Dulce Alba (1): El ascensor

1
4960
T. Lectura: 5 min.

Antes de nada, permitan que me presente, soy Alex, hombre de 40 años, viudo. No tengo un cuerpo de envidia ni unos atributos que dejen a nadie en evidencia, pero siempre me han hecho saber que resultó atractivo. Mi mujer solía decir que la belleza es efímera pero que hay tipos de atractivo que se obtienen con los 20 y que te acompañan hasta que dejamos este mundo.

Vivo en un piso de un barrio residencial de Bilbao, norte de España. Es un edificio antiguo, con solo 7 plantas pero con más de 90 viviendas, ya que cuenta con 4 escaleras y 4 manos por rellano. Si bien ya no es muy habitual, contamos con un portero, Jon, que milagrosamente conoce el nombre de los cerca de 350 vecinos y la vida de buena parte de nosotros.

Hace más de 20 años, antes de haberme mudado, instalaron ascensores en las cuatro escaleras. Cajas en las que si bien están actualizadas y homologadas para 3 personas, era difícil ver entrar juntas a dos personas que no fueran de una misma familia. La estrechez del habitáculo hace difícil no tocar a tu acompañante e imposible no oler su aliento u olor corporal.

En mi escalera, unos pisos por encima, vive una joven de veintipocos años que siempre me ha parecido mona y encantadora. Una muchacha educada que siempre te saluda por la calle, que si te ve llegar, te permite pasar por delante en el ascensor aunque lleve un rato esperando y eso le suponga subir a pie o esperar nuevamente.

Con tantas familias en un mismo bloque, rara vez llegas a conocer a todos, pero hay personas con las que por horario, coincides un día si y otro también. Alba es una de ellas, cuando era más joven, yo solía bajar a las mañanas en el ascensor justo tras ella de camino al trabajo, lo sabía por qué arrastraba con ella el aroma de su colonia adolescente hasta la puerta del portal. Además tampoco era raro que la encontrara en la entrada esperando a alguna compañera para ir a clase juntas.

Lo que describo en este relato comenzó, hace unas semanas. Alba tiene 23 años, cara de niña buena y si bien puede no ser la joven más agraciada, su sonrisa logra despejar los nubarrones de un mal día. Pese a que siempre he considerado que es muy simpática y educada, nunca he apreciado interés hacia mí por su lado. Por mi parte, nunca he disimulado cuando ha mostrado su escote, sus piernas o si su pantalón se ceñía sobre su culo, pero nunca ha pasado de miradas directas.

Uno de esos días en los que acumulas un problema tras otro en el trabajo, volvía a casa centrado en mis pensamientos. Crucé el portal y me dirigí por el largo corredor que lleva mi escalera pensando en mis preocupaciones. Al llegar al rellano de la escalera, unos ojos grandes me dieron la bienvenida. Aún absorto en mis pensamientos di un respingo y respondí.

—Buenas tardes.

—Acaban de subir unos chicos algunas cajas, toca esperar.

Se giró hacia la escalera con intención de subir andando.

—No es necesario, cuando baje, subes tú y ya espero el siguiente turno.

—¿Seguro? –pregunto con su voz fina.

—Claro, no tengo prisa –dije acomodándome contra la barandilla de la escalera haciendo esfuerzo por no apartar la viste de su cara.

Vestía un pantalón vaquero y una blusa con botones. Los dos primeros estaban abiertos dejando a la viste el inicio del escote que formaban sus pequeños pechos.

Escuchamos la puerta abrirse unos pisos por encima y un ruido de ajetreo apagado por a distancia.

—Tanto que las miras, igual quieres verlas mejor –me espetó.

—Adelante.

Si mi respuesta la sorprendió, no dio muestra de ello, dirigió sus manos a la blusa y desabrochó un par de botones adicionales. El sostén que se percibía tras la tela quedo a la vista. Mientras escuchábamos como se cerraba la puerta arriba, ella se sacó un pecho por encima de la prenda y se giró levemente para llamar al ascensor que comenzó su descenso.

—Ten cuidado con que juegas porque podrías acabar…

Escuchamos como el ascensor se paraba nuevamente y como alguien abría la puerta y entraba un par de pisos sobre nosotros. Permanecimos callados, ella guardando su pecho y yo recordando su oscura y diminuta aureola.

El ascensor llegó, se abrió la puerta interior y abrí la exterior para dejar salir a un joven que escuchando música nos saludó con la cabeza. Dejé pasar a Alba que según se acercaba a la puerta me preguntó sin dejar de sonreír y mirando juguetona:

—¿Que podría acabar cómo?

La dejé pasar frente a mí y cuando estaba dentro, con la mano libre le tomé de su rizada melena y dejando que se cerrara la puerta tras de mí, la puse contra el espejo y acercándome a su oído le dije:

—Podrías acabar de rodillas rogando porque te follen.

—Igual te sorprendes -jadeo contra el espejo.

Me retiré todo lo que el espacio me permitía permitiendo que se diese la vuelta. Pulsé su piso.

—Muéstrame las dos.

Se soltó nuevamente los botones con suma lentitud y sacó sus dos pequeños pechos.

—Bien. El próximo día que coincidamos a solas quiero verlos libres, sin sujetador que te los comprima así. Me da igual si nos encontramos de casualidad o cómo, pero ese día estarás sin nada que me impida disfrutar de tus tetas al natural.

Ella asentía mientras hablaba. Liberé su cabello y deslicé suavemente mi mano por su cuello hasta su pecho. El roce fue mínimo pero pude ver como se estremecía a la vez que yo sentía mi miembro latir.

Mientras la puerta interior del ascensor se abría, ella se ajustó el sostén. Abrí la puerta exterior para que saliera y tras despedirme pulse el botón de mi piso y el ascensor comenzó a bajar. Ya no usaba aquella colonia de su juventud, pero dejó el espacio con un sutil aroma a cítricos de su fragancia actual.

Durante los dos próximos días no la volví a ver. El sábado amaneció un día templado con nubes altas y aproveche para dar una vuelta con la moto. Cuando volví a casa al mediodía, una voz me saludó mientras forcejeaba con la cerradura del portal. Devolví el saludo y dejé que Alba pasara frente a mí. Vestía un pantalón Adidas y una sudadera de cremallera, llevaba el pelo atado en una coleta con una goma arriba y otra abajo. Parecía que acabara de venir de hacer deporte. Mientras avanzábamos por el corredor hacia nuestra escalera, me deleitaba con el culo que se dibujaba bajo la tela gris claro. Al llegar al rellano le espeté:

—¿A qué esperas?

Pulso el botón de llamada, se giró y bajo lentamente la cremallera de su sudadera. Estaba claro que no venía de hacer deporte, seguramente habría esperado cerca del portal mi llegada. Bajo la chaqueta, no llevaba prenda alguna, ni camiseta, ni sujetador. Sus pequeños pechos eran redondos y tersos, en la punta de cada uno, una aureola oscura del tamaño de una moneda de 1€, estaba coronada por un duro pezón. Las tetas se juntaban formando un canalillo sutil. Bajo ellas, un pequeño ombligo con forma de ranura se visualizaba en su vientre. Como ya había observado otras veces, tenía una tripa lisa, sin músculos marcados pero sin una curvatura prominente. Un abdomen natural de esos que cuando te sientas se forman pequeñas líneas.

El ascensor llegó mientras disfrutaba de la vista. Ella me miraba entre avergonzada y pícara. Abrí la puerta exterior y la dejé pasar por delante de mí. Antes de que la puerta se hubiera cerrado siquiera le pregunté:

—¿Te gusta esto? –Asintió.– ¿Cuánto?

Sin pensarlo, paso su mano entre la goma del pantalón y alzó dos dedos empapados. Marqué su piso y lamí los dedos disfrutando ese sabor tan embriagador.

—Mmm. ¿Eres siempre así de obediente?

—Nunca lo había sido.

—¿Sabes lo que es tener dueño? No me refiero solo a un juego sexual, si no a… -Tomé uno de sus pechos en mi mano y lo acaricié suavemente.

—No lo sé –le tembló la voz.

—Quiero que te informes, y si estás dispuesta, escríbeme a mano una carta antes del miércoles y me la dejas en el buzón. Quiero que pienses donde pueden estar tus límites, que estás dispuesta a entregarme y que quieres a cambio. También quiero que me dejes tú teléfono.

Asintió sin levantar la mirada. Habíamos llegado a su planta y se disponía a cerrar la cremallera de su sudadera. Puse mi mano para impedírselo y antes de abrirle la puerta le dije:

—Nunca te tapes en mi presencia si no te lo digo.

Abrí la puerta y la dejé pasar, se giró mostrándome su torso desnudo peleándose claramente con el instinto de atarse la chaqueta por si alguien pudiera verla. Desde dentro del ascensor disfrutaba de la escena. Permanecí sujetando la puerta unos preciosos segundos antes de despedirme y cerrarla.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí