Asiática madura

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La televisión proyectaba imágenes en la oscuridad de la habitación. Fuera, a través de la ventana, la fría tarde invernal dibujaba un cielo lleno de nubes negras sobre edificios de ladrillos rojos, mientras un par de chimeneas escupían humo gris.

Se estaba muy bien al lado del radiador. Mi mente se distraía con frecuencia y hace tiempo que había perdido el argumento de la serie. Mis pensamientos lejos, en Japón, en una habitación de hotel en Hiroshima. Allí, aquella noche, a través del ventanal, se veían luces, un puente, lluvia, muchos paraguas y algún valiente en bicicleta.

Me había puesto una yukata, una bata japonesa ligera. Sobre la mesa, al lado del televisor, un panfleto con servicios para adultos. Pase las hojas llenas de mujeres vestidas con trajes de colegiala, coletas, faldas cortas de cuadros y pechos desnudos, tetas pequeñas y traviesas en unos casos y grandes con oscuros pezones en otros. Ligeros, braguitas rojas y negras de encaje y muchas promesas.

Sin embargo yo tenía compañía, una mujer madura, japonesa, media melena que no pasaba de los hombros, ojos negros, cabello del mismo color y tez blanca en la que no había ni una arruga.

La única pega era que esa compañía estaba en otra habitación.

Habitaciones separadas debido a mi incapacidad para comprender la naturaleza humana. Sí, era o soy, tan respetuoso, tan virtuoso, tan cobarde, que cualquiera podría pensar que soy totalmente ajeno a la sexualidad. Un virgen demasiado adulto para serlo.

Y es todo lo contrario en mi mente. Una mente sucia, una mente que se regodea no solo observando los órganos sexuales que recoge un lienzo o una imagen, si no que necesita más. Un trasero glotón que engulle bragas con olor a pedo. Una vagina pegajosa, llena de pelos negros, con los labios henchidos. Unos pechos generosos con pezones oscuros y húmedos después de que un baboso los haya repasado con su lengua. Y sí, también la boca, el beso con lengua, el chupeteo de un dedo que ha visitado el ano. Una boca que no puede contener la saliva cuando se deleita con el sabor de un miembro enorme al que ha probado como se prueba un polo en verano.

Sin embargo, mi compañera madura, apenas tiene tetas. Tiene culo y tiene, ¿belleza? No, no es belleza, es la forma en que viste, la manera en la que se mueve, el timbre de su voz. La imagino valiente y quiero protegerla y castigarla a un tiempo. La imagino retorciéndose mientras azotan con un grueso látigo su espalda. La azotan, sí, pero el cuero muerde su espalda una o dos veces, no más, justo el tiempo que tardo en rescatarla, en consolarla besando y bebiendo sus lágrimas.

Alguien ha tocado la puerta de la habitación de mi hotel, me levanto, abro, es ella. Me saluda. Trae una yukata como la mía puesta y un plano, un mapa de papel.

—Vengo a planificar lo que haremos mañana.

La habitación solo tiene una silla, se sienta en la cama y empieza a hablar sobre la ciudad. La observo. Creo que ella también me mira de manera especial.

Deja de hablar.

—Oye, no te entiendo. ¿No te gusta mi compañía? — me reprocha de repente.

No se que decir, me disculpo, le digo que no entiendo.

Ella se levanta, me da la espalda y se incorpora de rodillas sobre la cama. Su yukata se tensa a la altura de su trasero. Solo tengo ojos para sus posaderas. Finalmente se da la vuelta y se tumba boca arriba sobre mi cama.

Me acerco, me tumbo a su lado y pregunto sin mirarla.

—¿Qué haces?

No responde, pero busca mi mano con su mano. El tacto una corriente eléctrica que recorre mi cuerpo. No sabía que las manos fuesen zonas erógenas, no sabía que el simple contacto con su piel activase el deseo en mí de aquella manera.

Pero soy un cobarde, no me muevo, la realidad me da miedo. ¿Miedo a qué, al rechazo?

Y entonces, sin previo aviso, se da la vuelta. Su cuerpo sobre el mio, sus labios en mi boca.

Me besa.

Y yo respondo al beso. Y con mi mano le acaricio la mejilla. Tan suave.

Abro mi boca y exploro la suya con mi lengua. El sabor es adictivo.

Tras unos segundos, eternos, se deja caer sobre la cama. Mi corazón late con fuerza y mi pene, crecido bajo los pantalones, palpita.

Ella lo mira o eso creo.

Mis mejillas se tiñen de rubor, de vergüenza. ¿Qué pensará de mí? ¿Qué pensará de un tipo que se empalma con un simple beso?

Aquella noche no dio para más. Ella volvió a su habitación y yo permanecí en la mía.

Por primera vez en mucho tiempo no necesité recurrir a ver videos guarros para masturbarme. En mi mente su cuerpo, el recuerdo de su tacto. Algo me decía que, roto el hielo, aquello iría muy rápido. Tenía una ventaja, la paciencia.

Para mí todo era nuevo.

Quería explorar sus orejas introduciendo la punta de la lengua en su oído. Quería besar su cuello. Quería sobar sus nalgas y quería, antes de nada, tocarle las tetas. Tantas cosas por descubrir, tantos pasos, tanto tiempo.

Al día siguiente, tras visitar la ciudad. Nos quedamos en mi habitación. Y sí, exploré su cuerpo y, a tenor de sus palabras, de sus sonidos y del grado de humedad que pude notar cuando deslicé la mano bajo sus bragas, la experiencia le gustó demasiado.

— No eres como los otros. — me dijo

— ¿A qué te refieres? — le pregunté

— Otros solo piensan en meterla.

— Yo también. — confesé

Ella sonrió.

Y prometió que antes de que terminara la semana cabalgaríamos juntos.

Cumplió su promesa.

Con creces.

Fin

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