Cinco chicos negros para mi sola (2)

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T. Lectura: 8 min.

Me senté en la mesa con estos tres hombres, quienes no dejaban de observar mis tetas cubiertas solamente por mi blusa negra transparente. Me pidieron la cerveza que de inmediato trajo el mesero, el cual me causó bastante gracia, pues al momento de servirme se tropezó por estar mirando mis tetas expuestas; que obviamente yo sabía invitaban al placer masculino de tocarlas. Me observó y me pidió una disculpa, a la cual yo repliqué diciéndole: «Tranquilo, cariño, tal vez más tarde puedas obtener una buena propina para tus ojos y tus manos».

Tomé la cerveza y dirigí mi mirada fija y desafiante hacia el grupo de chicos negros, centrándome en el dueño de la verga más hermosa que he visto en mi vida, ese que después me rompió la cuca como debía ser: sin piedad y con rabia por haberle mostrado que la decisión de ser su puta blanca era totalmente mía. Alcé la botella, le guiñé el ojo y le di un gran sorbo, lamiéndola de la manera más sexy y provocativa que me salió por ser la dueña de la situación.

Decidí centrar mi atención en los tres hombres que estaban conmigo en la mesa e ignorar a mis cinco negros. De una manera u otra, esa noche iba a terminar cogida: por los negros, por estos tres, o tal vez por el mesero. Lo que sí sabía era que, a estas alturas de la noche, entre el alcohol, las vergas que había visto y tocado en el baño, los toqueteos y dedos dentro de mi cuca hambrienta de verga y llena de mis jugos —que seguro también lubricarían cualquier verga que quisiera entrar en ella—, mi cuerpo ya pedía a gritos verga y semen. Quería mucho semen; no sé por qué razón, pero lo quería. Quería verlo salir de cualquier verga, tocarlo, olerlo, tragármelo, saborearlo.

Mientras hablaba con estos tres hombres, cogí la botella entre mis manos como si fuera una verga. Hacía parecer que masturbaba la botella y le daba pequeños golpecitos contra la mesa para que saliera espuma de ella; la chupaba y la lamía como si fuese una verga dura escupiendo semen.

Estos tres no eran tan atrevidos como mis negros, aun cuando no apartaban sus miradas de mis tetas y mis piernas, que cada vez dejaban ver más; pues con mis movimientos de cruzar las piernas buscaba que mi minifalda se subiera cada vez más para que ellos vieran mis piernas más descubiertas y casi el inicio de mis nalgas bajo mis medias veladas, y así se dieran cuenta de que tampoco traía tangas puestas, a ver si se alocaban un poco. Pero aun así, lo único que se atrevieron a hacer fue dejar caer cualquier objeto al suelo para, con la excusa de recogerlo, ver por debajo de la mesa y observar un poco más allá de mi intimidad.

Entonces tomé la iniciativa y les dije: «¿Les gustó lo poco que lograron ver? ¿Les gustaría ver más, tocar o usar algo de lo que yo tengo y les provoca, o debo irme de nuevo a la mesa donde estaba sentada hace un rato?».

Mientras yo pensaba en esto y en cómo lograr que todos tuvieran su tajada de mi cuerpo (el mesero, el barman y estos tres hombres con los que estaba sentada), uno de ellos puso su mano sobre mi muslo y empezó a acariciarlo desde la base de mis nalgas hasta la rodilla, deslizando su mano para descruzar mis piernas; y de un tirón, no brusco pero sí lo suficientemente determinado, abrió mis piernas mirándome a los ojos.

Sin soltar mi pierna, dijo: «Tienes un par de tetas demasiado provocadoras y desafiantes, esos pezones duros no han dejado de pedirnos ser chupados por nuestras bocas mientras disfrutamos de una buena mamada tuya y te lames el semen de nuestras vergas duras como lo haces con la botella de cerveza». Y moviendo su mano por toda the extensión de mi muslo, se dirigió directo a mi cuca. Notando lo mojada que estaba, la apretó duro entre sus manos y se acercó a mi oído para decirme: «Claro que queremos ver más, puta calentona. Queremos ver tus patas bien abiertas para poder disfrutar de esa chocha chorreante que tienes y ver cómo se traga nuestras vergas».

Mientras él hacía esto, el otro chico me cogió la pierna libre, la acarició y, sin pensarlo dos veces, se metió a la boca uno de mis pezones; lo chupó por encima de la blusa y me dijo en el otro oído: «No solo tu chocha, también queremos disfrutar de lo estrecho de tu culo, perra».

En este punto yo ya estaba más caliente que estufa industrial. Los separé de mí, les toqué las vergas —que realmente estaban duras dentro de sus pantalones— y les sonreí. Mientras me levantaba de mi silla, con la minifalta más arriba de lo normal y sin la más mínima intención de bajármela, me dirigí hacia el tercero, el que no había interactuado aún. Abrazándolo por detrás, le di un beso en la boca y le siseé al oído: «¿Y tú qué opinas, cariño, de lo que me quieren hacer tus amigos? ¿Tú crees que con una sola cerveza lo van a obtener?». Entonces me dirigí hacia el baño y los deje ahí sentados.

Al salir del baño me encontré con el mesero esperándome. Me entregó un papel diciéndome: «Ahí le envían, señora». Yo lo detuve mientras lo leía, me sonreí y le pedí un bolígrafo prestado para responder la nota enviada por el negro, que decía: «Puta, ya deja de jugar con la comida y ven a sentarte ya a nuestra mesa, si es que en verdad quieres ir a la finca de Santa Elena y ser nuestra puta de fin de semana».

Yo le respondí en el mismo papel: «Obvio vamos a ir a la finca, pero no has entendido nada: yo decido en qué momento, no ustedes. Así que, si se quieren ir, adiós; ya tengo con quiénes divertirme esta noche. Ustedes deciden si se van o me esperan, porque voy a chupar esas tres vergas porque quiero, y si se van, ellos serán los que disfruten de mí». Y entre paréntesis puse: («No olvides, cariño, yo soy la puta y decido quién y cuándo me lo mete»). Le entregué el papel al mesero y, de paso, le toqué la verga a través del pantalón diciéndole: «Entrégala, cariño… seguramente tu propina será…» y me dirigí a la mesa.

Mientras caminaba hacia la mesa con la minifalda a media nalga —pues estaba decidida a provocar a los negros y a los demás que me esperaban—, alcancé a ver a estos tres caballeros sentados y ansiosos por mí. De reojo pude notar cómo el mesero le entregaba la nota al negro que me iba a romper la cuca más tarde.

Al llegar y sentarme, ya tenía una cerveza nueva esperándome. Me acomodé y les dije:

—Ummm, qué rico una cerveza… Pero creo que no entendiste lo que quería decir cuando me fui al baño, así que me tocará a mí tomar la iniciativa nuevamente.

Al intentar levantarme de la mesa, el hombre que me había tocado la vagina me agarró de la pierna y me lo impidió. Me miró y dijo:

—¿Qué quieres, puta? ¿Tomar algo más fuerte? ¿Aguardiente, ron, whisky? Pide lo que quieras tomar; queremos ver esas patas abiertas y que nos dejes usar esa chocha caliente y jugosa que traes entre las piernas —sonrió y remató—: tú solo pide, que nosotros lo compramos.

Entonces, con un movimiento rápido de mi mano derecha, me apoderé de sus huevos y de su verga. Los acaricié primero, para luego ir apretándolos con delicadeza pero con fuerza, y le dije:

—Claro que quiero tomar algo más fuerte… El trago más sabroso y desinhibidor que existe en el mundo para una mujer como yo. Pero es un trago que no tiene precio, aunque seguramente ustedes me lo pueden dar.

Con la otra mano lo tomé del rostro, le di un beso y le susurré:

—Así que déjame levantar, que voy por un vaso a la barra. Quiero mi trago lo más pronto posible, y espero que ustedes tengan la calidad que a mí me gusta.

Retomé mi posición, agarré la cerveza, miré a mi negro en la otra mesa, le di un sorbo y me levanté para caminar hacia la barra del bar a pedir una copa de vino desocupada. El barman no dejaba de ver mis tetas mientras me decía:

—Pero señora, usted está tomando cerveza… ¿No es mejor un jarro?

Sonreí y le contesté:

—Una copa para vino te dije, y me la vas a llevar tú mismo a la mesa. Créeme, te va a gustar lo que vas a ver. Y después de que estos tres me den el primer trago, el siguiente trago me lo vas a servir tú.

Le sonreí al mesero, le guiñé un ojo lo más coqueta que me salió, di la vuelta y regresé a la mesa. Al sentarme, el tercer hombre —el que no me había tocado— había cambiado de puesto y me estaba esperando.

Antes de sentarme, me tocó las piernas, subió su mano deslizándola hacia mis nalgas para luego apoderarse de mi vagina, que estaba loca, hecha un mar de fluidos propios, inundada y hambrienta de verga, pero reservándose ansiosamente para los cinco negros. Ya después habría tiempo para estas tres vergas, la del mesero y la del barman; jajajaja, al igual el bar no iba a dejar de existir en dos días. Entonces, él sacó su mano de mi entrepierna, la olió y me dijo:

—Muero de ganas por chuparte esa chocha.

Entonces yo sonreí, lo miré y le dije:

—¿Estás seguro de eso?

Él asintió con la cabeza, así que me senté en mi silla, abrí mis piernas totalmente y metí mi mano derecha bajo mi falda y las medias veladas que llevaba puestas, para proceder a meter mis dedos dentro de mi húmeda chocha. Saqué mi mano toda mojada de mis flujos vaginales y le acerqué los dedos a la boca, a lo que él respondió chupándolos. Le acaricié el rostro con mi mano, dejándole todos mis flujos vaginales untados en la cara, y le dije:

—Pues, ¿qué esperas? Arrodíllate y chúpala. Eso sí, no vas a romper mis medias.

Los otros hombres observaban súper calientes mientras él se iba arrodillando para chupar mi cuca y ellos se tocaban las vergas por encima del pantalón. En esto llegó el barman con la copa y me observó sin saber qué hacer o decir. Yo estiré mi mano para recibir la copa y le dije:

—Gracias, cariño, ya tendrás tu recompensa —mientras con la otra mano le movía la cabeza al hombre que me chupaba la vagina.

Tomé la copa, la puse sobre la mesa, miré a los otros dos hombres y les dije de manera desafiante:

—¿Ustedes qué esperan? Quiero que llenen esta copa con su semen. Ya, sáquense las vergas y eyaculen en esta copa, quiero tomar mi delicioso semen.

Entonces uno de ellos tomó la copa y se fue a levantar de la mesa, pero de inmediato le dije:

—Para, ¿a dónde vas? Saca esa verga ya, hazlo acá. Quiero verte masturbar mientras tu amigo me chupa la cuca.

Y al que me estaba chupando la cuca le advertí:

—Y tú, cuidado con venirte. También quiero tu semen en esa copa.

Yo estaba súper caliente mientras este hombre me chupaba la cuca, que vaya que lo sabía hacer. El otro, parado junto a mí, se masturbaba mirando la escena y tocándome una teta; y yo sostenía la copa de vino y con mi mano libre ya masturbaba al otro caballero sentado a mi lado, quien estaba ocupado chupando mi pezón izquierdo por encima de la blusa y observaba cómo los negros miraban la escena desde su mesa sin saber qué hacer.

El barman y el mesero estaban sentados en la barra del bar mirando sin perder detalle de esta escena digna de una película porno ocurriendo en su bar, y en una mesa de un rincón había dos hombres más que estaban estupidizados mirando, mientras de fondo sonaba una buena canción de rock.

En medio de esto, noté que el que se estaba masturbando frente a mí estaba por venirse, así que solté la verga que estaba masturbando, lo aparté de mi pezón y le pedí que se acercara. Tomé su verga con mi mano libre, lo miré a los ojos y de inmediato me metí esa sabrosa verga en mi boca; no fueron necesarias más de tres chupadas cuando sentí el palpitar de una eyaculación en curso. Saqué su verga de mis labios y puse la copa de tal forma que recibiera toda esa leche caliente y espesa adentro, sin perder una gota. Yo sentía en mis manos cada chorro de leche saliendo de esa verga. Cuando terminó de eyacular, lo miré, le sonreí, le limpié la verga con mi lengua y le ordené que ahora fuera él quien me chupara la cuca, pues iba a ordeñar al siguiente.

Al cambiar de lugar, le dije al chico:

—Te ganaste un trato especial, cariño, eres un buen chupador de chocha. Ahora saca esa deliciosa verga, quiero tu leche en esta copa, toda para mí.

Así que procedió a sacar su verga. No era del tamaño de los negros, pero no era nada despreciable, y además se me apetecía chupar una verga, así que me puse a mamarle la verga con la devoción de quien sabe que va a recibir un buen premio al final. El otro hombre me había dejado de chupar las tetas y solo se masturbaba viendo la escena, así que me saqué la verga de la boca y le dije:

—¿Y tú qué haces? Cuidadito con dejar salir mi semen de tus huevos, mejor chúpame las tetas, que después de él sigues tú.

Así que uno me chupaba la cuca, otro las tetas y yo estaba tragándome una verga con mi boca; trataba de hacer garganta profunda mientras todos los demás observaban. No fue necesario mucho esfuerzo cuando empecé a sentir la rigidez de una verga que va a disparar chorros de leche, así que la saqué de mi boca y recolecté el semen en mi copa de vino para proceder con el siguiente en la lista, el que me chupaba las tetas. Entonces le dije:

—Cariño, a ti te lo chupo, pero no vas a poder chupar mi cuca.

A lo que él respondió:

—Pero yo quiero probarla.

Así que sonreí y le dije:

—¿Estás segura?

Y él asintió con la cabeza. Entonces separé al que me chupaba la cuca en esos momentos y me puse de pie. Corrí la mesa lo suficiente y, acto seguido, le dije:

—Recuéstate en la mesa.

Los otros dos me ayudaron a subir sobre la mesa y poner mi cuca directo en su rostro, mientras con mis manos masturbaba su verga. Acto seguido me incliné y empecé a devorar esa verga como una puta loca, haciendo que eyaculara en menos de cinco minutos y recolectar mi tercer trago de semen en la copa de vino. El hombre que chupaba mi cuca recibió mi primer gran orgasmo de la noche; le llené el rostro con mis fluidos vaginales mientras dejaba escapar un gemido dentro de mí que tenía el bar súper caliente. Ya no sabía qué banda sonaba y todos me veían asombrados y expectantes.

Al bajarme de la mesa, sin componer mi minifalda ni nada, tomé la copa de vino. Observé a los negros, al mesero, al barman y a los de la otra mesa; les ofrecí la copa en forma de brindis y procedí a tomarme todo su contenido con la falda en la cintura, las piernas abiertas, las tetas visibles y el sudor por mi cuerpo. Al terminar de tragarme todo el semen de la copa, metí mi lengua para recoger la poca leche que quedaba adentro; me sentía obscena, deseada, caliente y con ganas de ser bien clavada por esos negros.

Le di un beso en la boca a cada uno de estos tres, tomé mi bolso y saqué un esfero que llevaba. Me arrodillé y les escribí a cada uno mi número celular en sus vergas. Recogí mi cosas y la copa la tomé en mi mano derecha. Les dije:

—Chicos, ahí tienen mi número, me llaman. Tenemos una cita pendiente los cuatro.

Dirigiéndome hacia la mesa de los negros, puse la copa delante del negro dominante y les dije:

—Ustedes cuatro, paguen la cuenta y salgan ya, nos esperan afuera.

Dirigiéndome a mi negro preferido, le dije:

—Tú te quedas, aún tienes más para ver —y le di un beso en su boca.

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