Eran las cinco y media de la tarde cuando Cristian me llamó por teléfono. Su voz sonaba cansada pero contenta.
—Mi amor, ya estoy saliendo. Calculo que llego a casa como a las seis y media. ¿Todo bien por allá?
—Sí, mi vida, todo perfecto —respondí con la voz más dulce que pude, mientras sentía cómo mi coño ya empezaba a palpitar de anticipación—. Te espero con muchas ganas.
Colgué y el corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Tenía exactamente una hora. El Negro terminaba su turno a las seis. Era la última oportunidad real de coger dentro de la casa antes de que Cristian regresara… o bueno eso creí que sería la última vez.
Me miré al espejo del baño y sonreí con esa sonrisa angelical que provocaba tanto al Negro. Me puse el outfit que había elegido especialmente para este momento final: una blusa crop top gris ajustada que apenas me cubría las tetas y dejaba ver mi ombligo, una falda plisada oliva cortísima que se movía con cada paso, pantimedias transparentes vanizadas con corazoncitos blancos que se transparentaban deliciosamente y mis Christian Louboutin negras con ese gran moño atrás que me hace ver tan puta y elegante al mismo tiempo.
Me pinté los labios con el rojo indeleble que nunca se corre, ni aunque me bese como loca ni aunque me llene la boca de semen. Me miré de nuevo y me toqué el coño por encima de la falda. Ya estaba empapada.
Le mandé un mensaje cifrado al Negro:
—Ven ya. Mi marido llega en una hora, vamos a aprovechar para estar juntos una vez más. Te espero por la puerta principal.
A las seis en punto escuché que tocaban. Abrí la puerta y ahí estaba él, con el pretexto de traerle a Cristian unas facturas del taller. No dijimos ni una palabra. Lo jalé hacia adentro con fuerza y cerré la puerta de un golpe. Nuestras bocas se estrellaron en un beso desesperado, silencioso y baboso contra la madera de la puerta. Nuestras lenguas gruesas y calientes comenzaron a enredarse, nuestra saliva pronto iba corriendo por nuestras barbillas, sus manos me rodearon y comenzaron a apretarme el culo por debajo de la falda plisada mientras yo le acariciaba la verga por encima del pantalón.
—Dame el semen de tu verga una vez más antes de que llegue Cristian —le susurré presurosa contra sus labios, la voz temblorosa de urgencia.
Me arrodillé ahí mismo en la entrada, sobre el piso frío de la casa, con las rodillas separadas y la falda plisada oliva subida hasta la cintura. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Le bajé el cierre del pantalón con manos ansiosas y temblorosas, saqué su verga gruesa, dura como una barra de hierro y palpitante, y la sentí caliente y pesada en mi palma. El glande ya brillaba con una gota de semen que me volvió loca. No lo pensé dos veces. Abrí la boca y me la metí entera sin piedad, tragándola hasta el fondo en la primera embestida.
Empecé a mamarla con una devoción obsesiva y viciosa, como si mi vida dependiera de ello. Mi lengua plana le lamía toda la longitud desde los huevos pesados y arrugados hasta la punta hinchada, saboreando cada vena gruesa que palpitaba contra mi lengua. Yo le succionaba el glande con fuerza, haciendo círculos lentos y apretados alrededor de la cabeza mientras mis labios lo apretaban como un anillo caliente y húmedo. Me la metía hasta la garganta una y otra vez, tragando profundo, aguantando la arcada para sentir cómo la cabeza me rozaba el fondo de la garganta y me hacía lagrimear de placer.
Mis ojos verdes estaban clavados en su rostro. Mi saliva espesa y abundante le chorreaba por todo el tronco, bajando en hilos brillantes hasta sus huevos y cayéndome entre las tetas, empapando el crop top gris ajustado. Mis mejillas se hundían con cada succión fuerte, y yo gemía bajito alrededor de su verga, vibrando, haciendo que él sintiera cada gemido en su polla.
Él me tomó de la nuca y me jalaba hacia su verga para coordinar la mamada, yo bajé un poco más, saqué la verga de mi boca un segundo solo para admirarla babeada y brillante, y luego me dediqué a sus huevos. Los lamí con la lengua plana, los chupé uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca y succionándolos con fervor mientras mi mano pequeña y suave masturbaba el tronco arriba y abajo, rápido y firme, esparciendo mi saliva por toda la longitud.
Volví a subir, me la metí hasta la garganta otra vez y empecé un ritmo lento y profundo, cabeza subiendo y bajando, lengua girando alrededor del glande cada vez que salía, succionando con fuerza cuando bajaba. Sentía cómo su verga se hinchaba más y más dentro de mi boca, cómo las venas latían contra mi lengua, cómo el sabor salado de su líquido seminal me llenaba la boca.
—Dame tu leche… quiero tragármela toda ahora mismo, pues mi marido está por llegar —le supliqué apenas me sacaba su verga de la boca, mirándolo a los ojos con esa sonrisa angelical que tanto le gusta, la voz ahogada y rota de placer—. Por favor… lléname la garganta de tu semen caliente… necesito sentir cómo me inunda tu sabor es una delicia, quiero impregnar mi aliento de tu esperma.
El Negro gruñó bajito, un sonido ronco y profundo que me vibró en el coño. Me sujetó del cabello con una mano firme, pero sin ser brusco, y empezó a follarme la boca con movimientos cortos y controlados. Yo no paraba de gemir y succionar, tragando saliva y precum, hasta que sentí que su verga se ponía aún más dura y palpitaba violentamente. Y me dio gusto al correrse fuerte, con chorros espesos y calientes que me golpearon el fondo de la garganta con fuerza.
El primero fue tan abundante que casi me ahoga; sentí el sabor salado y cremoso inundándome la boca, luego el segundo, el tercero, chorros potentes y espesos que me llenaron completamente. Tragué todo sin derramar una sola gota, succionando la punta con avidez loca para sacarle hasta la última gota mientras su verga seguía palpitando contra mi lengua. Seguí lamiendo y limpiando cada vena, cada gota que quedaba, pasando la lengua por debajo del glande, lamiendo los costados, bajando otra vez a chuparle los huevos para no desperdiciar nada. Dejé su verga brillante, limpia y todavía medio dura, babeada con mi saliva espesa.
Sus cargas de leche dentro de mí eran nutritivas, incluso me saciaba el hambre, me sentía satisfecha pues la cantidad de semen que me vertía cada vez que se corría me dejaba satisfecha y además de que tenía un sabor exquisito, algo indescriptible, decir que sabía rico era poco, estoy segura que quien probara este semen desarrollaría una adicción como la mía.
No le dejé recuperar el aliento ni un segundo, pues mi marido estaba pronto en aparecer por esa puerta por la que acababa de entrar el Negro. Me levanté rápido, me di la vuelta, me subí la falda plisada oliva hasta la cintura y apoyé las manos contra la puerta principal. Aparté las pantimedias transparentes con corazones blancos y la tanga con un tirón ansioso, dejando mi coño y mi culo expuestos y empapados.
—Fóllame por el ano… métemela ahora, por favor —le rogué, empujando mi culo hacia atrás, ofreciéndome como una puta desesperada—. Necesito sentir tu verga gruesa abriéndome, no te demores que nos queda poco tiempo.
El Negro me agarró de las caderas con fuerza y me penetró vaginalmente de pie, contra la puerta, con una embestida profunda y lenta que me hizo abrir la boca en un gemido silencioso. Me aferré con mis zapatillas en el piso y sentí cada centímetro de su verga gruesa abriéndome las paredes, rozándome el fondo del coño con cada golpe. Sus manos me sujetaron firme de las caderas y empezó a follarme con embestidas profundas pero controladas, para que el ruido de nuestros cuerpos chocando no se escuchara afuera. Cada vez que entraba hasta el fondo sentía cómo su glande me rozaba ese punto que me volvía loca, cómo sus huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado.
—Fóllame más fuerte… quiero que me llenes la vagina pues no sé cuándo más lo volvamos a hacer —susurré, empujando mi culo hacia atrás con cada embestida para que entrara más profundo—. Por favor… bombéame más duro date prisa que mi marido está por llegar… necesito un squirt con tu verga dentro.
—No voy a dejar de cogerte, aunque tu marido regrese vuelto a casa —gruñó él contra mi oído, la voz ronca y posesiva, acelerando un poco las embestidas, pero siempre controlado—. Necesito tu coño apretado y este culo caliente todos los días, aunque tenga que cogerte a escondidas aquí o en donde sea.
Me corrí temblando violentamente, mordiéndome el labio con sadomasoquismo, mi vagina estaba contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de su verga, inundándole el tronco con mis jugos calientes.
Pero yo quería más. Quería sentirlo en el culo una última vez, quería que me llenara por completo.
—Ahora métemela en el culo, mi amor… —le supliqué, mirándolo por encima del hombro con ojos vidriosos de placer—. Quiero sentir tu verga gruesa abriéndome el ano, todavía nos quedan unos minutos.
El Negro sacó su verga de mi coño empapado, la acomodó contra mi ano apretado y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría el culo poco a poco, cómo su verga gruesa me estiraba, cómo el placer mezclado con ese leve dolor me hacía temblar las piernas. Pise fuerte con mis zapatillas y cuando lo tuve todo dentro empecé a cabalgar hacia atrás, rebotando contra él mientras él me sujetaba de las caderas con fuerza. El placer era tan intenso que me temblaban las rodillas.
—Córrete en mi culo… quiero tu semen dentro de mí para sentir cómo destila tu leche por mi culito poco a poco —le rogué, moviéndome más rápido, empujando mi culo contra él con desesperación—. Anda, amor… lléname el culo de tu leche caliente que se nos acaba el tiempo… me encanta sentir cómo se me mojan las pantimedias poco a poco.
El Negro gruñó fuerte y se corrió dentro de mi culo. Chorros calientes, espesos y abundantes me inundaron por completo, llenándome hasta rebosar. Sentí cada eyaculación potente golpeando dentro de mí, templada y pegajoso, cómo me copaba el culo hasta el fondo y cómo empezaba a destilar lentamente por mi ano, bajando caliente y espeso por mis muslos. Seguí rebotando despacio, apretando mi culo alrededor de su verga para sacarle hasta la última gota mientras él gemía bajito contra mi cuello.
Me di vuelta despacio, todavía temblando, me arrodillé otra vez frente a él y le lamí la verga completa con ansiedad total. Limpié cada gota de semen y de mis jugos que quedaban en su glande, pasé la lengua por debajo, por los costados, bajé a lamerle los huevos y volví a subir succionando suavemente la punta para dejarla brillante y limpia. Le di una última succión larga y babosa en la cabeza de la verga, saboreando nuestro gusto mezclado, y luego me levanté para besarlo en la boca, compartiendo ese sabor salado y cremoso con él.
Nos arreglamos rápidamente. El Negro me miró con esa sonrisa oscura y posesiva.
—Esto no termina aquí. Vamos a seguir cogiendo, aunque tu marido esté de regreso.
Yo le respondí con mi sonrisa angelical, todavía con el sabor de su semen en la boca.
—Lo sé… ya no puedo vivir sin tu verga y tu semen.
Nos dimos un último beso largo contra la puerta y él salió. Yo me quedé ahí, con el culo todavía lleno de su leche caliente destilando poco a poco por mis pantimedias, el coño palpitando y el labial rojo indeleble intacto. Escuché el auto de Cristian acercándose por la calle.
Me miré al espejo una última vez, me acomodé la falda y el crop top gris, me retoqué el labial rojo y sonreí. Me sentía adicta, culpable y más excitada que nunca.
Fin del día 15.
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