Amantes engomados

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La habitación olía a látex pulido, a aceite de silicona y a ese calor denso que solo nace cuando dos cuerpos han estado usando demasiado tiempo sin quitarse su segunda piel. La luz violeta resbalaba por cada pliegue brillante, convirtiendo a Señor M y Señora J en dos estatuas vivas de goma negra. El señor M permanecía arrodillado, su catsuit le ceñía cada músculo, su pecho marcado por un arnés de tiras cruzadas con hebillas plateadas brillando sobre las costillas, una capucha le cubría todo el cráneo dejando apenas los ojos oscuros y la boca entreabierta.

Un collar alto le mantenía la cabeza erguida, obligado a mirar hacia arriba, unas botas del mismo material de su catsuit le llegaban hasta media pantorrilla y las rodillas hundidas en el suelo crujían suavemente contra el cuero de los pantalones. La señora J se alzaba delante de él. Su traje era todavía más implacable, se enfundó un catsuit de látex grueso que dibujaba cada curva, el corsé integrado con ganchos metálicos que le hundían la cintura y le empujaban los senos hacia adelante, unas hebillas recorrían sus muslos, su torso, sus hombros, su capucha le dejaba visibles solo los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con el negro absoluto.

Una mano enguantada descansaba sobre el hombro de Señor M, los dedos hundidos en el látex brillante, de manera poseedora. Se miraron. No hacía falta hablar. Llevaban años construyendo este lenguaje, el roce de materiales, el sonido húmedo del látex cuando se pegaba y se despegaba, el temblor que recorría a uno cuando el otro apretaba un anillo. La señora J se inclinó. Sus labios, encerrados en la abertura de la capucha, rozaron primero la frente de Señor M, después el puente de la nariz, después esa boca que esperaba.

El beso fue lento, profundo, sucio. Lenguas que se buscaban a través de las aberturas, saliva que brillaba sobre el látex de las capuchas. El señor M gimió dentro de la suya, un sonido ahogado y agradecido. Ella le sujetó la nuca con la mano libre y lo obligó a abrir más la boca, a recibirla, a tragarse su aliento caliente. —Te adoro encerrado así —susurró ella contra sus labios—. Te adoro cuando no puedes esconder nada.

Él respondió frotando la mejilla contra su pecho, el látex de su capucha deslizándose por el valle entre sus senos. Las hebillas de ella le rozaban la cara. Quería besarla otra vez y otra vez. La señora J lo hizo ponerse de pie, el sonido del látex al estirarse fue obsceno, se abrazaron de cuerpo entero. Los trajes se pegaron como si quisieran fundirse. Ella le pasó las manos por la espalda, palpó cada tira del arnés, cada anillo, cada hebilla que lo convertía en suyo. Él le agarró la cintura, los dedos hundidos en el corsé, y la levantó un poco para que ella pudiera enroscarle una pierna. Se besaron otra vez, más brutales ahora, dientes rozando el látex de las capuchas, lenguas empujando.

Ella lo empujó contra una pared de ladrillo. Las manos de Señor M recorrieron sus pechos cubiertos de goma, apretaron, amasaron. Los pezones se marcaban duros bajo el material. La señora J le permitió bajara la cremallera del pecho lo justo para introducir la mano y apretarle el pezón. Los dos jadearon, después ella se arrodilló. El contraste era perfecto, pues la figura dominante de antes ahora a sus pies, pero no era sumisión, era devoción.

Abrió la bragueta de látex del Señor M con dedos precisos. Su polla brotó pesada, ya brillante de presemen, contrastando con el negro absoluto del traje. Señora J la miró un segundo, como quien contempla un altar, y después la envolvió con los labios a través de la abertura de su propia capucha. El calor de su boca, el roce de la goma contra la piel desnuda, el sonido húmedo y rítmico. Señor M apoyó la cabeza contra la pared y gimió su nombre.

Ella lo chupó con hambre y con amor. Lengua plana recorriendo la vena, succión profunda que le hacía arquear la espalda, una mano enguantada masajeándole los huevos todavía encerrados en el látex, cada vez que él intentaba mover las caderas ella lo sujetaba, obligándolo a recibir. Cuando lo tuvo al borde, se detuvo, se puso de pie y lo besó otra vez, compartiendo el sabor de él. A continuación, lo hizo tumbarse en el suelo de madera, y ella se montó a horcajadas, todavía completamente enfundada, por cuanto, bajó la cremallera de su propia entrepierna y se frotó contra él, el látex caliente y resbaladizo de ambos trajes creando una fricción deliciosa y sucia.

El clítoris hinchado rozaba la polla dura. Se besaron mientras ella se frotaba, mientras los anillos de sus collares chocaban, mientras las hebillas se enganchaban y se soltaban. Cuando no aguantó más, lo guio dentro. El primer empujón fue lento, casi ceremonial, el látex de sus muslos se pegó al de las caderas de él. Ella bajó hasta sentarse por completo, llenándose, y soltó un gemido largo que vibró dentro de la capucha. El señor M le agarró las caderas, los dedos resbalando sobre el material brillante, y empezó a empujar hacia arriba.

Follaron así, ella encima, el cuerpo de goma negra subiendo y bajando, los senos rebotando dentro del corsé, el sonido de látex contra látex cada vez más húmedo. Se miraban a los ojos a través de las aberturas de las capuchas. Cada embestida era una declaración. —Eres mío —dijo ella, la voz rota.—Siempre —respondió él—. En esto. Cambiaron de posición. Él la puso a cuatro patas. El culo de Señora J, perfectamente moldeado por el látex, se alzó hacia él. Señor M le recorrió la espalda con las palmas, acarició cada hebilla, cada tira, y después la penetró otra vez, más profundo, más salvaje. Las manos de ella se aferraron al suelo. Cada embestida hacía que los anillos de su arnés tintinearan.

Él se inclinó sobre ella, el pecho de látex pegado a su espalda de látex, y le mordió el hombro a través de la capucha mientras la follaba.

Después la tumbo boca abajo y la penetro salvajemente estirando el traje, entrando fácilmente Se besaron torpes y desesperados, mientras él le frotaba el clítoris con los dedos enguantados, ella se corrió primero, el cuerpo tensándose, un grito ahogado contra su boca. El orgasmo la hizo apretarse alrededor de él con tanta fuerza que él la siguió segundos después, llenándola a chorros calientes, el semen escapando por los bordes de la cremallera y brillando sobre el látex negro.

No se separaron. Permanecieron enredados en el suelo, respirando el mismo aire viciado y dulce. Las capuchas todavía puestas, los trajes todavía brillantes de sudor y de fluidos. Señora J le acarició la mejilla a través de la goma. —Otra vez —pidió ella, ya con la voz ronca—. Quiero que me folles contra la pared. Quiero chuparte otra vez. Quiero que me abras la capucha solo lo justo para que pueda besarte el cuello. – El Señor M la miró con una devoción que no necesitaba palabras. Le sujetó la nuca y la besó otra vez, lento, profundo, como si el mundo entero cupiera en esa abertura de látex.

Y volvieron a empezar. La noche era larga y los trajes no se los quitarían. No hacía falta. El fetiche era el amor y el amor era el fetiche, eran dos cuerpos encerrados en la misma segunda piel, dos almas que se reconocían precisamente porque el resto del mundo había desaparecido detrás del brillo negro.

Se follaron de pie, ella con la espalda contra el ladrillo y las piernas alrededor de su cintura. Se follaron en el sillón blanco que había al fondo, ella sentada sobre él, moviéndose con una lentitud casi cruel. Él se arrodilló otra vez y la lamió a través de la cremallera abierta hasta que ella se corrió contra su cara, el látex de su capucha empapado. Ella lo chupó de rodillas hasta que él se corrió en su boca y después se lo tragó, los labios brillantes, y se lo mostró como ofrenda.

Cuando por fin se detuvieron, exhaustos, seguían abrazados en el centro de la habitación. La luz violeta los envolvía. Las hebillas descansaban. Los anillos ya no tintineaban. El señor M apoyó la frente contra el pecho de Señora J. Ella le acarició la capucha con una ternura que contrastaba con todo lo que acababan de hacerse. Nadie más existía. Solo ellos dos, brillantes, pegajosos, absolutamente entregados el uno al otro dentro de sus deliciosas prisiones de goma negra.

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