Era sábado por la mañana y por primera vez en la semana no tenía que fingir que hacía algo productivo. Cristian seguía fuera, el barrio estaba tranquilo, y yo necesitaba aire. Decidí salir al jardín a regar las plantas: un pretexto perfecto para distraerme, para sentir el sol en la piel y fingir que mi vida seguía siendo normal.
Me puse un crop top azul oscuro ajustado que dejaba al descubierto mi abdomen y la parte baja de mis costillas, shorts denim recortados de mezclilla azul claro, tan cortos que el borde deshilachado apenas cubría la mitad de mis nalgas, con tiro alto que se clavaba en la cintura. Debajo, unas calcetas blancas con olanes suaves y pequeños corazones rosados estampados, dándole un toque dulce y coqueto que contrastaba con todo lo que ya era por dentro.
Me calcé mis flats negros de charol brillante tipo Mary Jane, con correa sobre el empeine y un moñito decorativo. Me puse una diadema blanca sencilla para mantener el cabello rubio largo hacia atrás, ondas suaves cayendo por la espalda. Me miré al espejo del pasillo antes de salir: parecía una chica de revista de jardinería… inocente, fresca. Pero yo sabía que no lo era.
Salí al jardín con la regadera en la mano, el sol calentándome las piernas desnudas. Empecé a regar las hortensias y los rosales, moviéndome despacio, inclinándome un poco más de lo necesario para que los shorts se subieran y dejaran ver el borde de mis nalgas. No lo hacía a propósito… o sí. Ya no sabía diferenciar.
No pasó mucho antes de que oyera la puerta trasera del taller abrirse. Medio día de trabajo y él ya había decidido que era hora de cobrar. El Negro, quien ya había estado buscándome en toda la casa, salió al jardín, con su camiseta gris empapada de sudor, jeans manchados de grasa, botas pesadas. Me vio inclinada regando un arbusto y se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en mi culo expuesto, en las calcetas blancas con corazoncitos que asomaban por el borde de los shorts, en los flats negros brillantes que hacían que mis piernas se vieran más largas.
—Carajo, mi amor… ¿te vestiste de putita de jardín para mí? —dijo con esa voz ronca y corriente, acercándose sin prisa—. Mira ese culito asomando… se te ve delicioso con esos shorts tan cortitos. ¿Ya te diste cuenta de lo puta que te ves regando flores?
Me enderecé rápido, girándome con la regadera en la mano, fingiendo molestia.
—No me dirijas la palabra así, Negro. Estoy regando mis plantas. Si ya acabaste tu trabajo en el taller, vete a tu casa y déjame en paz.
Él se rio fuerte, esa risa machista que me erizaba la piel, y se acercó más, tocándose ya el bulto enorme que crecía en sus jeans.
—¿En paz? Imposible, putita. Con ese culazo moviéndose de un lado a otro mientras riegas… me tienes la verga dura desde que salí del taller. Sigue regando tus plantitas así agachadita, anda, y mueve ese culo para mí que quiero saborearlo con la mirada.
—No soy tu putita, enfermo —le respondí cortante, dando un paso atrás, pero sin alejarme del todo—. ¿Eres tonto o qué? Esto es mi jardín, no tu show privado.
Él no se movió. Se desabrochó el botón del pantalón, bajó el cierre y sacó su verga gruesa y oscura, ya completamente dura, y empezó a masturbarse despacio frente a mí, mirándome fijo.
—Sigue regando, mi amor. Mueve ese culito mientras yo me jalo viendo cómo se te para bien rica la cola con esos shorts. Anda, hazlo más lento… que se te vea bien el culo divino que tienes.
Intenté ignorarlo, di media vuelta y seguí regando, pero mis manos temblaban un poco. La regadera goteaba más lento de lo normal. Sentí su mirada quemándome la espalda, el sonido de su mano subiendo y bajando por su verga. Muy en el fondo, mis pezones se endurecieron bajo el crop top, y entre las piernas sentí un calor traicionero. No quería admitirlo, pero verlo masturbarse así, tan descarado en mi propio jardín… me excitaba.
Él se acercó por detrás, tan cerca que sentí su aliento en mi nuca.
—Qué rico te ves, mamita… con esas calcetitas de corazoncitos y esos flats negros brillantes. Pareces una niñita buena… pero eres mi puta. ¿Quieres que te pegue un polvo aquí mismo contra la cerca? Te voy a partir el culo bajo el sol, que las plantas sean testigos de cómo grito tu nombre mientras te cojo.
—No… cállate, Negro feo… no quiero nada contigo —murmuré, pero mi voz salió débil, y seguí regando más lento, arqueando un poco la espalda sin darme cuenta.
Él se pegó completamente a mí por detrás, restregándome su verga dura y caliente contra mi culo, por encima de los shorts. La sentí enorme, pesada palpitar contra la mezclilla. Me tomó una mano, la que sostenía la regadera, y la obligó a bajar hasta su miembro.
—Tócame, putita. Jálamela mientras riegas. O te la meto ya mismo sin avisar.
—No… suéltame… —protesté, intentando retirar la mano, pero él la mantuvo firme y la obligó a cerrar alrededor de su verga. Empecé a moverla despacio, casi sin querer, sintiendo cómo latía en mi palma.
—Así, mi amor… muy bien… se te nota que te encanta mi verga. Mueve el culo para mí mientras me masturbas. Anda, putona, hazlo.
Seguí moviendo la mano, la regadera goteando olvidada en el pasto. Él me giró de golpe, me empujó contra la cerca de madera del jardín, el sol pegándome en la cara. Me besó con lengua brutal, metiéndomela hasta la garganta, mordiéndome los labios hasta que dolía.
—Abre la boca, puta —ordenó separándose—. Chúpamela aquí mismo, al aire libre.
—No… alguien puede vernos desde la calle… —susurré, pero ya estaba bajando de rodillas en el pasto, los flats negros clavándose en la tierra.
Me metió la verga en la boca sin esperar. La chupé profundo, succionando con fuerza, la lengua recorriendo las venas. Él me agarró del cabello y me folló la boca, embistiendo hasta que me ahogaba.
—Trágatela toda, zorra de jardín… qué bien chupas con esos labios pintados. Me voy a venir en tu boca si no te portas bien. Comenzó a bombear más fuerte sin preguntar sin decir nada, yo ahí sometida frente a él… pero disfrutando del sabor de su precum, en mis adentros lo estaba disfrutando, pero él no debía de enterarse.
De tanto entrar y salir su enorme miembro no aguantó más y se corrió rápido, chorros calientes y espesos que tragué a medias, el resto escurriendo por mi barbilla y cayendo al pasto.
Me levantó de un tirón por los brazos, me giró con fuerza contra la cerca de madera y me bajó los shorts vaqueros hasta los muslos de un solo movimiento brusco. Mis calcetas blancas con encaje y mis flats negros quedaron expuestos al sol, clavándose en la tierra blanda del jardín. Sentí la brisa caliente rozándome el culo y el coño empapado.
Me penetró vaginal de golpe, sin aviso, embistiendo violento bajo el sol del mediodía. Su verga gruesa me abrió las paredes de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, las manos aferradas a la madera áspera de la cerca, mientras mis flats negros se hundían más en la tierra con cada embestida. Sentía cómo su enorme miembro entraba y salía dentro de mí, su glande iba rozando cada pliegue sensible, sus huevos golpeando contra mi clítoris hinchado.
—Siente cómo te parto, putita… tu coño ya es mío… apriétame más o te doy una nalgada que te deje marcada —gruñó contra mi oído, su voz ronca y vulgar.
Gemí fuerte, fingiendo que me molestaba: —No… detente… me duele… —pero mis caderas empujaban hacia atrás con desesperación, buscando más profundidad.
Tuve un orgasmo rápido y brutal, temblando contra la cerca, mordiéndome el labio inferior hasta casi sangrar para no gritar. Mi coño se contrajo en espasmos fuertes alrededor de su verga, apretándolo, ordeñándolo.
Pero él no paró. Sacó su verga brillante de mi coño y la apoyó directamente en mi culo, escupiendo para lubricar.
—Ahora el culo, mi amor. Relájate o te rompo.
—No… por ahí no… por favor…le tienes muy grande y me duele, detente —supliqué con voz temblorosa, pero abrí un poco más las piernas, traicionándome. Mis flats negros se separaron en la tierra, las calcetas blancas tensándose alrededor de mis tobillos.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro. Sentí cómo la cabeza gruesa de su verga me estiraba el ano, abriéndome poco a poco, rozando cada nervio sensible. El dolor se mezclaba con un placer intenso que me hacía temblar. Cuando tuvo la mitad dentro, dio un empujón más fuerte y me la metió hasta el fondo de un solo golpe. Gemí contra la cerca, las manos apretando la madera, los flats negros sosteniéndome ante la embestida.
Empezó a follarme el culo con bombeos profundas y brutales, sus caderas iban chocando contra mis nalgas. Cada vez que salía, sentía cómo mi ano se cerraba alrededor de la cabeza gruesa y luego se abría de nuevo cuando volvía a entrar hasta el fondo. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi culo se mezclaba con el crujido de mis shorts bajados y el sonido de mis flats negros ensuciándose en la tierra.
—Qué culo tan apretado tienes, putita… te encanta que te cojan al aire libre como perra en celo… di que eres mi puta, ahora —me exigió, una mano en mi cadera y la otra apretándome una teta por encima del top.
—Soy… soy tu puta… —susurré derrotada, la voz quebrada por el placer. Otro orgasmo me sacudió con fuerza, mi culo contrayéndose violentamente alrededor de su verga mientras él seguía follándome sin piedad.
El Negro gruñó como un animal y se corrió dentro de mi culo, chorros calientes y espesos que me inundaron por completo. Sentí cada pulsación, como si orinara semen de manera potente golpeando dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Algunos borbotones escaparon y escurrieron por mis muslos, manchando las calcetas blancas y goteando sobre mis flats negros.
Me dejó ahí, temblando contra la cerca, con mis shorts bajados y los flats negros sucios de tierra y pasto, aún sentía su semen caliente escurriendo por mis piernas. Mi cuerpo todavía convulsionaba con los restos del orgasmo, mi culo estaba palpitando alrededor de la verga que aún tenía dentro. Luego la sacó de un golpe, la sacudió contra mis nalgas, se subió el cierre y me dio una nalgada ligera pero posesiva.
—Mañana te vengo a buscar aunque sea domingo, te vistes para mí como me gusta, como la puta que eres, ahh y sin tanga. Y sin hacerte la difícil, mi amor.
Asentí en silencio, fingiendo molestia, mientras me acomodaba el short, pero muy en el fondo… adoraba cada insulto, cada embestida, cada gota de su semen. Me quedé sola en el jardín, el sol quemándome la piel, y sonreí pícara mirando las plantas como testigos mudos.
Ya contaba las horas para mañana.
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