Desconocida

0
1937
T. Lectura: 11 min.

–Tu primer día como profesional.

–¿Cómo te sientes?

–Pensé que estaría más nerviosa, la verdad. Puede ser porque mi profe me enseñó con calma y paciencia, transmitiéndome confianza.

–Antonio siempre ha sido muy tranquilo, por cierto, raro que no esté aquí para verte debutar.

–Por supuesto que está, y como espectador vip además.

–¿Qué dices Ángel?

(Ángel desabrocha la bolsa mortuoria)

–Antonio… – (dice Carla impactada.)

–Profe… – (dice Marta también impactada, derramando efímeras lágrimas segundos después. Carla mira con enfado a Ángel.)

–De ángel no tienes nada, ¿por qué nos lo has ocultado?

–Pensé que sería gracioso ver vuestras reacciones.

–¿Cómo puedes ser tan frívolo?– (le dice Marta. Carla saca a Ángel de la sala de un empujón, sin dejarle tiempo para responder.)

–Sabes a qué nos dedicamos, un poco de comedia no viene mal.

–Ojalá no despiertes de tu siesta.

–¿Ves?

–Lo digo en serio.

–¡¿No jodas?!– (responde irónico Ángel.)

(Marta escucha sus voces alejándose por el pasillo.)

–Recuerdo todas tus enseñanzas, profe.

(Carla y Ángel, recién despertado de la siesta, se dirigen a consultar a Marta.)

–Tu deseo no se ha cumplido, mentiría si dijera «siento decepcionarte».

–Púdrete.

–¿Y bien, joven promesa, cómo murió Antonio y hace cuánto?

–Siendo sincera, no lo sé, no he encontrado evidencia alguna a excepción de que mantuvo relaciones sexuales momentos antes de morir. Y mirad esto, parece que le hicieron una autopsia con varios cortes, es lo que más me descoloca. Perdón por la falta de información.

–No te preocupes, no se trata sobre cómo se empieza, sino cómo se acaba.

–Pues como acabe igual que su profesor…

–Oye tío ya te estás pasando– (responde Marta airada.)

–Escribe lo que consideres en el informe, anda. Ya nos ocupamos nosotros de la investigación– (le dice Ángel.)

–Al parecer, después de nuestra graduación tuvo una cita con alguien.

–Lo tendremos en cuenta, gracias Marta.

(Carla y Ángel salen de la sala.)

–Qué coño te ocurrió, profe… (Dice Marta para sí)

–En las profundidades de tu burlesco corazón también mora la empatía-.

(Ángel mira de reojo a Carla sin decir nada.)

Unas semanas antes.

–Y con esto finalizamos la última lección del año, disfrutad del jueves telonero de la graduación. Marta.– hago un gesto de aproximación con la mano.

–Dime Antonio.

–Esto que quede entre tú y yo: eres la que más potencial tiene de toda la clase, tendrás un buen futuro.

–¡Gracias!– responde alegre Marta.

Salgo de la universidad, me monto en mi modesta bici y tomo rumbo hacia el salón de juegos de mi barrio, desde que enviudé siempre visito ese lugar antes de comer. No soy ningún ludópata, sé jugar, y lo más importante, sé cuando parar. Había días que ganaba un dinero extra y días en los que perdía. Entro y me siento frente a una pachinko; esa versión japonesa de las tragaperras es mi favorita, aunque a veces también me apetece jugar a otra cosa.

–Hombre, mi colega el Toño ya está aquí.

–Qué pasa Agu.– Ese es Agustín, apodado “Agu” porque mira la hora constantemente cuando se pone de los nervios y por su desigual bigote que simulaba las agujas de un reloj posicionadas sobre el ocho y el cuatro. Buen amigo mío en el exterior, pero rivales dentro.

–Ten cuidado.

–¿Con qué? ¿o me estás amenazando?– Agustín me agarra del brazo llevándome consigo sutilmente.

–Más bien con quien, y conmigo no, con la que tienes al lado. No te dejes llevar por su belleza, es manipuladora pero lo encubre con aparentes consejos. Hazme caso, esta vez te hablo como amigo.

–Vale, de acuerdo.– Regreso a la pachinko y comienzo a jugar.

–No deberías jugar así

La ignoro. Soy un tipo con dificultades para cabrearse pero algo que me molesta especialmente es que critiquen mi manera de jugar.

–Allá tú si quieres perder dinero.

–A ver, ¿cómo lo haría usted, señorita?– respondo mosqueado, llamando la atención de Agu, de igual modo que la mía también es llamada al girarme para ver a la susodicha: pelo negro lustroso y ondulado, por los codos; ojos violáceos, una nariz faraónica y una amplia boca, no en exceso, de purpúreos labios.

–Si me permites– accedo y sin comprender lo que hace esta insidiosa mujer, la pachinko adquiere un dadivoso comportamiento.

–Me disculpo, esto…

–Noelia.

–Noelia, yo Antonio.

–Mucho gusto, Antonio.

(Agu niega con la cabeza, defraudado, sacando su reloj de bolsillo)

–¿Cómo lo has hecho, si no es un secreto?

–Me relajo y me desahogo.

–¿Cómo?

–A partir de aquí, sí que es un secreto.

Me quedo dubitativo unos instantes, buscando la forma de continuar la conversación.

–¿En el billar también lo empleas?– no sé por qué he dicho eso.

–¿Desde cuándo se apuesta en el billar?– responde Noelia soltando una breve carcajada.

–Desde nuestra partida de esta noche, en mi casa; cena, bebida y postre incluidos- parezco el muñeco de un ventrílocuo.

(Agu mira de nuevo su reloj de bolsillo e insatisfecho, mira hacia el del salón pasando después por el digital sobre la barra al ser testigo de semejante diálogo.)

–Me pido rayadas.

–Las tendrás que meter antes que yo, ¿no? ¿A las 22:00 te viene bien?

–Perfecto.

–Vale, pues a las 22.00 en la Calle Petricor, 49, 3ºC.

–Allí estaré.

Noelia abandona el salón y tanto yo como Agu contemplamos su figura mientras nos invade un sopor repentino.

–Espera, los premios son tuyos.– Noelia me ignora.

–¿Qué cojones haces? Tú eres de los que presta más atención a una mujer atractiva que a un amigo, ¿no?

–Esta chica no es feliz, Agustín.

–Poca gente lo es en este mundo… Yo sería un poco más feliz si tuviera tu elocuencia, sobre todo con las tías. Joder, que sueño– dice Agu bostezando.

–En ti está el creerme pero es verdad si te digo que no pensaba invitarla a jugar al billar.

–Pero en tus sueños a lo mejor sí. Llevas mucho tiempo solo Antonio, quieres otra mujer en tu vida pero también quieres echar un polvo, no confundas amor con sexo. Vámonos a echar una cabezada, anda.

A falta de veinte minutos para que el reloj marque las 22:00, espero ansioso la llegada de Noelia. Sin duda alguna, me atrae, rezumaba misterios y el hecho de que sea tan hermética me enciende más; me interesa el saber y aprender, gajes del oficio. Tal vez Agu tenga razón, pero pocas mujeres se enamorarían de un maromo que le sacaba las entrañas a cadáveres y ahora las utiliza para enseñar; que surja lo que tenga que surgir. La mesa luce opípara, he cocinado de todo un poco puesto que no hablamos sobre su sentido del gusto. La bebida también es variada: vino, champagne, cerveza, diversos licores, sangría e incluso agua. Llaman al timbre, abro sin preguntar.

–Buenas noches Noelia, pasa.

–Hola.– contesta, mirando hacia atrás.

–¿Qué pasa?

–Nada, cosas mías.

No quiero meterme en un berenjenal, aunque Noelia está claramente asustada. Mi última intención, si la hubiere, es lograr que mi invitada se sienta incómoda, mas me carcome desconocer el porqué.

–¿Ya has preparado el billar?

–He preparado la mesa, el billar era el postre pero bueno, si tienes tantas ganas de perder…– la boca de Noelia sonríe sin llegar a descubrir los dientes pero sigue alarmada. La observo taimado mientras relleno el triángulo con las bolas. Noelia coge un taco, empieza a darle tiza con nerviosismo, apunta con él a la bola blanca inmediatamente después de haber quitado el triángulo, y proyecta un saque capaz de meter dos bolas rayadas en dos troneras paralelas.

–Por eso te anticipaste al pedir las rayadas– comento al marcharse mi estupor. Noelia tenía razón, jugando se relaja ergo se desahoga, puesto que con ese saque, toda su inquietud cesó.

–Gracias por este acontecimiento Antonio, ha servido para distraerme–.

Me tienta el preguntarle, lleva con alusiones desde que nos conocimos, pero no quiero meter la pata.

–Gracias a ti por venir, por cierto, ¿dónde vives?– Baja la mirada y tarda un poco en responder, se lo pregunto porque me apresto a llevarla.

–Parque de la Luz.

–¿Te acerco? ¿O cómo has venido?– Parque de la Luz queda algo lejos de mi casa.

–Te dije que a partir de cierto punto era un secreto– me guiña un ojo.

–Perdón. ¿También te importa que intercambiemos los teléfonos? Me has caído muy bien y quiero que sigamos hablando y jugando.– Me da a mi que Noelia es de esas personas a las que tienes que ir conociendo a ritmo paulatino.

–Soy de las pocas personas en el mundo que no tiene móvil.

–¿En serio? No dejas de sorprenderme.– Noelia sonríe ladeando la cabeza. –Entonces ¿cómo puedo comunicarme contigo?

–A la vieja usanza, a través de cartas.– dice con un tono coqueto.– ¿Y el baño?

–Detrás tuyo, a tu izquierda, justo al lado de la entrada.– Va hacia allá y se encierra. Es pasada la medianoche, mientras recojo la mesa escucho la puerta de entrada cerrarse. Desconcertado, voy hacia el baño pero ella no está. Efectivamente se ha ido sin decir nada, dejando rastros de ocultismo por mi casa. Estoy un poco molesto pero no soy de los que se consumen por el sobre pensamiento. Me visto en la ropa a la que coloquialmente llamo pijama e inicio mi lectura preonírica hasta que decido acostarme.

Nunca me gustó dormir a pecho descubierto ni destapado pero casi de forma inconsciente obro en contra de mis voluntades; aun así concilio el sueño. Hacía tiempo que no me dormía tan rápido, es como si me hubiesen hechizado. Noto un gélido hálito sobre mi busto pero estoy tan profundamente dormido que no reacciono. Cuando despierto, ya es el día de la graduación.

–Estáis todos guapísimos y guapísimas.

–Lo mismo se puede decir de ti, profe –dice Celia sorprendida, al estar acostumbrada, como todos, a verme con ropa de lo más casual, una compañera con la que Marta se lleva muy bien.

–¿Tienes una cita después de la graduación, Antonio?– pregunta Jaime entre risas.

–Pues sí.

–Bueno bueno buenooo.

Noelia me dejó una nota que anoche no vi diciendo que le encantaría volver a jugar al billar, así que hemos quedado hoy pero a una hora más tarde, a petición de ella.

La efeméride comienza. No pasa mucho tiempo cuando la emoción conquista a los primeros alumnos y demás plantilla escolar. Yo observo con una ostensible sonrisa. Después de varias dedicatorias es mi momento de platicar:

–Si disfrutáis de vuestro trabajo, no es un trabajo. Y esto no es mío, lo dijo un chino ancestral.

Entre algunas risas y un completo vítor, recibo sinceros abrazos de mis alumnos, contagiándome parte de su emoción. Podría haberme explayado más pero parece que eso fue suficiente. Quería quedar con Noelia puntual.

–Bueno, ahora a quemar la ciudad, aunque tú quemarás otra cosa ¿no Antonio?

–Nunca pierdas el sentido del humor Jaime, aunque sea de carácter verde.

–Jajaja, te dedicaremos cada trago.

-Gracias, de verdad, os volveré a ver, ya como forenses.

–¡Por supuesto, no lo dudes!

Nix ennegrece el firmamento con su oscuro atuendo cuando salgo. Por supuesto, asistí a la graduación en mi querida bici, por lo que también llego a casa en ella, ganándome miradas descaradas durante el trayecto; camisa, americana atada a la cintura, pantalones chinos, zapatos Derby blanco-negros y una Orbea mountainbike no eran una buena combinación pero el medio ambiente me importa más que esas miradas.

Miro el reloj, las 22:52, ocho minutos justos para subir a casa y preparar el billar. No me molesté en cocinar puesto que Noelia no tiene mucho apetito, sólo le interesa jugar. No obstante, yo sí vengo con hambre, pero llaman a la puerta de mi casa directamente, sin tocar en el telefonillo de abajo; junto con mi extrañeza y un bote de pepinillos, miro por la mirilla… Parece Noelia, y digo parece porque se ve un tanto distinta, como si tuviera los rasgos de la cara difuminados.

–Bienvenida Noelia, ¿un pepinillo?– debería limpiar la mirilla…

–No.

Me resultaba increíble lo tajante que es antes de jugar y su amabilidad en el después.

–¿Estaba la puerta de abajo abierta o qué?

–Sí.

Lleva la misma ropa que ayer y cuando la conocí en el salón: una blusa negra, de cuello ancho con patrón muaré en las mangas, una de ellas caída, dejando al descubierto su hombro izquierdo; el resto es organza; una falda coriácea casi a la altura de las rodillas y unos botines también negros con cremallera.

Va directa hacia el billar, como esperaba.

–Esta vez te dejo sacar a ti– dice mientras saca el triángulo y coloca las bolas.

–Gracias, te arriesgas a jugar con lisas.

–Te arriesgas tú a jugar con ellas.

–Jamás he escuchado a alguien hablar con tanta convicción.

Noelia quita el triángulo, se acerca con la bola blanca a la vez que me mira a los ojos y la coloca en posición, retirando su grácil mano de uñas puntiagudas naturales lentamente mientras sigue mirándome a los ojos. ¿Está intentando ponerme nervioso? Me decido a sacar, ella se agacha mas no sé si ahora observa la bola blanca, el resto de bolas, el recorrido que hará mi saque o simplemente está ideando.

–El que avisa no es traidor, traidora en este caso- dice con una sonrisa pícara. Parece que estaba convencida antes de venir de que ella iba a jugar con rayadas, aunque para rayadas las que provoca en mi.

–Es un secreto ¿no?

–Estoy segura de que no se lo dirás a nadie.

–¿A qué te refieres? ¿Ya me lo has dicho y no me he dado cuenta?

Su turno, se inclina para golpear la bola y no logro evitar que mi mirada se dirija a su escote, mas sí evito la apertura de mi boca ante un seguido bostezo. Noelia realiza un golpeo con efecto y exitoso.

–Te toca. Antonio.

Me cuesta reaccionar, es más, no me entero de la jugada que hago pero parece que se lo pongo difícil cuando la veo sentarse en el billar y pasar el taco por sus espaldas. Me parece una imagen hermosa, su pelo es la mangata invertida reflejada en sus ojos y un humilde pero preciso velero dormita sobre ella. Aun así, no es suficiente para despejarme de esta modorra que, a quemarropa, otra vez me posee.

–Eres el mejor rival con el que me enfrentado en años, hacía tiempo que no me divertía tanto, aunque creo que yo te estoy aburriendo.

Noelia se aproxima y me planta un beso en los labios, cada vez más húmedo, comienza a quitarme la americana, me agarra del cuello de la camisa y me tumba en la mesa de billar sin dejar de besarme. Yo me dejo llevar, no tengo otra opción, pues apenas puedo moverme. Ella se deshace de la blusa y vuelve a mi para que continúen los besos, dirigiendo mi cabeza a su cuello y clavículas. Escucho sus sutiles gemidos, coge mi mano izquierda y la posa en su cintura, acto seguido se quita el sujetador y baja mi cabeza hacia sus pechos turgentes.

Agarra mi otra mano para asir su seno derecho a la vez que lo lamo, mientras que la izquierda acaricia su cintura hasta llegar a palpar y pellizcar el pezón. Los gemidos evolucionan de sutiles a moderados. Cambio de pezón, ella hace bajar mi mano derecha a su muslo y empiezo a acariciarlo. En mi limitación de movimiento, llevo la mano hasta la nalga, abrazándola; parece que quiere que haga lo mismo con la otra porque la hace descender desde su pecho. Noelia aparta mi cabeza de sus senos para que la bese.

Sus besos me recuerdan al sabor de la sangre, ese regustillo a metal, pero cuando se retira para desabotonarme la camisa, no veo ni una gota de nuestro asiduo carmesí fluido en sus labios, ¿soy yo? Emplea su boca en mi pecho y con sus uñas de ambas manos raja mi torso, despacio, en forma de Y, como si de una autopsia se tratase, mordiéndose el labio mientras lo hace; baja hasta mi pubis y lame de abajo a arriba la sangre emanada de los cortes. Me percato de un cambio en sus ojos, parecen de serpiente; el sueño hace que me empiece a imaginar cosas… Quiero quejarme pero algo desconocido me lo impide.

Se pone de pies sobre la mesa, observándome, se desprende de la falda y posteriormente de las bragas, cayendo ambas sobre mi rostro; Noelia me las quita con tacones de los sus botines, se coloca de espaldas a mi y se tumba, arrimando sus genitales estilizados con vello púbico a mi cara.

–A la vez –dice.

Me desabrocha la cremallera del pantalón, me lo baja y siento como me masturba, también despacio. Decido copiarla, así que deslizo mi pulgar por la acuosa vulva mientras mi mano izquierda acaricia su pierna. Después de soltar un gemido, siento su lengua rodeando mi glande, yo hago lo propio con su sexo, sustituyendo los movimientos circulares por alternos; ambos gemimos. Ahora siento mi miembro dentro de su boca, sube y baja, sube y baja, progresivamente. En mi caso, modifico velocidad, intensidad y movimientos de mi lengua sobre su intimidad a la par que mi mano derecha desliza por su pierna. Busco el clítoris, me lleva unos momentos encontrarlo debido al sueño pero doy con él, así que accedo a succionar.

–Uh… Antonio…

Ella me imita, con una mano agarra mi pene mientras succiona, y con la otra estimula los testículos.

–Oh… no pienses en hacer lo del pecho ahí… eh…

No responde, continúa, disminuyendo el ritmo. Yo introduzco el pulgar en su vagina y, de nuevo, chupo el clítoris. Creo que mi pene se encuentra entre sus pechos, lo masturba con ellos a la vez que lo chupa. De vez en cuando, cogemos aire para expresar el placer. Noelia se yergue, continúa de espaldas a mi, aparta sus partes de mi cara para acercarlas a las mías, sintiendo como se aúnan poco a poco para una única labor, gimiendo al unísono. Se me cierran los ojos, más por sueño que por satisfacción. Mis manos rodean la cintura ascendente y descendente de Noelia, que se inclina hacia delante mirándome con lascivia y moviendo su cadera como le apetece: en círculos, de arriba a abajo, adagio, andante, allegro, para adelante y para atrás…

–Joder Noelia… –digo con los ojos cerrados y el cuerpo cada vez más laxo.

Vuelve a la posición anterior, agarra mis manos y las lleva hasta los senos, yo les abrazo y palpo los pezones mientras ella bota. Las manos, incapaces de sostener los senos por más tiempo, caen. Noelia se detiene y me da un par de toques que casi siento en la pierna izquierda. ¿Quiere que me espabile o me está pidiendo que trabaje? Deposito las escasas fuerzas que me quedan en realizar movimientos pélvicos, ella coloca mi mano izquierda en su pecho y la derecha la dirige hacia el pubis, por lo que acaricio el seno y el pezón, y estimulo el clítoris mientras se lleva a cabo el coito. Escucho los gemidos de Noelia cada vez más bajos…

–No me has pedido permiso para acabar dentro, Antonio, pero no importa, te estoy agradecida por hacerme desahogar.

(Noelia baja de la mesa de billar, le sube el pantalón a Antonio, le abotona la camisa, le pone la americana, le da un pico y marcha de su casa, desnuda, con la ropa sobre el hombro.)

Actualidad.

–Invitó a jugar al billar a una tal Noelia. Después de habérselo propuesto y de haberse ido esa mujer, me dijo que lo de invitarla a jugar al billar no lo dijo él, si no su subconsciente. Yo pensé que el sueño que nos entró de repente nos estaba afectando, así que nos fuimos a nuestras respectivas casas a sobar.

–¿Podrías describir a esa Noelia, Agustín?

–Sí claro, la verdad es que era bastante guapa, pelo negro largo, ojos claros, parecían azules, una nariz demasiado perfecta y una boca… grande se podría decir, aunque no tanto. Era un poco más alta que Antonio, no sé si porque llevaba botas de tacón.

(Carla y Ángel se miran.)

–¿Hablaste con Antonio después? ¿Te dijo donde vive esa mujer?

–Hablé con él al día siguiente, me dijo que vivía en Parque de la Luz.

(Carla y Ángel se vuelven a mirar, confusos.)

–Oye Agu, sabes que el perjurio es un delito, ¿verdad?– (dice Carla)

–¿Qué quieres decir?

–¿Has escuchado la hipótesis que dice que tenemos alrededor de seis clones distribuidos por el mundo?– (pregunta Ángel, enfatizando en “el mundo”.)

–Sí, me lo contó Antonio precisamente, ¿por?

–Pues eso, por el mundo, no por el barrio. ¿Cuántas probabilidades hay de que dos de esos clones convivan en el mismo barrio?

–Lo que mi compañero quiere decir es que una mujer con ese mismo aspecto y dirección murió hace unos años a manos de su marido, un celoso empedernido que la golpeó repetidas veces en la cabeza con una bola de billar, la rayada 12 en concreto. Ella se llamaba Noelia Espinoza.

(Agu empieza con su manía de la hora, mirando todos los relojes en su campo de visión en cortos intervalos de tiempo)

–Pero yo la vi, estuvo aquí, la vi claramente, prueba de ello es mi descripción.

–Hay otra hipótesis que dice que los entes pueden seleccionar a sus observadores. Quizá tengas el don…

–No sabría decir qué me sorprende más, si la declaración o que un sinvergüenza como tú crea en fantasmas.

–Carla, esto es serio, y seguramente no se trate de un fantasma.

–Ah, ahora nuestro trabajo es serio ¿no?

–Gracias por tu tiempo, Agu.

–No hay de qué– (dice Agustín) –Esperad, ¿qué hora es?

–La misma que hace medio minuto.– (responde Carla)

(Carla y Ángel se dirigen a comisaría)

–¿Caso cerrado?– pregunta Carla.

–Cállate y ayúdame a planteárselo al comisario.

(En la morgue, yace un cadáver etiquetado como:

Nombre: Antonio de la Fuente Gil

Fecha de muerte: sin determinar

Causa de muerte: desconocida)

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí