

Esta vez las condiciones las había puesto yo.

Después de enviarle la dirección, dejé el teléfono sobre la mesa y respiré hondo. Por primera vez en mucho tiempo no me sentía apurado ni a la defensiva. Sofía venía a mi territorio, bajo mis condiciones.

Empecé a preparar el departamento con calma.

Recogí un poco, aunque no estaba desordenado. Cambié las sábanas de la cama por unas limpias. Abrí un poco la ventana para que entrara aire fresco y quité cualquier rastro evidente de la noche anterior con Avril y Melissa. No porque quisiera esconderlo del todo, sino porque esta vez no iba a dejar que nada me distrajera del control que quería mantener.

Me duché sin prisa. El agua caliente me ayudó a acomodar los pensamientos. Mientras me enjabonaba, repasé mentalmente cómo quería manejar la situación: no saltar sobre ella apenas entrara, no dejarme llevar por sus provocaciones de inmediato, hacer que fuera ella quien sintiera la necesidad de cerrar la distancia.

Al salir, me sequé, me puse un pantalón cómodo y una camiseta simple. Nada especial. No iba a vestirme para impresionarla.

Revisé el refrigerador, saqué dos vasos y dejé una botella de agua sobre la mesa. Después me senté en el sofá, con el teléfono a un lado, y esperé.

Por primera vez no estaba contando los minutos con ansiedad. Estaba esperando… pero en mis términos.

El interfon sonó.

—¿Sí?

—Recepción. Tiene una visita. Una joven pregunta por usted.

—Ya bajo —respondí.

Colgué, me puse los zapatos y salí del departamento con calma. En el ascensor repasé una última vez la actitud que quería mantener: sin ansiedad, sin prisa, sin mostrarme demasiado disponible.

Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, la vi de inmediato.

Sofía estaba de pie cerca del mostrador de recepción. Llevaba un vestido morado claro, ligero, de tela fina. Aunque era un poco flojo, la tela se pegaba justo donde debía: resaltaba la curva de sus pechos y se ajustaba apenas en la cadera cada vez que se movía. El color le quedaba bien con su piel y su cabello.

No era el tipo de vestido escandaloso, pero lograba exactamente lo que buscaba. Un par de hombres en la recepción la miraron de reojo más de una vez. Sofía parecía notarlo, aunque no les dedicó atención directa. Su postura era segura, casi desafiante.

Cuando me vio salir del ascensor, sonrió de lado, esa media sonrisa que siempre usaba cuando quería medir el terreno.

—Hola, primito —dijo en voz baja cuando me acerqué.

La miré de arriba abajo sin disimulo, pero sin perderme tampoco.

—Llegaste —contesté simplemente.

Sofía arqueó una ceja, notando que no me había lanzado a elogiarla de inmediato como otras veces.

—¿Me vas a dejar aquí parada o me subes? —preguntó, con un tono entre juguetón y retador.

Giré hacia el ascensor y presioné el botón.

—Sube.

Ella caminó a mi lado. El vestido se movía con cada paso, marcando ligeramente su figura. Dentro del elevador, el silencio se sintió cargado. Sofía me miró de reojo, evaluando mi actitud más calmada de lo normal.

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