Día 12 (viernes): En el parque solitario

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Me desperté temprano como todas las mañanas y me arreglé todavía pensando en lo que había pasado el día anterior. La relación entre el Negro y yo había dado un giro inesperado. Él de ser un tipo vulgar y arrogante, ayer en el pasillo se volvió obediente y vulnerable, estoy segura de que sintió lo mismo que yo… miedo de perderme. El mismo miedo que sentí yo y por eso ambos dejamos de insultarnos y darnos cuenta de que sexualmente nos necesitamos. Así que me vestí lo más pronto posible para ir a verlo en cuanto llegara al taller, ese día me puse un top blanco de tirantes, de corte ajustado y escote limpio, que aporta frescura y sencillez al conjunto.

Lo combiné con shorts de mezclilla azul de tiro alto, ceñidos y de acabado casual, que acentúan la silueta con un aire relajado. Mis piernas estaban cubiertas con pantimedias blancas en tono claro, translúcidas, que me estilizaban de manera sutil. Me puse unas zapatillas negras de charol, de tacón alto y punta fina, de suela roja. Iba peinada, con suaves ondas y un delicado detalle trenzado, junto mis labios en tono rojo.

Sin embargo, tras lo sucedido ayer entre el Negro y yo durante la discusión fue inevitable que se produjera un posible escándalo que amenazaba en el aire. Los vecinos habían oído los gritos y los golpes en la puerta de mi cuarto. Yo sabía que esto no se quedaría así pues justo estaba yo en la sala, todavía con el corazón acelerado recordando la deliciosa cogida de ayer con el Negro en el pasillo, cuando sonó el timbre de la puerta.

Era la vecina de al lado, doña Rosa, una señora de unos cincuenta años que siempre estaba al pendiente de todo lo que sucede en el vecindario.

—Julieta, hija, ¿estás bien? —preguntó con cara de preocupación—. Anoche se oyeron golpes y gritos fuertes. Pensé que… bueno, que algo malo pasaba. Como Cristian no está…

Me puse pálida. Forcé una sonrisa.

—Todo está bien, doña Rosa. Fue… una puerta que se atoró. Nada grave. Gracias por preocuparse.

Ella me miró con esa mirada de quien no se cree nada.

—Ay, mija… si necesitas algo, aquí estoy. No estás sola. Avísame cualquier cosa, ¿eh?

Cerré la puerta y me apoyé contra ella. El corazón me latía fuerte. Si los vecinos empezaban a sospechar, cualquier ruido, cualquier visita o presencia extrañas del Negro, así como los gemidos que producíamos en la casa o en el patio cuando estábamos cogiendo, podía terminar en chisme que llegara a oídos de Cristian. Así que tenía que hablar con el Negro ya.

Apenas escuché que el Negro llegaba al taller, salí presurosa a buscarlo. Apenas entró por la puerta lateral, lo jalé hacia mí y lo besé con desesperación con lengua profunda impregnando mi labial en su boca, fue un beso con ansias, casi con rabia como si fuera la última vez que estaríamos juntos. Mis manos bajaron rápido y le acaricié la verga por encima del pantalón. Él gruñó de excitación contra mi boca y me apretó el culo, pero yo me separé un segundo antes de que perdiéramos el control.

—Espera… —susurré, jadeando mientras yo seguía prendida a su cuello y el acariciaba mis nalgas y con su dedo recorría el contorno que limitaba con la textura de mis pantimedias—. No podemos seguir así en la casa. Ayer los vecinos oyeron todo. Doña Rosa ya vino a preguntar. Si seguimos cogiendo aquí, van a sospechar. Tenemos que ser más discretos.

El Negro aún seguía en shock por lo de ayer, se sentía apenado y respirando agitado con su verga dura apretada por mi mano y me preguntó.

—¿Y qué quieres que hagamos, Julieta?

—Mira, tenemos que hablar fuera de la casa, así que te espero esta noche en el parque, ese mismo donde… ya sabes… fue la primera vez. Ya vimos que a las 9 está oscuro y solitario. Ahí nadie nos va a ver.

Yo quería verlo afuera porque sabía que un minuto más que estuviéramos frente a frente, comenzaríamos a coger y nuestros gemidos serían escuchados por la vecina, así que pensé que mi plan para vernos fuera estaría perfecto.

El negro me miró fijamente y asintió.

—Está bien. A las nueve. Ahí estaré.

No lo dejé hablar más, y me prendí de él y nos besamos otra vez, con mucha ansiedad. Sus manos me apretaron las tetas por encima de la blusa mientras yo le bajaba el cierre y le acariciaba la verga dura. Él metió su mano por enfrente debajo mi short denim de mezclilla y me frotó el clítoris por encima de las pantimedias. Fue un beso largo, desesperado, lleno de necesidad. Ninguno quería soltarse.

—Te espero allá —susurré contra mis labios antes de separarnos.

 

A las nueve de la noche, con la emoción de una adolescente, salí al parque con un top amarillo de manga corta, ajustado y con botones al frente, que le daba un toque luminoso y alegre a mi outfit. Lo combiné con una falda de mezclilla azul, corta y de corte sencillo, que aportaba frescura y un aire relajado. Para estilizar mis piernas, llevé pantimedias blancas en tono claro, suaves y translúcidas. Completé el look con zapatillas negras de charol, de tacón alto y punta fina, que añadían un contraste elegante y un toque de seguridad en cada paso. Mi maquillaje, con labios rojos, puso el acento final, equilibrando lo casual con un guiño de sofisticación

El parque estaba oscuro, solitario, solo se escuchaba el sonido lejano de los autos y el viento entre los árboles. El Negro ya estaba sentado en una banca cercana a aquel árbol donde todo empezó hace algunos días. Me senté a su lado. Ninguno de los dos habló de amor. Solo de “negocios” … sexuales clandestinos

—Mira, si queremos mantener estos encuentros, tenemos que planear esto bien —dije en voz baja mientras el Negro acariciaba mis manos—. Cuando regrese mi marido no podemos seguir teniendo nuestros encuentros y lanzar gemidos en la casa como lo hemos estado haciendo, pues los vecinos ya están pendientes. Para continuar con esto tenemos que encontrar horarios y lugares seguros y ser mucho más discretos.

El Negro asintió, serio y todavía apenado por el incidente del condón y los golpes a la puerta y me respondió más sereno.

—Sí, tienes razón, y sí quiero seguir estando contigo, quizá podemos vernos en este parque cuando esté vacío, en el cine o un motel de la carretera cuando sea necesario. Pero no podemos dejar de vernos. Te has vuelto un vicio para mí.

Hablamos con calma, como dos cómplices en la clandestinidad que estuvieran planeando un atraco con horarios, señales y argumentos creíbles que yo le daría a Cristian para poder escaparme. Mientras hablábamos ninguno dijo un “te quiero”, con la mirada, con la intención y con el corazón nos expresábamos la idea de: “necesitamos seguir cogiendo”.

Cuando terminamos de ponernos de acuerdo, toqué el tema que me quemaba.

—Y lo del condón… ¿qué significó eso?

El Negro se quedó callado un segundo. Su silencio me dolió más que cualquier insulto y muy decepcionada le respondí:

—Está bien, si prefieres seguir con eso entonces yo me voy, olvida lo que hablamos y tú puedes seguir con tus aventuras, no te sientas obligado conmigo, soy una mujer casada y no tengo porqué reclamarte nada— molesta me puse de pie, y comencé caminar.

El Negro se levantó rápido y me alcanzó justo en el mismo árbol donde me había cogido por primera vez. Con fuerza me abrazó por detrás, pero sin violencia. Su voz sonó más baja, más seria.

—No va a volver a pasar. Te lo prometo.

Nos miramos fijamente por un segundo bajo la luz tenue de las farolas lejanas del parque. El beso que vino después fue completamente diferente a todo lo que habíamos vivido antes. No fue forzado. Fue ansioso, desesperado, lleno de una necesidad animal que nos quemaba por dentro. Nuestras bocas se estrellaron con hambre, nuestras lenguas calientes de deseo iban enredándose profundo, explorando cada rincón de nuestras bocas, estábamos chupándonos mutuamente con fuerza mientras la saliva nos corría por las comisuras y nos bajaba por la barbilla.

Sin dejar de besarnos sus manos grandes y callosas me recorrieron el cuerpo con urgencia: apretó mis tetas por encima de la blusa, bajó por mi cintura y agarró mi culo con fuerza, subiendo la falda para tocar directamente mis pantimedias blancas opacas con liguero integrado. Sentí sus dedos ásperos acariciando el borde del liguero mientras yo subía una pierna y la enredaba en su cadera. Abrazados y besándonos con pasión desbordada nos fuimos acercando a “nuestro árbol”, ese añejo vegetal que conocía nuestro secreto.

Me recargó contra el rugoso tronco áspero y seguimos devorándonos la boca como si el mundo se fuera a acabar, el Negro me levantó la falda con manos temblorosas de deseo para amasar mi culo con desesperación y ambos soltamos gemidos ahogados que apenas podíamos contener para no alertar a nadie que pudiera pasar por el solitario sendero cercano.

Sin decir ni una palabra más, yo me hinqué frente a él sobre la hierba húmeda y fría, sintiendo cómo las pantimedias blancas se mojaban un poco en las rodillas. Le bajé el cierre del pantalón con ansiedad total y saqué su verga gruesa, dura como piedra y palpitante, la cabeza de su pene estaba brillando con una gota de su líquido seminal justo en la puntita.

Sin perder tiempo me la metí en la boca con una necesidad viciosa e insaciable. La chupé profundo desde la base hasta la punta, mis labios iban apretando su tronco grueso mientras mi lengua plana lamía toda la longitud una y otra vez. Alternaba succiones fuertes y lentas con lamidas circulares obsesivas alrededor del glande hinchado, metiendo la punta de la lengua en la ranura para saborear su semen salado. Luego bajaba a sus huevos pesados, me los metía uno por uno en la boca, succionándolos con devoción, lamiéndolos mientras mi mano masturbaba la verga arriba y abajo, esparciendo mi saliva espesa por todo el tronco.

Mi cabeza subía y bajaba con ritmo constante, a veces lento y profundo hasta que la cabeza tocaba mi garganta, otras veces rápido y hambriento, haciendo que mis mejillas se hundieran y que la saliva me chorreara por la barbilla y me cayera sobre las tetas. Él gemía bajito, casi sin voz, acariciándome el cabello con ternura contenida, sin insultarme, solo respirando agitado y susurrando mi nombre como si fuera una plegaria.

—Joder, Julieta… tu boca es una puta adicción, me vuelven loco tus mamadas… —murmuró con la voz rota, pero sin levantar el tono para no delatarnos.

Yo solo gemí alrededor de su verga, vibrando con la boca llena, mirándolo a los ojos mientras seguía mamando como si mi vida dependiera de ello. Chupé más profundo, tragando hasta que mi nariz tocaba su pubis, aguantando la arcada para sentirlo todo dentro de mi garganta. Saqué la verga un segundo, babeada y brillante, y le di lametones largos desde los huevos hasta la punta, luego la golpeé contra mi lengua abierta antes de volver a tragármela entera. Mis pequeñas manos rodeaban la base y masturbaban lo que no entraba, girando y apretando mientras mi boca hacía todo el trabajo sucio. Sentía cómo su verga palpitaba más fuerte, cómo las venas se hinchaban contra mi lengua.

Su precum sabía delicioso, era un sabor inigualable, ninguno de mis exnovios me había regalado un deleite a mi paladar como el del Negro, ignoro qué comía o de tanta cerveza que él bebía, pero cada gota que le destilaba de la verga era exquisita, era embrujante, era un vicio ingerir sus líquidos seminales y por eso no dejaba de mamarlo hasta que me vaciara su leche a borbotones hasta mi garganta.

Me empinó contra el árbol, de espaldas a él. Me subió la falda hasta la cintura, apartó mis pantimedias blancas opacas y la tanga con un tirón suave pero urgente. Me penetró la panochita con una embestida profunda y lenta que me hizo abrir la boca en un gemido silencioso. Su verga gruesa me abrió las paredes vaginales, rozando cada centímetro sensible dentro de mí. Y me embistió con fuerza contenida pero intensa, sus manos grandes sujetándome firmemente de las caderas para que no me moviera demasiado. Cada golpe hacía que mi culo chocara contra sus muslos en sonidos sordos que se perdían entre el viento y las hojas.

Sentía cómo la cabeza de su verga me rozaba el fondo de la vagina, cómo me llenaba por completo, cómo mis jugos le chorreaban por los huevos. El peligro de que alguien pasara por el sendero cercano solo nos ponía más calientes; yo mordía mi propio brazo para no gritar de placer mientras él me follaba más profundo, más rápido, pero siempre controlado para que el ruido no nos delatara.

Cuando sentí que su verga empezaba a hincharse todavía más dentro de mí, me giró con urgencia y me puso de rodillas frente a él otra vez. —Quiero correrme en tu boca… como la primera vez —susurró con voz ronca, casi sin aliento, sujetándome del cabello.

Abrí la boca con hambre total y lo recibí entero. Chupé con fuerza salvaje con mi lengua danzando alrededor del glande hinchado, succionando profundo mientras mis manos pequeñas rodeaban la base y masturbaban rápido. Él temblaba, sus caderas empujando suavemente contra mi cara. Y entonces se corrió… ¡Dios, cómo se corrió! Chorros espesos, calientes y abundantes que me llenaron la boca por completo. El primero fue tan fuerte que casi me ahoga; sentí el sabor salado y espeso inundándome la lengua, pero todo me lo tragué, luego el segundo, el tercero, chorros potentes que me golpeaban el fondo de la garganta.

Tragué sin protestar, succionando la punta con avidez para sacarle hasta la última gota, lamiendo cada vena palpitante mientras él gemía bajito y temblaba entero. Un poco de semen se me escapó por la comisura y me corrió por la barbilla, pero lo recogí con el dedo y me lo metí en la boca, tragando todo como la puta viciosa en la que me había convertido para él.

Nos abrazamos un momento allí mismo, todavía jadeando contra el tronco, su verga semidura rozando mi mejilla manchada de saliva y semen. Nos dimos un último beso apasionado, largo, de lengua, como si no quisiéramos separarnos nunca. Saboreé nuestro gusto mezclado en su boca: mi saliva, su semen, el sabor del parque y del peligro.

—Nos vemos mañana en el taller, July —susurró él contra mis labios, todavía temblando.

Asentí, con el corazón latiendo fuerte y el sabor de su semen todavía caliente y espeso en mi boca. Me levanté, me acomodé la falda y las pantimedias blancas, sintiendo cómo mis piernas todavía temblaban y cómo un poco de nuestros jugos me bajaba por los muslos. Me fui caminando por el parque oscuro, con el sabor de su semen todavía en la lengua y el coño palpitando de deseo. Esta vez no hubo insultos. Solo necesidad pura, adictiva y silenciosa. Y eso me dejó una experiencia diferente, inhabitual… pero por lo menos ya no lo había perdido ni él a mí. Teníamos planes. Y yo ya estaba contando las horas para el siguiente encuentro clandestino.

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