Arrogancia (1)

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T. Lectura: 12 min.

Sinopsis: Todo comienza con una apuesta entre dos maridos y sus esposas. En poco tiempo, todo se sale de control y ambos son lentamente feminizados, transformados y dominados por sus mujeres.

Los personajes:

Ana: Mi esposa

Enrique: Yo mismo

Matilde: Vecina y amiga de Ana

Ricardo: Esposo de Matilde y amigo mío

Introducción:

Hace seis meses:

Ana (mi esposa) y yo, Enrique, somos una pareja cercana a los cincuenta años. Vivimos solos ya que nuestro hijo se emancipó hace casi cinco años y vive en otro país donde entendía que podía desarrollar mejor su profesión. Ella es enfermera en una clínica de salud mental y yo, por mi parte, soy ingeniero. Tenemos una vida cómoda y tranquila y vivimos en un departamento de cuatro ambientes en una zona acomodada de la ciudad. Uno de los cuartos siempre estuvo destinado a estudio y es donde tenemos nuestros libros, computadoras, documentos de trabajo, etc. Otro cuarto era la habitación de mi hijo y, desde que se fue a vivir solo, está completamente vacío. Finalmente, el último cuarto es la habitación matrimonial.

Por esas casualidades de la vida, hace unos dos años aproximadamente, se mudó al departamento que está justo encima del nuestro otra pareja de nuestra misma edad. La esposa de este matrimonio, Matilde, es justamente compañera de trabajo de mi esposa; también es enfermera, aunque su relación era más bien esporádica porque trabajaban en distintos sectores.

Pero al vivir tan cerca unos de otros, la relación entre ellas comenzó a estrecharse. Al poco tiempo, ya viajaban juntas al trabajo, compartían el automóvil para reducir gastos y este trato cotidiano les permitió conocerse mejor, conversar durante el viaje y trabar una amistad que excedía lo laboral.

Al poco tiempo comenzamos incluso a compartir tiempo juntos: disfrutando del tiempo libre en la piscina del edificio, saliendo de compras en grupo, etc. Como además el esposo de Matilde, Ricardo, también era ingeniero (aunque de otra especialidad), nosotros dos también trabamos una relación de amistad y disfrutamos de la compañía en conjunto.

Se convirtió entonces en un ritual que los sábados por la noche compartiéramos la cena, a veces en nuestro departamento y otras en el de ellos, para después de cenar salir todos juntos a tomar unas copas.

Fue justamente un sábado, mientras salíamos a tomar algo, que nos encontramos en un bar donde un hipnotizador llamaba a gente del público y luego les ordenaba hacer las clásicas gracias de estos shows: el típico «eres una gallina» y el asistente comenzaba a cacarear, etc.

—Esto está arreglado —dije yo al instante—. Es imposible que alguien me haga creer que soy una gallina; seguramente no es alguien elegido al azar, sino un compinche del hipnotizador.

—Completamente de acuerdo —me contestó Ricardo—. No entiendo cómo alguien puede hacerme creer que soy un gato y luego ordenarme que olvide todo.

—No sé —respondió mi esposa—, la hipnosis es real. Lo veo todos los días en la clínica; hay algunos médicos que hipnotizan a sus pacientes y, por sus informes, obtienen resultados muy positivos.

—Entonces es porque son tan falsos como el showman que tenemos adelante. Seguro inventan más de la cuenta en sus informes para quedar como grandes médicos.

—Claro, entonces todos en la clínica son tontos y no cuestionan los informes —respondió Matilde.

—No digo eso —respondí—, pero me resulta más fácil creer que un médico o un psicólogo exagere en sus informes a que mediante una sesión de hipnosis puedan alterar la mente de una persona.

—No es una sesión sola —me respondió Matilde—. Ana y yo hemos visto cómo semana a semana los pacientes hacen progresos, sobre todo en aquellos que padecen fobias. Parece ser muy efectivo.

—Tendrían que mostrarme pruebas muy contundentes para convencerme de eso —le respondió Ricardo.

Aquí Ana se enojó bastante (creo que pocas veces la vi así).

—¿Pero qué crees? ¿Qué somos tontas? ¿Que no somos capaces de ver los progresos de un paciente, de ver cómo mejora su calidad de vida? No te olvides que hablamos de un tema que ustedes no conocen y que nosotras, además de haber estudiado, llevamos veinte años trabajando allí. ¿No les basta con nuestra palabra?

—Ya lo dijo Enrique —intervino Ricardo—: saben que nosotros somos de las ciencias duras y tendrían que mostrarnos pruebas al respecto para que las tomemos en cuenta.

—Si quieren pruebas, se las voy a dar entonces —respondió Matilde—. ¿Qué te parece lo siguiente? Ustedes nos van a dar seis meses a Ana y a mí. Durante este tiempo los someteremos a varias sesiones de hipnosis para que hagan algo que ahora no estarían dispuestos a hacer de ninguna forma. Es una apuesta: si dentro de seis meses nosotras conseguimos que hagan algo que ahora repudiarían, ustedes nos pagan a las dos un crucero de una semana.

Por otra parte, si nosotras no conseguimos modificar su conducta, seremos nosotras las que les paguemos un crucero de una semana y, además, tendrán pase libre para hacer lo que quieran durante esa semana.

Miré a Ana para saber si estaba de acuerdo con esos términos, sabiendo que la idea de darme un pase libre durante una semana le gustaría muy poco.

—Hecho. Por mi parte no hay problema —respondió Ana.

Esto me preocupó un poco, porque sabiendo lo celosa que era, debería estar muy segura de ganar la apuesta.

—¿Y qué es lo que nos harán hacer entonces? —preguntó Enrique.

—Dos cosas —respondió Ana—. Primero, no lo tenemos decidido; tendremos que conversar con Matilde para ver qué puede ser. Y además, ustedes no deberán saberlo ya que se opondrían voluntariamente y eso no sería justo.

—Perfecto. Entonces, para resumir, las reglas son las siguientes:

  1. La prueba tiene una duración de seis meses.
  2. No sabremos qué es lo que nos harán hacer.
  3. Debe ser algo claro, nada de hacernos comer algo que no nos gusta; tiene que ser algo que nosotros nunca haríamos.
  4. Los hombres estaremos obligados a seguir sus instrucciones y no sabotear el proyecto.
  5. El ganador tiene como premio un crucero de una semana pagado por el perdedor.

¿Estamos de acuerdo?

Todos respondimos que sí y entonces procedimos a formalizar la apuesta escribiendo los detalles en una servilleta de papel y firmándola todos los presentes.

Semana 1:

El domingo y el lunes transcurrieron con total normalidad, igual que cualquier otro fin de semana. Ya empezaba a pensar que la famosa apuesta había quedado en la nada y soñaba con mi semana de pase libre en un crucero, junto a mi amigo y rodeado de mujeres.

Sin embargo, sabía que Ana no era de las que se rendían fácilmente y tenía mis temores sobre qué haría para ganar la apuesta, porque estaba seguro de que tanto ella como Matilde tenían un plan.

Justamente, luego de cenar y al irnos a la cama, me pidió que le practicara sexo oral, algo que ocasionalmente me solicitaba porque le encantaba. Si bien yo no era un fanático, no tenía inconveniente en cumplir.

Aquí hubo una pequeña diferencia con otras ocasiones. Normalmente bajaba a su entrepierna, comenzaba a lamer y besar su vagina y clítoris durante cinco o diez minutos, ella alcanzaba rápidamente el orgasmo y luego la penetraba en la posición más clásica: el misionero. En esta oportunidad, en cambio, fueron mucho más de diez minutos; parecía que adrede demoraba su orgasmo para prolongar el placer que le estaba brindando.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo, pero seguramente pasaron más de media hora o cuarenta y cinco minutos hasta que alcanzó el clímax, que debo confesar fue bastante más intenso y prolongado que en otras ocasiones. Recuerdo que se mordía los labios, gemía, tomaba mi cabeza entre sus manos y hacía presión para forzar mi lengua más adentro.

Cuando terminó, estaba exhausta y, cuando me disponía a penetrarla, me dijo:

—Por favor, ahora no tengo energías suficientes. Fue el mejor orgasmo de mi vida, pero me ha dejado agotada. Prometo compensarte mañana.

—Por supuesto, querida, no hay problema. Me alegra que lo hayas disfrutado.

Me dispuse a dormir, pero ella me detuvo:

—Espera, falta algo.

Tomó entonces dos pequeños auriculares Bluetooth y, mientras me los colocaba, dijo:

—Espero que no hayas olvidado nuestra apuesta. Estos son los auriculares más pequeños que pude conseguir, así no te molestarán al dormir.

Luego de colocarlos, y antes de que pudiera decir nada, me dio una pequeña píldora.

—¿Qué es esto? ¿Qué me estás dando?

—Es solo para ayudarte a relajarte. Verás que no tendrás problemas para dormir.

—No sé, no estoy seguro. Nunca tengo problemas para dormir.

—Olvidas la regla número tres: estás obligado a colaborar o de lo contrario pierdes la apuesta.

—Está bien, pero ¿qué se supone que me harás hacer?

—Regla número dos: lo olvidas. Si sabes qué tipo de condicionamiento pienso aplicarte, vas a sabotearlo aunque sea inconscientemente.

Dicho esto, me entregó la píldora con un vaso de agua, activó en su celular la reproducción de un archivo de audio y apagó la luz.

Alcancé a escuchar una voz muy suave y sensual de una mujer que primero me inducía a un estado de relajación y luego, de forma muy pausada, comenzaba a darme indicaciones:

—Tu esposa se merece placer.

—Ella sabe qué es lo mejor para ti.

—Tienes suerte de que ella esté a tu lado.

—Debes enfocarte en darle placer…

Luego no pude oír más, ya que caí en un sueño profundo. Vagamente recuerdo escuchar esa deliciosa voz en mis sueños —o supongo que fue eso—, porque mis sueños estuvieron plagados de imágenes en las que yo le practicaba una y otra vez sexo oral, ella tenía múltiples orgasmos y todos venían acompañados por una sensación de satisfacción, de haber cumplido con mis deberes.

Me desperté por la mañana con una erección enorme, tremendamente excitado y dispuesto a hacerle el amor de una forma u otra, pero no la encontré al lado de la cama. Me duché y resistí la tentación de masturbarme, pensando que en cuanto la viera la penetraría y obtendría mi satisfacción.

Sin embargo, no la encontré en ningún lado del departamento; solo una nota en la cocina, sujeta con un imán en la heladera, que decía: «Hubo una emergencia en la clínica y Matilde y yo tuvimos que ir más temprano. Nos vemos por la noche. Te quiero».

Allí se fueron mis planes de tener un coito rápido. En ese momento caí en cuenta de que había dormido de más y tenía que apurarme para llegar a horario a una reunión de trabajo, así que también tuve que desistir de desahogarme masturbándome.

El día transcurrió con normalidad, aunque debo confesar que mi excitación solo fue incrementándose y me costó bastante concentrarme en el trabajo.

Al llegar a casa, ella ya estaba preparando la cena y no pude resistirme a besarla en la nuca, abrazarla, acariciarla, imaginando la sesión de sexo que tendríamos más tarde. Solo que no podría haber estado más equivocado.

De cualquier forma, ella percibió mis atenciones y en varias ocasiones me comentó:

—Pero qué cariñoso estás.

—Me gusta que me atiendas así.

—¿Qué te ha pasado? No es sábado y casi nunca estás así durante la semana.

Es cierto: hasta ese momento nuestra vida sexual era como un reloj; los sábados por la noche, luego de tomar algo con Matilde y Ricardo, un coito rápido, siempre con la misma secuencia y luego a dormir. Casi podías poner en hora el reloj basado en nuestra actividad sexual. Sin embargo, ahora estaba enloquecido; parecía un adolescente a punto de tener sexo por primera vez, estaba desesperado.

Cuando fuimos a la cama, otra vez me pidió que le practicara sexo oral. En esta oportunidad estuvimos aún más tiempo —más de una hora, presumo— y recuerdo que me sentí extremadamente orgulloso porque ella alcanzó el clímax al menos dos veces, ambas con igual intensidad.

Como la noche anterior, cuando me disponía a penetrarla me dijo:

—Por favor, tuve dos orgasmos y me es imposible siquiera moverme. Tenme un poco de paciencia y recuerda que si estoy así es por culpa tuya.

Contrariamente a lo que puedas pensar, al escuchar esto, en vez de sentirme defraudado por no poder saciarme, sentí una sensación de orgullo y placer similar a la que sentía después de aprobar un examen final particularmente difícil en la universidad.

—Ahora déjame que te coloque los auriculares y toma esto.

Esta vez no cuestioné las reglas y, al accionar su teléfono móvil, comencé a oír a la misma mujer que la noche anterior, con una voz tan sensual que me excitaba de solo escucharla. Luego de la inducción de relajación comenzó otra vez con una serie de frases, distinta a la de la noche anterior:

—Tu esposa es tu guía.

—Ella sabe qué es lo mejor para ti.

—Tu deber es darle placer.

—Tu obligación es obedecerla…

Al igual que la noche anterior, me dormí casi inmediatamente y tuve una serie de sueños en los que yo le practicaba sexo oral, pero ahora además la atendía, le servía el desayuno; en otro sueño ella tomaba el desayuno mientras yo besaba su entrepierna, acariciaba sus pechos, hasta que una y otra vez llegaba al clímax.

No te voy a aburrir con detalles, pero el resto de la semana transcurrió exactamente igual. Todas las mañanas me despertaba solo, encontraba una nota en la heladera indicando que por una cuestión u otra había tenido que salir temprano y que nos veíamos a la noche.

Mi excitación, en cambio, fue incrementándose día a día; ya directamente estaba enloquecido. Miraba a las mujeres de mi oficina con otros ojos, tratando de disimular mi deseo. Sin embargo, algo que me llamó la atención es que no me imaginaba teniendo relaciones con ellas; en cambio, soñaba con la idea de cómo sería besar su entrepierna.

Llegó el sábado y, como siempre, fuimos con Ricardo a jugar al golf —una excusa que teníamos para decirnos a nosotros mismos que practicábamos deporte y disfrutar de un tiempo relajándonos.

Inevitablemente la conversación derivó en mis experiencias durante la semana. Le conté no solo del incremento en la actividad sexual, sino también de mi excitación constante, mis fantasías y el hecho de que durante una semana se me había negado el orgasmo.

Para mi sorpresa me dijo:

—A mí me pasó exactamente lo mismo.

Con cierta reluctancia le practiqué sexo oral, ya que no me gustaba mucho hacerlo, pero terminaba siempre excitado y con una excusa u otra siempre tenía que posponer mi descarga para el día siguiente, y ese momento nunca llegó.

—Lo raro en mi caso es que no me haya masturbado. Siempre pasaba algo que me hacía dejarlo de lado, o se hacía tarde para una reunión, o tenía temor de hacerlo en el baño y que ella me descubriera, pero nunca pude hacerlo a pesar de tener toda la intención.

—Tienes razón, me pasó lo mismo. Y de alguna forma sospecho que es parte del plan de ellas para ganar la apuesta, aunque no imagino qué puede ser. Hasta ahora solo hemos practicado sexo oral, algo que en alguna oportunidad ya hicimos, así que para el propósito de la apuesta no tiene ningún valor.

—En fin, dejemos que ellas sigan adelante. Estoy convencido de que no tienen ninguna oportunidad.

A la noche fuimos a cenar al departamento de Matilde y Ricardo. Luego de la cena, voy al baño y al salir encuentro a Ana recostada en la cama, con las piernas abiertas exhibiendo su vagina. Entonces me dice:

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Casi como si fuese una orden, me coloqué entre sus piernas y comencé una vez más a lamerla y besarla durante al menos una hora, como durante toda la semana. Luego de alcanzar dos orgasmos me dijo:

—Bueno, creo que te has ganado tu premio por comportarte durante la semana.

Comienzo a posicionarme para penetrarla, pero ella me dice:

—No, así no. Hoy quiero probar algo diferente. Acuéstate boca arriba.

Seguí sus instrucciones, tratando de imaginar qué haría, y entonces, colocando un poco de crema en sus manos, comenzó a masturbarme lentamente.

—¿Te gusta?

—Sí, por supuesto, me encanta.

Ya estaba directamente enloquecido, pensando que eyacularía en cualquier momento.

Cuando estoy a punto de acabar, ella se detiene y me dice:

—Tan rápido no. Estuviste aguantando toda una semana, puedes aguantar cinco minutos más.

Esto se repitió durante demasiado tiempo —no puedo decir cuánto, ya que estaba tan excitado que no tenía control sobre mí mismo—. Perdí la noción del tiempo y solo me abandoné al placer que me estaba brindando, pero estaba desesperado. Cada vez que estaba a punto de llegar al orgasmo, ella se detenía y esperaba que me relajara para recomenzar nuevamente a masturbarme, una y otra vez. Este ciclo se repetía hasta que finalmente le dije:

—Por favor, no puedo más, déjame terminar.

—Bien, pero si lo hago tendrás que cumplirme un deseo. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, pero por favor, necesito terminar.

—¿Vas a cumplir con tu promesa? ¿Vas a hacer lo que te pida?

—Sí, cualquier cosa. Pídeme lo que sea, pero por favor, déjame terminar.

—Como quieras.

Y dicho esto continuó masturbándome lentamente hasta que finalmente tuve un orgasmo espectacular; creía que mi eyaculación no terminaría nunca.

—Bueno, bueno, bueno, creo que yo cumplí mi parte, ahora vos tenés que cumplir la tuya.

—Está bien, fue sensacional, no tengo ninguna queja. Creo que nunca tuve un orgasmo así.

—Bien, entonces me dejarás ponerte esto. No me gusta que estés siempre excitado y con tantas mujeres alrededor tuyo.

Del cajón de la mesa de noche tomó una pequeña caja de plástico que contenía un dispositivo de castidad con su correspondiente llave.

—¿Seriamente pensás que voy a dejar que me pongas eso?

—Por supuesto. Una promesa es una promesa y acabás de decir que harías cualquier cosa si tenías un orgasmo. Además, recuerda la regla número tres: si la quiebras, automáticamente ganamos la apuesta.

No teniendo muchas alternativas, permití que me pusiera el dispositivo y luego colgó la llave con una cadena alrededor de su cuello.

—Ahora estoy más tranquila. Con tantas mujeres alrededor tuyo nunca se sabe lo que puede pasar. Ahora toma esto.

Me dio una vez más el dichoso comprimido cuya naturaleza desconocía completamente, me colocó los auriculares y pulsó play en su celular.

Una vez más, la misma voz sensual —cómo me gustaría poder permanecer despierto durante más tiempo—, pero como siempre solo alcanzaba a oír la introducción y luego la misma letanía:

—Tu esposa merece que la atiendas.

—Ella sabe lo que es mejor para ti.

—Obedecerla te traerá felicidad.

—Complacerla es lo que deseas…

Al despertar, como de costumbre, estaba extremadamente excitado. No sabía qué hacer, especialmente con el dispositivo de castidad que me impedía siquiera tocarme. Fui al baño e incluso tuve que orinar sentado ya que no encontré forma de hacerlo como era habitual para mí. Al volver, vi que Ana continuaba durmiendo y por un momento me vi tentado de arrebatarle la llave del cuello, pero eso era imposible: de haberlo hecho, automáticamente habría perdido la apuesta y estaba decidido a demostrarle que no podría alterar nada en mí.

En cambio, preparé el desayuno y se lo llevé a la cama. Ella se sentó y abrió sus piernas; mientras yo, casi sin pensarlo, me acerqué a su entrepierna y comencé a besar y lamer su vagina. De pronto me asaltó la imagen del sueño que había tenido durante la semana y me di cuenta de que estaba repitiendo la misma escena: ella sentada en la cama desayunando y yo entre sus piernas brindándole sexo oral.

Me di cuenta de que tuvo varios orgasmos ya que ocasionalmente apretaba sus piernas contra mi cuerpo o gemía mientras bebía un sorbo de café.

Luego de desayunar fuimos a ducharnos juntos y, mientras lo hacíamos, ella no dejaba de excitarme: acariciando mi cuerpo, mis genitales a través del dispositivo de castidad o incluso lamiéndolo. Por supuesto, eso no hacía otra cosa que enloquecerme aún más, hasta que le dije:

—Por favor, retíralo un momento así puedo descargarme.

—Todavía no. De aquí en adelante tienes que portarte muy bien, obedecer mis instrucciones y con suerte te ganarás el premio. Mientras tanto, ya sabes lo que tienes que hacer.

Mientras decía esto se sentaba en el borde de la ducha, abría sus piernas una vez más y yo, una vez más, casi sin pensarlo, me arrodillé a sus pies y comencé a lamer su entrepierna. Dios mío, esta mujer se había transformado en un monstruo y no se cansaba nunca de tener orgasmos.

Mientras tanto, yo continuaba deseando.

Semana 2:

No puedo decir que la rutina de la primera semana se haya modificado mucho. Salvo que ahora yo portaba el dispositivo de castidad, el resto continuó exactamente igual: todas las noches yo la satisfacía oralmente dos y a veces tres veces, le rogaba que retirara el dispositivo y ella se negaba diciendo simplemente que tenía que ganármelo.

Luego, como siempre, durante todas las noches me daba de tomar la misteriosa píldorita —que supuestamente era para relajarme—, colocaba los auriculares y reproducía el archivo de audio.

Si bien la voz de la mujer era la misma —sensual, hablando muy lentamente, dejando que cada palabra tuviera su propio peso—, la inducción inicial también era la misma. Hubo un ligero cambio hasta donde pude percibir: ahora no solo indicaba que obedecer a mi mujer era el camino del placer, sino que repetía una y otra vez el placer que ella recibía al practicar sexo oral a un hombre y recibir el orgasmo en su boca.

—Tu mujer es tu ama.

—Ella sabe lo que es mejor para ti.

—No hay mejor placer que obedecerla.

—Cómo me gusta beber semen.

—Qué delicioso es el semen.

—No sabes qué placer se siente al tener la boca llena de semen…

Nunca pude permanecer despierto más allá de estas frases. Sin embargo, mis sueños estaban plagados de imágenes: además de las habituales en las que yo brindaba sexo oral a mi mujer, ahora se sumaban muchas otras de mujeres bebiendo semen, todas con una expresión de placer y satisfacción. Algunas bebiendo directamente de la fuente, otras mostrando la boca llena de semen, incluso algunas bebiendo cantidades de semen de un vaso o de la palma de la mano de otra persona.

Esta semana se desarrolló una nueva rutina: al despertarme preparaba el desayuno; luego, mientras mi mujer lo tomaba, lamía sus piernas, su entrepierna y su vagina hasta que llegaba al orgasmo. Más tarde, a la noche luego de cenar, se repetía la escena: ella esperándome en la cama de piernas abiertas, yo abalanzándome y lamiendo su vagina, chupando su clítoris durante aproximadamente una hora hasta que ella tenía dos o tres orgasmos. Más tarde, nuevamente la sesión de audios.

Debo confesarte que no reconocía a mi esposa: de una mujer casi aburrida sexualmente se había transformado en una diosa que requería que le brindara al menos cuatro orgasmos por día. Esto tengo que reconocer que la había transformado a ella también: ahora estaba radiante, siempre de buen humor; incluso había cambiado su apariencia: se maquillaba con mayor cuidado, las faldas se hicieron un poco más cortas y ajustadas, dejó de usar zapatos planos y comenzó a vestir zapatos de tacón.

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