De dama a golfa

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T. Lectura: 6 min.

Mi historia no es muy diferente a las que se cuentan en este tipo de sitios, mujer, directora escolar, 28 años, bella e interesante, blanca, 1.65 m de estatura, rubia natural, ojos bonitos de color azul cielo, una bella sonrisa que cubre unos hermosos y perfectos dientes aperlados, poseedora de un cuerpo maravilloso, de pechos grandes pero no enormes, una cintura bien conservada plana y reducida, un trasero espectacular y unas piernas muy bien torneadas, en fin la envidia de las mujeres y el sueño de todo hombre.

Sin embargo, mi estricta educación religiosa en un convento me había convertido en una mujer déspota, insensible, vanidosa y soberbia, quizá por eso mi matrimonio había fracasado unos meses atrás, decidida a dejar atrás ese amargo capitulo en mi vida había solicitado mi cambio a otra zona dentro de la ciudad.

No sé si fue venganza o karma, que me enviaron a un lugar extremadamente violento y sucio, un barrio donde el tiempo se había detenido, borrachos y drogadictos en cada esquina, pandilleros viejos y andrajosos de pelo largo pantalones de mezclilla y chamarras sucias, todo complementado con música de rock a altos volúmenes.

En fin, acostumbrada a los retos, me instalé con mis papás en lo que parecía lo mejorcito del barrio, la única casa de concreto que había ya que las demás eran de cartón o madera, no era difícil adivinar el por qué los antiguos dueños del lugar habían dejado la casa tan barata.

Mi rutina diaria consistía en ir y regresar de la casa a la escuela del barrio y viceversa una y otra vez y en contra de lo que podría suponerse, la gente me respetaba, quizás por ser la directora de la escuela o por mi apariencia fina y déspota por momentos.

Acostumbrada a mi nueva vida caminaba sin mayores problemas por las calles que en realidad eran caminos de tepetate y tierra.

Un día de regreso a la casa fue que al pasar por un nuevo local de materiales para construcción escuché un fuerte silbido y un “adiós mamacita”, no había nadie por la calle por lo que sin saber porque sonreí para mis adentros y continué mi camino.

Desde ese día se hizo costumbre que al pasar por el mismo lugar se escuchara el mismo silbido acompañado de cualquier leperada o piropo, no sabía quién era la persona que me decía los piropos o me silbaba, pero me hacía sentir bien, nuevas sensaciones a las que no estaba acostumbrada.

Cierto día y sin saber por qué, quise brindarle un poco más a mi admirador secreto, así que me detuve fuera de su local esperando el clásico silbido y así sucedió, solo que no me eche a caminar como siempre lo hacía, me puse a rebuscar algo en mi bolso sintiendo como me observaba, no sé si era con deseo, pero me miraba, así que bajé la pierna derecha en el escalón de la entrada, siempre uso trajes cortos con faldas rectas arriba de la rodilla, lo normal para una mujer formal, pero aún con esto, mi pierna perfecta se mostraba de forma retadora sobre la tela de la falda.

La táctica no tardó en dar resultados, apareció ante mi vista un señor de unos 50 o más años chaparro, medio calvo flaco y prieto con las ropas sucias y rotas.

–se le ofrece algo señorita, me dijo

Decepcionada por esta situación ya que me imaginaba otra cosa atino a no contestarle, sin embargo, lo grueso de su voz me impactó, voz de hombre, de macho, me descontrolo por unos instantes.

Lo que aprovecharon sus amigos o compadres para acercarse por detrás de él y bajarle los roídos pants y los calzones. No supe si ya estaba erecto o no, pero ente mi vista se estaba presentando un miembro de dimensiones bastante considerables, solo lo vi unos segundos, el tipo se subió sus pants como pudo y se alejó lleno de vergüenza al mismo tiempo que yo hacía lo mismo en medio de las carcajadas de sus compañeros.

Esa noche y las siguientes no pude conciliar el sueño, lo experimentado me hacía recordar una y otra vez la ocasión en que descubrí a mi mami en brazos del albañil que mi papá había contratado para hacer algunas reparaciones en la casa, se besaban con mucha lujuria y ansiedad en el cuartucho que servía de bodega, el desnudándola rápidamente y ella haciendo lo mismo sin ningún pudor.

Veía a mi madre una joven mujer de 35 años en ese entonces, hincarse y atragantarse de la verga del viejo albañil, casi un anciano, pelón, gordo y sucio, quien tomaba de la nuca a mi mami en medio de sus gritos y gemidos.

No supe cuánto tiempo pasó, lo que recuerdo es que la sorprendí al entrar a la casa muy sonriente y alegre como si nada hubiera pasado, me abrazó dándome un beso en la mejilla y fue ahí donde percibí ese aroma que ahora me estaba haciendo vibrar retorciéndome en una brutal masturbada sobre mis blancas sábanas.

Era increíble como después de tantos años mi subconsciente volvía a percibir de nuevo ese aroma y aun recordar uno a uno de los amantes de mi madre, todos en el cuartucho, todos viejos y de clase baja, el carnicero, el lechero, el del gas etc., uno a uno desfilaron por ese cuartucho casi siempre cuando mi papá no estaba o dormía plácidamente, quien lo diría, mi mami una mujer de sociedad entregada al más perverso y ruin de los placeres aparentando pulcritud y decencia y ahora su hija estaba ante el mismo dilema.

Y es que no puedo concebir que una mujer como yo, una profesional con buena posición social, este caliente con una miseria humana como esa, pero era real, estaba caliente y casi dispuesta a no quedarme con las ganas.

Dejo que pasen unos días y mando a investigar con la conserje acerca del tipo.

–Es para una reparación en el baño, le indico.

Casi no investiga mucho, solo su nombre, Apolonio y su dirección.

Al otro día antes de dirigirme a la escuela miro la dirección, la verdad no sé dónde es, pero estoy decidida, ansiosa, pero igual siento temor por ir a un sitio desconocido, con alguien desconocido y ofreciéndome como una puta cualquiera.

Hundida en mis pensamientos veo venir un bicitaxi, decidida subo, le doy la dirección al tipo.

–¿Estás segura de que quieres ir ahí tan temprano? Es un barrio muy cabrón.

–Si, me están esperando, le digo con seguridad y firmeza.

En realidad, el lugar no está muy lejos, pero si en una zona poco transitada y terregosa con cuevas echas en el cerro por todos lados, entramos en unas callecitas de tierra con casas humildes.

El tipo se detiene y muestra una casucha destartalada.

–Ahí es, me dice

Le pago y con mucho temor bajo y me acerco a la casita ensayando mis diálogos mentales para cualquier situación que se presentara, por si estaba casado etc.

Golpeo suavemente la puerta, casi como para que nadie me escuche, espero un momento y cuando ya estoy por irme, más por miedo que por impaciencia, escucho su gruesa voz.

–¿Quién?

–Soy yo la directora de la escuela, le contesto

Con sorpresa abre la puerta y me observa, con mi trajecito cortito negro, me sonrojo sin embargo un cortante: ¿Qué quiere? Me aterriza a la realidad.

–es que, quería saber si no tienen niños que no vayan a la escuela, le contesto entre nerviosa y decepcionada.

–Neta es lo que quiere o quiere ver esto, se voltea y me enseña con lo que yo hasta este momento fantaseaba.

Su verga totalmente parada, sin dudas más de 20 cm y muy gruesa.

–la vi desde que se bajó del bicitaxi, quedo como paralizada, entonces el viene hacia mí y me da un beso en la boca mientras me manosea las tetas por encima de la ropa, yo contesto metiéndole la lengua en la boca y agarrándole la verga.

–Espera, le digo tiernamente, antes quiero que me veas desnuda, recordando a mi madre con el que considero fue su mejor amante, el albañil.

El viejo obediente, se sienta sobre su vieja cama llena de cobijas sucias y roídas, me ve desnudarme mientras se masturba.

Me desabrocho la blusa de maga larga, la dejo colgada en una silla destartalada que está a mi lado, luego el corpiño hasta dejar mis pechos libres, palpitantes de tanta excitación, quito mi falda y quedo solo en tanga, es increíble, me pongo por primera vez una tanga y es para estrenarla con este viejo Apolonio me mira azorado, nunca habrá imaginado tener en su casucha una mujer como yo totalmente desnuda.

Yo misma estoy asombrada de lo que estoy haciendo, fugazmente pienso en mis compañeras de la escuela, en mis papás ¿Qué pensaran si supieran lo que estoy haciendo?

Me suelto el pelo que tengo atado en una cola y comienzo lentamente a caminar alrededor de la cama, me tranquilizo, me gusta ver como mis tetas se mueven cada vez que doy un paso así desnuda solo con mis zapatillas.

Me paro delante de él, Apolonio abre un poco las piernas para atraerme más hacia él, me toma de la cintura con suavidad y con una mano me comienza a acariciar la entrepierna, empiezo a humedecerme, con la otra mano me manosea las tetas.

Nunca me habían manoseado así, por todo mi cuerpo siento sus manos, cierro los ojos, estamos así un largo rato hasta que ya no puedo soportar más y tomo la iniciativa, le agarro el pito con una mano y lentamente comienzo a sentarme sobre ella penetrándomela, a la vez que con mis piernas envuelvo su demacrado cuerpo, no me importa si no usa condón, solo quiero ser penetrada, puedo sentir como su trozo de carne entra en mi cuerpo, cada milímetro aumenta el dolor y el placer, de repente siento que no me va a entrar completa, me detengo, pero mi desconocido amante me toma firmemente de los hombros, me empuja hacia abajo obligándome a comerme con la vagina todo su miembro.

Pego un grito entre dolor y gozo al sentir sus huevos chocar con mis nalgas, quedo un rato como en éxtasis, aferrada a mi ocasional amante, hasta que lentamente comienzo a cabalgarlo, a ratos me detengo para darnos besos chocando nuestras lenguas, no porque me guste besar a este despojo de persona, sino porque me doy cuenta de que me excita lo prohibido.

Lo sigo cabalgando, el lame mis tetas, las tomaba con ambas manos y vuelve a meter su lengua en mi boca, por momentos me paro hasta que toda su verga sale de mí, para volver a caer sobre ella.

En el cuartucho solo se escucha el ruido de mis nalgas chocando con sus huevos y mis gemidos, mis orgasmos llegan haciéndome temblar y arquear la espalda para dejarme ir por completo,

Apolonio sin desprenderse de mí, me alza y dándome vuelta me pone acostada de espaldas a la cama, me toma de la cintura, todo sin desenvergarme y empieza una furiosa cogida, siento que toda la habitación da vueltas, la cama y toda la casucha cruje ante aquella tormenta de sexo.

En un momento el viejo, pasa sus manos a mis tetas y siento que sus empellones cada vez más pausados y profundos, hasta que deja salir su torrente caliente dentro de mi vagina, lo siento venirse dentro de mí con sus gruesas palpitaciones, Apolonio se desvanece sobre mi dándome unas bombeadas más de verga mientras vamos cayendo juntos sobre la vieja cama.

Sabemos que ambos queremos seguir, pero la voz de su esposa volviendo de algún lugar lo pone en alerta.

–¡mi vieja! Me dice mientras pone mis ropas en mis manos y me saca por una vieja puerta hecha de tablas, como puedo me visto y salgo lo mas apresurada que puedo, ¿Cómo llegué a la casa? Ni yo misma se como lo hice.

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