Por la mañana me asomé por la ventana de la cocina y vi al Negro llegar al taller. Yo estaba vestida ese día con un top sin mangas en tono rosa suave, de corte ajustado que resaltaba mi silueta con naturalidad. Lo combiné con shorts de mezclilla azul de tiro alto, ceñidos y de acabado casual, que aportaban un aire juvenil y desenfadado. Mis piernas estaban cubiertas con pantimedias blancas en tono claro, translúcidas, que estilizan y suavizan el conjunto. Traía puestas unas zapatillas negras de charol, de tacón alto y punta fina, que elevaban mi look con un contraste elegante. Me maquille, con labios rojos intensos.
Yo sabía que Cristian pronto regresaría de su viaje y yo no quería desperdiciar los últimos días para disfrutar de la verga del negro, así que yo sabía muy bien que el Negro empezaba su turno a las ocho en punto. No lo pensé dos veces. Salí a buscarlo taconeando por toda la casa hasta que me paré en la entrada del taller y caminé directo hacia él con pasos decididos.
Cuando estuvimos cara a cara junto a la puerta del taller, no dijimos ni una palabra. El Negro me admiró de arriba abajo y, sin perder tiempo me empujó contra la pared de ladrillo y nuestras bocas se estrellaron en un beso desesperado, ansioso, lleno de necesidad. Nuestras lenguas ávidas y calientes se enredaron de inmediato, chupándonos con fuerza, nuestra saliva iba corriendo por las comisuras de nuestros labios. Yo metí la mano directamente dentro de sus pantalones de trabajo del Negro y saqué su verga gruesa y semidura que comenzaba a despertarse luego de ver mi outfit que me puse para él.
Mientras nos dábamos lengua empecé a masturbarlo con ganas, haciendo movimientos rápidos y firmes, subiendo y bajando la piel de su enorme y delicioso miembro. Él, sin dejar de besarme, metió su mano en mi short denim de mezclilla y en mis medias blancas completas y escurrió su mano hasta meter dos dedos gruesos y callosos directo en mi vagina, que ya estaba empapada. Los movió adentro y afuera mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado en círculos rápidos y duros.
Cuando el Negro estaba succionando mi cuello, yo gemí dentro de su boca, con voz temblorosa. —Hazme correrme ya… méteme tus dedos más profundo—le susurré contra los labios, sin dulzura, solo exigencia pura.
El Negro aceleró los movimientos, curvando los dedos para frotar ese punto exacto dentro de mi vagina, justo donde yo más lo necesitaba. Me corrí violentamente en menos de un minuto. Mis paredes vaginales apretaron sus dedos con fuerza mientras chorros de mi jugo caliente le corrían por la mano y me bajaban por los muslos.
Sin perder tiempo me arrodillé, me metí toda su verga en la boca hasta la garganta y chupé con hambre, con fuerza. Mi lengua giraba alrededor de la cabeza hinchada del Negro, succionando sus venas gruesas. El Negro gruñó bajito y no tardó en correrse con fuerza, llenándome la boca con tres chorros espesos y calientes de semen. A pesar de que sentía que me ahogaba por la potencia de la eyaculación, yo me tragué todo su semen sin derramar una gota y le limpié la punta con la lengua, sacándole hasta la última gota.
Nos levantamos jadeando. Me limpié los labios con el dorso de la mano y le dije directo sin dulzura:
—Necesito sentirte dentro de mí hoy. Salte una hora antes del taller por si quieres ir a cambiarte o darte un baño y nos vemos en el cine del centro comercial. Sala 5, te espero en la última fila, esquina derecha detrás de la columna. Quiero sentir tu verga dura dentro de mí todo el tiempo. Lo de ahorita solo fue un adelanto, para que pienses en mí y para vaciarte el tanque.
El Negro se subió el cierre, todavía respirando agitado, y respondió: —Yo también quiero cogerte tienes un cuerpo delicioso, tu plan me parece excelente. Salgo a las tres para alistarme y estar a la hora acordada y ahí en el cine te meto la verga donde quieras, pero quiero que no me la dejes de chupar porque tienes una boca exquisita, quiero que tu labial quede embarrado en mi verga y que me dejes correrme en tu boca una y otra vez. Quiero aprovechar el tiempo.
Me acomodé el short y con las piernas todavía temblando del orgasmo, le envié un beso y me volví a la casa lanzando una mirada al Negro antes de perderme tras la puerta.
A las cuatro y veinte de la tarde entré al cine con mi segundo outfit: yo lucía una blusa blanca de manga larga, entallada y de cuello alto. Con una falda corta negra de corte alto y diseño plisado, con un borde de encaje blanco. Traía puestas unas pantimedias blancas opacas completas con liguero integrado que estilizaban mi figura y reforzaban el juego cromático de mi conjunto con las mismas zapatillas negras de charol de tacón alto que me puse en la mañana, estilizando mi silueta con un toque de elegancia audaz.
Iba maquillada, con los labios rojos intensos. La sala estaba casi vacía, solo ocho personas en las primeras filas. Me senté en la esquina derecha detrás de la columna. Cinco minutos después entró el Negro con ropa limpia y perfumado, haciéndolo más atractivo y antojable y se sentó a mi lado preguntando por puro formalismo.
—¿Tiene mucho que llegaste, July?
Mi respuesta inmediata fue abalanzarme sobre él sin perder más tiempo.
No perdimos tiempo. Nuestras bocas se unieron en besos apasionados y babosos, lenguas lamiéndonos profundamente mientras nuestras manos se buscaban como locas. Sin dejar de besarnos yo saqué su verga de inmediato y empecé a masturbarla con mis dos pequeñas manos subiendo y bajando la piel de su enorme miembro que parecía un dinosaurio vivo y palpitante. Él metió la mano bajo mi falda, apartó la tanga y metió dos dedos en mi vagina ya mojada, frotando mi clítoris con el pulgar al mismo tiempo. Nos besábamos con tanta fuerza y ansiedad que nuestros dientes chocaban y la saliva nos corría por nuestras barbillas.
Con la dedeada que me estaban dando, yo me corrí por segunda vez en el día justo cuando el Negro apretaba sus dedos dentro de mi vagina; luego aparté mi boca de sus besos y le dije suavemente en la mejilla. —Quiero tu leche ahora… quiero tu verga en mi boca —le exigí entre besos de lengua.
El negro se sentó en el borde de la butaca con las piernas abiertas, la polla erguida y brillante, permaneciendo sentada yo me deslicé hacia un lado y abajo, me metí su verga completa hasta la garganta y chupé con hambre hasta la base; mi lengua iba presionando la parte inferior y al mismo tiempo que la sacaba de mi boquita le iba succionando fuerte engullendo por completo su miembro, mis labios iban apretando todo lo largo de su polla en cada entrada y salida, mi lengua danzaba alrededor de su glande, yo seguía succionando con avidez a tal grado que sentí sus caderas temblar.
Aprovechando que estábamos en la parte trasera del cine y en la penumbra decidí hincarme frente a él, me acomodé entre sus muslos y retomé la tarea, continué con lametones largos desde la base hasta la punta, succiones profundas que le hacían arquear la espalda. Chupé su miembro con tal avidez que el Negro se quedó sin aliento. Mis pequeñas manos rodearon el largo de su verga con firmeza, mi boca iba descendiendo lenta al principio, luego hambrienta, le iba succionando con una intensidad que hizo que los músculos del Negro se tensaran como cuerdas de arco.
Mientras yo lo complacía, él deslizó su mano debajo de mi falda hasta llegar a mis nalgas redondas y firmes, imaginando ya lo que vendría después. Me arrimó la braguita de mi tanga con un tirón suave, yo me moría porque hundiera sus dedos dentro de mí. Levanté mi vista para verlo a los ojos, el Negro se agachó y me dio su lengua para que la succionara, luego llevó mi cabeza hacia abajo para que le continuara mamando mientras me guiaba sujetando de mi cabello, acompañando mis movimientos, guiándome hacia una mamada más profunda, al tiempo que me susurraba:
—Por la carita que pones, entiendo que te gusta mi verga, verdad July.
Con mi voz rota de placer, murmuré:
—Podría estar así toda la tarde, mmm —y volví a hundir mi boquita en su verga como si yo fuera muy viciosa y llevara toda la vida chupando pollas.
Yo me entregaba sin reservas, mamando con una devoción obscena, mis mejillas estaban hundidas, mis ojos cerrados en éxtasis cuando le lamía el tronco y luego mi lengua hacía un baile sensual alrededor de su glande. Esa mamada al Negro era como huracán de carne húmeda, saliva y gemidos ahogados producto de su verga palpitante que me anunciaron que su leche estaba a punto de salir y así sin avisarme se corrió por segunda vez, llenándome la boca con su eyaculación caliente y espesa. Fui tragando conforme me enviaba sus descargas y al final y le lamí la punta para sacarle hasta la última gota.
Me senté emocionada junta a él y volvimos a besarnos, nuestras lenguas estaban enredadas, excitándonos otra vez. Le susurré al oído mientras seguía masturbándolo: —Ahora métemela. Quiero sentarme en tu exquisita verga.
Él gruñó bajito: —Sube entonces. ansío sentir tu coño apretado.
Me levanté la falda, y aprovechando que llevaba esas medias con liguero integrado, me quité la tanga y me senté de espaldas sobre él y me bajé despacio hasta enterrarme toda su verga gruesa. Empecé a rebotar controlada, sintiendo cómo la cabeza de su enorme y gruesa polla me rozaba el fondo de la vagina con cada movimiento. Él me sujetaba de las caderas y empujaba hacia arriba, follándome profundo y en silencio. Aceleré, mi culo chocando contra sus muslos. Cuando sentí que estaba cerca, me bajé rápido, me arrodillé y abrí la boca. —Dame tu semen otra vez… lléname la boca —le ordené.
Se corrió por tercera vez en el día, tres chorros potentes que tragué con avidez, succionando la punta para sacarle las últimas gotas mientras lo miraba a los ojos.
En medio de la oscuridad, yo estaba desinhibida.
Nos acomodamos en los asientos otra vez, pero su verga quedó afuera todo el tiempo, dura y brillante. Entre beso y beso profundo nos pasábamos palomitas de boca a boca, enredando nuestras lenguas intercambiando los granos salados. Cada uno bebíamos refresco y nos pasábamos los sorbos en los besos, hicimos lo mismo con un helado que comíamos y que cuando nos escurría por las barbillas y nos lamíamos mutuamente o yo le ponía pedacitos derretidos en la punta de la lengua, luego me los chupaba mezclando el dulce con el sabor salado de su semen que aún se mantenía en mi boca. Apenas mirábamos la pantalla; la película era solo ruido de fondo.
Yo no paraba: le jalaba el miembro con la mano y me excitaba y cuando mi clítoris se ponía duro, me agachaba de lado hacia su verga y me la metía en la boca en intervalos largos, la chupaba profundo, la sacaba babeada y volvía a masturbarla. Encima de su glande hinchado le ponía palomitas y me las comía directamente chupándolo o le dejaba caer gotas de refresco frío y las lamía con la lengua plana, también hubo momentos en que le ponía fragmentos de helado derretido en la punta de la verga y succionaba todo, saboreando el contraste de temperaturas mientras su verga palpitaba en mi boca.
El Negro también excitado me besó profundo otra vez explorando con su lengua mi boquita y metió la mano bajo mi falda, frotando mi clítoris hinchado con dos dedos en círculos perfectos y rápidos. Me corrí por tercera vez, temblando contra su boca, mordiéndole el labio para no gritar, mi vagina estaba contrayéndose en espasmos mientras él seguía frotando sin parar. Fue un orgasmo largo, silencioso y brutal, diferente a todo lo que había sentido antes, puro placer clandestino y prohibido.
Parecíamos dos adolescentes traviesos descubriendo el sexo por primera vez: nuestras manos por todos lados acariciándonos, risitas bajas, besos constantes, su verga siempre afuera, mi falda siempre subida, jugueteos con comida en los genitales. El peligro de que alguien volteara y nos viera solo nos ponía más calientes, la adrenalina estaba a tope.
Cuando la función terminó esperamos a que la sala se vaciara. Detrás de las cortinas gruesas de la salida, en la penumbra total, nos pusimos de pie y nos dimos un beso largo y baboso mientras nos frotábamos las partes íntimas por encima de la ropa. Su verga dura presionaba contra mi clítoris y él me apretaba el culo con ambas manos. Y finalmente me dijo:
—Mañana por la mañana cuando llegue me vas a ver para ponernos de acuerdo dónde y cómo nos vemos. Yo necesito tu culo, Julieta y sentir tu boca otra vez mamando mi verga y que te tragues mi lechita—me dijo contra mis labios.
Yo respondí, todavía frotándome contra él: —Sí. Yo también necesito tu verga y tu semen. Salimos por separado.
Salí primero a la luz de la calle. Tres minutos después salió él de tal manera que nadie nos viera juntos… por el momento.
Fin de mi Día 13.
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