Día 10: En el cuarto de lavado

1
903
T. Lectura: 7 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

Llegué al cuarto de lavado con la canasta de ropa sucia en las manos. El sol de la tarde entraba por la ventanita alta y el aire olía a detergente y humedad. Me había puesto el top crop azul cielo de manga larga, tejido acanalado que se pegaba a mi cuerpo y dejaba al descubierto una franja de abdomen. La falda corta azul cielo a juego, cintura alta y corte ligeramente en línea A, se movía con cada paso. Calcetas blancas translúcidas con encaje y olanes en el borde superior, sandalias mules de tacón alto azul pastel con tiras delgadas, cabello rubio en media coleta alta con ondas suaves cayendo sobre los hombros, aretes pequeños y labial rojo intenso. Parecía una esposa arreglada haciendo las tareas… pero ya no me sentía así.

Empecé a echar la ropa en la lavadora. Camisetas de Cristian, mis blusas, toallas… y de pronto, entre todo, apareció una muda de ropa que no era mía. Una camisa blanca de hombre, manchada de grasa en el cuello y con un fuerte olor a perfume de mujer barato. En el cuello de la camisa había una mancha de labial rojo… que tampoco era del mío. Era un tono más oscuro, más vulgar. Me quedé congelada. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Esa camisa era del Negro y no me costó mucho atar cabos para imaginar que el Negro había estado con otra mujer a quien seguramente se la había follado, metiéndole esa verga gruesa que yo ya conocía de memoria, corriéndose dentro de ella, llenándola con la misma leche espesa que me había llenado a mí tantas veces y que muy en el fondo… pensé que era exclusiva para mí.

Los celos me quemaron el estómago como ácido. Me temblaban las manos. Quería gritar, romper la camisa, reclamarle… pero ¿con qué derecho? Yo era una mujer casada. Sin embargo, mi vanidad como mujer no podía negar que me molestaba que se cogiera a otra porque sentía que su verga y su semen eran solo para mí y yo ya sentía que ya era adicta a su verga y a su semen y que si no lo tenía estaba incompleta, que algo me faltaba.

La rabia me subió por la garganta. Primero porque no sabía porque esa camisa estaba ahí, entre mi ropa y la de mi marido, así que agarré la prenda manchada del Negro y salí furiosa a buscarlo en el taller.

El Negro estaba terminando de limpiar un motor, con grasa en las manos y en la camiseta. Cuando me vio entrar con la camisa en la mano, sonrió con esa sonrisa cínica que me ponía los pelos de punta.

—¿Qué carajos es esto? —le reclamé, tirándole la camisa a la cara—. ¿Ahora me dejas tu ropa sucia para que yo te la lave?

Él cogió la camisa en el aire, la olió y soltó una carcajada grosera.

—Mira nomás cómo te pones brava tan solo por una camisa sucia, si hasta te tiemblan las piernas de coraje, ja ja ja. Una putita como tú debe lavarme la ropa, porque mi verga y mi semen no son gratis, mamita.

Sentí que me ardía la cara de coraje, primero por su cinismo de tener que lavarle la ropa, muy en el fondo por los celos me quemaban por dentro y por la impotencia de no poder gritarle que era un hijo de puta, porque se estaba cogiendo a otra además de cogerme a mí, pero todo eso lo pensé y me tragué mis palabras. Solo pude responder con rabia:

—No soy tu sirvienta, Negro de mierda. No me dejes tu ropa otra vez en mi cuarto de lavado.

Me di la media vuelta y salí presurosa hacia el cuarto de lavado. Él me siguió. Sus pasos pesados resonaban detrás de mí. Me alcanzó justo cuando estaba cerrando la puerta del lavadero.

No me dio tiempo a reaccionar. Me empujó contra la lavadora, me agarró del cuello y me metió la lengua en la boca con fuerza. Un beso brutal, con sabor a cerveza, posesivo. Al principio intenté empujarlo, pero cuando sentí su verga dura rozando mi clítoris por debajo de la falda, mis manos subieron a su pecho y empecé a responderle el beso, succionando su lengua con ansiedad.

Era algo incontrolable en mí, nunca en la vida había experimentado tal excitación ni tan rápido, ese Negro infeliz me provocaba y me excitaba con solo verlo e imaginar lo rico que me cogía, así que en cuanto él me besaba, o me comenzaba a coger, yo quedaba vulnerable a su voluntad y no podía ni quería apartarlo…. Y ahora, quién lo fuera a decir, sentía celos de pensar que se estaba cogiendo a otra, era una rabia indescriptible por solo querer que me cogiera a mí, que su verga y su semen solo fueran míos. Este deseo por el Negro es algo que jamás había sentido por mí marido, esto ya era un deseo que me quemaba y me ponía fuera de mí.

—Así… putona… ya te está gusta mi lengua, ¿verdad? —gruñó contra mi boca, pasándome su lengua con saliva con sabor a cerveza y tabaco. Nuestras lenguas se entrelazaron ansiosas de deseo, yo no dejaba de jalarle la verga como si se la quisiera arrancar, El Negro cubría con sus enormes manos mi culo estrujándolo con fuerza y luego mis pechos por debajo de mi blusa azul. Yo me paraba de puntas para alcanzarlo y repegarme más a él. En ese momento me olvidé de mis celos y me entregué al placer que el Negro me daba cada vez que me cogía.

—Qué rica lengua tienes, Putita, me encanta cómo mueves el culo cuando me besas, sii sii anda, jala, jala mi verga.

Me tomó de la cintura, me cargó y me sentó sobre la lavadora encendida (la vibración me golpeó directo en el clítoris) y me subió la falda. Me arrimó la tanga hacía un lado y hundió la cara entre mis piernas. Me lamió con su lengua ancha y plana, chupando mi clítoris con fuerza, metiendo dos de sus dedos gruesos dentro de mí, mientras le gemía y me retorcía de placer. Yo acariciaba su cabeza y sentía un placer inmenso cuando su lengua voraz rozaba de manera tosca mi rosado clítoris. Luego metió su enorme lengua en mi vagina y comenzó a meter y sacar como si fuera su pene. Sus dedos frotaban mi clítoris y yo sentía que desfallecía de placer y fue inevitable correrme en ese momento.

—Qué rico coño tienes, mmmm … ya estás chorreando para mí, putona. Estabas enojada por lo de la camisa manchada, dime ¿Sientes celos porque anoche estuve con otra? Pues te confieso que me gusta más tu culo y hoy te voy a coger más fuerte para que te acuerdes quién es tu dueño.

Yo le respondí, —Eres un infeliz, Negro, eres un desgraciado, eres de lo peor.

Me bajó de la lavadora, me puso en cuclillas sobre el piso y sin preguntarme me metió la verga en la boca.

— Deja de quejarte y chúpamela, puta. Abre la boca y cómete mi verga sin reclamos.

Me puso en cuclillas. Y se la chupé con fuerza, un poco forzada y otro tanto por el gusto que ya le tenía a la verga del negro, así que estuve alternando entre lamer toda la longitud de su miembro y metérmela a la boca hasta que su glande llegara a mi garganta una y otra vez metiendo y sacando mi boca de su enorme miembro que no dejaba de destilar sus líquidos seminales y luego me dedicaba succionar sus testículos pesados, primero uno y después el otro y regresaba a meterme su verga a la boca. El Negro me agarraba del cabello y gemía:

—Mmmm sí sí, así… trágatela toda… chúpame los huevos, puta… qué bien lo estás haciendo, ¿será porque estás celosa? — Yo no le contesté porque sí estaba muy celosa, justo por eso le mama su miembro con tal ansiedad, como si me lo fueran a quitar y no quisiera dejar de sentir en mi boquita su sabor y su enorme tamaño, pero obvio no le respondí y seguí alternando entre chupar su pito y luego sus testículos.

Tras mamársela durante un buen rato cuando ya sentía que su verga comenzaba a temblar como queriendo venirse en mi garganta, el Negro me levantó, arrimó los detergentes y me acostó en la mesa, puso mis piernas en sus hombros y me penetró vaginal de golpe, con el culo completamente expuesto. Embistió con fuerza brutal, mis sandalias de tacón alto azul pastel se movían en el aire como si los trajera de aretes, yo apretaba los dedos de los pies para que no se me salieran.

—Siente cómo te parto la concha, puta… este coño es mío… apriétame más, zorra… eso… así…

Así me estuvo bombeando con su fuerza natural y su ansiedad por tenerme ahí a su merced cogiéndome, golpeando sus caderas contra mi culo que tantas veces me había deseado cuando me veía entrar a la tienda. Así que ahora que me tenía, lo estaba disfrutando y me embestía de manera salvaje, sus gemidos eran tremendos y yo gozaba de sentirme con la vagina bien llena de semejante animal de color negro que me taladraba sin piedad haciéndome desfallecer de placer cada vez que sus huevos me golpeaban con cada empujón. Así me folló durante unos 3 o 4 minutos y cuando sintió que iba a correrse, sacó la verga y gruñó:

—Estoy a punto de correrme, puta… ¿tú decides en dónde, en tu boca o en el culo? Tienes diez segundos para elegir… uno… dos… tres…

Yo no respondí, solo gemí ahogada, la cara contra la mesa, mi mente estaba pérdida del placer que estaba sintiendo.

—…ocho… nueve… diez. Como no eliges, te llenaré el culo, zorra, lo tienes bien rico y me aprieta la verga deliciosa.

Me bajó de la mesa, me agachó en 90° apoyó mi cara contra la mesa de planchar, con sus sucias botas de mecánico me separó mis piecitos calzados con las sandalias azul pastel y las calcetitas blancas de olanes y me penetró el culo centímetro a centímetro.

Luego embistió aumentando la velocidad y la fuerza, follándome el culo con violencia, yo sentía como su enorme miembro me partía el culito en dos, mientras yo me acariciaba el clítoris, sentí que tuve un squirt exquisito y el Negro no paraba de bombearme mientras me jalaba el cabello con una mano y con la otra me amasaba un seno y así me la empujó sin piedad hasta que sus gemidos escandalosos anunciaron que se había corrido a borbotones dentro de mí, chorros espesos y calientes de su semen que sentí inundándome. Parecía que orinaba su leche dentro de mi culo que estaba aún dilatado y escurriendo lo que me había aventado hasta lo más profundo de mi ser.

—Cada vez me gusta más tu culo para venirme, putona, creo que cuando regrese tu marido no dejaré de buscarte para seguirte corriendo. — Me enderezó con brusquedad, me sacó su verga y él se sentó en la mesa, tomo el largo de su miembro palpitante y mientras me ordenaba—Límpiala, puta. Chúpame las últimas gotas— Me preguntó — ¿Estás de acuerdo, mi putita?

Me acerqué a él, sujeté su verga con las dos manos y la metí en mi boca, succionando despacio sus últimas gotas que quedaban en su glande, lamiendo además sus huevos.

—Así… buena putita… trágatelo todo. Te pregunté, cabrona que si estabas de acuerdo en que te siga cogiendo aun cuando ya esté tu marido de vuelta.

—¿De qué carajo hablas, negro infeliz? —Le pregunté mientras le jalaba la verga.

— Te dije que cuando regrese Cristian quiero seguir cogiendo contigo.

— Estás loco, negro, eso ya no se va a poder— mientras yo le seguía quitando con la lengua las gotas que aún le quedaban en la verga.

— Pues a ver cómo le haces, pero ya te dije que eres y siempre serás mi puta y ya veremos cómo le hacemos, pero quiero tu culo y me gusta cómo me la mamas.

Cuando terminé con la última gota, él se puso de pie, se abrochó el pantalón y me miró fijamente.

—Vas a seguir siendo mi puta, aunque esté tu marido, sí o no, respóndeme. — me preguntó mientras me tenía abrazada y con una mirada de toro como si me quisiera volver a embestir. Yo solo le dije que sí con la cabeza y él me exigió.

—Ya te dije que quiero oírlo justo de esa boquita que me acaba de succionar mi leche.

—Sí, negro, sí. Pero ya vete que dejaste el taller abierto.

—Jajaja, por eso me encantas putita, porque vamos a ser cómplices y vamos a seguir disfrutándonos, aunque esté tu marido aquí.

—Mañana te vengo a buscar cuando menos te lo imagines, mi putita. Quiero oírte repetir que eres mía.

Me dio un último beso de lengua el muy cínico y se fue silbando.

Yo me quedé sentada sobre la lavadora, temblando de estremecimiento, con mi culo destilando su semen, y todavía el sabor de su verga en la boca… y los celos aun quemándome por dentro como nunca.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí