—Si de verdad me hicieras un cornudo —preguntó mi esposo—¿Con quién sería y por qué?
Responder a la pregunta no fue fácil. En un principio, mientras todo se desarrollaba en nuestra imaginación, era muy sencillo. Pero ahora la repuesta implicaba el contacto con la realidad y no era para subestimarse.
Las consecuencias personales, laborales e incluso académicas de ellos y nuestros hijos podían fácilmente provocar una avalancha en nuestra vida.
Así sin pensarlo, una posible solución llegó al cumplirse un año más. ¡La reunión del liceo!
Parecía lógico que el circulo se cerrara exactamente donde empezó. Yo tenía muy en cuenta que las primeras charlas sobre una experiencia con alguien más, se iniciaron cuando le hablé de mi lance con Tim.
Al llegar el día, ya había tomado las provisiones necesarias.
Compré un vestido veraniego y me había arreglado y maquillado apenas un poco más sensual. Me sentía plena y segura. Entablé conversación con mis antiguos compañeros y con mis amigas. Cuando llegó Tim me di cuenta que la decisión estaba tomada.
Logré escabullirme de la vista de mi esposo para acercarme a él y conversar.
Solo conversar.
Gustavo nos encontró, pero se mantuvo a buena distancia, durante poco más de una hora que duró nuestra charla.
Al terminal me acerqué a mi esposo que es como ha empezado este relato:
—Decidí que quiero acostarme con él —le susurré a mi esposo.
Gustavo me miró sorprendido. No porque no lo esperara del todo, sino porque creo que ni él mismo sabía qué sentiría cuando, por fin, me atreviera a decirlo.
Guardó silencio, ahora lo sabía. A escasos metros de él en el mismo lugar estaba quién yo había elegido. Si la revelación le causó un malestar se mantuvo estoico para no demostrarlo.
Regresamos aún, un par de horas a la fiesta y tras despedirnos de todos. Incluido Tim; mi Marido condujo a casa sin disgusto aparentemente, pero en silencio.
Al llegar a la casa y subir a la recámara, no esperó más y me arrojó sobre ella. Cómo un loco subió mi vestido y desgarró mis bragas mientras torpemente se aflojó el cinturón y exponiendo su falo completamente erecto se acercó para follarme.
Me sorprendí un poco, pero el confesarle que me había decidido, me había hecho humedecerme ligeramente y aunque con su incómodo silencio mi excitación había menguado, al sentir despertar su deseo, yo también estuve lista.
Lo besé y aparté como pude el resto de las bragas que aun colgaban de mi pantorrilla. No logramos desnudarnos.
Él con el pantalón en los tobillos y yo aun con mis zapatos puestos y el vestido semi enrollado en la cintura, continuamos.
Su miembro duro entró en mí, mi tibieza lo acogió y la humedad de mi coño le facilitó entrar y salir. Cómo pude alcé las piernas y las abrí para enrollar su cintura.
Sus embates fueron firmes y pausados, él había iniciado quizá descontroladamente; pero ahora se sabía dueño de la situación. Entraba y salía dejándome sentir cada centímetro.
En algún momento usó una de sus manos para tomar su duro miembro y masajear mi clítoris con más control.
Me masajeó hasta que estuve cerca del clímax.
—¿Vas a correrte? —preguntó.
—Si amor, estoy muy cerca —dije
—Quiero que grites mi nombre —dijo él,
—Gustavo! me vengo.
—¡No soy Gustavo, grita mi nombre!
—Tim, grite…,
—¡Me corro Tim!, ¡Tiimm!
Mi esposo embistió una vez más y gruñó de placer, terminando dentro de mí.
El tiempo se detuvo. Tanto él como yo, nos concentramos en nuestro placer aun cuando habíamos llegado casi simultáneamente.
Una vez recuperados, intentamos poner orden al caos que habíamos dejado. Había sido un excelente polvo, el hecho de estar a medio vestir no había interferido con el placer de una entrega total.
Gustavo me había llenado. Su semen escurría entre mis muslos aún tibio. Nos acercamos y volvimos a besarnos, el sueño se apoderó de ambos.
Al día siguiente, una vez que nos aseguramos que los niños seguían bien con sus abuelos. Le conté los pormenores.
Tim quiere que vaya a su apartamento. Él se tomará el día libre y yo podré llegar desde muy temprano.
Tengo que ir vestida lo más sexual posible y procurar que sus vecinos me vean. Que vean como él, recibe la visita de una mujer que sabe a lo que va.
Los tres pisos tendré que subirlos por la escalera, eso hará que mis tacones resuenen atrevidamente por el edificio y por los pasillos hasta que me encuentre frente a su puerta. Donde el me esperará.
Al entrar me mirará bien el culo y al cerrar la puerta me abrazará por detrás, para dejarme sentir su miembro gordo y firme mientras él toma mis senos con sus manos y se dirige a los pezones, afilándolos.
Tim irá deslizándose por mi cintura y buscará con sus dedos mi coño que seguramente ya estará empapado por la excitación. Sus caricias recorrerán mis pechos y mi vientre e irán buscado ambos orificios para ponerme a tope.
No sé cuánto tiempo duraremos así. Yo buscaré con mis manos tomaré su paquete y repararé en su tamaño.
Si él no lo hace, bajaré el cierre y liberaré su verga, para pajearla así, conmigo de espaldas. En breve tendré que girarme para probarle, hambrienta de su sabor.
El solo pensarlo me hace humedecerme. Lo voy a engullir hasta provocarme arcadas, mientras él pellizca mis senos o intenta follarme con sus dedos. Haré un esfuerzo por hacerle perder el control y espero que no se descargue en mi garganta antes de tiempo.
La ropa será innecesaria, imagino que para entonces ya mis bragas y mi sostén no estarán en su lugar. Me esforzaré por desnudarlo y dejarlo guiarme a su recámara o a donde él haya planeado hacerme suya.
Quiero cabalgarlo, ver su mirada de frente mientras me chupa las tetas y me va penetrando lentamente. Él ha sido claro. Me quiere así, sin nada entre nosotros, como hace 20 años cuando me cogió por primera vez.
Cuando lo sienta dentro de mí, podré saber si me hará daño o lo recibiré fácilmente, estoy segura de que estaré tan caliente y mojada que no sentiré dolor. En este punto todo dependerá de él.
Que tan fuerte, que tan rápido y cuan largo durará, o quizá no, No se si yo terminaré antes.
Como seguirá el día y quizás la tarde, no puedo asegurarlo. Imagino, tal vez tú también, que tomará un buen rato hasta que yo salga de ahí. Nuevamente con el ruido de los tacones al abandonar su edificio.
La recompensa es la chaqueta que olvidé en su casa, la que me hacía sentir la modelo del comercial de vaqueros de nuestra adolescencia. La que cubrirá a tu esposa satisfecha por el sexo de otro hombre.
No bien terminé de describir el cuadro a mi esposo, estría de más mencionar qué y cómo pasó.
Con la respiración entrecortada y sin poder hablar, ambos sabíamos que el siguiente paso sería llevarlo a cabo.
La verdadera dificultad fue esa, entre una sorpresiva enfermedad de mi padre, los cumpleaños de los niños, el trabajo y un sinfín de aparentes banalidades, algo pasaba que nos impedía llevar nuestro proyecto a cabo.
En estos casos mi madre siempre pensaba que se trataba de alguna señal. Al pasar más días, empecé a ver sombras donde antes brillaba el sol.
En la siguiente oportunidad que estuvimos solos hablé con mi marido.
—¿Has pensado que puede gustarme más con él, que contigo?
—¿Te has imaginado que podría enamorarme de él, o él de mí?
—¿Aceptarías si me embarazo, a un hijo que no es tuyo?
Si alguien se da cuenta y llega a oídos de nuestras familias, de nuestros hijos.
—¿Entonces qué? —Pregunté.
Yo misma me respondí.
Mi respuesta vino tajante y directa como un balde de agua fría:
—Lo siento Gustavo. No puedo hacerlo…
Epílogo.
Después de la negativa de su mujer a seguir adelante, la vida sexual de ambos entró en la rutina. En una especie de limbo, cómo antes de que su fantasía se apoderara de sus deseos.
No es que no fuera buena, había perdido, sin embargo, esa explosividad que recientemente habían recuperado.
Gustavo se sentía aliviado en cierto modo, quizá la negativa de Ana les había salvado de una catástrofe segura, él definitivamente no había pensado en los posibles efectos secundarios de seguir adelante.
Otra parte de él se sentía frustrada. Su imaginación y el morbo provocaban un efecto enervante, intenso y adictivo.
En cierta forma se había ya conformado. A decir verdad, había algo que no estaba claro para él:
Ana había descrito como sucedería y él no participaba. Él había fallado al describir si quería estar presente. En parte porque la fantasía se había concentrado en el hecho de descubrirlo y no en ser partícipe de los preparativos.
Las cosas suceden siempre por una razón, decía su suegra. En este caso, aunque siempre había odiado la frase, debía aceptar que estaba relativamente de acuerdo.
Sin embargo, ese día, después de algunos meses de dar por cerrado el asunto y sin volver a hablar al respecto, algo parecía diferente.
Quizá la forma en que Ana había preguntado por su hora de llegada. Quizá su aparente frialdad al terminar la conversación.
Cuando Gustavo llegó a casa, esta parecía vacía. Una pequeña nota amarilla se encontraba en la mesita de la entrada. Gustavo tras colgar sus llaves, la tomo y leyó “Sube”.
Él presintió que algo había cambiado y rápidamente subió las escaleras. El pasillo silencioso no ofrecía ninguna pista de lo que pasaba.
Al abrir la puerta de la recámara, sintió que el corazón se le detenía. Se dio cuenta de que su vida, la vida de ambos, la vida familiar había cambiado para siempre.
Ana estaba sobre la cama, llevaba el cabello alto, recogido como una adolescente. Solo portaba la chaqueta del comercial de vaqueros.
Sufrió y gozo al mismo tiempo con gran intensidad. No quiso preguntar, pero intuía cómo la había recuperado.
Ya habría tiempo de saberlo. Ya habría tiempo de lidiar con las consecuencias.
No perdió un segundo más.
Rápidamente se abalanzó sobre su esposa…
© Analucy Torelo. Todos los derechos reservados.
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