Inspirada en una amiga…
Esta anécdota me encanta porque te muestra perfecto cómo era en mi época más coqueta en la universidad. Fui a las canchas de la escuela a ver jugar a un chavo que me quería ligar. Era el típico fresa y medio creído, así que me divertía muchísimo coquetearle solo para bajarle un poquito lo alzado.
Ese día iba con un outfit que me hacía sentir supersegura: una falda corta de color café, pantimedias negras con patrón de cuadros, mis botas cafés de tacón con agujetas y una ombliguera de licra blanca, bien pegadita, de tirantes, que me dejaba al descubierto todo el cuello y el pecho. Además, llevaba puesta mi pashmina, que en ese entonces era mi sello total.
Antes de que empezara el partido, me acerqué a él en las gradas. Para provocarlo un poco enfrente de todos, me senté directamente en sus piernas. Como los asientos estaban medio frágiles y sentía que me caía, me movía bastante sobre él; de inmediato él me tomó firme por la cintura y puso su mano sobre mi rodilla y mi muslo. Sus amigos nos estaban viendo y noté que uno de ellos, en particular, no me quitaba los ojos de encima. Le di un beso en la mejilla para desearle suerte, disfrutando de ver cómo se le subían los colores.
Estando ahí sentada, jugando con mi pashmina, se me cayó al piso. En lugar de pedirle que la levantara, decidí aprovechar el momento: me incliné hacia adelante y me empiné por completo para alcanzarla. Al agacharme con esa falda tan corta, mis piernas con las medias de cuadros quedaron totalmente expuestas, se alcanzaba a ver mi calzoncito blanco a través de ellas.
Cuando volteé a verlo desde esa posición, descubrí que me estaba barriendo las piernas con la mirada y estaba rojo como un tomate. Me dio muchísima risa, me levanté y le dije juguetona: “Perdón, es que nadie me la pasa”. Me senté de nuevo en sus piernas y me di cuenta que definitivamente desperté algo en él. Me paré y le exigí: “Oye, ya métete a jugar, a eso vine”. Él, queriendo hacerse el valiente, me soltó: “Si meto gol, ¿me das un beso?”. Solo le sonreí.
El chavo se rifó en la cancha. Al terminar el partido, yo me quedé parada arriba en la grada esperando a que se acercara. Cuando llegó, le dije: “A ver, ven”. Me agaché desde la altura de la grada para cumplir con el beso, pero lo hice con toda la intención, porque me di cuenta de que su amigo nos estaba observando fijamente desde atrás. Al inclinarme tanto con la falda corta, se me asomó por completo el calzoncito blanco, dejándolo a la vista de los dos.
Le planté el beso en la mejilla, rozando casi la comisura de sus labios, sabiendo perfectamente el impacto que estaba causando en el jugador y en el amigo que miraba desde atrás. Al final, les coqueteé un poquito a los dos, pero no anduve con ninguno por fresas; simplemente me fascinaba jugar, gustarle a los chicos y tener el control de la situación.
En cuanto me incorporé y me acomodé la falda café, el chico fresa se quedó mirándome desde abajo con una sonrisa de oreja a oreja, completamente flechado. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano, como queriendo saborear el roce, y me presumió con su tono de siempre: “Ya ves que sí cumplo, Gaby… Aunque ese beso estuvo muy cerca del labio, la próxima me lo vas a tener que dar bien. Además, te agachaste de más y casi dejas que todo el equipo viera de qué color es tu ropa interior”.
Yo solo solté una risa burlona, me crucé de brazos haciendo que la ombliguera blanca resaltara más y le respondí: “Ay, por favor, muérete de ganas. Mejor muévete, ve a cambiarte que hueles a puro sudor”. Él se rio, me guiñó un ojo y se fue directo a los vestidores, jurando que regresaba en cinco minutos.
En cuanto se dio la vuelta y me quedé sola en la grada, sentí unos pasos acercándose. Era su amigo, el que no había dejado de barrerme con la mirada en todo el partido. Caminó lento, se paró justo un escalón abajo de donde yo estaba y me miró de frente, rompiendo por completo la timidez. “Oye… tu amigo se cree mucho por el gol, pero el verdadero premio me lo llevé yo aquí atrás”, me dijo con una voz muy suave pero cargada de intenciones.
Me sorprendió su atrevimiento, pero mi actitud coqueta de la uni no se iba a intimidar. Me incliné un poco hacia él, jugando con el borde de mi pashmina, y le pregunté: “¿Ah sí? ¿Y según tú qué premio te llevaste?”. El chavo sonrió, bajó la mirada un segundo hacia mis piernas con las pantimedias negras y luego me miró fijo a los ojos: “Vi perfectamente cómo te empinaste por tu pashmina antes del juego… y ahorita que te agachaste a besarlo, desde aquí vi perfectamente tu calzoncito blanco. Si él supiera lo bien que te ves desde este ángulo, no se habría ido a los vestidores”.
Me gané una risa nerviosa, me acomodé el cabello y, antes de que el otro regresara, le susurré con malicia: “Pues qué suerte tuviste… pero lástima que solo se miren y no se toquen”, dejándolo completamente helado en medio de las canchas mientras yo me daba la vuelta dispuesta a seguir jugando con los dos.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos