Arrogancia (3)

0
1223
T. Lectura: 12 min.

Al llegar la noche le pregunté:

—Querida, ¿te parece que podrías retirarme el dispositivo de castidad? Hace casi una semana que no tengo un orgasmo y te he complacido en todo lo que me has pedido.

—Ten un poco de paciencia. Mañana tendrás tu premio especial. De hecho, he estado pensando en si podrías suspender tu partida de golf con Ricardo. Mañana son ellos quienes vienen a cenar y me gustaría que asearas el departamento y prepararas la cena —fue su respuesta.

—Como quieras. Ya le envío un mensaje.

Colocó los auriculares nuevamente y al poco tiempo me quedé dormido. Como toda la semana tuve sueños de crossdressers y travestis siendo estimulados analmente de una y mil formas diferentes.

Obviamente me levanté excitadísimo (como todas las mañanas de la semana) y luego de prepararle el desayuno me dispuse a realizar las tareas encomendadas.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó.

—Bueno, voy a asear el departamento y luego planificar la cena para esta noche como me lo pediste.

—Pero así no. Si vas a realizar las tareas de la casa deberías usar tu uniforme como corresponde, ¿no te parece? Piensa en el premio que tendrás esta noche.

—Bueno, querida, como quieras —ya mi voluntad estaba completamente doblegada y me sentía compelido a cumplir todas sus instrucciones.

Procedí entonces a vestirme: las pantimedias, los zapatos, el uniforme y la peluca, que me transformaron nuevamente en la mucama de la casa.

—Un momento, todavía falta algo que compré para vos —me dice y entonces procede a tomar una caja de su bolso conteniendo un estuche completo de maquillaje.

—Ahora siéntate frente al espejo y presta mucha atención porque espero que hagas esto durante la semana.

Procedió entonces a maquillarme: primero perfilando ligeramente mis cejas (gracias a Dios, ya que todavía tenía que continuar trabajando), luego aplicando base, sombra en mis ojos, máscara en mis pestañas, rubor en mis mejillas y finalmente pintando mis labios de un rojo intenso.

—Todavía falta algo —y tomando un esmalte del mismo color que mis labios procedió a pintar mis uñas.

—Ahora sí pareces una verdadera mucama, pero no puedo llamarte Enrique cuando estás así vestido. Así que de ahora en adelante, cuando cumplas tu rol de mucama, te llamaré Samanta. ¿Qué te parece tu nuevo nombre?

—No sé, querida, es todo muy raro y nuevo.

—Un momento —me dice—, de aquí en adelante vamos a conservar las formas. Enrique es mi marido, a quien amo, respeto y escucho, pero cuando estás en el rol de Samanta eres la mucama y como tal debes tratarme. Por esta vez pasa, pero de ahora en adelante nada de «Ana», «querida» o cualquier cosa parecida: cuando te dirijas a mí te referirás como «señora», «señora Ana» y deberás tratarme de usted. ¿Estamos de acuerdo?

—Sí, señora, comprendo perfectamente.

—Muy bien, ahora ve a cumplir con tus tareas.

—Con permiso, señora.

Durante el resto del día me dediqué entonces a asear todo el departamento, preparar la cena (entrada, plato principal y postre) y finalmente acomodar la mesa para recibir a nuestros invitados.

Ya entrada la tarde y faltando un par de horas para que llegaran nuestros amigos, Ana se encontraba en la sala.

—Ya está todo preparado, señora. ¿Puedo retirarme?

—En un momento. Primero te falta algo. Hoy extrañé esa maravillosa boca tuya y ahora me sentiré una lesbiana perversa cuando me atiendas.

Dicho esto abrió sus piernas y me invitó a que le lamiera sus genitales.

Luego de un buen tiempo y después de haber alcanzado ya un par de orgasmos, me dice:

—Espera un momento, quiero probar algo nuevo.

Mientras lo decía se daba vuelta y, exponiendo sus nalgas, continúa:

—Quiero que me metas la lengua bien adentro en el culo.

Acostumbrado a obedecer, tomé con ambas manos su nalga y, exponiendo el agujero del ano, comencé a lamerlo e introducir mi lengua dentro de él.

—Qué maravilla, Dios mío, cómo no probé antes esto. Es maravilloso.

Mientras decía esto yo le introducía mi lengua en su ano y ella con una de sus manos se masturbaba. Al llegar al orgasmo dice:

—Suficiente. Ahora tengo que recuperarme. Puedes retirarte.

Me dirigí entonces a nuestro cuarto donde primero tomé una ducha y luego me vestí con ropa masculina informal. Al llegar a la sala encontré a Ana sentada en un sillón con un trago en la mano y ofreciéndome otro. Me dice:

—Siéntate aquí al lado mío. Tenemos que hablar antes de que lleguen nuestros invitados.

—Sí, querida, te escucho.

Yo ya estaba aprensivo pensando en lo que vendría; sin embargo, ella me pregunta:

—¿Cómo te sientes con estos cambios que han sucedido recientemente?

—Bueno —dije mientras pensaba—, trataré de ser lo más honesto posible. Si hace dos meses me hubieras dicho que yo tendría un alter ego, Samanta, que cumpliría tareas de mucama en esta casa, que tendría puesto un dispositivo de castidad, que tú controlarías mis orgasmos y que yo te serviría oralmente dos o tres veces por día, simplemente hubiera pensado que habías perdido tu salud mental.

—Sin embargo, mirándolo en retrospectiva y siendo justos, debo reconocer que nuestra vida sexual no solo es más intensa que lo que nunca fue; además, debo reconocer que no me disgusta. Al contrario, si tengo que ser completamente sincero, siento una especie de placer perverso cuando me transformo en Samanta y tú me tratas como una mucama. Sabes que estoy sometido a mucho estrés en la empresa y además a la responsabilidad de dar trabajo a la gente, de saber que si hago mal las cosas habrá muchos empleados que quedarán sin trabajo y eso es siempre una fuente de preocupación.

—En cambio, al llegar a casa y ser simplemente una mucama que sigue las órdenes de su señora tiene un aspecto de relajación: ya no estoy obligado a tomar decisiones, las tomas tú y yo simplemente te obedezco. Y eso es extremadamente relajante y satisfactorio.

—Tengo que reconocer además que nuestra vida sexual ahora no solo es más intensa, sino mucho más interesante. Hasta te diría que me excita el pensar qué es lo próximo que me harás hacer, como por ejemplo hoy cuando me ordenaste que te lamiera el ano.

—Entonces, ¿estás dispuesto a seguir? —me preguntó.

—Te diría que sí. No sé a dónde me llevarás ahora que tienes el control sobre mí, pero confío en ti, sé que no me harías daño y por supuesto te amo más que nunca. El único reclamo que podría hacer es que realmente me gustaría tener orgasmos más seguidos; es muy incómodo este estado de excitación constante.

—Bueno, en esta etapa de llamémosla «adiestramiento» es necesario —me dijo—, pero no te preocupes, dentro de poco cambiará radicalmente.

En ese momento llegaron nuestros invitados y se interrumpió la conversación.

La cena transcurrió con normalidad, salvo el hecho de que en varias oportunidades alabaron la comida y la presentación de los platos. Incluso en algún momento Ana mencionó:

—Enrique ha sido un amor durante toda la semana. No solo hoy ha preparado toda la cena y ordenado el departamento: ha sido así durante todos estos días y no puedo estarle más que agradecida.

—Ricardo ha hecho lo mismo —mencionó Matilde—. Con los inconvenientes que hemos tenido en la clínica esta semana era un alivio retornar a casa sabiendo que él me esperaría con el departamento ordenado y la cena lista.

En ese momento miré a Ricardo y me di cuenta inmediatamente que había pasado por el mismo proceso que yo. Obviamente, ambas mujeres tenían una agenda en común y podía suponer que nuestros destinos estaban, por decirlo así, sincronizados.

—¿Por qué no pasamos al living y les mostramos la sorpresa que les tenemos preparada? —mencionó Matilde.

—No veía el momento en que lo propusieras. Ya estoy ansiosa —le responde Ana.

Pasamos al living, no sin cierta aprensión por parte tanto de Ricardo como mía. En el momento en que nos vamos a sentar, ambas mujeres nos dicen:

—Esperen. Ustedes son hoy el espectáculo central. Ahora por favor queremos que se desnuden.

Ninguno de los dos opuso resistencia alguna; al fin y al cabo hasta ahora no era muy diferente de lo que había sucedido la semana anterior.

Cuando estábamos los dos completamente desnudos salvo por nuestros dispositivos de castidad, Ana toma la llave de mi dispositivo de su cuello y, alcanzándosela a Ricardo, le dice:

—Ten, libera a tu amigo.

Ricardo comienza a maniobrar abriendo la cerradura del dispositivo y retirándolo. Inevitablemente sus manos rozaron tanto mi pene como mis testículos y, debido a la abstinencia y la constante excitación, inmediatamente comencé a tener una erección.

En ese momento Matilde le pregunta a Ricardo:

—Mira qué hermoso que es cuando está erecto. ¿No te gustaría besarlo?

—Adelante, yo no tengo ningún inconveniente —le dice Ana—. Es más, me excitaría ver cómo lo besas.

Casi sin darme cuenta y debido principalmente a mi excitación comencé a acercarme a Ricardo, tomé su cabeza entre mis manos y ejercí una leve presión como para animarlo. No tuve que insistir mucho y antes de darme cuenta sentía su lengua recorriendo tanto mis testículos como también todo el recorrido de mi pene.

—Matilde, adelante, tómalo entero en tu boca. Me excitaría ver eso.

Y mientras lo decía pude ver que había levantado su falda y se estaba masturbando violentamente ante la perspectiva de ver a su marido practicándome sexo oral.

Hasta hacía poco Ana estaba sentada al lado de Matilde; sin embargo no la veía en ese momento. Hasta que de pronto siento unos dedos explorando mi ano y lubricándolo: primero uno y luego dos. Mientras Ana me hablaba al oído y me decía:

—¿Te gusta? Decime que te gusta que te dilate la cola.

—Sí, me encanta. Estoy a punto de terminar.

—Todavía no, falta lo mejor.

Y mientras me decía esto sentía que algo más grande que un par de dedos me penetraba.

—Esto es un plug anal y de ahora en adelante lo llevarás todo el tiempo.

Al poco tiempo no pude contenerme más y terminé eyaculando en la boca de Ricardo.

—Hermoso —dice Matilde—. Hacía mucho tiempo que no me excitaba tanto. Ahora por favor ponle nuevamente el dispositivo a Enrique.

—¿No vas a devolverle el favor a tu amigo? —me dice Ana mientras suavemente empuja mis hombros hacia abajo, indicándome que me arrodille mientras Matilde me alcanza las llaves de Ricardo.

Tomo las llaves y al retirar el dispositivo Ana me dice:

—Adelante, sabes lo que tienes que hacer.

Mientras me empuja levemente hacia el pene ya erecto de mi compañero.

Mientras tanto Matilde repite el mismo proceso: mientras yo estoy lamiendo su pene, ella primero lo lubrica, lo dilata y finalmente termina colocándole el plug anal, hasta que finalmente explota dentro de mi boca.

Luego yo repito también el proceso de colocarle nuevamente el dispositivo de castidad.

Nos vestimos, nos sentamos al lado de nuestras esposas y terminamos conversando como lo hacíamos normalmente.

Y así terminó la noche y el fin de semana, con nosotros no solo con un dispositivo de castidad puesto, sino que además ahora teníamos un plug anal dilatándonos constantemente.

Semana 5:

El día comenzó normalmente —por supuesto, refiriéndome a mi nueva normalidad—. Fui a mi oficina y luego a las dos de la tarde, al llegar a nuestro departamento, seguí la nueva rutina: cambiarme, maquillarme y realizar la limpieza del departamento y programar la cena.

—Buenas noches, Samanta —escuché la voz de Ana—. Tengo una sorpresa para vos.

—Sí, señora, la cena ya está casi lista.

No voy a aburrirte nuevamente con los detalles, pero seguimos con la rutina de la semana anterior, agregando todos los días una nueva característica:

– El lunes agregó un corset muy ajustado que afinaba mi cintura.

– El martes unas prótesis mamarias de tamaño doble D, junto con su correspondiente sostén.

– Al mismo tiempo, todos los días reemplazaba el plug anal por uno de un tamaño levemente superior —ella lo llamaba «entrenamiento para el próximo fin de semana»— y todos los días reemplazaba los zapatos de tacón por unos de tacón más alto, de forma tal que al llegar el viernes estaba usando zapatos con un tacón de cinco centímetros sin ningún inconveniente.

De igual forma dejaba una lista de videos para que viera al llegar a casa. Así, como te contaba antes, llegaba, me cambiaba, me maquillaba y luego me sentaba a ver la lista de videos para después limpiar la casa y preparar la cena. Al llegar me preguntaba por los videos que podían incluir:

– Tips de maquillaje: cómo afinar la nariz, cómo hacer la mandíbula más suave con sombras, cómo colocar correctamente pestañas postizas, cómo caminar, sentarse, etc.

– La lista también incluía videos de adoctrinamiento: imágenes de crossdressers practicando sexo oral, siendo estimulados analmente, satisfaciendo tanto a hombres como a mujeres.

Así llegamos al sábado, día de nuestra reunión.

Al igual que la semana anterior me levanté y, ahora sin necesidad de recibir instrucciones, me transformé en Samanta, preparé el desayuno para mi señora y luego me dediqué a limpiar todo el departamento y preparar la cena.

Al terminar, ya entrada la tarde, le digo:

—Señora, ya está todo preparado. ¿Puedo retirarme?

—Hoy no, Samanta. Es una cena formal y necesito que me asistas.

—Señora, debo quedarme así. Es un poco embarazoso.

—No discutas conmigo, por favor. Si quieres tener tu premio mejor que vayas a tomar un baño. Yo dejaré en la habitación la ropa que deberás usar hoy.

Me bañé y al salir de la ducha veo sobre la cama la ropa que mi esposa había dejado para mí. Espero que esto sea una broma, pensé.

—Señora, ¿realmente desea que use esto?

—No discutas conmigo. Verás que será una noche excepcional.

—Pero si Ricardo me ve así, no sé qué pensará de mí.

—Bueno, después de lo que has hecho con Ricardo en las dos últimas semanas creo que no tendría nada que objetar. Además, Matilde me avisó que él no vendría, así que no tienes de qué preocuparte.

—Ponte la ropa que he dejado y deja de protestar. Además, quiero que te esmeres con el maquillaje y muestres todo lo que has aprendido en esta semana.

Resignado, pero también expectante pensando en cuál sería mi premio hoy, comencé a vestirme. La ropa consistía en:

– Un par de medias con costura de color negro.

– Un corset muy ajustado de color negro y con dos tazas para acomodar mis prótesis doble D.

– La peluca negra que había estado utilizando durante la semana.

– Un par de zapatos negros también, con un taco de al menos cinco centímetros de alto.

– Un kit de uñas postizas junto con el barniz correspondiente de color rojo intenso.

– Un plug anal, ahora un poco más grande todavía que el que estaba usando, de aproximadamente cinco centímetros de diámetro en su parte más ancha.

– Y finalmente un uniforme de mucama francesa extremadamente corto, que suponía dejaría expuestas mis nalgas si en todo caso me inclinara.

Resignado comencé una vez más mi transformación en Samanta: primero lubricé mi ano y coloqué el plug, luego el corset y las prótesis, más tarde las medias que ajusté con seis tirantes que salían del corset, finalmente los zapatos.

Me senté frente al espejo y comencé a maquillarme utilizando todos los trucos que había aprendido: pestañas postizas, sombras en los ojos alargadas (ojos de gata como dicen), rubor en mis mejillas, sombras para hacer mi mentón más suave y lápiz de labio de color rojo intenso.

Luego acomodé la peluca en su lugar y comencé a aplicar las uñas postizas.

Finalmente me puse el uniforme, el cual contaba también con una cofia para colocar sobre mi cabeza.

Debo confesar que al mirarme en el espejo era difícil reconocerme: me había transformado a mí misma en el epítome del erotismo.

Fui hasta la sala y me presenté a la señora para su aprobación.

—Excelente, mejor aún de lo que esperaba. Me harás sentir orgullosa esta noche.

No termina de decir esto que suena el timbre del departamento.

—Ve a abrir la puerta, nuestros invitados han llegado.

No sin cierta reluctancia y algo de pudor abrí la puerta esperando encontrar a Matilde y Ricardo. Sin embargo veo a la amiga de mi mujer y a su lado una mucama vestida exactamente igual que yo, muy hermosa y femenina que de no ser por el dispositivo de castidad hubiera disparado una erección inmediatamente.

—Hola, Samanta. Un placer conocerte. Ana me ha hablado mucho de vos. Esta es mi asistente Marisa. Espero que sean buenas amigas.

En ese momento caigo en cuenta de que Marisa no era otro que el alter ego de Ricardo, el cual había por supuesto sufrido la misma transformación que yo.

—Encantada, Marisa. Un placer conocerte —le digo mientras nos damos un beso en la mejilla.

—Pasen por favor. La señora Ana está esperando.

Ana y Matilde se sentaron en dos sillones de la sala y entablaron una conversación casual sobre su trabajo en la clínica durante la semana, mientras tanto Marisa y yo aguardábamos de pie en la entrada de la sala con nuestras manos entrelazadas al frente, esperando instrucciones. No obstante, no pude evitar mirar a Marisa (y noté que ella hacía lo mismo conmigo) y admirar su transformación: estaba sencillamente hermosa; era además el epítome del fetichismo con ese traje de mucama, las medias, el busto prominente, etc.

En algún momento nuestras miradas se cruzaron y noté el hambre en la de Marisa. ¿Es que acaso mi transformación era igualmente tan espectacular como la de ella?

—Ana: Marisa, Samanta, dejen de comerse con la mirada y presten atención, por favor.

—Disculpe, señora —dijimos las dos casi al unísono.

—Vamos al comedor, por favor. Sirvan el primer plato —dijo Matilde.

Ellas se sentaron a la mesa y mientras tanto Marisa y yo nos pusimos detrás de cada una de nuestras señoras, dispuestas a atenderlas en aquello que precisaran: cambiar los platos, servir la bebida, etc. Mientras tanto la conversación entre ellas dejó de ser la charla casual sobre temas laborales para pasar a temas un poco más íntimos: primero sobre nuestra «educación» como la llamaban, luego de cómo habíamos aceptado el plug anal que ahora llevábamos puesto y finalmente de cómo les excitaba que una «mujer» les comiera la entrepierna, confesándose una a la otra que creían haber descubierto su bisexualidad.

—Me encantaría comprobar si es así con vos —dijo Ana.

Yo estaba completamente sorprendida en ese momento. Ana, quien hasta hacía un par de meses simplemente se recostaba en la cama mientras yo la penetraba, ahora se había transformado en una mujer hambrienta de sexo, esperando ser satisfecha oralmente tres o cuatro veces por día y además ahora fantaseando con estar con otra mujer.

—Me encantaría que vos fueses la primera —respondió Matilde.

¿La primera? Es que habría más. ¿En qué se habían transformado nuestras esposas?

—Ellas ya demostraron que pueden disfrutar de ser bisexuales —continuó Matilde—, claro, con un poco de ayuda de nuestra parte, pero creo que están disfrutando de su nueva descubierta sexualidad.

—Ya lo creo —le respondió Ana—. Veremos qué pasa hoy luego de la prueba de fuego.

¿Prueba de fuego? ¿Qué era eso? ¿Qué nos harían hacer ahora? Yo creía que ya habíamos pasado todos los límites, aunque la verdad si me ordenaban que tuviera sexo con Marisa no tendría ninguna objeción que hacer.

—Vamos a la sala de estar —dijo Ana.

Nos dirigimos a la sala y allí ambas se sentaron en dos sillones cruzadas de piernas, casi que exhibiéndose para nosotras, mientras tanto Marisa y yo nos quedamos paradas junto a la puerta esperando instrucciones.

—Hemos recorrido un camino muy interesante estos dos últimos meses —dice Matilde— y no puedo menos que afirmar que ha sido sencillamente extraordinario y excitante para mí —comenzó a hablar Matilde.

—Sin embargo —continuó—, todavía queda un pequeño recorrido que hacer. Demás está decir que ustedes han perdido la apuesta y que tanto Ana como yo hemos ganado en buena ley unas merecidas vacaciones de una semana en un crucero.

—Sí, señora —respondimos las dos al unísono—, eso es incuestionable.

—Como decía Matilde —continuó Ana—, queda sin embargo un pequeño recorrido que hacer y en este caso hemos decidido darles la oportunidad de continuar o detener todo aquí. Las alternativas son obviamente: si deciden continuar daremos el próximo paso; si en cambio deciden detenerse aquí simplemente olvidaremos todo lo que ha pasado, inmediatamente ustedes se cambiarán y retomarán su alter ego masculino y lo único que pasará es que Matilde y yo nos iremos una semana de vacaciones.

—Esta es una decisión importante —dijo Matilde—. ¿Desean arriesgarse y dar el próximo paso o prefieren volver a como eran las cosas hace dos meses atrás, teniendo sexo convencional una vez por semana? Personalmente, si deciden la segunda opción extrañaré mucho el sexo oral que Marisa me ha proveído últimamente.

—Y no olvides nuestro recién descubierto placer por los besos en el ano.

—Por supuesto, sería una lástima, pero son ustedes quienes deciden.

Una vez más lo pensé seriamente: quería dejar todo esto de lado, volver el tiempo dos meses atrás y olvidarme de todo. Existía una cierta angustia en estar todo el tiempo con el dispositivo de castidad puesto, pero por otro lado ya estaba disfrutando de abandonarme y cumplir ciegamente las órdenes de Ana, y ni qué hablar de mi también recién descubierto placer por la estimulación anal, algo que el plug me recordaba constantemente.

Esto fue lo que mencioné, intentando ser completamente sincera.

—Lo mismo me pasa a mí —acotó Marisa—. Siento un placer particular al transformarme, dejar todo el estrés de lado y simplemente obedecer. Además, también debo confesar que nuestra vida sexual es mucho más interesante ahora. Coincido también con Samanta en que lo único que lamento es no poder tener orgasmos más seguido, aunque debo confesar que su intensidad es mucho mayor.

—Entonces, ¿qué deciden? —preguntó Matilde.

—Yo quisiera seguir adelante, señoras —les dije—. Confío plenamente en ustedes y hasta ahora solo hemos descubierto nuevas formas de placer.

—¿Y tú, Marisa? —le preguntó Ana.

—Yo también quisiera seguir adelante, señora. Además veo que Matilde está mucho más satisfecha sexualmente hablando y eso es muy importante para mí.

—Perfecto entonces —dijo Ana—. No esperábamos menos de ustedes pero queríamos darles la oportunidad de elegir. Nosotras iremos a cambiarnos y mientras tanto ustedes vayan a la cocina y traigan dos copas de cristal, por favor.

Extraño pedido si se quiere. ¿Qué era lo que tenían planeado para nosotras? Fuimos a la cocina y no pude menos que mirar las nalgas de Marisa y luego acariciarlas cuando tomó las copas del aparador superior.

—Esperaba que fueras vos quien tomara las copas. Yo tenía intenciones de hacer lo mismo.

—No hay problema —le dije mientras me extendía para tomar dos copas más, momento en el cual sentí como un par de manos acariciaba mis glúteos aumentando aún más mi excitación.

Volvimos a la sala y dejando dos copas en la pequeña mesa del centro nos quedamos paradas en la puerta aguardando.

Al pasar el tiempo y encontrándonos solas nos sentamos en el sillón uno junto a la otra. No tengo forma de describir la excitación que sentía en ese momento al sentir el roce de sus piernas enfundadas en un par de medias de nylon contra las mías, más aún cuando siento que Marisa comienza a acariciar una de mis piernas —acto que como te imaginarás respondí inmediatamente—, excitándome más todavía al ver mi mano con las uñas largas y pintadas de rojo acariciando sus hermosas piernas.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí