Decidí que quiero acostarme con él (2): Los ensayos

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—Decidí que quiero acostarme con él —le susurré a mi esposo.

Llevaba semanas con ese pensamiento rondándome por dentro, buscándole el momento, la forma incluso el valor. No era solo decirlo; era imaginarme cómo sería, cómo me sentiría al hacerlo con otro hombre después de tanto.

Gustavo me miró sorprendido. No porque no lo esperara del todo, sino porque creo que ni él mismo sabía qué sentiría cuando, por fin, me atreviera a decirlo.

Sus señales habían sido claras, mi esposo fantaseaba con compartirme y eso dio pie a algunas pruebas o ensayos como después los nombré.

Al principio continuamos con nuestras funciones privadas de cine, Gustavo elegía normalmente la película que veríamos ya fuera los viernes por la noche o los domingos cada dos semanas cuando sus padres o mis padres llevaban a nuestros hijos de paseo.

Así vimos juntos a Nicole Kidman confesarle a Tom Cruise que ella habría abandonado a su familia por un apuesto oficial de marina, a quién observó en sus vacaciones y que regularmente pensaba en él durante el sexo.

Alba Parietti engaña a su esposo, un prominente director de orquesta, durante una de sus giras. El amante: un carnicero simplón, que la hace gritar de placer durante un caluroso día de verano.

Un matrimonio holandés, cae en una extorsión orquestada por el constructor de su nueva casa de campo. La esposa cae rendida ante el joven hijo del constructor, quien la posee como nadie antes, e incluso la embaraza.

No es necesario describir como terminábamos estas sesiones. Gustavo me follaba muy fuerte y el sexo mejoraba conforme yo le hacía referencia a las esposas de las películas gozando. Entonces ambos nos corríamos salvajemente.

Sin embargo, los ensayos son generalmente prácticas para la puesta en escena. Poco a poco fue claro para mí que mi esposo no pensaba detenerse hasta hacer realidad la fantasía. Tras unos meses de películas, la intensidad en nuestra vida sexual fue disminuyendo.

Entonces otro tipo de ensayos comenzaron.

Recordando alguna de las películas durante el sexo, mi marido me preguntó, cuando se sentía cerca del clímax.

-Si en este momento no fuera yo quien te folla, ¿quién te gustaría que fuera?

Mi mente fue rápidamente al joven hijo del constructor, así se lo dije, pero él respondió inmediatamente:

-No. Un personaje no.

-¿Quién en la realidad te gustaría que fuera y por qué?

La pregunta me hizo titubear un poco, sin embargo, le contesté.

-El pelirrojo de la cafetería. El que parece vikingo.

Su reacción no se hizo esperar. Su pulso se incrementó y su verga se hinchó al máximo, la referencia a alguien de nuestro entornó había hecho más tangible la posibilidad de un tercero en nuestra cama.

Ya no era necesario una película para encender el deseo entre nosotros. Pasada la hora de dormir a los niños, comenzábamos a tocarnos y eventualmente mi esposo preguntaba a quién me imaginaba haciéndome el amor y porqué.

No tuve reparo en confesarle en ocasiones posteriores lo mucho que me excitaban algunos hombres en mi entorno:

El mensajero de la oficina, que siempre andaba en bicicleta y que los veranos lucía unas increíbles piernas y un buen paquete bajo las licras de ciclista.

El instructor de yoga, su cuerpo delgado y bien definido cubierto por cientos de tatuajes. Me encantaba imaginar que su sexo también estaba decorado por la tinta.

El profesor de música de nuestra hija, cuya barba parecía recortada por una deidad de la precisión.

Lo más excitante de este juego era que el combustible de la pasión se encontraba a un lado de nosotros, en el vecindario o en la oficina. Quizá la facilidad de acceso a este prohibido placer nos llevó al desborde.

La siguiente etapa fue igual de simple, cuando usando la aplicación de mensajes, notificaba a mi esposo de pequeños eventos:

Hoy llegaré tarde, el mensajero no ha llegado y me ha dicho que tiene una entrega que solo yo puedo recibir.

No puedo faltar a la clase de yoga esta semana, el profe prometió mostrarme un par de nuevas posiciones.

Querido, ¡prepara la cena! Sofia olvidó las notas del piano y me pasaré por dónde el profe para que me las entregue.

Durante este periodo, follamos como locos, no recuerdo haber lavado tantas veces las sábanas. Mi deseo se disparaba todos los días, incluso me había comprado un vibrador por primera vez en mi vida, para calmar mis ansias de sexo. El punto más alto llegó cuando Gustavo se ausentó durante un viaje de negocios.

La noche anterior a su regreso, después de intercambiar textos en la aplicación del móvil, se me ocurrió escribir.

Regresa pronto, recuerda que en casa se cena a las 8 y se folla a las 10 estando tú o no.

Al regresar mi esposo, yo había preparado que mis padres llevaran a nuestros hijos al cine y luego a casa de ellos para el fin de semana.

Intencionalmente compré un paquete de preservativos y separé uno de los tres en otro bolsillo. Los otros dos los situé en el bolsillo donde siempre tengo el móvil.

Estando mis padres cenando con nosotros, le pedí a mi marido que me ayudara a buscar el móvil en mi bolso, al encontrarlo Gustavo encontró el paquete incompleto de condones. Quizá pensó que yo había usado el faltante. Quizá también fantaseó con quien.

Al irse mis padres, se abalanzó sobre mí y me arrancó la ropa. Me recostó sobre el sofá y tomando el consolador del escondite donde lo tenía y empezó a aplicarlo en mi clítoris mientras me comía el coño.

Gustavo fue despojándose de la ropa y muy hábilmente se recostó en un 69 sobre mí, sin dejar de atender oralmente mi hinchado botón y llevando el consolador a mi orificio trasero.

Como pude empecé a felarlo, su falo estaba muy duro y empezó a follarme la boca con mucho énfasis. Apenas podía contenerlo, provocándome arcadas y lágrimas por el esfuerzo.

Estaba a punto de correrme cuando mi marido dio muestras de llegar al orgasmo y sentí su leche en mi garganta, me desfallecí en un grito liberador. La respiración de ambos se aceleró al máximo y fuimos recobrando el ritmo normal lentamente.

Cuando Gustavo pudo hablar nuevamente, me preguntó con un tono de celos y a la vez de excitación.

-¿Con quién usaste el condón que falta, me hiciste un cornudo en mi ausencia?

-Te habría gustado, verdad cabrón, respondí muy enojada.

-De otra forma no habrías disfrutado el semen de otro hombre cuando me comiste el coño.

Gustavo enloqueció. Su verga se endureció en menos de un segundo, sin importar que se había descargado apenas unos minutos antes. Su mirada me deseaba y me juzgaba al mismo tiempo.

Mi humedad se hizo presente también rápidamente. Me subí sobre él y comencé a cabalgarlo sin desviarle la mirada. Clavé mis ojos directo a los suyos.

Sin cerrarlos nos besamos llenos de deseo, con una pasión antes no experimentada. Yo recargué mis brazos hacia atrás sobre el sofá y me eché hacia atrás lo más posible.

Él me tomó muy fuertemente de la cintura y con sus brazos marcó el ritmo que yo seguí con movimientos hacia adelante y atrás y también hacia los lados.

La habitación se llenó de nuestros gemidos, él cerró los ojos, como concentrándose en no terminar y yo, aprete el coño y el culo al máximo.

Ambos estábamos empapados en sudor, mi humedad se extendió por su pelvis y sus muslos. También cerré los ojos esperando el embate de un intenso orgasmo que venía anunciándose poco a poco. Ambos nos venimos intensamente, no sé si grité o gemí. Mi esposo emitió un gruñido liberador.

Mis sentidos se nublaron por un momento. Al regresar a la realidad fui por mi bolso y le aclaré a mi esposo que solo era otro ensayo. Le mostré que el preservativo faltante estaba ahí.

No le había engañado.

Me di cuenta, de su reacción. Parecía sorprendido y a la vez decepcionado.

Estamos llegando demasiado lejos, le dije. Él Pareció no escucharme.

-Si de verdad me hicieras un cornudo, preguntó.

-¿Con quién sería y por qué?

Yo supe que los ensayos habían terminado.

Continuará.

© Analucy Torelo. Todos los derechos reservados.

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