Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos o lugares es pura coincidencia. El contenido es explícito y está destinado únicamente a público adulto.
Era jueves por la tarde, agosto, poco después de las 4:45 pm. El sol ya declinaba, pero el calor pegajoso seguía adherido a mi piel como una segunda capa húmeda, y el cielo ostentaba ese tono plomizo y pesado tan característico de la ciudad. Acababa de salir de la Dependencia Gubernamental, donde me desempeñaba como coordinadora de proyectos. El día había sido interminable: juntas que se estiraban sin fin, reportes que se acumulaban y el aire reciclado de la oficina secándome la garganta.
Mi Mor estaba en viaje de negocios a la Capital —otro más, con reuniones que lo mantenían volando cada dos o tres semanas—, y las bendiciones se quedarían con la niñera hasta las ocho de la noche. La oficina se había vaciado rápidamente; yo me quedé terminando un oficio hasta que ya no pude más. Necesitaba un respiro, un momento para mí, antes de volver a casa y ponerme el modo mamá.
Decidí desviarme a la zona comercial, que quedaba a unos quince minutos. “Solo miro vitrinas, quizás un café y me voy”, me dije mientras retocaba mi labial en el espejo del visor de la SUV. El interior olía a vainilla dulce, ese aroma que siempre me calma cuando los nervios me traicionan. Mi cabello, lacio y oscuro, caía sobre mis hombros, enmarcando mi rostro con un maquillaje impecable: cejas marcadas, ojos ahumados sutiles y labios carnosos pintados de un rojo intenso que resaltaba mi piel morena radiante. Mis aretes, unos llamativos diseños en color naranja, se balanceaban suavemente con cada movimiento de mi cabeza.
Me había vestido con el atuendo formal de siempre, pero con mi toque personal: una blusa negra de tela ligera, ajustada, que envolvía mis pechos, aún firmes gracias a pilates y a una genética envidiable. El escote en V, con un detalle circular que unía la tela justo en el centro, insinuaba la plenitud de mi busto sin revelar demasiado. Un pantalón ceñido, de un tono rojizo oscuro, abrazaba mis caderas, glúteos y muslos, delineando mis curvas de forma elegante y sin caer en lo indecente para el código de vestimenta pública.
Llevaba tacones, y mi bolso de cuero negro colgaba del hombro, conteniendo lo esencial: mi credencial oficial con foto y cargo, la cartera con fotos de las bendiciones y Mi Mor, mi celular con un fondo familiar, la agenda llena de pendientes (“cita pediatra bendiciones”, “Mi Mor avión viernes”), y un frasquito de Chanel No. 5.
Conduje con el aire acondicionado a tope y la música suave de Natalia Lafourcade sonando bajito, “Hasta la raíz” envolviéndome como un abrazo cálido. El tráfico ya empezaba a ser ligero en la hora pico, pero llegué rápido al Mall. Al entrar, el cambio fue inmediato: el aire helado me envolvió como una caricia fría, cargado con esa mezcla perfecta de café gourmet, pan recién horneado de la panadería francesa y el aroma floral sutil de las boutiques de belleza. Las luces LED blancas iluminaban los pasillos de mármol pulido, reflejándose en mis tacones y en las vitrinas donde las dependientas de piel impecable sonreían con dientes perfectos. La gente de esa hora: ejecutivos saliendo de oficinas cercanas, mujeres con bolsas de diseñador, algún adolescente con uniforme de colegio privado.
Caminé despacio por el pasillo principal, mi bolso tote balanceándose contra mi cadera, disfrutando el contraste con la oficina gris que acababa de dejar atrás. Me sentía viva de nuevo: la blusa y el pantalón ceñidos a mi cuerpo se movían con cada paso, abrazando mis curvas de forma sutil pero innegable. Pensé en Mi Mor llegando del aeropuerto, en cómo me abrazaría fuerte oliendo a avión y colonia cara, diciendo “te extrañé, mi amor”. Las bendiciones estarían cenando pronto; tenía que volver antes de que preguntaran por mamá.
Pasé por la fuente central, el agua cayendo suavemente, niños corriendo alrededor. Entonces los vi: dos guardias de seguridad patrullando el pasillo. El hombre robusto, con su uniforme estándar, barriga prominente, piel grasosa y brillante de sudor incluso con el aire acondicionado. Caminaba con pasos pesados, sus ojos pequeños y vidriosos recorriendo a la gente —y cuando me vio, su mirada se detuvo demasiado tiempo en mi escote y mis caderas, una sonrisa torcida que olía a lujuria morbosa. Me dio asco instantáneo; el estómago se me revolvió. Su aura era desagradable, pervertida, como si ya estuviera imaginando cosas sucias.
Pero junto a él estaba ella. Alta, de piel morena radiante, ojos almendrados profundos, labios carnosos y un peinado en cola alta impecable. Su presencia contrastaba brutalmente con la de él: serena, controlada, profesional. Caminaba con pasos firmes pero elegantes, sus calzados tácticos apenas haciendo ruido, un perfume sutil llegando hasta mí cuando pasaron cerca. Nuestros ojos se cruzaron un segundo; ella inclinó la cabeza ligeramente, como evaluándome, pero sin la repulsión de su compañero. Sentí un alivio extraño. Seguí caminando, acelerando un poco el paso.
Me detuve en la perfumería, mi rincón favorito para desconectar. Probé Creed Aventus for Her —jazmín, vainilla, un cítrico fresco que me recordó noches con Mi Mor en restaurantes. Pensé en comprarlo para cuando regresara, para que me oliera al abrazarme en el aeropuerto. Mientras rociaba la muestra en mi muñeca, dejando un rastro húmedo y brillante en mi piel, una pareja pasó rozándome el brazo con fuerza. Él con camisa polo, ella con un vestido ajustado y un bolso. Sentí un movimiento rápido en mi bolso tote. No le di importancia. Seguí oliendo muestras, dejando que el aroma me calmara.
Terminé mi recorrido, caminé hacia la salida, mis tacones resonando suavemente en el mármol, el bolso balanceándose contra mi cadera. Entonces la alarma chilló, aguda y acusadora, como un grito que me heló la sangre. Los mismos dos guardias aparecieron en segundos. El hombre robusto, ahora con esa sonrisa torcida más evidente, sus ojos vidriosos fijos en mí. Pero ella… Alexandra… se adelantó un paso, su presencia calmada cortando la tensión.
Guardia hombre (con voz ronca y mirada fija): “Señora, síganos. Rutina de seguridad.”
Mi pulso se disparó como un tambor desbocado en el pecho. “¿Qué pasa? No he tomado nada”, dije, la voz saliendo más aguda de lo que pretendía, casi un chillido que se perdió entre el rumor del mall. Los vellos de mi nuca se erizaron de golpe, un escalofrío eléctrico bajando por la espalda y haciendo que la blusa negra se pegara más a mi piel sudorosa. Sentí gotas frías formarse en la base del cuello y deslizarse lentas por la columna, humedeciendo la tela y dejando un rastro helado que contrastaba con el calor que subía por mis mejillas.
Esto no puede estar pasando. No a mí. Soy una mujer que nunca ha robado ni un caramelo. No toqué nada. Solo miré, probé perfumes, caminé. ¿El roce de esa pareja… fue eso? Tiene que ser un error. Las cámaras lo mostrarán. Mi mente repetía la frase como un mantra desesperado: “No lo hice. No lo hice. No lo hice”. Pero la alarma seguía chillando en mis oídos, aguda y acusadora, como si el mall entero me estuviera señalando con el dedo, como si cada vitrina, cada dependienta, cada comprador me mirara y supiera que algo estaba mal.
La vergüenza empezó a quemar antes de que siquiera me tocaran: ¿y si me registran aquí mismo, delante de todos? ¿Y si alguien me reconoce? ¿Y si esto llega a la escuela de las bendiciones, al WhatsApp de las mamás, al trabajo mañana? Mis manos temblaron, las rodillas se me aflojaron, la garganta seca como papel de lija. Quería gritar “¡Es un error!”, pero solo salió un susurro roto: “Por favor… no hagan escándalo… por mis bendiciones…”
El guardia hombre me miró con esa sonrisa torcida que me revolvió el estómago otra vez. Sus ojos vidriosos bajaron a mi escote, luego a mis caderas ceñidas por el pantalón, y sentí náuseas subir por la garganta. “Por favor…”, empecé a decir, pero las palabras se atoraron. La guardia mujer se adelantó un paso, su presencia alta y serena cortando la tensión como un cuchillo frío.
Guardia mujer (con voz calmada, pero firme): “Rutina de seguridad, señora. Síganos sin hacer escena. Es mejor para todos.”
Me llevaron por el pasillo lateral, pasando justo por la fuente central donde los niños seguían jugando, riendo y salpicando agua como si nada estuviera pasando. Una niña de trenzas corrió frente a mí persiguiendo una moneda que había lanzado al agua; su risa inocente me golpeó como un puñetazo. Pensé en mis bendiciones: ¿qué diría la mayor si viera a mamá siendo llevada así, escoltada por guardias? ¿Y la pequeña? “¿Por qué mamá no llega a la cena?”. Lágrimas calientes picaron en mis ojos, pero las contuve. No aquí. No delante de ellos.
La vergüenza me abrasaba: cada paso resonaba en mis tacones, tac-tac-tac, como un reloj contando los segundos hasta la humillación total. Sentía las miradas de la gente: una mujer con bolsa Hermès levantó una ceja, un ejecutivo en polo Ralph Lauren apartó la vista rápido, como si yo fuera algo sucio. El sudor frío ahora corría por mi espalda, empapando la blusa hasta que el encaje del sostén se pegaba sutilmente a mi piel. Mis pechos subían y bajaban con respiraciones cortas y nerviosas, bamboleándose ligeramente bajo la tela húmeda.
El pantalón ceñido se pegaba más a mis muslos por el sudor, marcando cada curva, y sentía mis labios de la panocha hinchados rozando la tanga húmeda con cada paso. Los nervios me hacían temblar las manos, las rodillas flojas, la garganta seca como papel de lija. Quería gritar “¡No soy una ladrona!”, pero solo salió un susurro roto: “Por favor… no hagan escándalo…”
El pasillo lateral era más estrecho, las luces LED menos brillantes, el bullicio del mall quedando atrás. Pasamos por una puerta de empleados entreabierta, de donde emanaba un olor a panadería industrial y detergente. La guardia mujer caminaba delante, su postura recta y controlada, su perfume floral sutil llegando hasta mí como un contraste cruel con el desinfectante del pasillo. El guardia hombre detrás, su respiración pesada y su olor a sudor barato envolviéndome. Sentí su mirada clavada en mi trasero, y un nuevo escalofrío de asco me recorrió.
Llegamos a la puerta de la oficina de seguridad. Ella la abrió con una llave magnética. El clic electrónico fue seguido por un soplo de aire más frío y estancado que el del mall. La guardia mujer (girándose hacia mí, con voz baja pero autoritaria): “Entre. Y cierre la puerta detrás de usted.”
Pensé: “Dios, que sea rápido. Que no llame a nadie. Que no llegue a las noticias. Que Mi Mor nunca se entere. Que las bendiciones no pregunten por qué mamá llegó tarde y con los ojos rojos.”
Entré temblando. El clic de la puerta se cerró detrás de mí con un sonido pesado, aislándome del bullicio lejano de la fuente y los niños. El guardia hombre se quedó afuera; escuché su respiración pesada un segundo antes de que la puerta sellara el espacio, pero su presencia seguía allí, acechando. Solo estábamos la mujer y yo….
El cuartito era aún más opresivo de lo que imaginaba: paredes grises con marcas de manos y parches de pintura descascarada, un techo bajo con paneles fluorescentes blancos fríos que zumbaban como un enjambre invisible. La luz dura proyectaba sombras marcadas en cada rincón, resaltando el polvo flotante y haciendo que mi piel pareciera más pálida por el sudor frío. Un escritorio metálico rayado al centro, cubierto de papeles desordenados (hojas de turnos impresas, un radio comunicador con luz verde intermitente, una taza de café con borde marrón y olor rancio), cajones entreabiertos dejando ver llaves y cables.
Una silla de cuero sintético negro chirriante y hundida por el uso, una estantería metálica detrás con carpetas polvorientas y un monitor pequeño mostrando un mosaico de cámaras del mall —pasillos llenos de gente ajena a mi pesadilla—. En la esquina alta, la cámara de seguridad con su luz roja parpadeante me miraba fijamente, su lente oscura como un ojo inmóvil que grababa cada respiración mía.
El aire era pesado y reciclado: una mezcla de café viejo, desinfectante químico fuerte (casi cloro), y un leve olor a sudor acumulado de turnos largos. El zumbido del aire acondicionado era constante, como un latido frío que hacía erizar más los vellos de mis brazos. Ella se quedó de pie frente al escritorio, brazos cruzados bajo el pecho, el logo bordado del uniforme moviéndose ligeramente con su respiración calmada. Su perfume floral sutil (jazmín oscuro, pachulí, vainilla profunda) llegó hasta mí, un contraste cruel con el olor industrial del lugar.
La Guardia mujer (con voz grave, serena, sin prisa): “Vacíe el bolso en el escritorio, despacio. Quiero ver cada cosa.”
Mis manos temblaron al abrir el cierre. El bolso parecía más pesado de repente, como si supiera lo que venía. Lo incliné sobre la superficie metálica fría. Los objetos cayeron uno a uno con sonidos suaves y acusadores: mi cartera pequeña, el celular con el fondo de foto familiar (las bendiciones sonriendo en la playa), las llaves de casa con el llavero de corazón que Mi Mor me regaló, el frasquito de Chanel No. 5, mi agenda abierta en una página con anotaciones manuscritas (“cita pediatra bendiciones viernes 4 pm”, “Mi Mor avión CDMX jueves noche – te amo”), pañuelos, un espejo de mano…
Y entonces cayó él: el frasco de Creed Aventus for Her, su caja negra elegante, intacto y brillante bajo la luz fluorescente fría. Mi estómago dio un vuelco violento. Náuseas subieron por la garganta. El mundo se detuvo un segundo.
“No. No puede ser. Esto no está pasando. Ese frasco… lo probé en la muñeca hace minutos, pero no lo compré. No lo metí en mi bolso. Alguien… esa pareja que me rozó… ¿fue él? ¿O ella? Mi mente giró en espiral, No lo hice. No lo hice. Es un error. Alguien me lo plantó. Las cámaras lo mostrarán. No puede ser mío… no puede…”
Pero ahí estaba: negro, elegante, acusador sobre el escritorio metálico rayado. La luz fluorescente lo hacía brillar como evidencia irrefutable. Sentí las piernas flojas, las rodillas temblando bajo el pantalón ceñido. Sudor frío bajó por mi espalda otra vez, empapando más la blusa hasta que el encaje del sostén se transparentaba. Mis pechos subían y bajaban con respiraciones cortas y nerviosas, bamboleándose ligeramente. La panocha húmeda rozaba mis pliegues hinchados por nervios y tensión; un calor traicionero se acumulaba entre mis piernas pese al pánico.
A la vista de la guardia mujer. Mi vida personal expuesta sobre ese escritorio sucio: fotos de mis bendiciones, notas de amor a Mi Mor, mi agenda con horarios de madre trabajadora. Y ahora este frasco que gritaba “ladrona”. ¿Qué pensaría ella de mí? ¿Qué diría si esto llegaba a la prensa, al expediente laboral, a la escuela de las niñas? Lágrimas calientes picaron en los ojos, pero las contuve mordiendo el labio hasta sentir sabor metálico.
Yo (con voz quebrada, casi un susurro): “Esto… esto no es mío. Lo juro por mis bendiciones. Alguien me lo metió. Por favor… revise las cámaras. No soy una delincuente. Tengo… tengo una familia… un trabajo…”
Ella me miró con calma, sus ojos almendrados evaluándome sin juicio aparente, pero con esa autoridad serena que me hacía sentir aún más pequeña. No respondió de inmediato. Dejó que el silencio se llenara con el zumbido constante del aire acondicionado y el pitido lejano del radio afuera. El fluorescente frío proyectaba su sombra larga sobre el escritorio, y la luz roja de la cámara parpadeaba como un corazón mecánico.
La guardia mujer: “Las cámaras no muestran movimiento sospechoso cerca de usted, pero, entiendo tu pánico. Sé que eres madre. Sé que tienes un trabajo. Sé que un reporte así te destruiría la vida: expediente laboral manchado, jefe llamándote a cuentas, esposo preguntando, bendiciones oyendo rumores en la escuela. No quiero eso para ti.”
Hizo una pausa. Dio un paso lento hacia la cámara en la esquina alta. Estiró la mano y presionó un botón en la base del dispositivo. La luz roja parpadeó una vez más… y se apagó. El ojo inmóvil dejó de grabar.
La guardia mujer (volviéndose hacia mí, con voz más íntima, casi cómplice): “La cámara está apagada. Nadie verá esto. Nadie sabrá. Solo tú y yo. Lo hice por ti, porque te entiendo. Porque no quiero arruinarte la vida. Pero para que esto quede entre nosotras… tienes que confiar en mí completamente. Me llamo Alex y tienes que cooperar. Debo hacer un registro completo. Sin resistirte. Porque si dudas ahora… puedo volver a encenderla. O puedo abrir la puerta y dejar que mi compañero “El Cerdo” entre. Él no entiende como yo. Él no acepta un no, él no apagaría la cámara. Tú decides.”
La tensión en el pequeño cuarto de seguridad es casi insoportable, y la elección que haga cambiará todo. No te pierdas la siguiente parte para descubrirlo.
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