Cena con postre

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T. Lectura: 4 min.

Era las seis de la tarde. La luz de un sábado claro de primavera se deslizaba perezosa a través de la ventana de mi habitación, tiñendo de oro suave las paredes blancas y dibujando sombras largas sobre el suelo de madera. Sobre la mesa, un papel en blanco, un lápiz afilado y una historia por contar.

“Quizás escriba un relato erótico” pensé, porque la tarde invitaba a eso: a soltar la imaginación sin prisas, a dejar que los dedos recorrieran el papel como si acariciaran piel.

Me llamo Juan. Sé que el nombre, sin más, no dice mucho, aunque he oído que algunas personas relacionan un nombre con un físico concreto, incluso con una personalidad. Para este relato les voy a pedir que imaginen mi físico desde el principio; solo les daré dos detalles para que no tengan que cambiar al personaje. El primero es que tengo pelos en los brazos, en los muslos y (con perdón) en el culo: soy un tipo velludo, aunque sin exagerar. El segundo es que estoy a unos meses de cumplir los cuarenta y siete. Ni joven ni viejo, solo un hombre que ya sabe lo que quiere y cómo disfrutarlo.

Pero sigamos con la tarde. El teléfono vibró sobre la mesa, rompiendo el silencio. Era ella. Una mujer unos años mayor que yo, de visita en la ciudad por negocios. «Vengo esta noche a cenar», dijo con esa voz ronca y cálida que siempre me erizaba la piel.

Colgué sonriendo y mi mente se llenó de alegría. Me duché con calma, dejando que el agua caliente resbalara por mi cuerpo velludo, limpiando cada rincón. Me puse ropa cómoda: un pantalón suave de algodón gris y una camiseta negra que marcaba ligeramente mi torso. Me eché un poco de masaje, ese aceite con aroma a sándalo que me dejaba la piel suave y con un toque seductor. El espejo me devolvió la imagen de un hombre maduro y lleno de confianza, aunque por dentro podía sentir ese cosquilleo mitad nervios, mitad excitación.

Llegó puntual. Tenía rasgos orientales: ojos color carbón, piel de porcelana pálida y labios carnosos pintados de un rojo discreto. Vestía una falda de cuero corta que apenas cubría la mitad de sus muslos firmes y una camisa sencilla blanca, abotonada lo justo para insinuar sin revelar. Eso era todo lo que podía decir de ella en ese momento; el resto lo descubriría con las manos y la boca. Cenamos algo ligero: una ensalada fresca con atún, pan tostado y un vino tinto suave que calentaba la garganta. Hablamos de su país, de los templos antiguos que había visitado, de la humedad de sus veranos y del contraste con esta primavera europea. El vino hizo su magia: las risas se volvieron más cercanas, las miradas más prolongadas.

Entonces lo noté.

Bajo la mesa, su pie descalzo se deslizaba por mi rodilla con una lentitud deliberada. Una sonrisa traviesa curvó sus labios. Mi pene, que hasta entonces dormía plácido bajo el pantalón, respondió al estímulo con un cosquilleo cálido. Con cuidado, acerqué mi propio pie a su pierna, rozando la piel suave de su pantorrilla. El tacto de la carne era eléctrico. Ella subió más, audaz, y su pie acarició mi miembro que ya estaba despierto del todo, hinchado y latiendo contra la tela.

—Perdón —exclamó fingiendo que fue por error, pero sus ojos decían lo contrario.

Debí enrojecer ligeramente e intenté relajarme un poco. Cogí mi móvil y le hablé sobre un viaje reciente, mostrando fotos de montañas nevadas y calles empedradas. Ella acercó la silla a mi lado, su muslo rozando el mío. Hacía algún comentario sobre las imágenes, pero yo ya no escuchaba del todo. Podía oler el perfume que emanaba de su piel: una mezcla de jazmín y vainilla que me invadía los sentidos. Tanta cercanía activó mis instintos más primitivos. Dejé de mirar el móvil y sostuve su mirada. Sin más, la besé en los labios. Saboreamos las bocas con hambre contenida, lenguas que se exploraban con curiosidad y deseo.

El beso se hizo profundo, húmedo y urgente.

Me levanté con una sonrisa.

—Voy a por el postre.

Volví con helado de chocolate y un par de platitos. El aroma dulce flotaba en el aire.

—¿Sabes qué? —le dije con atrevimiento—. Me apetece otro postre.

Ella se levantó riendo y volvimos a besarnos. Esta vez la achuché el culo, sintiendo la firmeza bajo la falda de cuero. Ella me imitó, sobando con sus manos mi trasero velludo por encima del pantalón. Sus dedos se hundieron en la carne con una posesión deliciosa. Luego, sin ceremonias, se quitó la camisa y el sostén. Sus tetas al aire, redondas, perfectas, con pezones oscuros que ya apuntaban duros. Cogí la derecha con delicadeza y jugué con el pezón, pellizcándolo suavemente, haciéndola gemir bajito.

—Eres una chica mala — le dije propinándole un suave azote en el culo que resonó en la habitación.

Ella apartó los helados, que habían empezado a derretirse en charquitos brillantes. Se quitó la falda con un movimiento fluido, bajó las braguitas negras de encaje y se inclinó sobre la mesa. Su culo a mi merced: redondo, suave, con una piel que invitaba a morder.

—Hazme el amor —ronroneó, arqueando la espalda.

No perdí el tiempo. Fui en busca de un condón, me bajé los pantalones. Ella se dio la vuelta y se arrodilló, observándome con ojos hambrientos.

—Déjame a mí —me dijo.

La dejé. Me bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Mi pene saltó como un muelle liberado, grueso y venoso, coronado por una cabeza brillante. Ella lo tomó entre sus manos, admirándolo.

—Soy más de polos que de helados —comentó con una risa pícara, y comenzó a lamerlo desde la base hasta la punta. Su lengua caliente trazaba círculos, succionaba con fuerza, haciendo que me estremeciera de placer. Cuando estuvo crecido al máximo, me colocó el condón con dedos expertos.

—Date la vuelta —ordenó.

Obedecí. Separó mis nalgas peludas con ambas manos. Con la lengua lamió el agujero por el que de vez en cuando me tiro pedos. Por suerte, con la ducha reciente, mi culo olía a jabón y mi ano estaba limpio, suave al tacto. Su lengua húmeda y atrevida exploraba cada pliegue, penetrando ligeramente, enviando ondas de placer prohibido que me recorrían la columna. Gemí sin vergüenza, agarrándome al borde de la mesa.

Terminada la estimulación, la mujer se levantó. Retiró el mantel de un tirón y apoyó sus pechos sobre la madera fría. La tomé por detrás. Mi pene, enfundado y ansioso, la penetró de un solo empujón, metiéndola hasta el fondo. Una y otra vez, con ritmo profundo y constante. Sus gemidos eran música para mis oídos: agudos, entrecortados, llenos de lujuria. El sonido de la carne chocando contra carne llenaba la habitación. Mis manos aferraban sus caderas, guiándola. Sentía su interior caliente, apretado, palpitando alrededor de mí. Aceleré, más fuerte, más profundo, hasta que su cuerpo se tensó y un orgasmo la sacudió con fuerza. Gritó mi nombre —o al menos un gemido que sonaba como tal— y yo la seguí poco después, derramándome dentro del condón con un gruñido gutural.

Después, jadeando, ella se giró riendo.

—Quería helado —dijo, señalando los platitos derretidos.

—Y yo comerte, baby —respondí, desnudo, con el miembro colgando aún semierecto entre mis muslos peludas.

Nos miramos a los ojos, sudados y satisfechos. El helado se había convertido en un charco olvidado.

Prometimos más visitas, más tardes como esta, más juegos donde los límites se borraran entre risas y gemidos. Mientras la luz de primavera se apagaba lentamente fuera, supe que aquella historia no había terminado. Solo acababa de empezar.

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