Día 7 (Domingo): Patio trasero

1
695
T. Lectura: 6 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

Era domingo por la mañana y el sol ya calentaba el patio trasero. El aire olía a detergente y a tierra húmeda. Yo había sacado la canasta de ropa mojada y me puse a tenderla en el tendedero: sábanas blancas de nuestra cama, toallas gruesas, y mis tangas negras de encaje. Yo me movía despacio, inclinándome para colgar cada prenda, sintiendo cómo los shorts de mezclilla azul muy cortos se subían y dejaban ver el borde de mis pantimedias blancas con mariposas estampadas.

El top corto blanco tipo halter se pegaba a mis tetas con el sudor, los tirantes finos atados al cuello rozándome la piel sensible. El cabello rubio recogido con fleco al frente y trenza larga cayendo a un lado, pendientes de aro dorados brillando al sol. Los flat shoes Mary Jane blancos de charol muy brillante, sin tacón, correa con moñito y suela café, se clavaban un poco en el pasto cada vez que me estiraba.

Estaba colgando una sábana cuando oí la puerta trasera abrirse con golpe seco. Se escucharon pasos pesados… era el Negro quien apareció en el patio, con su camiseta gris empapada de sudor, sus jeans manchados, ojos negros clavados en mi culo expuesto por los shorts rasgados.

—Mira nomás a mi putita doméstica tendiendo la ropita —dijo con esa voz ronca y corriente, acercándose sin prisa—. ¿Ya te diste cuenta del culazo que se te ve con esos shorts tan cortitos? Se te marcan la cola perfecta… y esas maripositas en las medias… pareces una mujercita buena, pero recuerda que eres mi puta.

Me enderecé rápido, girándome con una pinza en la mano, fingiendo molestia.

—No me hables así, Negro. Estoy tendiendo la ropa de mi casa. Además qué haces aquí en domingo, el taller no abre hoy, vete a beber cerveza con tus amigos o a donde sea, pero déjame en paz.

Él se rio fuerte, esa risa machista que me erizaba la piel, y se detuvo a un metro, tocándose ya el bulto enorme que crecía en sus jeans.

—¿En paz? Imposible, tú eres mi puta privada 24/7, te dije que iba a aprovechar estos 15 días y ya mañana hace una semana, así que no voy a desperdiciar ver tu culito moviéndose mientras cuelgas las tanguitas que usas para tu maridito… me tienes la verga dura desde que te vi inclinada. Camina por delante, amor, mueve ese culo para mí que quiero saborearlo con la mirada.

—No soy tu amor, eres un enfermo —le respondí cortante, dando un paso atrás pero sin alejarme del todo—. ¿Eres tonto o qué? Este lugar es mi patio, no el taller, que es el sitio a donde tú perteneces.

Él no se movió. Se desabrochó el botón del pantalón, bajó el cierre y sacó su verga gruesa y oscura, ya completamente dura, y empezó a masturbarse despacio frente a mí, mirándome fijo.

—Sigue colgando la ropita, putita. Mueve ese culito mientras yo me la jalo viendo cómo se te asoma la pierna por los rasgaditos de esos shorts. Anda, hazlo más lento… que se te vea bien el culo divino que tienes para mí.

Intenté ignorarlo, me di la vuelta y seguí colgando una sábana, pero mis manos temblaban un poco. La sábana se movía con el viento, tapando parcialmente la vista desde la calle, pero no del todo. Sentí su mirada quemándome la espalda, el sonido de su mano subiendo y bajando por su verga. Muy en el fondo, mis pezones se endurecieron bajo el top halter, y entre las piernas sentí un calor traicionero. No quería admitirlo, pero verlo masturbarse así, tan descarado en mi propio patio… me excitaba.

Él se acercó por detrás, tan cerca que sentí su aliento en mi nuca.

—Qué rico te ves, mamita… con esas maripositas en las medias y esos zapatos de charol brillante con moñito. Cualquiera diría que pareces una esposa perfecta… pero los demás no saben que eres mi puta. ¿Quieres que te folle aquí mismo contra la cerca? Te voy a partir la concha y el culo bajo el sol, que las sábanas sean testigos de cómo gritas mi nombre mientras te cojo.

—No… cállate, Negro feo… no quiero nada contigo —murmuré, pero mi voz salió débil, y seguí colgando la ropa más lento, moviendo un poco las nalgas sin darme cuenta.

Él se pegó completamente a mí por detrás, restregándome su verga dura y caliente contra mi culo, por encima de los shorts. La sentí palpitar como un dinosaurio vivo contra la mezclilla de mi short, su verga era enorme, y la sentía pesada en mi trasero. Me tomó una mano, la que sostenía la pinza, y la obligó a bajar hasta su enorme miembro.

—Tócame, putita. Jálamela mientras cuelgas la ropita. O te la meto ya mismo sin avisar.

—No, negro estúpido… suéltame ya… —protesté, intentando retirar la mano, pero él la mantuvo firme y la obligó a cerrar alrededor de su verga. Empecé a moverla despacio, casi sin querer, sintiendo cómo latía en mi palma.

—Así, mi amor… muy bien… se te nota que te encanta mi verga. Mueve el culo para mí mientras me masturbas. Anda, putona, hazlo.

Seguí moviendo la mano, la pinza olvidada en la sábana. Él me giró de golpe de frente a él, me empujó contra la cerca del patio, el sol estaba pegándome en la cara. Me besó con su lengua de manera brutal, metiéndomela hasta la garganta, mordiéndome los labios hasta que dolía.

—Abre la boca, puta —ordenó separándose—. Chúpamela aquí mismo, al aire libre.

—No… alguien puede vernos desde la casa vecina… —susurré, pero ya estaba bajando de rodillas en el pasto, mi zapatos blancos de charol estaban clavados en la pasto.

Me metió la verga en la boca sin esperar. La chupé profundo, succionando con fuerza, mi lengua iba recorriendo las venas de su enorme miembro. Él me agarró del cabello y me folló la boca, embistiendo hasta que me ahogaba. El sonido de succiones húmedas y ahogadas llenaba el patio: slurp, glup, glup… mi saliva estaba escurriendo por mi barbilla.

Justo entonces, mi celular vibró en el bolsillo del short caído. Era Cris. El Negro no paró; al contrario, me empujó más profundo y susurró:

—Contesta, puta. Sigue mamándome mientras hablas con tu maridito. No saques mi verga de tu boca.

Temblando, saqué el teléfono con una mano, contesté con voz ahogada, la verga del Negro todavía dentro, moviéndose lento en mi boca. Y solamente me la sacaba para poder responderle a mi marido.

—Hola… amor… sí, aquí estoy… —dije entre succiones ahogadas, intentando sonar normal.

—Hablo para ver cómo estás, July, ¿Qué estás haciendo, mi vida?—preguntó Cris, con curiosidad.

Mientras yo no hablaba, el Negro me empujaba más profundo su verga, yo sentía que la cabeza de su pene estaba topando mi garganta. Hice un sonido de succión húmeda que se escapó por el micrófono.

—Eeeehh -estoy… comiendo una paleta… —le inventé, con la voz entrecortada—. Está… muy rica… dulce…

Mi marido rio suave.

—¿Paleta? ¿De qué sabor? Te extraño mucho, July. ¿Todo bien por allá?

El Negro aceleró un poco, follándome la boca mientras no respondía.

—S-sí… es una paleta de chocolate… todo bien… el sol está fuerte… —gemí bajito sin querer, una lágrima rodando por mi mejilla por el ahogamiento.

—Se ve que la estás disfrutando mucho tu paleta, amor. Me tranquiliza saber que estás bien. — Respondió Cris.

El Negro me sacó la verga un segundo, escupió en mi boca y me la volvió a meter.

—S-sí… mi amor, está muy rica y sabrosa, la verdad. Bueno, amor muchas gracias por llamarme, recuerda que te amo… no tardes tanto en llamarme… voy a levantar la ropa se está cayendo, besos, mi cielo…

Mientras yo hablaba, el Negro me restregaba su verga en medio de mis pechos y simulaba que me estaba cogiendo por ahí.

Colgué con un “te amo” nervioso, justo cuando el Negro infeliz me levantó de un tirón, me giró y me tumbó boca arriba sobre una sábana caída en el pasto (la que acababa de tender). Me abrió las piernas, me bajó los shorts y las pantimedias apenas lo suficiente, y su enorme verga, como una serpiente de ébano, buscó refugio en mi vagina y el muy salvaje me penetró de golpe. Yo con las piernas estiradas, alcancé a flexionar la punta de mis zapatitos blancos por lo que estaba sintiendo dentro de mí. El Negro entrelazó sus manos con las mías, me miró a los ojos y me dijo amenazante como siempre.

—Siente cómo te parto tu concha, putita… tu coño es solo mío… apriétame más o te daré una nalgada que te deje marcada mi mano en tu blanca piel.

Gemí fuerte, fingiendo que me molestaba: “No… detente… duele… auuchh”, pero mis caderas empujaban hacia adelante, buscando sentir más placer. Así que eso me provocó un orgasmo instantáneo, temblando sobre la sábana, mordiéndome el labio para no gritar.

Luego sacó su verga y yo estando en la misma posición me la apoyó en mi culo. Su enorme tamaño parecía que fuera como una manguera que solo la dirigía a donde él quería.

—Ahora el culo, mi amor. Relájate o te rompo.

—No… por ahí no… por favor… me va a doler, Negro Salvaje —supliqué, pero instintivamente abrí las piernas un poco más un tanto para que no me ardiera más de la cuenta, otro tanto para… para gozar de la penetración.

Entró despacio, estirándome el culo poco a poco, luego, cuando ya la tenía hasta el tope de sus testículos embistió fuerte, follándome el culo sobre la sábana mientras me humillaba: “Qué culo tan rico y apretado… ¿te encanta que te cojan al aire libre como puta en celo…?”

Yo sentí una mezcla de dolor con un placer inmenso, era una sensación indescriptible aunada con la experiencia de sentirme usada y humillada… y toda esta combinación me excitaba de manera sorprendente.

Mientras me bombeaba mi culo, el Negro me reclamó —di que eres mi puta o te dejo abotonada hasta que anochezca”.

—Sí, Negro sí soy… soy tu puta… —susurré derrotada, otro orgasmo sacudiéndome mientras él se corría dentro de mi culo, llenándome con chorros calientes de su esperma espesa que salía a borbotones e inundaban mi culito.

El Negro se quedó con su verga dentro de mi culo unos segundos, metida ahí hasta el tope y luego me la sacó goteando como un dinosaurio que escupe leche y se desparramó exhausto al lado mío en lo que jugaba la verga toda flácida por la embestida.

Yo permanecí a su lado temblando sobre la sábana, me reacomodé mi short y mis pantimedias, apoyando mis zapatitos blancos manchados de pasto, mientras el semen del Negro iba escurriendo por mi culito hasta mis nalgas perdiéndose en la tela de mezclilla.

Luego el Negro se subió el cierre y me dio una nalgada ligera pero posesiva.

—Mañana te vengo a buscar para cogerte como todos los días. Quiero verte, vestida así como acostumbras bien rica y atractiva como me gusta. Ah y sin protestas, eh mi putita que mañana estará lista mi verga para que me la ordeñes y le saques toda la lechita.

Lo miré con recelo y asentí en silencio, fingiendo molestia, pero muy en el fondo… me excitaba cada insulto, cada embestida, cada gota de su semen. Me quedé sola en el patio, el teléfono aún caliente en la mano, el “te amo, Cristian” resonando en mi cabeza mientras el placer me quemaba.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí