Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos o lugares es pura coincidencia. El contenido es explícito y está destinado únicamente a público adulto.
El shock fue como un latigazo emocional: vergüenza abrasadora mezclada con un deseo prohibido que me quemó entera. Sentí mis mejillas arder más fuerte, lágrimas nuevas picando en los ojos, pero al mismo tiempo mi panocha latió con fuerza, un nuevo chorro de jugos calientes bajando por mis muslos temblorosos. Mis rodillas flojearon, mis glúteos contrayéndose involuntariamente, mis pechos bamboleando con cada jadeo corto y entrecortado.
Pensé lento, capa por capa: “Es tan femenina… voz grave pero suave, mirada que me controla, cuerpo que me envuelve… y ahora esto. Su verga dura presionando el aire entre nosotras, caliente y venosa, latiendo al ritmo de su corazón. No me molesta… me calienta. Me calienta mucho. La humillación de estar aquí desnuda, acusada, expuesta… y ahora descubrir esto. Quiero tocarla. Quiero sentirla. Quiero que me domine con todo lo que tiene.”
Mi voz salió temblorosa, casi un susurro roto:
Yo: “Tú… tienes…”
Alex no se movió de inmediato. Mantuvo la distancia un segundo más, dejando que yo absorbiera la visión completa de su cuerpo desnudo: senos firmes, caderas anchas y verga erecta. Luego dio un paso final, sus cuerpos casi tocándose, su calor irradiando contra mi piel fría y erizada.
Alex (con voz ronca, sus labios rozando mi oreja, su aliento cálido y mentolado): “Sí, … soy trans. Tengo todo lo que una mujer tiene… y algo más. ¿Te molesta?”
Hizo una pausa larga, dejando que el silencio se llenara con mi respiración agitada, el zumbido del A/C y el latido visible de su verga contra mi abdomen. Su mano derecha subió despacio por mi espalda, sus dedos trazando la columna vertebral hasta llegar a mi nuca, recogiendo un mechón de mi cabello y enrollándolo entre sus dedos con calma posesiva.
Yo (con voz entrecortada, un gemido suave al final): “No… no me molesta… por favor… sigue… quiero… lo quiero.”
Alex sonrió contra mi oreja, un gesto que sentí más que vi: sus labios curvándose, un suspiro grave saliendo de su garganta. Su mano izquierda bajó a mi cadera, su pulgar hundido en la carne blanda, manteniéndome en posición. Su verga pulsó una vez más contra mi vientre, un movimiento sutil pero deliberado, como si quisiera recordarme su presencia.
Alex (con un susurro ronco, casi un ronroneo): “Buena chica… entonces vamos a disfrutarnos como se debe.”
Quedó desnuda frente a mí: piel morena radiante, curvas femeninas perfectas (senos, cintura, caderas, glúteos), verga dura latiendo y goteando. El contraste era hipnótico y abrumador: feminidad curvilínea y suave + masculinidad pulsante y dominante, todo en un solo cuerpo que me tenía temblando de deseo y vergüenza.
Alex extendió la mano, sus uñas rojo oscuro rozando mi mejilla, bajando por mi cuello hasta detenerse en uno de mis pezones endurecidos, pellizcándolo suave pero firme.
Alex (con un susurro ronco): “Ven aquí, buena chica… ahora sí empezamos de verdad.”
Me acercó a ella, nuestros cuerpos desnudos chocando: mis senos contra los suyos, nuestros pezones rozándose duros, su verga caliente latiendo contra mi abdomen, su clítoris rozando mi monte de Venus depilado. Gemimos al unísono, un sonido femenino y ronco que llenó el cuartito gris.
Pensé: “Dios… su cuerpo contra el mío… senos suaves y firmes, verga dura goteando por mis pliegues hinchados de la panocha. La vergüenza me quemó la cara: expuesta como una delincuente, mi panocha depilada abierta y latiendo, mi clítoris rosado prominente bajo su mirada.”
Alex se posicionó entre mis piernas, su cuerpo desnudo dominando la vista: sus senos firmes subiendo y bajando con respiración pesada, sus pezones oscuros endurecidos, sus caderas anchas inclinadas hacia mí, su verga erecta latiendo y goteando precum sobre mi muslo interno. Su mano izquierda apretó mi muslo derecho, sus dedos hundidos en la carne blanda, separándome más. La derecha se acercó a mi entrada de la panocha, sus uñas rojo oscuro rozando los labios mayores hinchados.
Alex (con voz ronca, casi un ronroneo): “Primero la cavidad de tu panocha… relájate, buena chica. Si te resistes, tendré que pedir apoyo a El Cerdo. Él no es tan delicado.”
Sus dedos índice y medio entraron despacio en mi panocha: un calor firme y lubricado por mis propios jugos, curvándose para rozar las paredes internas sensibles, explorando cada pliegue con movimientos lentos y profundos. El sonido húmedo y chapoteante resonó en el cuartito, mezclado con el zumbido del A/C. Sentí el estiramiento placentero, un pulso profundo irradiando por mi vientre, mi clítoris latiendo con cada roce. Gemí involuntariamente, mi cuerpo arqueándose contra el escritorio frío, mis pechos bamboleándose hacia arriba.
Pensé: “Me penetra con dedos… tan invasivo, tan dominante. Su mano femenina, uñas perfectas, pero control absoluto como hombre. La vergüenza me aplasta: registrándome como delincuente, pero mi cuerpo responde, mi panocha apretando, jugos fluyendo. Quiero más… dios, quiero más.”
Alex aceleró: sus dedos empujando rítmicamente, curvándose hacia mi punto G, su pulgar frotando mi clítoris en círculos rápidos. Su verga rozaba mi muslo interno con cada movimiento, caliente y pegajosa de precum. Gemía bajo, su voz femenina ronca: “Estás tan mojada… tan apretada…”
El primer orgasmo llegó: mi panocha convulsionó alrededor de sus dedos, un chorro de jugos calientes salpicando su mano y el escritorio rayado. Grité, mi cuerpo temblando, lágrimas de placer rodando.
Alex no paró: sacó sus dedos lentamente, dejando un vacío caliente, pero inmediatamente bajó su rostro. Su aliento cálido rozó mis pliegues, oliendo a menta y deseo. Su lengua plana lamió mi clítoris una vez larga, recogiendo jugos abundantes. Gemí alto, mi espalda arqueándose, mis pechos rebotando.
Alex (gimiendo contra mi piel): “Tan dulce…”
Lamió círculos lentos en mi botón sensible, su lengua áspera y húmeda girando, succionando los labios carnosos alrededor. Bajó a mi entrada, su lengua penetrando mi panocha, saboreando las paredes internas, sus gemidos vibrando contra mí. Sus dedos entraron en mi ano: su índice lubricado por mis jugos, entrando gradual, curvándose para explorar las paredes traseras con movimientos circulares lentos. Un ardor inicial se mezcló con un placer prohibido, mis glúteos temblando bajo sus manos.
El sonido chapoteante de su lengua y sus dedos resonaba, mezclado con mis gemidos y el zumbido del A/C. Su verga erecta rozaba mi pantorrilla con cada movimiento, caliente y pulsante.
El segundo orgasmo: mi panocha convulsionó con su lengua, mi ano apretando su dedo, un chorro de jugos salpicó su barbilla. Mi cuerpo tembló, mis manos arañando el escritorio rayado.
Alex lamió todo, su rostro brillante de mis jugos, sus ojos oscuros brillando con hambre.
Alex (con un susurro ronco): “Buena chica… ahora el ano completo. Gírate sobre el escritorio. Nalgas altas. Vamos a revisar profundo.”
Me giré temblando, mi pecho aplastado contra el metal frío, mis nalgas elevadas. Alex se posicionó detrás: su dedo medio entró en mi ano más profundo, curvándose para rozar las paredes sensibles. Su lengua lamió mi perineo, bajando a mi ano, lamiendo el anillo apretado mientras su dedo empujaba. Gemí alto, mis glúteos temblando, mi panocha goteando sobre el escritorio.
Mi ano convulsionó en su dedo, su lengua vibrando, un chorro de jugos salpicando el suelo.
Alex no paró: añadió un segundo dedo a mi ano, un estiramiento quemante y placentero. Su lengua fue a mi panocha, succionando mi clítoris fuerte.
Mi cuerpo entero convulsionando, mi ano y mi cuca apretando sus dedos y su lengua, chorros de jugos calientes salpicando su rostro y el escritorio.
Alex se levantó, su rostro brillante de mis jugos, un gemido femenino ronco. Su verga hinchada, latiente, precum goteando abundante.
Alex (con voz quebrada): “Tan buena… ahora sí, vamos a lo siguiente.”
Pensé: “Me ha hecho muchas veces… con lengua, dedos… su dominación me rompe. Quiero su verga ahora. Quiero todo de ella.”
Alex (con un susurro ronco, su aliento caliente rozando mi nuca): “El ano está limpio… pero la panocha necesita más. Y para eso necesito a “cerdito”…”
Abrió el cajón del escritorio con un chirrido metálico seco que me erizó la piel ya sensible. El sonido fue como un clavo en el silencio del cuartito gris: agudo, deliberado, inevitable. Sacó el dildo grueso, curvo —el “cerdito”—, realista, venoso, de unos 25 cm, ya lubricado y brillante bajo la luz fluorescente fría. La base de succión era ancha y negra, como una ventosa obscena. Lo miró un segundo con esa sonrisa lenta y triunfante que me había roto desde el principio, luego lo pegó con fuerza en la esquina del escritorio, justo al lado de mi cadera derecha. El impacto hizo vibrar el metal rayado, un golpe sordo que resonó en mis huesos. La cabeza rosada quedó apuntando hacia arriba, inmóvil, esperando, como una amenaza silenciosa y reluciente.
Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, en los oídos, en el clítoris que no dejaba de palpitar. El frío del escritorio seguía mordiendo mi piel sudorosa, pero ahora el calor de mi propio cuerpo lo había entibiado en algunos puntos, creando un contraste pegajoso y asfixiante. Mis pechos aplastados contra la superficie crujían papeles arrugados con cada respiración agitada, mis pezones duros rozando tinta seca y metal helado. Mis glúteos elevados, temblando sin control, mi ano aún sensible por los dedos y la lengua de Alex, mi panocha goteando jugos transparentes que bajaban por el perineo y formaban charquitos pequeños y relucientes en el piso debajo de mí.
Pensé: “Dios… esto no puede estar pasando. Estoy desnuda sobre un escritorio sucio, nalgas altas como una delincuente esperando castigo, y ella… ella va a llenarme con eso… y con su verga. El ‘cerdito’… qué nombre tan irónico y asqueroso. Pero mi cuerpo… mi cuerpo lo quiere. El pulso en mi clítoris es insoportable, los jugos no paran de salir. La vergüenza me quema la cara, pero el deseo… el deseo me ahoga. Quiero sentirme llena. Quiero que me rompa.”
Alex se inclinó sobre mí desde atrás. Sus senos firmes rozaron mi espalda baja, sus pezones duros trazando líneas calientes en mi piel erizada. Su aliento mentolado y cálido llegó a mi oreja, su perfume floral-masculino envolviéndome como una niebla espesa. Sus manos —fuertes pero con uñas rojo oscuro perfectas— agarraron mis caderas anchas, sus pulgares hundidos en la carne blanda, guiándome con precisión dominante. Su verga caliente y dura rozaba mi nalga derecha, dejando un rastro pegajoso de precum en mi piel, mientras su clítoris rosado frotaba sutilmente contra mi perineo, latiendo al ritmo de su excitación.
Alex (con voz ronca, casi un gruñido femenino): “Acomódate y baja despacio, buena chica… siéntalo entrar. El cerdito va primero en tu panocha… luego yo en tu ano. Vas a estar llena… completa… .”
Bajé las caderas temblando. La cabeza gruesa del dildo rozó mis labios mayores hinchados, untando mis jugos en su superficie venosa. Entró despacio: un estiramiento intenso, el frío inicial del lubricante contra mi calor interno, luego un calor abrasador al deslizarse centímetro a centímetro. Las paredes de mi panocha se abrieron alrededor de la textura realista, sus venas frotando cada pliegue sensible, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, un sonido roto y femenino que rebotó en las paredes grises. Mis glúteos temblaron al asentarme por completo, mi ano contrayéndose vacío pero ansioso, mis pechos aplastados bamboleándose contra el metal con cada respiración entrecortada.
Alex (gimiendo bajo, con voz quebrada, su rostro inclinado sobre mi hombro, sus cejas fruncidas en concentración): “Sí… así… qué apretada estás… mira cómo te tragas al cerdito…”
Sus manos apretaron más mis caderas, manteniéndome clavada en el dildo. Luego sentí su verga —caliente, dura, venosa— rozar la división de mis glúteos. La cabeza rosada untó lubricante natural de mis jugos y su precum abundante, presionando el anillo apretado de mi ano. Entró gradual: un ardor inicial quemante que se transformó en placer prohibido al abrirse paso, sus venas frotando las paredes internas sensibles, su grosor estirándome más allá de sus dedos anteriores. Gemí más alto, una mezcla de dolor y placer, mi cuerpo temblando entero, mis glúteos contrayéndose alrededor de su base.
La doble penetración fue completa: el dildo grueso en mi panocha, la verga caliente en mi ano. Alex empezó a empujar lento, sincronizando: su verga entrando profundo en mi ano mientras mis caderas subían ligeramente (el dildo saliendo un poco de mi panocha), y viceversa. El escritorio crujió bajo nuestro peso, papeles arrugándose contra mis pechos bamboleantes. La silla chirriante a un lado vibró con las vibraciones. La luz fluorescente fría resaltaba gotas de sudor rodando por mi espalda y sus senos morenos presionando contra mí al inclinarse.
Alex (con un gemido ronco-femenino, voz quebrada, sus labios rozando mi oreja, besando mi nuca con chupetones suaves que dejaban marcas rosadas en mi piel): “Siente cómo te lleno… por todos lados… buena chica… aprieta para mí… aprieta el cerdito y mi verga…”
Sus manos guiaban mis caderas con empujes rítmicos, una bajando a mi clítoris frotando círculos rápidos y precisos, la otra manoseando mi seno izquierdo, pellizcando el pezón endurecido con uñas rojo oscuro, rodándolo entre sus dedos hasta hacerme gemir más alto. Su rostro contorsionado de placer: cejas fruncidas, labios carnosos abiertos en gemidos roncos, ojos cerrados un instante en concentración. Sus senos rebotando contra mi espalda, sus pezones duros rozando mi piel, su perfume jazmín-pachulí envolviéndome mezclado con el olor almizclado de su excitación y mis jugos.
Las sensaciones físicas eran abrumadoras: el dildo en mi panocha frotaba sus venas contra mis paredes internas, llenándome con cada bajada de caderas, un estiramiento profundo que irradiaba ondas de placer por mi vientre. La verga en mi ano quemaba con cada embestida, un ardor placentero, su grosor partiéndome en dos, sus venas pulsando contra las paredes sensibles, haciendo que mi ano se contrajera involuntariamente alrededor de ella. El clítoris frotado por su pulgar latió con fuerza, un pulso rítmico que se sincronizaba con el de su verga. Cada caricia, beso y chupetón en mi nuca me erizaba la piel, mis pezones endurecidos respondiendo al manoseo con punzadas de placer.
El tercer orgasmo llegó rápido: mi panocha y mi ano convulsionaron alrededor del dildo y la verga, un chorro de jugos calientes salpicando el escritorio y los muslos de Alex. Grité ahogada, mi cuerpo temblando contra el metal frío, lágrimas de placer rodando por mis mejillas, mis glúteos contrayéndose en espasmos.
Ls noche en la oficina de seguridad de Alex apenas comienza. No te pierdas la siguiente y última parte.
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Que relato tan excitante, me mojas toda con lo leerlo. Me tiene a mil corazón.
🙈
Que excitante dominación
😇