Agua, vapor y hormonas

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¿Qué es lo que necesita una mujer después de un largo día estando ocupada y sin dedicarse ni quince minutos a ella misma? Exacto, un baño. Eso pensaba mientras conducía de vuelta a casa, pasando debajo de las farolas de la autopista que daban un toque nostálgico a la ruta, tomando salidas y rotondas rezando para no tener que pitar a algún gilipollas que se me cruzara por delante. Llegué a casa frustrada y cansada, estas últimas semanas habían sido agotadoras, entre el estudio, el trabajo, el gimnasio… no tenía tiempo para mi. Pero por fin era viernes y por fin era el primer día que haría nada durante el resto de la semana.

Baje del coche y el gélido aire invernal chocó con la poca piel que tenía al descubierto provocando que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo. Entré rápidamente a casa y fui a mi dormitorio a dejar el bolso y la chaqueta de cuero. Por los ronquidos supuse que mis padres ya estaban dormidos así que procuré no hacer mucho ruido al recorrer los pasillos. Fui al baño a abrir el grifo de la bañera para que comenzase a llenarse de agua, tras ello fui a la cocina para cenar lo que tocase mientras veía TikToks y respondía mensajes.

Tras media hora, que ya eran las doce y algo de la noche, limpié el plato en el fregadero y fui al baño acompañada de una toalla en uno de mis brazos y el pijama en otro. La bañera ya estaba medio llena y el agua estaba en la temperatura perfecta, muy caliente pero no tanto como para quemarme. Comencé a desnudarme frente al espejo lentamente, mirando deseosa el vapor que emanaba del agua de la bañera. Tras quedarme en cueros empecé a mirarme al espejo y posar. “¿Hay avances?” pensé mientras buscaba algún aumento muscular, lo cierto es que sí, notaba mis biceps algo más grandes, mi culo más firme y mis muslos un poco más gruesos. No eran grandes cambios pero el que yo lo notase me puso muy feliz.

Tras mi sesión de poses frente al espejo y hacer mis necesidades humanas en el indoro decidí comprobar una vez más la temperatura del agua. Metí un dedo, parecía normal, lo hundí más y estaba más caliente, perfecto para mi. Me metí lentamente, disfrutando del tacto del caliente líquido y fui tumbándome poco a poco en la bañera, sintiendo la superficie del agua abrazarme el cuerpo y tirar de mi hasta apoyar mis glúteos sobre el suelo de la bañera. Me acomodé tratando de estirar las piernas lo máximo que pude, apoyando mi espalda en la curva de la bañera y tratando de hundirme tanto como pudiese para refugiarme del aire del baño, el cual ahora me parecía helado.

Tras encontrar la postura perfecta solté un profundo suspiro de alivio al encontrar por fin un momento de paz, un momento en el que el agua cálida masajeaba mi piel desnuda y me besaba a través del vapor. Tras mojar mi cabeza hundiéndola durante unos segundos y sacándola afuera del manto cálido que me mantenía relajada, cerré los ojos y disfruté del silencio, del leve sonido del agua moviéndose, del goteo del grifo y del ruido blanco de mi ya relajada cabeza.

Tras un rato inmóvil sumida en mis pensamientos, comencé a acariciarme los pechos lentamente jugueteando con ellos y disfrutando del tacto suave bajo el cálido agua. Era una costumbre que fui desarrollando desde que me empezaron a crecer las tetas, las usaba como pelotas antiestrés y muchas veces empezaba a jugar con ellas sin pensarlo, automáticamente, incluso en público lo que algunas veces provocaba miradas curiosas o de desagrado. Los apretaba levemente, los toqueteaba, rozaba mis uñas con la piel de mis pechos, presionaba los pezones hasta que un leve dolor se hacía presente, me provocaban sensaciones que me encantaban, que me excitaban y hacían reir.

Tenía ambas manos en ambos de mis pechos, instintivamente apreté mis labios con los dientes y fui bajando mi mano derecha por mi cuerpo, pasando por el vientre, el ombligo y el pubis semidepilado hasta finalmente llegar a mi vulva la cual comencé a acariciar en círculos sintiendo cada recoveco, cada pliegue y la suave textura de mi piel genital.

Sonreí por el placer y solté varios jadeos mientras poco a poco iba aumentando el ritmo de mi toqueteo a la vez que aumentaba la presión de mi masaje pectoral. Abrí más mis piernas dejando mis rodillas asomadas sobre la superficie del agua y apoyadas en cada borde de la bañera, dejando que las gotas se deslizasen desde la punta más alta de cada rodilla hasta acabar de nuevo en el mar cálido donde se hallaba escondido mi curvilíneo y excitado cuerpo. Decidí meter dos de mis dedos en mi vagina, la penetración fue suave, delicada, lenta y placentera. Masajeaba la textura del interior de mi vagina con movimientos también rotatorios con suavidad para disfrutar de cada roce, del tacto húmedo y de la excitación en la que se sumaba mi delicado cuerpo de mujer hormonal.

Saqué mis dedos para volver a acariciarme la vulva para luego pasar mis yemas por el perineo provocando contracciones musculares por lo excesivamente sensible que tenía esa parte hasta llegar a mi ano, donde apreté levemente con el dedo medio llegando a metermelo entero hasta el fondo de mi cálido y estrecho recto. Dejé de jugar con mis tetas y usé mi mano izquierda para toquetearme el clítoris mientras tenía el dedo metido en el culo.

Mis leves jadeos se fueron convirtiendo en inocentes gemidos, el movimiento de mis manos provocaban oleajes en el agua de la bañera, mi cuerpo estaba ardiente y el vapor se movia caoticamente por mis suspiros ahogados por el placer que me estaba provocando mientras mantenía mis ojos cerrados tratando de concentrarme en las tantas sensaciones que me provocaba el dedeo de mis dos agujeros bajo el abrasador manto del agua. Después de acariciarme el clítoris metí dos dedos en mi vagina y comencé a follarme pasionalmente con una doble penetración que me provocó temblores, jadeos torpes y por último un orgasmo liberador que desembocó en un chorro vaginal hundido, dejándome rendida bajo el agua.

Me saqué los dedos, los miré con hambre y pasión y decidí meterme los dedos que estuvieron en mi vagina en mi boca para luego probar el que estaba en mi culo. Me sentía una guarra pero increiblemente satisfecha, mi ano estaba palpitante y mi coño aún pedía acción. Mientras me chupaba los dedos mis ojos se desviaron hacia la alcachofa, una idea brillante cruzó en mi cabeza, haría lo que toda mujer hace cuando está cachonda en el baño mientras tiene a mano la alcachofa de la ducha. La agarré del mango, puse el agua a correr y ubiqué el chorro frente a mi vulva.

La excitación volvió a apoderarse de mi, el agua de la alcachofa, la cual estaba aún más caliente, estimulaba mi rajita provocando que me retorciese de placer bajo el agua mientras sonreía y gemía felizmente por estar disfrutando de mí misma. De nuevo acerqué mi mano derecha a mi culo para meterme esta vez dos dedos hasta el fondo y comenzar a masturbarme analmente. La penetración fue más tosca que antes pero los músculos de mi ano se relajaron y permitieron el paso de mis dedos permitiendo que disfrutase de otra sesión de masturbación. El ardiente chorro que chocaba contra mi vulva y el mete-saca de mis dedos en mi culo hicieron que llegase a otro orgasmo, esta vez más intenso, soltando un gemido liberador que llevaba aguantando hace un buen rato a la vez que soltaba otro squirt bajo el agua.

Cerré el grifo de la alcachofa con mis pies por pereza a levantarme de nuevo, me saqué los dedos del culo suavemente y de nuevo me los metí en la boca mientras sonreía contenta, como si me hubiesen regalado un helado en pleno verano.

Terminé mi baño satisfecha. Destapé el desagüe, me levanté de la bañera con mi cuerpo desnudo goteando y siendo abrazado por el vapor que inundaba el baño, salí torpemente y agarré la toalla para secarme cada parte de mi cuerpo. Mientras me limpiaba era consciente de que la calentura aún no se me había ido. “¿Qué más podría hacer?” pensó mi cabeza lujuriosa. Tras secarme miré el pijama, decidí sucumbir a mis instintos nudistas: agarré mi pijama, salí del baño y recorrí los pasillos totalmente desnuda y a oscuras dando pasos discretos en dirección a mi cuarto.

Al llegar cerré la puerta tras de mí, tiré el pijama a la cama y posteriormente salté yo. Me tumbé boca arriba, me abrí de piernas y tras escupirme la mano comencé a acariciarme de nuevo mis labios vaginales, los cuales no tardaron en humedecerse, mientras me apretaba los pezones para provocarme un dolor que me ponía en celo, todo ello mientras la luz de las farolas de la calle se colaban dulcemente a través de la persiana semiabierta.

Mi toqueteo se transformó en un dedeo apasionado que hacía resonar mi vagina humedecida por toda la habitación, una masturbación que me provocaba gemidos, jadeos, deseos de llegar al orgasmo y a la vez seguir en ese estado de deseo sexual. Tras varios minutos tocándome agarré una de mis almohadas, la puse debajo de mi vulva mientras yo me sentaba de rodillas sobre la cama y comencé a cabalgarla tratando de conseguir el mayor roce posible entre la textura suave y a la vez rugosa de la almohada y mi humedecido y excitado coño. Mi cabalgata hacía que mis pechos, con los pezones firmes, no parasen de rebotar.

Mis pies se retorcían por el placer, mis uñas agarraban con violencia la almohada, mi boca trataba de retener gemidos que deseaban salir y mi mente deseaba que llegase al orgasmo, cosa que pasó tras varios minutos. Mi último orgasmo, que desencadenó una cascada a presión que nacía de mi vagina y desembocaba sobre la almohada, consiguió derrotar mis deseos lujuriosos. Caí rendida aún con la almohada entre mis muslos, la cual había quedado marcada con un charco húmedo de fluidos de mi vagina.

Con el cansancio que tenía acumulado y la pereza ganándome, decidí no limpiar la almohada. “Ya lo haré mañana” pensé guarramente. Me puse el pijama estando aún tumbada sobre la cama tan buenamente como pude y me dormí completamente satisfecha, acabando el día de la mejor forma que pude.

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1 COMENTARIO

  1. Si se te acaban las ideas, me ofrezco voluntario para que no tengas que trabajar tanto, ya me encargo yo de trabajar tu cuerpo. Ahora en serio, un relato muy bueno y relajante, tanto por el contenido como por la forma en que está escrito.

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