Al llegar el sábado nos reunimos con Ricardo para ir una vez más a jugar al golf. Cuando lo paso a buscar por su departamento veo que en Matilde se habían efectuado cambios similares a los de Ana: vestía una pollera tubo color natural, dos centímetros por encima de la rodilla, zapatos de tacón, una blusa blanca que resaltaba su hermoso busto y un maquillaje exquisito.
—Me dijo Ana que van a salir de compras —le pregunté.
—Sí, teníamos que comprar algunas cosas para la cena de esta noche. Queremos darles una sorpresa.
—Bueno, pero tengan cuidado: ya estoy empezando a tener miedo de las sorpresas que ustedes nos dan.
Se rio con ganas y, tomando a Ana del brazo, salieron rumbo al centro comercial.
Mientras tanto, yo estaba ya casi angustiado y en vez de ir a jugar al golf, nos quedamos con Ricardo tomando algo y compartiendo nuestras experiencias durante la semana.
No me sorprendió para nada que él hubiera pasado por las mismas circunstancias que yo: también tenía puesto un dispositivo de castidad, también le había sido negado el orgasmo durante la semana y, en cuanto a Matilde, también se habían producido los mismos cambios; ahora ella disfrutaba de tres o cuatro orgasmos diarios y podríamos decir que había florecido frente al incremento de la actividad sexual.
—Hay dos cosas que me llaman la atención —me dijo Ricardo.
—¿Cuáles son? Aunque creo que son las mismas que me llaman la atención a mí.
—Número uno: aunque te parezca ridículo, la voz de la mujer que nos habla durante las noches me enloquece. Es tremendamente sensual, me excita oírla y ahora sí noto que se ha producido un cambio en mí: antes no me gustaba para nada besar sus genitales y ahora me excita terriblemente.
—En mi caso comparto contigo lo erótica que es la mujer que nos habla: la lentitud, la cadencia, la excitación que transmite es increíble. Por otra parte, si bien yo no tenía problemas en practicarle sexo oral, ahora me he transformado en un fanático; casi te diría que prefiero besar su entrepierna a penetrarla. Además, es solo verla desnuda que inmediatamente tengo el deseo de lamer su vagina.
—A mí me pasa lo mismo. Es una compulsión, no puedo evitarlo. Incluso me pasa ir en la calle y ver otras mujeres e imaginarme cómo sería lamerles la vagina.
—Tal cual.
El resto del día transcurrió con cierta normalidad (si es que nuestra situación tenía algo de normal). Cenamos en nuestro departamento y delicadamente tratamos con Ricardo de investigar hacia dónde nos estaban dirigiendo; sin embargo, ante cualquier pregunta nuestra —incluso tangencial, como por ejemplo que nos contaran los casos positivos de hipnosis en su trabajo—, siempre nos encontrábamos con dos respuestas:
—Regla número dos.
—Regla número tres.
Era un muro infranqueable que no podíamos superar. Finalmente nos rendimos; terminamos el encuentro hablando de una y mil cosas no relacionadas, hasta que nos fuimos con Ana a la cama.
Al salir del baño, como de costumbre, la encuentro recostada, abierta de piernas y casi me abalanzo sobre ella, lamiendo su vagina y chupando su clítoris como si no hubiese un mañana. Luego de casi una hora y tres orgasmos más tarde (creo que tendría que empezar a medir el tiempo en orgasmos y no en minutos), ella me dice:
—Ya eres un experto; cada día el placer es mayor.
Sentí un orgullo que no puedo describir frente a las palabras de aprobación.
—Creo que te has ganado tu premio.
Y mientras decía esto retira la llave de su cuello y libera el dispositivo de castidad. Mi pene inmediatamente cobró vida, más aún cuando ella comenzó a masturbarme lentamente.
Al igual que la semana anterior, me mantuvo al borde del orgasmo por casi una hora: cuando creía que me aproximaba, reducía el ritmo o simplemente paraba hasta que mi orgasmo retrocedía, momento en el que ella comenzaba nuevamente.
—¿Querés terminar?
—Sí, por favor, no puedo más. Hace una semana que no eyaculo.
—Pero antes solo teníamos sexo una vez por semana.
—Es distinto: ahora estoy constantemente excitado, me excita besar tu vagina y además esos audios que me haces oír también me mantienen constantemente excitado.
—Entonces sabes lo importante que es obedecer?
—Sí.
—¿Quién sabe qué es lo mejor para vos?
—Tú. Tú sabes lo que me conviene.
—¿Estás dispuesto a hacer lo que yo te pida?
—Cualquier cosa. Pídeme lo que sea, solo quiero darte placer.
—Si tienes un orgasmo, ¿me prometes que harás lo que yo te ordene?
—Sí, lo que quieras.
—¿Cualquier cosa que te pida?
—Sí, lo que sea, cualquier cosa que me pidas. Por favor, déjame terminar.
—Como quieras, pero recuerda tu promesa.
Dicho esto continuó masturbándome, esta vez sin detenerse, hasta que llegué al orgasmo. Creo que fue uno de los más abundantes en mi vida; parecía un adolescente nuevamente. Ella, mientras tanto, había capturado casi la totalidad de mi eyaculación en la palma de su mano, que formaba un cuenco lleno de semen.
—Bebe —me ordenó mientras acercaba su mano a mi boca.
—Pero… ¿no pensarás en serio que voy a beber mi semen?
—Una promesa es una promesa. Además —y la siguiente frase fue dicha con la misma cadencia y sensualidad que la voz de los audios—: recuerda que yo sé lo que es mejor para ti.
Tímidamente al principio extendí mi lengua y comencé a lamer su mano; sin embargo, luego de un par de lamidas se apoderó de mí una excitación terrible. La idea de que el semen era delicioso y debía beberlo por completo me inundó. Tomé su mano entre las mías y ávidamente bebí todo lo que pude. ¿Qué me estaba pasando?
—Muy bien. Por tu reacción debes aceptar que tenía razón: sé mejor que tú lo que te conviene.
Mientras decía esto volvió a colocar el dispositivo de castidad, nuevamente me dio de tomar la droga misteriosa y conectó los auriculares.
Mis sueños estuvieron plagados de estas imágenes: ahora no eran mujeres anónimas las que recibían el orgasmo en su boca; ahora era claramente yo quien bebía un orgasmo tras otro de una y mil formas distintas: directamente del pene de un hombre anónimo, recibiéndolo en mi rostro, bebiéndolo de la palma de la mano de una mujer, bebiéndolo de una copa de cristal, etc. Todas las formas que puedas imaginarte.
Esto implicó también un cambio de rutina durante el domingo, ya que por la mañana y luego a la noche se repitió la escena de la noche anterior y bebí mi semen en dos oportunidades más. Esta vez ella ni siquiera tuvo que pedírmelo: simplemente acercaba su palma a mi boca y yo tomaba su mano entre las mías y bebía todo lo que podía, lamentando que no hubiera más.
Semana 3:
De aquí en adelante la semana transcurrió como de costumbre últimamente —porque con “normalidad” sería totalmente inapropiado—. Como estos últimos días, yo le brindaba sexo oral por las mañanas y por las noches; aunque ocasionalmente, en dos oportunidades también lo hice mientras estábamos mirando televisión después de cenar, sentados en el sillón uno al lado del otro. De pronto me dice:
—Necesito que me atiendas.
Levantó su falda, retiró su ropa interior y eso fue todo. No fue necesario que me diera ninguna otra indicación: al ver su vagina noté que ahora se la había depilado completamente; al mismo tiempo noté que ahora no estaba usando pantimedias como habitualmente lo hacía, sino que tenía un par de medias con portaligas.
Esto añadía un atractivo adicional que me excitó más aún. Y en las dos ocasiones que me lo propuso me zambullí en su entrepierna y me dediqué a brindarle un orgasmo tras otro durante toda la duración de la película.
Tengo que aclarar que durante la semana no tuve ningún orgasmo y debo confesar que yo mismo dudaba de mi motivación: no sabía si le pedía tener un orgasmo para satisfacer mi excitación o si lo hacía por mi deseo de volver a beber mi propio semen. Sin embargo, ella solo me respondía:
—Paciencia. Espera hasta el sábado.
Bueno, finalmente llegó el sábado y, como estarás suponiendo, pasé a buscar a Ricardo. Al igual que la otra semana, Matilde y Ana irían de compras, supuestamente por cosas que necesitaban para nuestro encuentro a la noche.
Una vez más, si bien con algo de pudor y vergüenza, le comenté a Ricardo los sucesos ocurridos durante la semana, pensando que se escandalizaría frente a mi relato; sin embargo fue todo lo contrario.
—A mí me pasó lo mismo. No sabía cómo contártelo ya que me da mucha vergüenza, pero tal como te pasó a vos, yo siento al mismo tiempo una sensación de placer al beber mi semen que solo se puede comparar con la sensación de relajación u orgullo que siento al obedecer a Matilde.
—Creo que hemos caído en su trampa. No sé si será este el objetivo que se propusieron, pero lamento decirte que hemos perdido la apuesta: de ninguna forma podríamos negar que hace un mes ninguno de los dos hubiera aceptado nada de lo que estamos haciendo ahora.
—Beber nuestro propio semen —me dice.
—Y usar un dispositivo de castidad —agregué.
—Y desear constantemente besar su vagina —comentó Ricardo.
—Y no poder penetrarlas; es más, no solo no poder penetrarlas, sino que no nos importe.
—Tal cual. Creo que estamos perdidos y que somos nosotros quienes pagaremos el crucero.
—Sí, pero mi pregunta ahora es: ¿qué sigue?
—No sé —me dijo Ricardo—, pero la verdad tengo un poco de miedo de lo que pueden haber preparado para nosotros.
A la noche, durante la cena, ni siquiera tocamos el tema de la apuesta. Creo que nuestro temor era mayor que nuestra curiosidad; además, nos sentíamos los dos completamente rendidos y dispuestos a aceptar que nos habíamos equivocado completamente.
Cuando finalizamos de comer, Matilde se levanta y dice:
—¿Por qué no vamos al living? Estaremos más cómodos para el evento que tenemos preparado para ustedes.
Intrigados, pero ya vencidos, nos dirigimos todos al living. Matilde y Ana se sientan en dos cómodos sillones y cuando nosotros nos disponemos a sentarnos también, Ana nos dice:
—No, ustedes no. Quédense parados en el medio de la sala.
—Bien —dice Matilde—, ahora por favor, ¿podrían quitarse los pantalones y la ropa interior?
Ante nuestra duda, Ana indica:
—Vamos, por favor. Si todos los presentes sabemos que ustedes tienen el dispositivo de castidad, además nosotras no será la primera vez que los veamos desnudos.
Reluctantemente quedamos desnudos, parados frente a ellas. Ana dice:
—Matilde querida, ¿quieres hacer los honores?
—Cómo no.
Entonces ambas se levantan y, tomando las llaves de los dispositivos de su cuello, liberan nuestros genitales.
—Excelente —dice Matilde—, veo que ambos están excitados.
—Sí —respondimos al unísono—, hace una semana que no tenemos un orgasmo.
—Perfecto. Ahora podrán disfrutar de uno. Empiecen a masturbarse.
Como obedeciendo una orden, comenzamos a masturbarnos furiosamente, cada uno de nosotros frente a nuestra esposa.
Siguió aquí un período de tiempo en el cual ellas nos daban instrucciones: «Deténganse» cuando veían que estábamos a punto de eyacular, «Comiencen de nuevo» cuando veían que nos habíamos calmado un poco.
Nos tuvieron así por espacio de media hora más o menos, hasta que finalmente nos dicen:
—Bueno, cuando quieran pueden eyacular, pero hay una condición: recojan todo en la palma de su mano.
Casi inmediatamente comenzamos a eyacular copiosamente, recogiendo todo en nuestra mano, imaginando que nos harían beber el semen frente a ellas y uno frente al otro. No podía sentir mayor humillación; sin embargo, no podía resistirme. A la humillación se sumaba un placer extremo tanto por haber llegado al orgasmo como también por obedecer y cumplir los deseos de nuestras esposas.
Mientras tanto, en algún momento que no percibí —tan concentrado estaba en lo que estaba haciendo—, nuestras esposas se habían subido la falda y se masturbaban furiosamente. Ahí me di cuenta de que ambas habían concurrido a la cena sin ropa interior; ambas además tenían puestas medias de nylon y portaligas.
—Perfecto, Ricardo —dice Matilde—, ahora quiero que le ofrezcas tu semen a Enrique.
Ricardo, casi sin decir palabra, acerca su mano llena de semen a mi boca y yo instintivamente comienzo a beberlo todo con ansiedad. Incluso cuando no quedaba nada en su palma, comienzo a lamer sus dedos intentando no perder ni una sola gota.
—Muy bien —dice Ana—, Enrique, me haces sentir orgullosa, pero no dejes a tu amigo con sed: ofrécele algo de beber.
Repitiendo el mismo gesto, ofrezco la palma de mi mano a Ricardo, que reproduce el mismo gesto que yo. Finalmente terminamos los dos manoseando nuestros genitales con una mano y lamiendo la mano del otro con deseo de más.
—Excelente show —dice Matilde—. Ahora vengan aquí que nosotras también necesitamos desahogarnos.
Nos lanzamos a los pies de nuestras esposas y comenzamos a lamer las piernas enfundadas en nylon hasta llegar a la entrepierna, momento en el que, como si el mundo se acabara mañana, comenzamos a lamer su vagina, besar y chupar su clítoris, otorgándoles un orgasmo tras otro.
—Qué nochecita —dijo Ana—. Ha sido una demostración excelente y ni siquiera tengo que decir qué es lo que significa. Vístanse mientras nosotras vamos a preparar café.
Mientras ellas preparaban el café, le dije a Ricardo:
—No puedo creer lo que hemos hecho.
—Yo tampoco. Es imposible que te creyera si hace un mes decías que haríamos esto.
—Por supuesto, perdimos la apuesta miserablemente.
—Demás está decirlo. Creo que ya están preparando las valijas y encima les sobró tiempo.
—Sabes qué es lo peor de todo —le dije a Ricardo—: que me excitó beber tu semen. Deseaba que hubiera más y, si ahora no tuvieras el dispositivo de castidad, te estaría masturbando esperando beber tu orgasmo nuevamente, esta vez directamente de la fuente.
—¿Quieres decir que estarías dispuesto a practicarme sexo oral? ¿A chupar mi pene hasta que acabara en tu boca?
—Sí, eso mismo.
—Bueno —me contestó Ricardo—, ahora que lo mencionas, a mí me encantaría hacer lo mismo.
—Por Dios, ¿en qué nos han convertido? ¿No podían haber hecho algo más sencillo?
Mientras tanto, en la cocina:
—Ana, bueno, ya está. Después de esta demostración no pueden negar que ganamos la apuesta.
—Sí —dice Matilde—, sin embargo, me encantaría seguir.
—¿Por qué? Ya está, demostramos que con una combinación de mensajes subliminales, manteniéndolos excitados todo el tiempo y algunas drogas inductoras podríamos obligarlos a hacer cosas que en su vida hubieran soñado.
—Eso sí, por supuesto —respondió Matilde—, pero acaso estas tres semanas no han sido las más geniales de tu vida?
—Tengo que reconocer tu punto: de tener un orgasmo cada tanto —porque no siempre llegaba cuando hacíamos el amor— pasé a tener tres o cuatro por día y no quiero perder eso.
—Además, ya recorrimos la parte más difícil del camino. Podríamos avanzar un poco más y tener más placer todavía.
—Ana, ¿cómo sería eso? Me interesa mucho tu idea.
—Verás, lo que podríamos hacer es… —y aquí comenzó a hablarle al oído a su amiga.
—¿Te parece? ¿No es un poco excesivo?
—No has visto cómo disfrutaban ellos también. Simplemente hemos derribado algunas barreras y en el proceso obtenemos algo de placer. Es una situación en la que todos ganan.
—Me has convencido. Además creo que me gusta mucho tu idea.
Lo que ninguna de las dos había percibido es que el poder es casi como una droga: cuando lo tienes siempre quieres un poco más, buscas explorar cuáles son tus límites y hasta dónde puedes llevar a tu sumiso. Es un proceso que nunca se acaba; esperas ansioso el próximo paso, imaginas situaciones que te darán placer por el simple hecho de dominar al otro y, sin darse cuenta, al no detenerse, ambas habían caído en una espiral sin fin de dominación en donde, por supuesto, los obedientes esclavos seríamos Ricardo y yo.
Esa noche, al llegar a nuestra cama, estaba agotado. Simplemente me acosté y solo pude percibir que Ana me colocaba los auriculares y empezaba a escuchar la ya familiar voz antes de quedarme completamente dormido.
Sin embargo, los audios deben haber sido otros, ya que mis sueños estuvieron plagados de otro tipo de imágenes: travestis, crossdressers totalmente feminizados, con un dispositivo de castidad y siendo estimulados analmente de diversas formas: con vibradores, plugs, plugs inflables, con dedos y terminando todos, invariablemente, con un orgasmo anal.
En la mañana del domingo también hubo una nueva situación: al preparar el desayuno y disponerme a servir oralmente a mi esposa, ella me rechazó diciendo:
—¿Por qué no te afeitas? Es desagradable sentir el roce de tu barba contra mis genitales. De hecho, me encantaría que te depilaras por completo. Nunca me gustó sentir tu vello corporal contra mi cuerpo.
—¿Es necesario?
—En este momento y para mí, sí. Además, yo también me depilé completamente como habrás visto y la sensación es increíble.
—Bueno, dame un momento —dije mientras me dirigía al baño.
—Aprovecha la crema depilatoria que hay en la ducha.
En ese momento me di cuenta de que debía haberlo planeado ya, porque nunca hubo crema depilatoria en nuestra ducha. Pero en fin, yo ya estaba completamente resignado por un lado, mientras que por el otro debo reconocer que estas últimas semanas se habían despertado nuevas experiencias que nunca hubiera imaginado y tengo que confesar que la mayoría habían sido agradables.
Apliqué entonces la crema depilatoria en todo mi cuerpo y dejé que actuara mientras me afeitaba bien al ras. Luego entré a la ducha para remover toda la crema junto con todo mi vello corporal y me encontré con Ana esperándome en nuestra cama matrimonial.
—Así está mucho mejor. Me encanta ver y sentir todo tu cuerpo tan suave. Ven aquí y atiéndeme un poco.
De aquí en adelante los sucesos fueron los mismos que durante la semana anterior: yo la serví oralmente, luego ella me masturbó y me dio de beber mi semen. La misma escena se repitió durante la noche.
Semana 4:
Al despertar recordé parcialmente mis sueños durante la noche, preguntándome: ¿qué se sentiría al tener algo estimulando constantemente mi ano?
Estaba decidido a confrontar a Ana inmediatamente, simplemente rendirme y decirle que ellas habían ganado la apuesta y pedirle que terminara con estos experimentos, cuando me di cuenta de que estaba solo en la cama.
Me dirigí al baño, donde tuve que orinar sentado por supuesto gracias al dispositivo de castidad que tenía nuevamente colocado. Me bañé y cuando fui a la cocina por el desayuno encontré una nota pegada en la heladera:
«Querido, hoy tengo que ir temprano a la clínica ya que hubo una urgencia. Además, llamó la muchacha que hacía la limpieza y dijo que no podría venir más por un problema de salud de la madre. Llegaré tarde. Serías un amor si limpiaras un poco el departamento y si además preparas la comida te daré un premio».
Rápidamente organicé el día de forma tal de poder volver temprano y realizar la limpieza de la casa. Siendo el propietario de una pequeña empresa, no tuve inconveniente y, luego de delegar algunas tareas, a las dos de la tarde ya me encontraba en nuestro departamento.
Me cambié el traje por algo más cómodo —unas bermudas y una remera— y me dediqué a limpiar todo el departamento. Luego, por la tarde, hice las compras y comencé a preparar la cena. Para no ensuciar la ropa que tenía puesta, me puse un delantal de cocina que había encontrado. No era mi primera elección, ya que tenía un tema muy femenino: rosa y con muchos volados en su contorno, pero así al menos evitaba arruinar mi ropa.
Al llegar mi esposa me saluda con un beso en mi espalda y me dice:
—Veo que limpiaste toda la casa y además la comida huele exquisita. Gracias, mi amor.
—El único inconveniente es que realmente te ves ridículo con esa ropa. Mañana te consigo algo más adecuado, pero ahora ven aquí a tomar tu premio.
Diciendo esto se sentó en una de las sillas de la cocina y, levantando su falda y abriendo las piernas, expuso sus genitales. Dios mío, ¿no llevaba ropa interior? ¿Estuvo sin ropa interior todo el día? ¿O quizá era algo premeditado y se había quitado la ropa interior en el ascensor?
Bueno, no hacía mucha diferencia. El hecho es que ver su entrepierna y su sugerencia de que ese era mi premio hizo que comenzara a salivar de deseos de lamerla hasta el cansancio. Cosa que hice y, luego de más o menos una hora, cuando la cena estuvo lista, nos sentamos a comer.
El resto de la noche transcurrió como últimamente: miramos una película en la sala —bueno, en realidad la miró ella, ya que durante todo el transcurso del filme yo estuve arrodillado lamiendo su entrepierna. Realmente no sé cuántos orgasmos tuvo esa noche.
Como de costumbre, al irnos a dormir volvió a darme la dichosa píldora, colocó los auriculares y casi inmediatamente me dormí.
Al día siguiente se repitió la escena: al levantarme ella ya se había ido y, sabiendo que no vendría nadie a realizar la limpieza del departamento, volví temprano de la oficina, me cambié, realicé la compra y luego de limpiar comencé a preparar la cena.
Al llegar Ana inmediatamente dijo:
—Huele delicioso. Creo que hasta fue positivo que renunciara la muchacha: haces un mejor trabajo que ella y además tengo algunas ideas en las que podremos aprovechar el dinero que ahorramos.
—Mientras tanto, te traje esto que creo te quedará mucho mejor —me dice mientras me alcanzaba una bolsa de plástico.
Al abrirla veo que se encuentra en ella un uniforme de mucama: era un uniforme simple, un guardapolvo azul de mangas cortas con ribetes blancos en el cuello, los puños y los bolsillos.
—¿Y esto? —le pregunto.
—No me gusta verte así con ese delantal; te ves ridículo. Esto te quedará mucho más cómodo. Vamos, pruébatelo.
Accedí a cambiarme. La verdad, ahora me sentía bastante ridículo: desnudo, solo con el guardapolvo y un par de zapatos deportivos blancos.
—Mucho mejor —me dijo Ana—. Todavía falta, hay algo que no me convence, pero es mucho mejor que ese delantal.
—Ahora quiero que mi mucama me atienda un poco.
Dijo repitiendo la escena del día anterior y enseñándome su entrepierna.
El resto de la noche transcurrió de forma similar al lunes —no te aburriré con los detalles ya que fue exactamente igual—, salvo que ahora tenía puesto mi uniforme de mucama.
Esta escena se repitió también durante la semana, salvo que cada día traía un artículo nuevo a fin de mejorar mi apariencia —como decía ella— y hacer que me viera menos ridículo. Así:
El miércoles introdujo a mi vestuario un par de pantimedias de lycra brillantes de color natural.
—Ahora tus piernas se ven mucho mejor. Recuerda mantenerlas depiladas —dijo Ana.
El jueves trajo consigo un par de zapatos de mujer de color negro con un taco de dos centímetros de altura.
—Mucho mejor que ese calzado deportivo que estabas usando. Me encanta cómo combina con tus medias y tu uniforme.
Finalmente, el viernes me colocó una peluca de excelente calidad, de color negro, cabello lacio que llegaba casi hasta mis hombros.
—Hermoso. Me excita tu nueva apariencia. Incluso de espaldas cualquiera te tomaría por la mucama de la casa. Ahora ven aquí a recibir tu premio que estoy estresada por el trabajo.
Una vez más literalmente me zambullí en su entrepierna y me dediqué a satisfacerla mientras ella miraba una película.
![]()