Aperturas

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T. Lectura: 9 min.

Para los lectores que me leen por primera vez, les recomiendo leer las historias con estos personajes en cierto orden: “El lector (parte 1)”; “El Lector (parte 2)”; “El reencuentro con el lector”; “Cicatriz”; “Una esposa modelo”. Así podrán disfrutar realmente de sus hazañas, confíen en mí.

―Te estás mojando como una zorra, amor, ―me dijo ―y tienes el culo tan acogedor que voy a entrar aquí sin problema. Pero tranquila, lo voy a hacer primero. ¿Quieres ver lo que entró, Sandra?

“¿Qué Sandra? ¿Quieres ver lo que entro?” En la pantalla, Alejandro trabajaba su ano con sus dedos, en primer plano. Elevaba el gozo al rango de obra maestra. Agarró un dildo de un tamaño similar al de su verga y se lo metió lentamente, jadeando. “Así quiero follarte, puta, hasta el fondo… ¿lo ves?” Sentí un apretón fuerte en el pecho, no hubiera pensado que me iba a obedecer. Estaba realmente capaz de cualquier cosa para convencerme de entregarme por completo a él. Teníamos que volver a vernos unas semanas después y él estaba completamente obsesionado por mi culo. Quería jugar con él, abrirlo, penetrarlo con juguetes y, naturalmente, llenarlo con su verga.

Todo había empezado durante una videollamada en la cual nos masturbábamos juntos. Se arrechaba como loco con la idea de follarme el culo cuando nos volviéramos a ver. Pese a haberlo dejado explorarlo varias veces, le dije que quería establecer una nueva regla: me podría hacer todo lo que quisiera, pero únicamente si primero se lo hiciera yo a él. Aceptó sin la menor hesitación y nuestros intercambios de los días y semanas siguientes fueron ocupados por la evolución de su “entrenamiento”.

Dado que lo que más anhelaba era follarme el culo, sabía que iba a tener que pasar por esa etapa él mismo antes de que lo satisficiera. Me contó que empezó con dedos profundos mientras se duchaba y luego por plugs pequeños. También me confesó que la sensación de estiramiento y de apertura que le provocaban los plugs le resultaba placentera y que, después de unos intentos, disfrutaba masturbarse mientras se entrenaba. Cada vez que probaba con un juguete más ancho, su morbo y sus ansias crecían.

Me mandó el video una semana antes de encontrarnos. Creo que lo miré más de veinte veces antes de borrarlo, como siempre lo hacía, regla imprescindible para una relación adúltera duradera. El contenido llegaba más allá de mis expectativas. En realidad, no pensaba que hubiera llegado a desvirgarse completamente el ano de manera autónoma, animado únicamente por sus ganas de sodomizarme. Al ver cómo se metía el dildo, con un empuje lento y continuo, exactamente como quería meterme su verga, entendí que era capaz de cualquier cosa para que fuera suya unas horas. Dejó el juguete negro metido en su culo mientras se la corría y me detallaba la manera con la cual me iba a abrir el culo.

La escena era surrealista y me dio un morbo demencial. Me masturbé tres veces seguidas mirando estas imágenes repetitivas. Más allá de lo que me decía Alejandro, era verlo así que me ponía, inesperadamente expuesto, penetrado y completamente mío. Si le hubiera pedido lamer el juguete después, seguro que lo hubiera hecho. Lo tenía aquí, mostrando la más morbosa dedicación. La locura que le daba la idea de tenerme bajo su control hacía que se entregara a mí. Interesante cambio deroles.

Llegó el día tan esperado. El estrés al cual solía estar propensa durante las horas que precedían nuestros encuentros casi había desaparecido, solo quedaba un morbo vivo y una suerte de satisfacción anticipada. Al mirarme en el espejo del carro, me extrañó encontrar una mirada determinada y una sonrisa viciosa, algo carnívora. La perspectiva del equilibrio me cambiaba. Estaba a punto de dejarme llevar una vez más en los caminos tortuosos del placer por Alejandro, pero antes, iba a apoderarme por completo de él.

Había llegado primero y me había indicado el número de la habitación del hotel. Pasé por la recepción y crucé rápidamente el hall. Llevábamos varios encuentros allí y me pregunté si los empleados del establecimiento estaban sujetos a algo parecido al secreto médico en cuanto a las reservas de los clientes. ¿Cuántas parejas ilegítimas se encontraban aquí? Burgos, ciudad del morbo. Buen oxímoron. Las primeras veces llegaba arregladísima, con tacones, falda, lencería fina y ansias inquietas de seducir a mi amante con los atuendos clásicos, ahora tenía el look perfecto de cualquier madre joven que se cruzan en los parques infantiles: esperaba tranquilamente los cuarenta, en jean azul, camiseta negra y zapatillas rojas.

No me maquillaba ni llevaba sostén, el único detalle sexy de mi apariencia lo escondía mi jean : una tanga de encaje blanco que Alejandro me había regalado para nuestro segundo encuentro, unos años atrás. Sólo la llevaba para nuestras sesiones de sexo a distancia y me imaginaba que iba a apreciar ver como me ceñía el culo en la realidad. Al ponérmela en la mañana, había sentido una pizca de excitación, me imaginaba a horcajadas encima de su cabeza, para que pudiera apreciar el encaje de cerca y que me lamiera a través de la tela. En el ascensor, sentí que mi ritmo cardiaco se aceleraba. La tanga se humedecía a medida que se reducía mi distancia con la boca y la verga que tanto deseaba.

Toqué la puerta y Alejandro abrió después de un breve momento, con una toalla blanca alrededor de la cintura.

―¡Hola! ―me dijo con el entusiasmo que lo caracterizaba ―¿Qué tal el viaje?

No sé por qué seguíamos tratando de mantener algunas reglas de cortesía cuando nos veíamos. Las remanencias de nuestra buena educación nos llevaban a intentar un saludo cordial cada vez que nos volvíamos a encontrar.

―Ho… ― nuestros cuerpos se pegaron, embarcados por un beso furioso.

―¡Ay mierda, cuánto te extrañé!

―Y yo a ti… Me estaba duchando, ¿quieres?

―Me duché antes de salir, gracias… pero quiero mirarte…

Alejandro entró en la sala de baño y dejó caer la toalla en el piso antes de meterse en la ducha italiana. A los cuarenta y siete, tenía un cuerpo delicioso, un cliché total de belleza masculina, firme y bronceada. La playa y las horas boxeando le habían ido muy bien. No volveré a detallar los lunares hermosos que estrellaban cualquier parte de su cuerpo para no aburrirlos, estimados lectores, sólo les deseo encontrarse una vez en su vida con una obra de arte dermatológica así.

Me quité los zapatos y me apoyé en la pared para verlo por completo bajo el agua. Me daba la espalda y una de sus manos tocaba su entrepierna. Lo bueno de ser amantes desde hace tiempo, es que pasas a ser maestro en términos de complacer a los gustos del otro, y él es de los pocos que conocen mi afición por el voyerismo. Más precisamente, ver a un hombre, que deseo, masturbarse.

―¿Puedo ver lo que haces? ―le pregunté.

Se dio la vuelta, mirándome a los ojos. Su mano enjabonada corría a lo largo de su sexo grueso y duro. Me derretí interiormente en un par de segundos. Las ganas de estar penetrada por esta verga fueron inmediatas.

―Muy bien, muy bien… ―le dije para animarlo a seguir.

―Sabes dónde va a acabar este rabo, ¿verdad Sandra?

¿Cómo olvidarlo?

―Sí, pero antes vas a tener que convencerme.

―Sin ningún problema, guapa.

Se enjuagó rápidamente, apagó el agua y se acercó hacia mí, sin secarse. Con una mano, me agarró la nuca para llevar mi boca a la suya y con la otra, me desabrochó el jean. Mi ropa se mojaba contra su piel y eso le gustaba. Era como una forma de marcar su territorio para recordarme que era suya. Su lengua jugaba con la mía y había pasado su mano dentro de mi pantalón. Sin pasar dentro de mi tanga, sus dedos se deslizaban lentamente en la hendidura de mis labios íntimos.

―Te estás mojando, ―dijo en tono burlón, ―quítate la ropa y ponte en la cama.

Su lado dominador hablaba, era una persona acostumbrada a dar órdenes en su vida personal como laboral y tengo que confesar que la docilidad me iba bien con él. Se secó lo poco que quedaba y me quité la ropa, quedándome únicamente con mi ropa interior que ya estaba realmente empapaba. Me alcanzó en la cama y se echó boca arriba.

―Veo que te quedan muy bien las braguitas que te regalé… A ver este culo, Sandra, enséñamelo ―me dijo, invitándome con la mano a meterme en posición de sesenta y nueve.

Obedecí y me puse a cuatro patas por encima de él. Su sexo seguía duro y tuve que contener las ganas de chuparlo enseguida. Arqueé la espalda y saqué el culo hacia atrás, de modo a que tenga la vista más espectacular que sea, con mi concha y mi ano a unos centímetros de su boca. A esta distancia se adivinaban sin esfuerzos bajo del encaje. Sus manos subieron en mis caderas y en mi cintura hasta llegar a mis senos. Con un par de gestos, me puso en la posición que quería. Pese a estar arriba y literalmente sentada sobre su boca, seguía siendo él quien manejaba. Murmuró algo como que me quedaba hermoso el color blanco y apartó el encaje para lamerme. Volví a encontrar con delicia la textura de sus labios y la vivacidad de su lengua, ágil y juguetona.

Empezó con lamidos suaves, con todo lo ancho de su lengua y, probablemente cuando estuvo satisfecho de la mezcla entre su saliva y mi jugo, la endureció de manera a formar una punta para penetrarme. Me agaché hacia su verga para empezar a lamerla, dejando caer todo mi peso sobre su boca, para que su lengua entrara más. Los ruidos húmedos que caracterizaban los encuentros con Alejandro empezaron a escucharse en la habitación. Me follaba deliciosamente con la lengua y había aprovechado mi posición para meterme un dedo en el culo.

No pensaba venirme tan rápido, pero tener las piernas muy abiertas y mi intimidad a la merced de sus dedos y de su lengua me arrechaba y me procuraba un placer intenso al que se añadió el morbo de tener la boca llenada por su verga. Unos espasmos me recorrieron la espalda y sentí las contracciones del orgasmo apretando la lengua de Alejandro, para su más grande satisfacción. Cuando liberé su cara, dejó escapar un largo “Joooder…”. No había soltado su verga y la seguía lamiendo lentamente, agradecida, con cariño y atención. Me eché a su lado para estar más cómoda y seguí mi mamada, con el culo al alcance de su mano.

―Tenemos algo pendiente, Sandra… Hoy te voy a follar el culo, ¿te acuerdas? Me he entrenado mucho para eso, para complacerte y que seas mía…

Se paró para apartarme las nalgas y escupirme en el ano antes de volver a meterme un par de dedos. Gemí y solté brevemente su verga para contestarle.

―Empiezas tú.

―Muy bien.

Su respuesta me volvió a calentar, me metí a ondular el culo lascivamente, lo que esperaba tanto iba estaba a punto de ocurrir a unos centímetros de mi cara. Alejandro estiró la mano libre hacia su mochila que estaba en el pie de la cama y agarró una bolsita de tela negra que puso en la cama. Sacó primero un dildo negro que reconocí inmediatamente. Al verlo al lado de su verga, tuve la confirmación de que tenían un tamaño similar. El equilibrio de entrega entre nosotros dos iba a ser perfecto. Luego, sacó un plug de metal más fino y me lo presentó para que lo lamiera. Interrumpí unos segundos mis lamidos para mojar y calentar el juguete con mi boca.

Para darle más gusto aún y facilitar la inserción, le hice levantar un poco las piernas para lamerle el ano y dejarlo lleno de saliva, antes de volver a su verga en cuya punta brillaba deliciosa gota transparente de excitación. Alejandro presentó el plug contra su ano y lo empujó delicadamente y de manera continua. Se notaba que se había “entrenado”, como decía. Se abrió lentamente, suspirando al ritmo de las lamidas mías. Conocía perfectamente las sensaciones que él estaba experimentando, un rico estiramiento y la sensación de alivio y de satisfacción al sentirse lleno, una vez pasada la parte más ancha.

Gimió suavemente al hacer entrar el juguete por completo y vi el maravilloso espectáculo de su ano que se apretaba alrededor de la parte delgada del plug. Entendí en aquel momento la fascinación que todos tenían al mirarme el culo de cerca cuando jugaban con él. Era una visión plenamente satisfactoria y completamente obscena.

―Ahora te vamos a abrir a ti, Sandra, ¿quieres? ―preguntó por la forma.

Le contesté volviendo a meterme en cuatro patas a su lado, arqueándome como cualquier buena zorra ansiosa por ser penetrada. Me di cuenta de que estaba chorreando, la parte de arriba de mis muslos se había mojado. Me encantaba sentirme así y presentarme para estar follada. Alejandro complació mis ansias con ambas manos, un dedo de una en el culo y dos de la otra en la concha. Volví instantáneamente a lamerle la verga y jugué con su culo moviendo lentamente el plug. Seguimos así unos minutos, a medida de los cuales se añadieron los dedos en mis orificios hasta que solo se queden afuera sus pulgares.

Con la boca llena por su sexo duro como un fierro y mis agujeros llenos de dedos, estaba a punto de explotar, pero había tanto fantaseado este momento que quería llegar al orgasmo en una situación bien específica. Saqué el plug del culo de Alejandro que manifestó algo de frustración, estaba listo. Liberó mis huecos y agarró el dildo para untarlo de lubricante.

―Te estás mojando como una zorra, amor, ―me dijo ―y tienes el culo tan acogedor que voy a entrar aquí sin problema. Pero tranquila, lo voy a hacer primero. ¿Quieres ver lo que entró, Sandra?

La pregunta que más me había arrechado desde el inicio de nuestra relación había vuelto a sonar. Asenté con la cabeza y me instalé frente a él, entre sus piernas. Lo animé con un par de lenguados en la verga y mientras se echaba lubricante en el ano. He conocido momentos de alto morbo y arrechura, instantes de lujuria cerda, pero eso, estimados lectores, eso estaba a un nivel superior. Alejandro me miraba a los ojos con la más grande lubricidad.

Empujaba el dildo en su culo y se masturbaba al mismo tiempo. Su respiración se entrecortaba, volvió a soltar un par de “joder” de placer y cuando el juguete estuvo completamente metido en su culo, lo soltó para dejarme admirar el resultado. Me contenía para no tocarme porque me hubiera corrido instantáneamente al verlo así, con la verga goteando y el dildo clavado profundamente en el culo.

―Eres increíble, ―le dije ―es exactamente lo que quería, no sabes lo que me regalas…

―Entonces ¿ya podemos pasar a lo mío, putita?

―Si me lo vuelves a pedir mientras te follas el culo.

―Sin problema.

Alejandro se dio la vuelta con precaución y se arrodilló, colocando la parte del dildo que estaba fuera entre sus pies. Cogió de nuevo el lubricante, se echó una buena cantidad en la verga y lo que quedaba en mi ano, aprovechando por deslizar un par de dedos en él. Empezó a levantarse y sentarse con cuidado y poca amplitud, haciendo idas y venidas leves sobre el juguete.

―Ves Sandra, me estoy follando el culo para ti… Y ahora me vas a dar el tuyo y te la voy a meter toda, y te voy a follar, y te voy a llenar el culo de semen… ¿Sabes por qué?

―Porque soy tu puta… ―le contesté mientras me instalaba de espaldas a él.

Con un movimiento continuo, tal como lo había hecho para él, su verga se hizo camino en mi ano, abriéndome el culo de una forma tan rica que no pude evitar de empezar a masturbarme. Sus movimientos eran lentos y profundos al inicio y se aceleraron progresivamente hasta convertirse en embestidas duras. Sus caderas chocaban contra mis nalgas y me tiraba los pezones lo que me hacía gemir como una perra. Ahora sí quería venirme. Su verga era más dura que nunca, me llenaba divinamente y sus jadeos me indicaron que llegaba al orgasmo. Un grito ronco, casi animal, sonó en la habitación, mientras sentí su semen cálido llenarme el culo. El morbo que me dio me llevó a explotar también.

―Quédate dentro, por favor, ―supliqué mientras empezaba a retirarse ―quiero correrme con tu verga y tu leche en el culo…

Gemía más fuerte y me movía como una puta poseída, empalada en la verga de Alejandro. Sentía que su semen me lubricaba el ano y su verga se deslizaba deliciosamente dentro.

―¡Córrete, Sandra!

Me agarró la concha con fuerza y me provocó un orgasmo intenso. Todo mi cuerpo se tensó alrededor del palo que tenía en el culo, una presión que le encantó a Alejandro.

―Vaya corrida… ―dijo, satisfecho ―¡Tu culo me la aprieta como si se la quisiera tragar!

Nos echamos en la cama y vi el dildo echado al lado de la cama. Hasta ahora, no sé si lo tenía todavía metido cuando se corrió. En realidad, no me importaba tanto como saber que había logrado llevarlo a hacer lo que yo quisiera. Necesitaba una marca de devoción suya, un esfuerzo de su parte para estar dispuesta a complacerlo, para entregarme completamente a él de nuevo. Me la había dado y había sido un éxito explosivo y nuestra apetencia para el sexo anal y la dominación mutua presagiaban lo mejor.

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