Como me enamoré de mi papá (6): El presente

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Así fue pasando el tiempo. Esos meses que mi papá estuvo en Nueva York se sintieron eternos. Al principio iban a ser seis, pero fueron más. No volvió ni una sola vez, a pesar de tener toda la plata del mundo (o si volvió, nunca me enteré). Al principio nos mandábamos mensajes y alguna videollamada hot, pero después todo se fue enfriando. Las respuestas tardaban cada vez más, las llamadas se hicieron más cortas y, sin darme cuenta, pasamos semanas sin hablarnos. Yo no podía dejar de pensar en él y no podía dejar de pensar en que estaría haciendo allá, cogiéndose miles de gringas seguramente.

Yo poco a poco fui comprendiendo que tal vez debería seguir con mi vida. Conocí a Martín, un amigo de una compañera del laburo, un chico bueno, bonachón, trabajador, de esos que te tratan como a una princesa. Con él empecé una relación “normal”, un noviazgo convencional como hacía tanto tiempo no tenía. Era tranquilo, cariñoso, nunca me faltaba el respeto. Y yo… yo lo quería, pero no era lo mismo.

Pero como suele pasar en estos casos, solo hace falta un click para cambiar todo. Todo iba de maravillas, mi vida se había vuelto más normal, un poco más aburrida, pero más tranquila. Hasta que un día, casi un año y medio después de que mi papá se había ido, recibí un mensaje en el WhatsApp:

-“Pecosa, estoy en Buenos Aires. ¿Querés que nos veamos?”

El corazón me dio un vuelco y empezó a latir que se salía del pecho. Dudé dos segundos y le respondí que sí.

-¿Voy a tu casa?

-Hoy no puedo (aunque quería salir corriendo a verlo)

-¿Entonces?

-Llevame al Tigre

-Ok, te paso a buscar

-No, en serio hoy no puedo (estaba con Martín, de más está decir). El sábado esperame allá, voy en la lancha pública.

Llegué a la casa del Delta ese sábado a eso de las 4 de la tarde. Apenas bajé de la lancha y entré, él ya me estaba esperando. No dijimos casi nada. Me miró de arriba abajo, me agarró fuerte de la nuca y me besó como si quisiera comerme. Fue un beso salvaje, desesperado, de dientes y saliva. Me levantó el vestido y me tiró sobre el sillón grande de la sala.

Ese polvo fue, sin duda, el más intenso de toda nuestra historia, por lo menos, hasta ese momento.

Me cogió como un animal. Me arrancó la tanga, me puso en cuatro y me la metió sin forro de una sola vez, gruñendo. Me tironeaba el pelo, me cacheteaba el culo fuerte y me hablaba al oído con esa voz que me vuelve loca:

-Un año y medio sin cogerte… Pensé que me iba a volver loco, pecosa putita. Esta concha es mía, ¿entendiste?

-Sí, papi… es toda tuya…

-Decime que extrañaste la verga de tu viejo.

-La extrañé tanto… nadie me coge como vos…

Me dio vuelta, me puso las piernas en los hombros y me penetró mirándome a los ojos. Fue brutal, profundo, casi violento. Me hizo acabar dos veces antes de que él terminara adentro de mí con un gemido gutural, llenándome toda. Sentí cómo me chorreaba su leche caliente. Ninguno de los dos usó protección. Ninguno de los dos lo mencionó.

Tres semanas después me enteré de que, en el fondo siempre supe que iba a pasar… estaba embarazada. Lo llamé a mi papá y se lo conté. Del otro lado hubo un silencio y luego de eso un “quiero verte”.

Se lo oculté a Martín. Le dije que era de él y se puso feliz como perro con dos colas. Yo sabía la verdad. Ese hijo era de mi papá. Así y todo, Martín me propuso convivir para formar una familia con “nuestro” bebé.

Durante el embarazo seguimos viéndonos a escondidas con mi papá. Al principio tenía miedo de que me descubran, pero no podía parar y evidentemente, mi viejo tampoco. Venía a casa cuando Martín no estaba, me llevaba a su departamento o a alguna de sus otras casas. El embarazo me puso más caliente que nunca. Y ahí fue cuando empecé a compartir plenamente sus fetiches más oscuros.

Me meaba encima de él en la ducha mientras me cogía. Yo le pedía que me orinara en las tetas y en la cara. También empezamos a jugar más fuerte con el BDSM: me ataba, me ponía pinzas, me vendaba los ojos y me cogía el culo sin piedad con esa pija enorme, gruesa y hermosa que tiene. Cuanto más avanzaba el embarazo, más me gustaba esa mezcla de dolor y placer. Mi papá se volvía loco viendo cómo me crecía la panza, como me salía leche materna de las tetas cuando me las apretaba y me pellizcaba los pezones, y yo seguía dejando hacer lo que quería, porque también era lo que yo quería.

Una de esas tardes, cuando ya tenía más de ocho meses, fui a su departamento. Apenas entré me abrazó, me acarició la panza enorme y me besó el cuello.

-Estás cada día más hermosa, pecosa… -me dijo con la voz ronca.

Me llevó al dormitorio y me desnudó despacio. Cuando me sacó el corpiño, mis tetas estaban pesadas, hinchadas y sensibles. Apenas me apretó una, un chorrito fino de leche salió disparado y le mojó los dedos. Me quedé helada, muerta de vergüenza.

-Perdón… -empecé a decir, pero él me miró con una cara que nunca le había visto. Pura lujuria animal.

No dijo nada. Me empujó suavemente sobre la cama, se puso arriba mío y tomó uno de mis pezones hinchados entre los labios. Chupó fuerte. Sentí un tirón profundo y la leche empezó a salir. Él gemía mientras tragaba, como si estuviera desesperado. Me chupaba una teta mientras me amasaba la otra, y la leche me corría por el pecho y por la panza.

-Papi… -gemí, muerta de vergüenza y de excitación.

Se incorporó, con la boca y la barba mojadas de mi leche, y me abrió las piernas. Me metió la pija de un solo empujón, bien profundo. Mientras me cogía fuerte, agarró mis tetas con las dos manos y las apretó. Dos chorros finos de leche blanca salían al ritmo de sus embestidas, salpicándole el pecho.

Me cogió más duro, sin parar de apretarme las tetas. Cuanto más fuerte me las chupaba y apretaba, más leche salía. Yo estaba desbordada: gemía, lloraba de placer y acababa una y otra vez mientras él seguía mamando y garchándome como un animal.

Esa fue la primera vez… pero no la última. Desde ese día, cada vez que nos veíamos terminaba con mis tetas chorreando y mi papá babeado de mi leche.

Y así fueron pasando los meses y los años, sumergida en una doble vida que continúa hasta hoy.

En el presente, tengo 29 años y un hijo hermoso de 3 años. Vivo con Martín, que es un excelente padre y un gran hombre. Me trata como una reina y adora al nene. No sospecha absolutamente nada.

Cada vez que puedo, me escapo o espero a que Martín salga de viaje para encontrarme con mi papá. Durante estos años seguimos teniendo una relación clandestina intensa. Seguimos cogiendo como animales, probando cosas nuevas, compartiendo nuestros fetiches más ocultos, tanto así que en breve lo voy a sorprender cumpliéndole aquella fantasía de verme coger con otros tipos.

Sé que esto está mal. Sé que es una locura. Pero no puedo parar.

Soy la hija de mi papá, la madre de su hijo, su puta favorita y lo amo con locura.

Y así va a ser para siempre.

Fin.

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