Arrogancia (4)

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En eso estábamos cuando de pronto escuchamos:

—Ana, qué bonito. Las dejamos cinco minutos solas y ya parecen dos hembras en celo.

—Matilde, ahora me queda mucho más claro por qué querían seguir. Creo, amiga mía, que inadvertidamente hemos creado dos putitas.

Marisa y yo nos quedamos mudas, sin saber qué responder, no por la situación en la que nos habían encontrado sino por el cambio que se había generado en nuestras esposas.

Esas dos mujeres formales que habían dejado la sala habían vuelto completamente transformadas en dos Diosas dominantes. La única diferencia entre ellas era el color del cabello: castaño claro en el caso de Ana y rubio en el caso de Matilde, en ambos casos amarrado en una cola de caballo.

Su maquillaje ahora era mucho más intenso, con sombras más marcadas en los ojos, los labios pintados de un marrón oscuro que resaltaba aún más sus facciones; luego un corset de cuero negro muy ajustado que les proporcionaba una cintura diminuta y al mismo tiempo resaltaba el busto prominente que ambas tenían.

Del corset partían seis portaligas que aseguraban un par de medias de nylon con costura similares a las que teníamos nosotras. Finalmente un par de botas altas hasta la rodilla con un taco de al menos diez centímetros de altura.

En sus brazos unos guantes largos tipo ópera que acentuaban aún más su figura dominante.

Pero lo que nos dejó con la boca abierta era que en su cintura portaban un arnés con un consolador de generosas dimensiones y un formato algo extraño: partía de su entrepierna y se extendía hacia arriba (luego me enteré que debía su forma a que estaba especialmente diseñado para estimular la próstata).

Ante nuestro asombro Ana dice:

—Cierren la boca o prefieren que les demos algo para poner en ella?

Nos pusimos de pie inmediatamente y les dije:

—Lo siento, señoras. No pudimos contenernos. Les pido que tengan en cuenta que hace una semana que estamos en abstinencia y Marisa es muy hermosa y no pudimos evitarlo.

—Bueno —dice Matilde mientras se sentaba en el sillón—, por hoy pasa, pero ahora quiero ver cómo Marisa besa este hermoso pene que compré para ella.

—Excelente idea —dice Ana—. Estoy ansiosa para ver cómo lo hace Samanta.

Ambas se sientan en los dos sillones y nos hacen señas de que nos acerquemos.

Casi sin pensarlo y sin darme cuenta lo que estaba haciendo me arrodillo a sus pies y comienzo a lamer el pene de goma para finalmente terminar metiéndomelo dentro de la boca, momento en que Ana comenzó a gemir. Luego me enteré que el arnés contaba con un consolador interno que se introducía dentro de su vagina y al yo lamerlo y chuparlo estaba también moviendo el otro extremo dentro de ella.

Trato de introducirlo por completo en mi boca pero me es imposible: tendría una extensión de al menos 25 centímetros de los cuales solo pude tragar la mitad.

—Veo que te falta práctica —me dice—. No te preocupes, con el tiempo vas a ser una experta. Vamos a practicar todos los días hasta que puedas tragarlo entero.

—Bueno, suficiente por ahora —dice Matilde y levantándose toma un preservativo de su escote y se lo alcanza a Marisa diciéndole—: ¿Serías tan amable de colocármelo?

Marisa entonces abre el envoltorio y comienza a colocarlo sobre el falo artificial.

—No con las manos, no. Trata de hacerlo con la boca como buena putita que eres.

No sin esfuerzo Marisa comienza a luchar para cumplir con las instrucciones de su señora, tarea que debido a su inexperiencia le resulta bastante difícil.

—Esta es otra cosa en la que tienen que practicar, pero con el tiempo será una segunda naturaleza para ustedes.

Una vez que termina más o menos de colocarlo, Matilde lo acomoda correctamente y comienza a lubricarlo con gel mientras le dice a Marisa:

—A ver, hermosa, date la vuelta, apoya los brazos en el respaldo del sillón y muéstrame esa hermosa cola que tienes.

Marisa obedece y Matilde entonces, luego de retirar el plug anal, comienza a lubricar la cola de su mucama.

—Ahora sí te voy a hacer mujercita —le dice.

Dicho esto apoya la punta del pene artificial en la entrada de su cola y comienza a hacer presión. Como ya estaba dilatada gracias al plug anal y al entrenamiento de toda la semana, este entra fácilmente en su totalidad.

Una vez que entró por completo Matilde comienza a moverse cabalgándola haciendo que el falo artificial entrara y saliera casi por completo.

Oía cómo las dos gemían casi al unísono: Marisa porque se la estaban cogiendo y Matilde gracias a los movimientos del otro extremo que tenía introducido dentro de ella.

—No se te ocurra acabar sin avisarme primero, ¿está claro?

Entre gemidos Marisa responde:

—Sí, señora, pero creo que no voy a aguantar mucho más —debido a que como mencioné anteriormente por su forma el consolador estaba estimulando su próstata.

Esa fue la señal para que Ana me interrumpiera en mis actividades y me dijera:

—Toma una de las copas y captura en ella el orgasmo de tu amiga.

Seguí sus instrucciones y coloqué la copa debajo del pene de Marisa que todavía permanecía aprisionado en su dispositivo de castidad.

Al poco tiempo Marisa experimentó su primer orgasmo anal (aunque suponía que no sería el último) y comenzó a eyacular. Era increíble la cantidad que estaba saliendo; parecía que no terminaba nunca: un chorro después de otro salía del orificio del dispositivo al mismo ritmo que los embates de su señora en su cola.

Cuando finalmente terminó y ya no salía más, ambas se sentaron en el sillón una al lado de la otra completamente exhaustas, mientras alcanzándome otro preservativo Ana me dice:

—Ahora te toca a vos.

Sabiendo lo que tenía que hacer, primero intenté colocar el preservativo con mis labios y luego me coloqué en la misma posición que mi amiga. Siento entonces que retiran el plug y luego lubrican un poco más mi cola; luego, una presión de un objeto más contundente intentando entrar.

No puedo describir el placer que sentí al ser penetrado y al mismo tiempo sentir los pechos de mi señora sobre mi espalda.

—Recuerda avisar antes de terminar —me dijo Ana.

—Ya casi estoy, no puedo aguantar mucho más —fue mi única respuesta entre jadeos.

Marisa entonces se arrodilla a mis pies y coloca la copa junto al orificio de salida de mi dispositivo de castidad. Casi en ese mismo momento el más intenso orgasmo que sentí en mi vida recorre mi cuerpo y comienzo a eyacular copiosamente: una y otra vez sale un chorro detrás de otro hasta que finalmente, agotada, no puedo más y veo con sorpresa que había llenado casi un cuarto de copa.

—Bueno, esto merece un brindis —dice Matilde mientras le alcanza a Ana una copa de champán. Marisa me alcanza la copa donde yo había eyaculado y en ese momento brindamos todas y por supuesto saboreamos nuestro propio orgasmo.

—¿Siguen pensando que lo mejor era seguir adelante o se arrepienten? —preguntó Ana.

—No sé, Marisa —respondí yo—, pero hoy mi señora me ha otorgado el mejor orgasmo de mi vida.

—No me arrepiento para nada —agregó Marisa—, aunque reconozco que es una experiencia bastante bizarra, no la cambiaría por nada del mundo.

Después de despedirnos de nuestros invitados fuimos a dormir y como de costumbre volvió a colocarme los auriculares. La única diferencia fue que ahora no solo dormiría con el dispositivo de castidad, sino también con el plug anal puesto.

Por la mañana al despertarme fui hasta el baño, me higienicé y luego volví a colocar el plug en su lugar. Debo reconocer que al hacerlo sentí una sensación de placer que de no ser por el dispositivo de castidad hubiese terminado masturbándome.

Como tenía que ordenar el departamento luego de los eventos del día anterior volví a adoptar la personalidad de Samanta: me vestí así con el corset, las prótesis mamarias, medias de nylon, maquillaje, peluca y finalmente el guardapolvo de mucama azul que había estado utilizando durante la semana.

Al finalizar la limpieza preparé el desayuno para Ana y fui a llevárselo a la cama.

—Buenos días, señora. Le he traído su desayuno.

—Qué amable que eres, Samanta, pero ahora necesito otra cosa.

Al decir esto dejó correr la ropa de cama y fue entonces que me di cuenta de que ya estaba despierta hacía un tiempo y que mientras yo ordenaba el departamento ella se había colocado nuevamente el arnés.

—Ven aquí, ya sabes lo que tienes que hacer.

Me incliné sobre la cama y siguiendo sus instrucciones comencé a besar el falo artificial e introducirlo dentro de mi boca —quizá con un poco de mejor suerte que el día anterior.

—Muy bien, la práctica hace a la perfección —me dice—. Vas a ver que dentro de poco podrás tragarlo completo. Ahora muéstrame esa hermosa cola.

Liberé los botones del guardapolvo, retiré el plug (no sin cierta tristeza) y procedí a montarme a horcajadas sobre ella penetrándome a mí misma. Comencé entonces a cabalgar esa hermosa prótesis que tenía, sintiendo cómo el orgasmo crecía dentro mío hasta que finalmente eyaculé sobre sus pechos.

—Bésame los pechos, que quiero verte tomar tu leche.

Obviamente no tuvo que pedírmelo dos veces y comencé a besarla; mientras tanto ella retiró el arnés y me ofreció tanto sus genitales como su ano para que los besara.

Luego de varios orgasmos y cuando se disponía a tomar su desayuno le pregunto:

—¿Puedo retirarme, señora? ¿Necesita alguna cosa?

—Está bien, puedes irte. Y toma el día libre.

Me cambié nuevamente, tomé una ducha y adopté una vez más mi alter ego de Enrique.

El resto del día transcurrió como el de cualquier otro matrimonio tradicional: charlamos, salimos a pasear y tomar algo, fuimos al cine y finalmente por la tarde volvimos a nuestro departamento.

Al irnos a dormir —por supuesto yo con el plug anal puesto, ya que ella decía que debía continuar entrenando mi cola— me puso una vez más los auriculares, mencionando como al pasar que ahora iniciaríamos una nueva etapa.

Semana 6:

Obviamente ahora estaba sometido a una nueva serie de audios durante la noche, ya que mis sueños estuvieron plagados de imágenes de crossdressers y travestis chupando penes de distintos tamaños y formas.

Como ya es costumbre me desperté excitado y sin ninguna oportunidad de descargarme. Intenté incluso jugar un poco con el plug anal, introduciéndolo y sacándolo, tratando de repetir la experiencia del sábado anterior y obtener así un orgasmo anal, pero sin ningún éxito.

No tuve más alternativa entonces que cambiarme, ir hasta la empresa como todos los días y luego repetir la rutina de las semanas anteriores: llegar temprano a nuestro departamento, transformarme en Samanta, sentarme durante dos horas y mirar los videos que Ana había dejado programados para mí, luego limpiar y ordenar y finalmente preparar la cena.

Cuando estaba casi lista oí que Ana llega de su trabajo.

—Samanta, ¿estás en la cocina?

—Sí, señora, estoy terminando con la cena y ya me retiro.

—Todavía no. Espera un momento que voy a cambiarme.

—Sí, señora, como usted diga.

En poco tiempo ingresó a la cocina. Estaba vestida con una blusa blanca, una falda azul, medias de color natural y zapatos azules con un taco de cinco centímetros.

Siento que se acerca por detrás y luego de tomarme de los pechos me dice:

—Tengo muchas ganas de estar con vos antes de que llegue mi marido.

—Por favor, señora, no me comprometa.

—Vamos, si sabemos que te gusta.

—Por favor, señora, voy a reclamarle a su marido.

—No te hagas rogar. ¿Cuántas veces lo hicimos? ¿No me vas a dar esa colita hermosa?

En ese momento me abraza más fuerte, se apoya en mi espalda y además de sentir sus pechos sentí en mis nalgas la presión de algo duro. Ahí me di cuenta de que el «cambiarse» se refería a ponerse el arnés por debajo de su falda antes de venir a verme.

—Ay, señora, no me haga esto.

—No te hagas rogar —me dice mientras levanta su falda y exhibe el pene artificial.

—Vení, dale un besito a tu amigo.

Casi instintivamente me arrodillo y comienzo a besar y chupar el consolador. Ella toma mi cabeza con ambas manos y me dice:

—A ver cómo te lo tragás todo. Enderezá la garganta para que pase y te pueda coger la boca.

Trato de seguir sus instrucciones reteniendo una arcada al sentir que la punta llega a mi garganta y ayudada por la presión de sus manos finalmente puedo tragar todo su pene y meterlo por completo dentro de mi boca.

—Muy bien, qué hermosa putita cómo se lo come todo.

—Ahora date vuelta que te voy a coger.

Me inclino sobre la mesada de la cocina, siento como ella levanta mi guardapolvo exponiendo mi cola, retira el plug de dentro mío y lo coloca sobre la mesada.

—Ya está lubricado con tu saliva —me dice—. Aquí vamos.

Siento como me penetra de un solo envión y como los testículos artificiales rozan mis nalgas al mismo tiempo que ella comienza con un vaivén entrando y saliendo de mi cola.

Comenzamos a gemir juntas y luego de poco tiempo una vez más tengo otro orgasmo anal, vertiendo todo mi semen sobre la mesada de la cocina.

—A ver cómo limpiás la mesada.

Mientras ella sigue cogiéndome buscando alcanzar su propio orgasmo, yo simplemente me limito a lamer la mesada bebiendo todo mi orgasmo.

Una vez que terminó se retiró de dentro mío y me dice:

—Yo voy a cambiarme. Arreglate un poco antes de que venga mi marido y luego podés irte.

Fui hasta el cuarto que hasta hace poco teníamos libre y allí volví a mi alter ego de Enrique. Me dirigí a la sala de estar y la encontré arreglando la mesa.

—Samanta ya dejó la comida lista. Ayudame a preparar la mesa así cenamos.

La sensación era al mismo tiempo increíble y bizarra: los dos actuábamos como si Samanta y Enrique fuésemos dos personas distintas e incluso que las actividades de Samanta y Ana debían permanecer ocultas. Esto, por muy extraño que parezca, añadía un morbo y una excitación adicional a toda la escena.

El resto de la semana transcurrió de forma más o menos similar: ella llegaba, «abusaba» de mí —algunas veces seduciéndome, otras amenazándome con que perdería el trabajo— y luego de la escena Samanta daba paso a Enrique.

Sí hubo algunas ligeras modificaciones que me mostraron que tanto ella como yo estábamos completamente embarcados en esta nueva aventura. El cuarto que habíamos designado como «el cuarto de Samanta» —que hasta este momento estaba amueblado únicamente con un televisor donde veía los videos, una mesa, un espejo y una silla donde me maquillaba y el armario que contaba solo con tres pares de zapatos, un corset, algunas medias, el guardapolvo y el vestido de mucama francesa— ahora comenzó poco a poco a plagarse de todo tipo de objetos.

En primer lugar se agregaron varios estantes que fueron durante la semana acogiendo diversos juguetes sexuales, especialmente plugs anales y consoladores.

Los plugs variaban de aquellos extremadamente largos y delgados —especialmente uno de cerca de 45 centímetros de largo, muy angosto en uno de sus extremos que aumentaba su diámetro hasta llegar casi a los cinco centímetros de circunferencia en su base—, otros llamados «joyas anales» de metal y que en su base tenían un cristal de color simulando una joya que era lo único visible al tenerlo puesto, otros inflables (que debo confesar que al usarlos me hicieron llorar de placer al estimular mi próstata).

Por otra parte también comenzaron a aparecer consoladores de distintos tamaños y formas: desde aquel delgado (dos centímetros de circunferencia) pero muy largo —casi treinta centímetros— hasta otros que realmente por sus dimensiones no me atrevía a probar; todos ellos adaptados para ser colocados en el arnés.

Al mismo tiempo había otros consoladores con una base de succión, también de diferentes tamaños y formas (incluso uno llamado «Alien» que simulaba la forma imaginaria de un pene extraterrestre) que contaban en su mayoría con una base de succión que debía colocar en la silla y sentarme sobre ellos mientras miraba los videos instructivos.

La ropa también sufrió un cambio: en el armario comenzaron a aparecer vestidos de distinto tipo —formales, informales, conjuntos de blusas y faldas—, medias de nylon y pantimedias de distintos colores y texturas, zapatos de varios colores con tacos desde los cinco centímetros hasta algunos de casi diez centímetros de altura, etc.

Cuando le pregunté en algún momento cómo pagaríamos todo lo que estaba comprando me dijo:

—No tienes de qué preocuparte. Algunas cosas son de segunda selección, otras son de ferias americanas (es decir, usadas pero en buenas condiciones). Además estoy pensando en ofrecer los servicios de Samanta por horas para que atienda en otros departamentos. Solo me falta encontrar los clientes adecuados.

—¿Vender los servicios de Samanta?

—Claro, ¿por qué no? Es excelente limpiando, cocinando y además podemos obtener una tarifa extra por otros servicios tanto a hombres como a mujeres.

—No sé, me parece muy arriesgado. Además me moriría de vergüenza al pasearme por el edificio.

—Confía en mí: la clientela será muy selecta y estoy segura de que estarán más que encantados de tener a Samanta y Marisa a su servicio.

Así que no sería yo solo. Una vez más habíamos caído en las redes de Ana y Matilde. Sin necesidad de aclaración alguna ya sabía que no tendríamos escapatoria.

Así transcurrió la semana hasta que llegamos al sábado. Por la noche seríamos nosotros quienes iríamos a cenar al departamento de nuestros amigos (ya que rotábamos cada semana). Así que al levantarme, como de costumbre, me maquillé, vestí como corresponde y me dediqué durante el día a limpiar la casa, lavar la ropa, etc.

Por la tarde, habiendo finalizado mis tareas, me dirigí a la señora y le anuncié:

—Señora Ana, ya he terminado con mis tareas. ¿Puedo retirarme?

—Hoy no, Samanta. Ve a bañarte y luego ponte la ropa que he dejado en la habitación para que uses hoy a la noche.

—Pero señora, no puedo salir así vestida. ¿Qué dirán los vecinos?

—Los vecinos no tendrán nada que decir: solo verán a una mujer atractiva. Además, con Matilde hemos decidido que hoy será una cena solo de mujeres.

Resignada y sin poder realizar ninguna objeción fui a tomar un baño y luego al salir veo la ropa que habían dejado preparada para mí. Se trataba de un vestido negro de mangas largas con escote cuadrado; la falda era tipo tubo (o lápiz si prefieres), apenas cinco centímetros por encima de mis rodillas, medias de nylon color natural, zapatos negros con un taco de cinco centímetros y por supuesto el infaltable corset.

Junto a la ropa había además una serie de accesorios: aros, un collar, pulseras e incluso un reloj.

Procedí a maquillarme de acuerdo a la ropa que debería usar: tonos oscuros, sombras en los ojos, labios rojos acorde con el color de mis uñas y por supuesto la infaltable peluca negra.

Al ir al encuentro de Ana veo que ella tiene un vestido exactamente igual al mío salvo que era de color rojo. Le digo:

—Ya estoy lista, señora.

—Estás hermosa. Si no fuera que nos están esperando te penetraba ahora mismo. Además ya estás fuera de tu horario laboral: por hoy seremos dos amigas y no es necesario que me digas señora; Ana será suficiente.

—Muy bien, Ana. Confieso que estoy nerviosa, pero vamos de una vez.

—Perfecto. Aquí tienes por si precisas algo —me dice mientras me alcanza un bolso femenino conteniendo algunos artículos de maquillaje y un par de preservativos (que de manera indudable me anunciaron cómo terminaría la cena).

Tomamos el ascensor hasta el departamento de nuestros amigos y al abrir la puerta me encuentro con Marisa. Tenía puesto un vestido de color verde pálido con un estilo que me hacía recordar la moda de los años cincuenta: una falda amplia justo a la altura de las rodillas y muy ajustado en el torso, marcando (y mucho) su generoso busto.

Nos saludamos con un beso en la mejilla y lo mismo Ana. Al entrar al departamento nos encontramos con Matilde que tenía un vestido igual al de Marisa pero esta vez de color azul.

Pasamos a la sala, nos sentamos a tomar unas copas de vino mientras charlábamos como si fuese lo más natural del mundo, de una forma distendida como si realmente fuese un encuentro entre viejas amigas.

Hablamos de maquillaje, de moda, algunos comentarios sobre cine, etc. Finalmente pasamos al comedor donde tomamos la cena.

Aquí el tono de la conversación cambió un poco ya que Ana y Matilde comenzaron hablando de lo positivo que era cenar solas sin que sus maridos bromearan sobre lo ingenua que era la conversación de las mujeres.

En algún momento Ana pregunta:

—¿Qué opinas, Samanta? ¿Prefieres una cena como esta solo de mujeres o la versión anterior?

—Tengo que reconocer que es agradable y distendida.

—¿Y Marisa qué opina? —preguntó Ana.

—La verdad me gusta. Ha sido una experiencia muy placentera para mí. Además este vestido me enloquece; hasta me tienta la idea de ir a hacer las compras con él.

—Si haces eso prepárate para que te acosen en la calle —le respondió Matilde.

—Tengan cuidado: puede hacerse realidad antes de lo que esperan —acotó Ana de una forma que me hizo preguntarme a qué se refería.

—¿Por qué no continuamos en la sala? —preguntó Marisa—. Como anfitrionas, con Matilde hemos preparado una actividad sorpresa que estoy segura les encantará.

Intrigadas sobre cuál sería la actividad que tenían preparada —que indudablemente nos incluía tanto a Ana como a mí— nos dirigimos a la sala donde nos sentamos una junto a la otra en uno de los sillones.

—Bueno, ¿qué tendremos que hacer? —pregunté.

—Para vos, nada nuevo —me respondió Matilde— y para Ana algo que sé que está fantaseando hace tiempo —dijo Matilde.

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