Como me enamoré de mi papá (1): El inicio de todo

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T. Lectura: 7 min.

Mi nombre es Luciana, tengo 29 años y voy a contar mi historia

Primero una breve descripción mía: Nací en Buenos Aires, mido 1.57cm, tengo el cabello castaño oscuro y la tez blanca, muy blanca. Mis pechos son normales tirando a pequeños pero mi culo, según dicen, es mi principal atributo. Gordito, firme (años de spinning) y muy redondo. No soy muy flaquita pero tampoco tengo sobrepeso, soy lo que en Argentina llamamos un corchito. Además, tengo pecas, mi papá siempre me dice “pecas”, “pequitas” o “pecosa” directamente. Todo esto se lo debo a mi madre Carolina y a sus genes ya que no me parezco en nada a mi papá, Juan Ignacio, Juani para los amigos.

Cuando nací, tanto mi padre como mi madre tenían apenas 19 años. Se conocieron en el colegio y fueron novios un par de años. Vivieron juntos conmigo de bebé apenas unos meses hasta que se separaron. Eran muy jóvenes y la cosa se puso difícil con una recién nacida por lo que la pareja no prosperó, por lo que tuve una familia disfuncional desde siempre.

Ambos volvieron a rehacer su vida. Mi madre se volvió a casar con un hombre muy bueno y trabajador y tuvo otra hija, Sofi, mi hermana, que hoy tiene casi 20 años. Siempre viví con ellos, aunque visitaba con frecuencia a mi padre, sobre todo los fines de semana. A mi hermana y a mí nunca nos faltó nada en casa, ni material ni afectivo.

Mi padre también formó una nueva familia, aunque no se casó, pero vivió con su pareja muchos años y tuvo dos hijos varones que hoy tienen 15 y 9 años. Mi papá progresó mucho económicamente, siempre tuvo un pasar holgado en cuanto a dinero. Es presidente de un grupo de Laboratorios y además tiene inversiones en bienes raíces y en comercios. Tiene varias casas, departamentos, actualmente tiene 3 autos y una camioneta, hasta tiene un departamentito en Nueva York y una casa hermosa en una isla en el Delta del Tigre (que más adelante, en otro capítulo, será importante en esta historia).

Mi papá siempre fue un padre presente, siempre fui su princesa, su primogénita y su única hija mujer. Me visitaba seguido, me llevaba a su casa con su “otra familia”. Nunca dejó que me falte nada, pagó mi educación completa y hasta me regaló un departamento de 2 ambientes cuando terminé la facultad. Gracias a él pude recorrer Europa, viajar a Disney varias veces y darme todos los gustos que quise.

Mi papá tiene 48 años, mide 1.85 aproximadamente y desde adolescente entrena en el gimnasio, por lo que tiene un cuerpo tremendo. De joven jugó al básquet en un club de Capital y era muy bueno jugando al fútbol, según cuenta al mejor estilo Pepe Argento. Además, vive todo el año con un bronceado natural envidiable y se rasura el cuerpo (juro que es hetero jaja). Tiene el pelo castaño claro y usa barba tupida, en la que ya se le notan algunas canas. La realidad es que ni en pedo aparenta la edad que tiene. Además, está lleno de tatuajes desde jovencito. Todo un pendeviejo.

Aclaro que, tanto en mi infancia como en mi adolescencia, mi relación con mi padre fue muy normal, nunca un comentario desubicado, nunca un contacto fuera de lugar, jamás una mirada con doble significado, nada. Una relación de padre e hija absolutamente normal, salvo por un detalle: Un día estaba yo en su casa en el country con mi mejor amiga, ya que la había invitado a pasar la tarde en la piscina. Estábamos tomando sol cuando vimos salir a mi papá del agua con su traje de baño color beige, que se transparentaba demasiado. Se le notó una verga enorme pegada a la tela que tanto mi amiga como yo, nos miramos y nos empezamos a reír.

Un rato más tarde, ya en mi habitación, con mi amiga empezamos a hablar del pedazo que se le había notado a mi padre. Mi amiga me dijo: Como me lo cogería a tu papá. ¡Te mato! Le respondí. Esa noche, ya sola en mi habitación, no podía dejar de pensar en el cuerpo y la pija de mi papá. Si bien yo tenía 18 años ya no era virgen, solo conocía la verga de mi noviecito de ese momento, y no era ni la mitad de lo que había visto ese día. Esa noche me masturbé pensando en mi papá por primera vez, y no fue la última.

Tuve ese tipo de pensamientos con mi papá durante mucho tiempo. Incluso más de una vez, mientras lo hacía con mi novio, pensaba en mi papá. Nunca se lo conté a nadie, jamás, y con el tiempo esos pensamientos fueron desapareciendo poco a poco, aunque nunca del todo, creo.

Hasta que un día algo sucedió. Fue en el verano de 2019. Yo tenía 22 años y hacía unos meses había comenzado una relación con un compañero de la Facultad. No vivíamos juntos, pero él se quedaba mucho a mi departamento, el que me regaló mi papá, que queda por zona norte, en Vicente López. Sin hacerla muy larga y sin dar muchos detalles, un día encontré al imbécil de mi (desde ese momento) ex novio en mi casa, en mi sillón, con otra mina, desnudos, mirando una película mi televisor. Es decir, no los encontré en pleno garche de pedo. ¡Hijo de puta! Le grité desencajada, les revoleé la caja de empanadas que llevaba para sorprenderlo con la cena y salí corriendo.

Creo que el forro ese salió atrás mío, pero nunca me di vuelta a ver, me subí a mi auto y manejé sin rumbo fijo unos minutos. Cuando pude reaccionar paré en una estación de servicio y me metí al shop a tomar algo. Tenía el celular en la mano y pensaba a quien llamar, a quien contarle, con quien desahogarme, no podía pensar claramente. Así que solo quedaba una cosa por hacer, llamar a mi persona favorita, mi papá.

Lo llamé. En ese momento, él estaba recién separado de la madre de sus hijos y vivía solo en un piso en Núñez. En menos de 20 minutos llegó, salió así nomás como estaba, con un short de River y una remera. Le conté todo y me dijo:

-Vení, vamos.

Nos subimos a su camioneta y fuimos a mi casa. Ahí estaba el hijo de puta ese todavía, la mina con un mínimo de decoro, ya se había ido. Mi papá le dijo:

-Tenés 5 minutos para irte de acá, no te vas a llevar nada, mañana nosotros te mandamos tus cosas en un auto, pero si no te vas ya, te vas a ir sin los dientes.

Ahí pensé, que diferencia entre un verdadero hombre y un pobre renacuajo. El imbécil este dejó sus llaves y se fue, y mi papá me dijo: “Vámonos nosotros también, mañana resolvemos”, y me llevó a su casa.

Cuando llegamos me llevó a una habitación

-Ahí tenés toallas, bañate, relajate y acostate a dormir que tenés que descansar. Mañana vamos a tu casa a sacar todo lo del boludo ese y a cambiar la cerradura.

Cada palabra que decía yo lo miraba con más admiración. ¿Por qué no hay hombres así? Me pregunté a mí misma. Me bañé, me acosté desnuda porque no llevaba más ropa que lo puesto, y antes de dormirme, me volví a masturbar pensando en mi papá, después de bastante tiempo.

Por la mañana mi padre entró a la habitación para despertarme, pero yo ya estaba despierta. Apenas abrió la puerta atiné a taparme para que no me vea desnuda.

-Tranquila pecosa, ¿te pensás que nunca te ví en bolas? Si te habré cambiado pañales y limpiado la mierda, claro que no tenías ese culo que tenés ahora.

Epa pensé yo, ¿mi papá me mira el culo?

Esa misma mañana, durante el desayuno, le pregunté si me podía quedar esa semana con él, que no quería volver a mi departamento. Obviamente, dijo que sí.

Durante un par de días, no sé si consciente o inconscientemente, estuve pensando en cómo hacer para cogerme a mi papá. Al principio pensaba: “Es una locura” pero no podía evitar tocarme pensando en él. Durante la noche o cuando me bañaba, cada vez lo hacía más seguido hasta que dije: ya fue, que se vaya todo a la mierda.

Al día siguiente (luego de traer ropa de mi casa) empecé a pasearme por la casa en tanga y remerita. Empecé a provocarlo sin disimulo, y él que es muy jodón respondía haciéndose el boludo. “Pará Pecas, que soy tu padre, pero no soy de madera” y otro día me dijo: “de lo que te salvás por ser mi hija”. Todo muy entre risas y boludeo.

Hasta que un día decidí concretarlo de una vez. Era viernes y lo esperé que vuelva de trabajar con la cena lista. Me puse una tanga negra y una musculosa blanca sin nada debajo y nada más y separé dos botellas de vino para ponernos alegres, o, mejor dicho, para ponerlo alegre.

Apenas llegó me miró y me dijo:

-Todo el día en pelotas vos, pequitas, que envidia

Fue a su habitación, se sacó el traje y se puso lo que siempre se ponía para estar en casa cuando hacia calor, un short de futbol de River o de la Selección, sin calzones debajo, (ya lo tenía bien estudiado) y se quedaba en cuero.

Después de cenar nos fuimos al sillón con la segunda botella de vino y empezamos a tomar y a hablar boludeces. Yo no sabía cómo dar el paso, así que se me ocurrió contarle lo de aquel día en la piscina y le dije que con mi amiga le habíamos visto la verga. Él me dijo, “entonces estamos a mano porque toda esta semana te la pasaste mostrando el orto”. Nos reímos, ya estábamos mareados así que me lancé, lo abracé y empecé a besarlo en la mejilla, y con cuidado y despacio para no ser muy obvia bajé al cuello.

Cuando miré para abajo vi que se le había parado la chota y era terrible, se le armaba tremenda carpa con el short de fútbol, así que sin dejar de besarle el cuello le bajé el pantalón y le dejé la pija al aire. La tenía durísima y nunca en mi vida había visto yo una verga así de gruesa y venosa, solo en alguna película triple x tal vez. Es me puso loca, lo miré para ver como reaccionaba y vi que tiró la cabeza para atrás y como que se relajó, así que bajé y me metí la pija en la boca, o en realidad lo que pude, porque casi no me entraba. Se la empecé a chupar con ganas, mientras lo pajeaba.

Y acá hago un paréntesis. A mí me vuelve loca hablar y que me hablen sucio durante el sexo, me gusta que me insulten, que me destraten, eso me calienta mucho y la verdad es que me decepcionó un poco el hecho de que mientras se la chupaba yo le decía, cosas tipo “que rico” o “¿te gusta?” y él no respondía absolutamente nada. Hasta que en un momento me di cuenta de que él era igual que yo, o peor y ahí descubrí una conexión increíble.

Me levantó la cabeza, me dio un beso de lengua frenético y me dijo:

-¿Así que vos querés coger? ahora vas a saber lo que es coger

Se paró, me levantó y me cargó sobre uno de sus hombros y así me llevó a su habitación, apretándome las nalgas con sus manos muy fuerte. Me tiró sobre la cama boca

-Sacate la bombacha y levántate la remera que te quiero ver las tetas

Eso me puso como loca. Mientras él se dirigió a su mesita de noche y sacó un preservativo del cajón. Lo abrió y lo dejó a un costado mientras se agachaba para lamerme la concha. Me pasó la lengua por la vulva y el clítoris, una y otra vez. Yo chorreaba como una cascada, estaba toda mojada, él lamía y chupaba mientras yo gritaba de placer. Estuvo así unos 10 o 15 minutos hasta que se paró y me dijo: “date vuelta”, yo me puse boca abajo, él se colocó el condón y luego me puso dos almohadas debajo del vientre.

-Abrite bien la conchita con las dos manos

lo hice y me penetró. Primero muy suave, solo la cabeza, la fue metiendo de a poco, una vez que estuvo toda adentro empezó a darme como si no hubiera un mañana, me lo hacía tan rápido y tan fuerte que el placer se mezclaba con dolor y eso más me gustaba. Al ver mis caras se dio cuenta de cómo lo estaba gozando

-Cómo te gusta mi pija, pecosa putita

Eso me hizo temblar como nunca y mientras él me seguía dando sin parar yo sentía que me iba a hacer acabar una y otra vez, mientras le decía, sí papi, soy tu putita, soy tu putita.

En un momento la sacó de repente y me dijo que me de vuelta. Me puso en pose misionero con mis piernas al hombro y me volvió a penetrar de una. Estuvo así unos instantes, pero ya me empezó a doler mucho y le pedí que pare. Ahí me dijo algo que nunca más olvidé:

-Claro mi amor, no es la idea que te duela. Vení vamos a probar algo. Yo me voy a sentar en la cama y vos te vas a sentar arriba de mi pija

Así que comencé a hacerle unos sentones mostrándole bien mi culo y ahí ya no me dolía porque podía ir metiéndola yo a medida que movía mis caderas arriba y abajo y en círculos.

-¿Te gusta papi?

-Me encanta, es mi posición favorita, y acostúmbrate porque así te voy a coger todos los días, dale que ya me vas a hacer acabar.

Eso me calentó aún más por lo que empecé a moverme más rápido hasta que empecé a darme cuenta de que él iba a acabar, por sus gemidos. Acabó como nunca había visto. El condón parecía un globo inflado con agua, se lo retiré de la verga y lo tiré al suelo mientras pensaba, “ojalá algún día me deje toda esa leche adentro”. Y eso va a pasar más adelante, pero es otra historia. Nos abrazamos y así nos quedamos dormidos.

Continuará…

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