Atrapada en el Mall (4 de 4)

7
1238
T. Lectura: 8 min.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autora o se utilizan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos o lugares es pura coincidencia. El contenido es explícito y está destinado únicamente a público adulto.

El cuarto orgasmo: el más violento, mi ano y mi cuca apretando simultáneamente, chorros de jugos salpicando el suelo vinílico. Mis piernas temblaron, mis tacones resbalando en el borde del escritorio, mis manos arañando el metal rayado.

Alex gruñó profundo, un sonido ronco y femenino que vibró contra mi nuca. Su verga se hinchó aún más dentro de mi ano, sus venas pulsando con fuerza contra las paredes sensibles, y sentí el primer chorro caliente y espeso llenándome por dentro: una corrida abundante, voluminosa, desbordando casi de inmediato, goteando por mis glúteos y muslos en ríos pegajosos y calientes. El olor salado fuerte y almizclado invadió el aire viciado del cuartito, mezclándose con mis jugos y el perfume floral de Alex. Sacó lentamente, dejando un vacío ardiente y húmedo en mi ano, y el resto de su corrida salió en chorros finales que cayeron sobre mis glúteos, mi espalda baja y parte de mi cabello lacio.

Pero Alex no había terminado. Se enderezó con un movimiento fluido, su verga aún dura y brillante de mis jugos y su semen, goteando los últimos restos. Su mano derecha agarró mi cabello en la nuca con firmeza posesiva, tirando mi cabeza hacia atrás para que mi rostro quedara expuesto hacia arriba, mi boca entreabierta, mis mejillas encendidas por lágrimas y vergüenza, mis ojos vidriosos de placer y humillación.

Alex (con voz ronca, quebrada por el orgasmo, pero con ese tono dominante que no admitía resistencia): “Mírame, buena chica….”

No esperó respuesta. Su mano izquierda bajó a su verga, masturbándola con movimientos rápidos y precisos, sus uñas rojo oscuro rozando la piel tersa. La cabeza rosada hinchada apuntó directo a mi rostro. Gemí, una mezcla de vergüenza abrasadora y deseo prohibido, mi cuerpo aún temblando por los orgasmos anteriores, mi panocha y mi ano convulsionando en aftershocks, jugos goteando por mis muslos.

El primer chorro salió fuerte: caliente, espeso, blanco cremoso, aterrizando en mi mejilla derecha y goteando hacia mi boca entreabierta. El sabor salado fuerte inundó mi lengua al instante. El segundo chorro golpeó mi frente, pegando mechones de cabello a la piel sudorosa. El tercero cayó en mis labios y barbilla, espeso y pegajoso, deslizándose por mi cuello y el valle entre mis pechos. El cuarto y quinto fueron más débiles pero igual abundantes, salpicando mi cabello (mechones pegándose a la frente y sienes), mi nariz, mis párpados cerrados por el placer y la humillación. El semen corría en ríos lentos y calientes por mi rostro, goteando desde la barbilla hasta mis pechos bamboleantes, dejando marcas brillantes y pegajosas bajo la luz fluorescente fría.

Pensé: “… su corrida en mi cara, en mi cabello… caliente, espesa, salada. La humillación es total: desnuda sobre un escritorio sucio, semen goteando por mi rostro como si fuera su propiedad. Pero mi cuerpo… mi cuerpo responde. Mi panocha latiendo aprisionando el dildo dentro de mí, mi ano contrayéndose recordando su grosor, mi clítoris palpitando. Quiero más. Quiero que me use así siempre.”

Alex jadeó, su cuerpo temblando en afterglow, su verga aún semierecta goteando los últimos restos sobre mi pecho izquierdo. Su mano en mi cabello aflojó, pero no me soltó: me mantuvo con la cabeza hacia atrás, obligándome a mirarla. Su rostro contorsionado de placer: cejas fruncidas, labios carnosos abiertos en un gemido prolongado, sus ojos oscuros brillando con triunfo y posesión. Sus senos subiendo y bajando con respiración pesada, sus pezones oscuros endurecidos, su piel morena radiante de sudor.

Alex (con un susurro ronco, voz quebrada pero dominante): “Mírate… cubierta de mí… tan hermosa… tan mía. Nadie sabrá… pero tú lo recordarás cada vez que mires tu reflejo. Buena chica… ahora quédate quieta… deja que se seque en tu piel.”

Sus dedos bajaron a mi rostro, extendiendo el semen con movimientos lentos y deliberados: untando en mis mejillas, barbilla, labios, mechones de cabello pegados a la frente. El olor salado fuerte y almizclado me llenaba las fosas nasales, la textura pegajosa adhiriéndose a mi piel caliente y sudorosa. Gemí bajito, mi cuerpo temblando entero.

Alex se inclinó más, besando mi boca manchada de su semen, su lengua invadiendo con sabor salado y deseo. Su mano izquierda pellizcó mi pezón izquierdo, rodándolo entre sus dedos, mientras la derecha seguía untando semen en mi cabello y cuello.

Pensé: “Me besa con su corrida en mis labios… me posee. La vergüenza me quema la cara, pero el placer… el placer me consume. Quiero que me haga esto siempre. Quiero ser suya.”

Alex rompió el beso, sus labios rozando mi oreja.

Alex (con un susurro ronco): “Buena chica… la revisión ha terminado… pero si quieres más… el escritorio siempre está aquí.”

Se apartó lentamente, su verga aún semierecta goteando los últimos restos. Me ayudó a incorporarme, nuestros cuerpos sudorosos y pegajosos de semen pegándose un instante más. El semen en mi rostro y cabello empezaba a secarse, tirante y pegajoso, el olor persistente.

Alex caminó con esa gracia felina que parecía desafiar la gravedad del cuartito gris. Su cuerpo desnudo era un espectáculo hipnótico y contradictorio: piel morena radiante con un brillo sutil de sudor, senos firmes y altos balanceándose ligeramente con cada paso, areolas amplias oscuras y pezones aún erectos apuntando al frente como si siguieran reclamando atención. Su cintura marcada descendiendo a caderas anchas y curvilíneas, sus muslos tonificados y la verga, ahora más relajada pero aún imponente, colgando entre ellos.

Me quedé congelada un segundo, mirando la blusa manchada de semen, sudor y mis propios jugos. Busqué con la mirada algo más —un pañuelo, un papel del escritorio, cualquier cosa—, pero Alex negó con la cabeza lentamente, sus ojos almendrados fijos en mí.

Alex (con tono firme pero suave): “No. No hay nada más. Vístete así. Quiero que lleves mi marca en tu piel y en tu ropa hasta que llegues a casa. Así recordarás mejor quién te llenó hoy.”

No había opción. La vergüenza me quemó la cara de nuevo, pero obedecí temblando. Me puse el sostén con dedos torpes, el encaje pegándose a mis pechos sudorosos y manchados de semen seco. La blusa negra arrugada se deslizó por mis brazos, la tela húmeda y pegajosa adhiriéndose a mi piel, manchas cremosas visibles en el pecho y abdomen.

El pantalón ceñido se pegó a mis muslos aún húmedos, semen goteando por el interior y dejando manchas oscuras en la tela rojiza. Mi cabello lacio, desordenado, mechones pegados con semen seco, caía sobre mis hombros. Mi maquillaje corrido por lágrimas de placer y humillación, mi rostro brillante y marcado. Quedé arrugada, despeinada, evidenciada: olor a sexo persistente, semen seco tirante en piel y cabello, ropa manchada y arrugada como prueba física de lo que acababa de pasar.

Alex, en cambio, se vistió pulcramente, con esa calma dominante que nunca perdía. Su polo negra ajustada sobre sus senos firmes, su pantalón chino negro slim ocultando la verga ahora semi-erecta pero aún marcada en la tela, sus tenis Nike tácticos. Su cabello lacio recogido de nuevo en una cola alta impecable, su maquillaje intacto, su perfume floral intacto. Como si nada hubiera pasado. Como si yo fuera la única que llevaba las marcas.

Abrió la puerta con su tarjeta magnética. El clic electrónico fue como una sentencia.

Alex (con un susurro ronco, una sonrisa triunfante): “Sal primero, buena chica. Yo te sigo.”

Salí temblando al pasillo lateral. El aire del mall me golpeó fresco, pero no borró el olor a sexo que llevaba encima. Y ahí estaba él: El Cerdo. El guardia hombre robusto, barriga prominente, piel grasosa y brillante de sudor, ojos pequeños y vidriosos. Estaba apoyado en la pared, brazos cruzados, una sonrisa torcida al verme salir despeinada, mi ropa arrugada, manchas sospechosas en la blusa negra, mi cabello pegado con algo blanco seco, mi rostro marcado por maquillaje corrido y semen seco en mejillas y barbilla.

Sus ojos bajaron a mis pechos, a las manchas en la tela, a mis muslos temblando bajo el pantalón ceñido. La sonrisa se ensanchó, la lujuria morbosa brillando en su mirada.

El Cerdo (con voz ronca y baja, casi un gruñido): “¿Todo bien, señora? Parece que la revisión fue… intensa.”

Sentí náuseas subir por la garganta. Alex salió detrás de mí, su presencia serena y dominante a mi espalda. El Cerdo la miró un segundo, su sonrisa torcida desvaneciéndose un poco, pero no dijo nada más.

Alex (con voz calmada, autoritaria): “Está todo en orden, Gera. Puedes volver a tu puesto.”

El Cerdo —Gera— gruñó algo ininteligible, sus ojos vidriosos aún clavados en mí un segundo más, recorriendo las manchas sospechosas en mi blusa negra, el cabello pegado con semen seco, el maquillaje corrido que delataba lágrimas de placer y humillación. Su sonrisa torcida se ensanchó un instante, como si oliera el sexo que aún emanaba de mí, antes de girarse con pasos pesados y desaparecer por el pasillo lateral. El sonido de sus botas se alejó, dejando un eco que me perseguiría durante todo el camino de regreso.

Alex me miró una última vez, una sonrisa sutil curvando sus labios carnosos nude mate. No dijo nada más. Solo inclinó la cabeza ligeramente, como despidiéndose de una propiedad que ya había marcado. Luego se dio la vuelta y caminó hacia el interior del pasillo de empleados, su figura alta y serena desapareciendo tras una puerta gris.

Quedé sola.

La marcha de la vergüenza empezó en ese instante.

Di el primer paso tambaleante, mis tacones kitten rojos resonando demasiado fuerte en el piso vinílico del pasillo lateral. Cada tac-tac era un recordatorio: estás marcada, estás evidenciada, todos pueden olerlo, todos pueden verlo. El semen seco tiraba de mi piel en la cara, en el cabello, en el cuello —mechones negros pegados a la frente y sienes como si hubiera pasado por una tormenta de deseo—. La blusa negra arrugada se adhería a mis pechos y abdomen, manchas cremosas y translúcidas visibles bajo las luces LED blancas del mall, el encaje del sostén transparentándose sutilmente por el sudor y los restos.

El pantalón ceñido rojizo se pegaba a mis muslos internos húmedos, semen y jugos filtrándose y dejando manchas oscuras que se extendían con cada paso. El olor persistía: sexo crudo, almizcle salado de Alex, vainilla dulce de mi perfume, todo mezclado en una nube que me envolvía y que sentía que todos podían percibir.

Salí del pasillo lateral a la zona principal. El bullicio del mall me golpeó como un muro: voces, risas, música ambiental suave, el sonido constante de la fuente central. La gente seguía su vida: madres empujando carriolas, ejecutivos hablando por teléfono, adolescentes riendo con bolsas de comida rápida. Pero yo sentía cada mirada como un foco. Una mujer de unos 40 años con bolsa Hermès me miró de reojo al pasar, su ceja levantada al notar mi cabello desordenado y las manchas en la blusa. Un hombre en polo Ralph Lauren apartó la vista rápido, pero no antes de que sus ojos bajaran a mi pecho y muslos. Un grupo de mamás con niños pequeños charlaban cerca de la fuente; una de ellas me vio y susurró algo a la otra, ambas mirando mi ropa arrugada y mi rostro marcado.

Pensé: “Me ven. Lo saben. Ven las manchas, ven el cabello pegado, ven que algo pasó. Soy una madre, una esposa, una servidora pública… y salgo así, cubierta de semen, oliendo a sexo. La vergüenza me quema la cara, me aprieta el pecho. Quiero correr, esconderme, desaparecer… pero mis piernas tiemblan, mi panocha aún late recordando su verga, el ‘cerdito’, sus dedos, su lengua. El placer no se va. Me humilla y me excita al mismo tiempo.”

Cada paso era una tortura lenta. El semen seco en mi rostro tiraba al sonreír nerviosa o al intentar mantener la compostura. Mechones pegados rozaban mi frente y mejillas, el olor salado subiendo a mi nariz con cada movimiento de cabeza. El pantalón rozaba mis muslos internos sensibles, semen goteando sutilmente y dejando un rastro pegajoso que sentía bajar hasta los tobillos. Mis pechos bamboleaban libres bajo la blusa húmeda, mis pezones endurecidos rozando encaje y tela, enviando punzadas de placer traicionero con cada paso.

Pasé por la fuente central. Los niños seguían jugando, salpicando agua, riendo inocentes. Una niña pequeña me miró directo a los ojos, con una sonrisa curiosa, antes de que su mamá la jalara de la mano y me diera la espalda. Sentí un nudo en la garganta: ¿qué diría mi mayor si me viera así? ¿Qué diría la pequeña? “¿Por qué mamá tiene la cara sucia y la ropa arrugada?”

Llegué al pasillo hacia el estacionamiento. Las luces LED eran más tenues aquí, pero igual iluminaban cada detalle: manchas en la blusa, cabello pegado, rostro marcado. Una pareja joven pasó a mi lado; él me miró de arriba abajo, ella frunció el ceño y tiró de su brazo. Sentí náuseas subir, pero también ese pulso traicionero entre mis piernas, recordando la verga de Alex, sus senos presionando mi espalda, su corrida caliente en mi cara.

Llegué a la máquina de pago del estacionamiento. Metí la tarjeta con dedos temblorosos. El ticket salió arrugado, como yo. Pagué, la barrera subió con un pitido mecánico. Caminé hacia la SUV blanca, cada paso haciendo que el semen seco tirara más, que las manchas se notaran bajo las luces del parking.

Subí al auto. El asiento de cuero quemó mis nalgas sensibles y manchadas. Cerré la puerta. Me miré en el retrovisor: mi rostro cubierto de semen seco en mejillas, barbilla, frente; mechones pegados en mi cabello, maquillaje corrido formando surcos negros por lágrimas de placer. Mis ojos vidriosos, mis labios hinchados por besos y gemidos.

Encendí el motor. El aire acondicionado me golpeó fresco, pero no borró el olor.

Pensé: “¿Qué acabo de hacer? ¿Qué soy ahora?”

Pero el calor entre mis piernas no se iba. El recuerdo de su verga, su lengua, el “cerdito”, su corrida en mi rostro y cabello… seguía latiendo.

Arranqué. El mall quedó atrás en el retrovisor.

Mientras dejaba atrás el mall en la SUV, el motor ronroneando suave y el aire acondicionado intentando enfriar el calor que aún me quemaba la piel, el recuerdo de Alex seguía latiendo en cada rincón de mi cuerpo. El semen seco tiraba de mi rostro y cabello, la blusa arrugada se pegaba a mis pechos con manchas que no se irían con un simple lavado, y entre mis muslos el rastro pegajoso de sus corridas y mis jugos seguía filtrándose, empapando el asiento de cuero que ardía contra mi piel sensible.

Fin de la parte 4 y del relato.

Elena ha sido marcada, física y emocionalmente. La experiencia en el cuarto de seguridad ha despertado en ella un lado oscuro y sumiso que no sabía que existía. Aunque la vergüenza la consume, el deseo prohibido sigue ardiendo en su interior. ¿Volverá a buscar a Alex? ¿O intentará olvidar lo que pasó y volver a su vida normal? El final queda abierto, dejando una pregunta en el aire: ¿fue esto el fin de una pesadilla o el comienzo de una nueva adicción?

Como siempre agradezco los comentarios que hacen en todas mis publicaciones.

Loading

7 COMENTARIOS

  1. Ufff siempre superando expectativas Eleni, tu redacción impecable, con una narración descriptiva que te hace sentir los detalles que escribes, felicitaciones y besos a tus rincones más calientes y húmedos.

  2. Como siempre un placer leer tus textos. La dominacion y gente con uniformes una constante en tus relatos. Ya hacía falta leer algo nuevo tuyo.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí