Sin darme tregua, una mano se enredó en mi cabello y me jaló hacia atrás con una fuerza brusca. En esa posición forzada, con mi espalda curvada, mi rostro levantado hacia el techo, pude sentir el verdadero terror de la excitación. Mi ano se contrajo en una patética resistencia, cerrándose ante la inminente invasión.
Sentí la presión de su glande, enorme y duro, contra mi entrada. Un “ahhh” se me escapó, un sonido que mitad era miedo y mitad anhelo. Y sin más, sin preparación, sin clemencia, sentí cómo mi esfínter cedía.
El estiramiento fue brutal. Un dolor agudo y seco me recorrió como un rayo. Cada milímetro que avanzaba sentía que desgarraba mis paredes internas, que me abría de una forma que mi cuerpo no estaba diseñado para soportar.
Intenté articular palabras, una súplica, un grito. “Para… por favor… es tan dolor… roso…”, logré balbucear, las sílabas rotas por jadeos y sollozos. Mis caderas sentían que se rompían, la presión era insoportable. Me sentía tan llena, que pensaba que reventaría mis intestinos.
Justo cuando creí que no podía aguantar más, que iba a desgarrarme por completo, escuché su voz, calmada, casi burlona, resonando sobre mi espalda.
“Calma, si apenas va la mitad”.
Me sentía empalada, unida a él por esa barra de carne caliente y dolorosa que me atravesaba. Sentí el peso y la textura rugosa de sus testículos golpear contra mis nalgas. Estaba dentro de mí, por completo.
Por un instante irracional pensé que su miembro iba a salir por mi boca, a perforarme por completo. Y esa imposibilidad grotesca, esa idea de ser traspasada de arriba abajo, me excitaba con una ferocidad que me asustaba más que el propio dolor.
Y entonces, comenzó a moverse.
Las embestidas eran brutales. No había ritmo, no había consideración. Solo golpes secos y profundos, acompañados de gruñidos bajos que salían de su pecho, de insultos susurrados entre dientes y jadeos ahogados.
Cada empuje me lanzaba hacia adelante, mi pecho rozando el cristal frío de la mesa, y me jalaba de vuelta hacia atrás. Me traía y me sacaba de la realidad. Ya no era Alba. Era un cuerpo sin voluntad, un objeto siendo utilizado. Era obsceno. Y era real.
Escuché su voz entre los ruidos de nuestros cuerpos chocando, una mezcla de asco y deleite.
“¡Eres una puerca! Tienes el tanque lleno”.
Mi poca razón, sumergida en un mar de dolor y placer, tardó un segundo en entender a lo que se refería. Y cuando lo hizo, una ola de vergüenza tan profunda que me hizo desear desaparecer me inundó.
No había ido al baño esa mañana. Mis intestinos estaban llenos… de suciedad. Era humillante. Era lo más degradante que se me podía ocurrir.
Pero él no parecía disgustado. Al contrario, no dejaba de meter y sacar su pene, y con cada embestida repetía, como un mantra: “¡Qué rico! Así es mejor, sacarle la mierda, una señora tan fina”.
Y en medio de ese caos, mi mente me llevó a otro lugar. Pensé en mis amigas. En Carmen, en Laura. En nuestras reuniones de café, en nuestras conversaciones sobre libros, sobre nuestros hijos, sobre lo “difíciles” que eran nuestros maridos.
¿Qué dirían si pudieran verme ahora? A mí, Alba, la recatada, la discreta, la de las faldas hasta la rodilla y las blusas de cuello alto. ¿Qué dirían si me vieran aquí, sobre mi mesa de centro, con un hombre que no conozco desgarrándome por detrás, llamándome puerca mientras me llenaba de su miembro?
La imagen era tan absurda, tan terrible, que un nuevo y perverso calor se extendió por mi vientre.
Mientras me seguía embistiendo con una ferocidad que me robaba el aliento, sentí cómo sus palabras me golpeaban tan fuerte como su cuerpo.
—¡Te estás cagando! —gritó, con una voz ronca de placer—. ¡Vaya que tu culo es apretado, pero no te puedes contener!
Nunca había hecho esto, jamás me habían penetrado por ahí, y menos con una brutalidad semejante. Y lo peor, lo que me llenaba de un pánico y una excitación a la vez, era que mi cuerpo estaba reaccionando. Estaba avergonzada, sí, pero también extasiada.
De pronto, paró. La detención fue tan brusca como su inicio. Sentí cómo ese miembro enorme me iba saliendo del ano, centímetro por centímetro, desgarrándome con una lentitud tortuosa hasta que terminó con un “pop” obsceno que resonó en la silenciosa sala.
El vacío que dejó fue inmenso, una sensación de abandono tan profunda que me hizo gemir. Estaba temblando, con el cuerpo pegado a la mesa de centro y la mente completamente en blanco.
Me ordenó jalando de mi cabello y poniéndome de rodillas contra el piso. Caí sobre el charco tibio de mis propios orgasmos, sin fuerzas para sostenerme. Y por primera vez, vi esa verga enorme y descomunal en vivo, palpitando y completamente llena de mi suciedad.
Volteé hacia arriba, buscando su rostro. Era apenas un joven, de unos veintitantos. Podría ser el hijo de alguna de mis amigas, podría ser mi hijo. El desconcierto me paralizó por un segundo ante de que su voz me devolviera a la cruda realidad.
—Anda, ¿qué esperas? Limpia mi verga. Mira como la dejaste embarrada de tu mierda.
La mujer decente que fui sentía un tirón irresistible hacia esa humillación.
La respetable Alba, arrodillada ante un muchacho a punto de lamer su propia suciedad de un miembro que la destrozó.
Mi mano temblaba mientras levantaba esa mole lentamente, acercándome a esa carne sucia y caliente.
Él no esperó más a que mi titubear se resolviera. Me tomó del pelo de la nuca con firmeza y me dio un pequeño empujón. Justo lo necesario para que su glande, rozara mis labios. El contacto fue como una chispa. Por increíble que parezca, abrí la boca.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la realidad. Su miembro comenzaba a invadirme, sobre estirando mis labios hasta el límite. La entrada fue lenta, deliberada. Él me estaba haciendo sentir cada centímetro, me estaba obligando a ser consciente de mi propia sumisión.
Y luego vino el sabor.
Fue un impacto directo a mi paladar. Salado, terroso, amargo… era mi propio excremento. La revelación me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Estaba a punto de vomitar, de rechazarlo, de gritar.
Pero algo dentro de mí, algo oscuro y retorcido, se aferró a esa humillación como si fuera el último bote salvavidas en un mar de locura. Y por alguna razón que aun no entiendo, no dejé de chupar.
Comencé a succionar como un bebé, con una necesidad primaria. Mi lengua, sin que yo se lo ordenara, comenzó a explorar cada pliegue, cada textura de su carne sucia. Solo podía tomar apenas el tercio de su miembro, era demasiado grande para mi boca, pero lo trataba con una devoción casi religiosa, como si estuviera purificándolo con mi saliva.
Ya no pensaba en mis amigas, en mi hija, en la mujer que solía ser. Solo existía ese momento: yo, de rodillas, con la boca llena de él y mi propia suciedad, sintiendo cómo el poder se desvanecía de mi cuerpo para concentrarse en la erección palpitante que tenía entre mis labios.
Y de pronto, sentí cómo me obligaba a introducir más. Mi instinto de supervivencia se activó, mis ojos se abrieron de par en par, y mis manos subieron instintivamente para apoyarme contra sus muslos, una forma de detener la invasión, pero no para rechazarlo, sino para soportarlo.
Fue entonces cuando sentí cómo se dislocaba mi mandíbula, un dolor agudo y repentino que se mezcló con una extraña sensación de plenitud. Continuó su avance, curvándose hacia abajo, hasta que sentí su cabeza golpear el fondo de mi garganta. Empujó más allá, y seguí la curva de mi cuello hasta que, de forma imposible, sus testículos pesados y calientes descansaron contra mi barbilla.
Las arcadas aparecieron de inmediato, un espasmo violento e incontrolable que hizo temblar todo mi cuerpo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, salando mi piel y mezclándose con el sudor. Me estaba ahogando en él, y él lo sabía.
Mi vagina, esa parte de mí que había sido ignorada en esta brutalidad, no hacía más que escurrir. Un torrente de mi excitación me corría por los muslos, una traición absoluta a mi propio cuerpo.
El dolor de mi mandíbula, la falta de aire, las lágrimas que me cegaban… todo se fusionó en una única y abrumadora sensación de ser usada, de ser reducida a un simple agujero para su placer.
La retirada de su verga fue lenta, casi tortuosa. Sentí cada centímetro de carne abandonando mi garganta, dejando un rastro de saliva y mi propia suciedad. Cuando estuvo afuera apenas la mitad, se detuvo. Y entonces comenzó el verdadero ataque.
Empezó a mover su cadera, a usar mi boca como si se masturbara con mis labios. No era una felación, era un abuso. Yo era un objeto inanimado diseñado para su gratificación. Y lo peor mi cuerpo se había rendido, mi mente se había rendido. Ya no luchaba. Solo estaba allí, de rodillas, siendo usada.
Fue en ese preciso momento sonó mi celular. El tono era inconfundible, era el que había puesto para mi hija, Lore. Una melodía alegre que ahora sonaba como una burla cruel en medio de aquella depravación.
Lo miré sin decir palabras, con los ojos llenos de una súplica silenciosa. Una lágrima nueva, diferente de las anteriores, se deslizó por mi mejilla.
Él sonrió, una mueca sádica que comprendió todo al instante. Con una agilidad alcanzó mi celular, desbloqueó la pantalla con mi propio rostro —¡Dios mío, lo tenía configurado así! — y contestó la llamada. Luego, con una crueldad calculada, me lo puso en la oreja, pero sin sacar su miembro de mi boca.
—¿Mamá? ¿Me oyes? —La voz de mi hija sonó clara y feliz al otro lado de la línea.
Con su miembro todavía moviéndose lentamente en mi boca, luché por controlar mi respiración, para que no sonara como lo que era: el jadeo de una mujer siendo usada.
—L-Lore, cariño… —logré decir, con la voz pastosa y ahogada. El sonido que salió de mí era extraño, gutural—. Sí… sí te oigo, mi amor.
—¡Qué bien! Te llamaba para avisarte que mañana voy a pasarte a visitar. Pensaba llegar sobre el mediodía, ¿te viene bien? ¿Hacemos algo para comer? Hace tiempo que no nos vemos a solas.
Cada palabra de mi hija era una puñalada. Mientras ella hablaba de planes inocentes, él comenzó a moverse de nuevo, más profundo. Las lágrimas brotaron de nuevo, esta vez de pura humillación.
—Ma…ñana… —gagí—. Sí, mañana… me viene… viene bien, cielo. Pero… pero es que mañana no me iría bien… tengo… ugh… tengo muchas cosas que hacer. Un compromiso.
—¿Un compromiso? ¿El sábado? Mamá, nunca tienes nada el sábado. ¿Qué es? ¿Algo importante?
Él aceleró el ritmo, embistiéndome con más fuerza. Sentía cómo sus testículos golpeaban mi barbilla con cada embestida.
—Es… es que… —tragué saliva, con el sabor a mi propia porquería impregnado en mi lengua—. Es un… un tema con… con la comunidad. Sí, de la comunidad del edificio. Es… es urgente, cariño. No puedo faltar. Lamento mucho.
—Oh, vaya. Pues qué pena. ¿Y para el domingo? ¿O la semana que viene?
Mientras mi hija hablaba, sentí cómo él se tensaba. Un gruñido bajo escapó de su garganta. Su cuerpo se endureció y, de repente, una explosión de líquido caliente y espeso llenó mi boca. Era tanto que no podía contenerlo. Se derramó por los lados de mis labios, cayendo sobre mi pecho y mis piernas.
—¡Mamá! ¿Estás ahí? ¿Te pasa algo? ¡He oído un raro!
Tragué con toda mi fuerza, sintiendo cómo su semen se mezclaba con el resto de la inmundicia en mi garganta.
—No, no, cariño. Es que… he atragantado un poco con agua. Sí, nada más. El domingo sí, el domingo perfecto. Llámenme y lo vemos, ¿vale? Te… te quiero.
—También te quiero, mamá. Cuídate. Mañana hablamos.
Colgué. Él retiró su miembro de mi boca con un “pop” húmedo y obsceno. Me miró desde arriba, con una sonrisa de triunfo absoluto. Yo solo podía quedarme allí, arrodillada, con el rostro cubierto de lágrimas, semen y mis propios fluidos, habiéndole mentido a mi hija mientras era usada como un objeto desechable.
El sabor de su semen, salado y agrio, se mezclaba con el de mi propia suciedad en un cóctel de depravación que me quemaba la garganta. Pero cuando logré enderezarme, vi que él seguía allí, de pie, imponente. Erecto, desafiante.
Con un movimiento brusco, me agarró de los brazos y me recostó boca arriba sobre la mesa de centro. Mis pantys, que aún colgaban rotos a mitad de mis piernas, no le ofrecieron ninguna resistencia. Con un tirón seco, los rompió por completo, separando mis extremidades con una fuerza.
Sujetó mi nuca con una mano, sus dedos enterrándose en mi cabello, forzándome a mantener la mirada en él. Con la otra mano, tomó su miembro y comenzó a frotar su glande contra mis labios vaginales, ya húmedos y hinchados por la excitación.
—¿La quieres? —su voz era un murmullo bajo, cargado de poder—. Anda, pídemela. Pídeme que te coja como una puta.
Sus palabras fueron como una llave que abrió la última puerta de mi inhibición. Ya no había vuelta atrás. La mujer recatada, la madre solícita, la amiga respetable… todas murieron en esa mesa de centro.
—¡Sí! —grité, con una voz que no reconocía como mía—. ¡Quiero esa verga! ¡Cógeme, por favor! ¡Cógeme como a la perra que soy, rómpeme, úsame, hazme tuya!
El torrente de vulgaridad que me asustó y me excitó a la vez. Era la forma más depravada y humillante de pedir lo que ansiaba, y eso le dio el combustible que necesitaba.
Con un rugido de triunfo, se lanzó hacia mí. Sentí cómo su miembro me penetraba de un solo golpe, brutal y sin piedad. No hubo delicadeza, no hubo preparación. Fue una invasión total. Me abrió como nadie lo había hecho antes, estirándome hasta el límite del dolor y el placer.
Cada embestida era más profunda, más fuerte, haciéndome sentir que me partía en dos. Mis piernas temblaban, mis manos se aferraban a los bordes de la mesa mientras él me poseía con una ferocidad animal, reclamando cada centímetro de mi cuerpo como su propiedad.
El tiempo se perdió en una neblina de carne y dolor. No sabía si habían pasado minutos o horas. El mundo se redujo a los sonidos de nuestros cuerpos: mis gemidos ahogados mezclados con sus gruñidos animales, el golpe rítmico de su pelvis contra la mía, el crujido de la mesa de centro que amenazaba con romperse bajo nosotros. Cada embestida era un recordatorio de mi sumisión, una afirmación de su poder sobre mí.
Hasta que sentí su descarga.
Fue potente, como todo lo que él hacía. Una explosión de calor que inundó mi útero, tan abundante que sentí cómo se desbordaba, escurriéndose por mis paredes vaginales y saliendo al exterior.
Caí rendida sobre la mesa, completamente exhausta. Mi cuerpo ya no respondía, era solo un saco de huesos y carne temblando. Sentí cómo su verga me abandonaba por última vez, dejándome vacía, abierta, usada.
Quedé allí como una muñeca rota, con las piernas colgando inerte de los bordes de la mesa y su semen goteando lentamente de mí, formando un charco en el suelo de madera.
Mientras yo yacía inmóvil, él se arregló con una rapidez insultante. Se subió los pantalones, se ajustó la camisa, como si no hubiera acabado de destrozarme. Me miró desde arriba, con una mezcla de desdén y satisfacción.
—Eres una de las mejores putas que me he cogido —dijo, con la voz casual de quien comenta el tiempo—. Estate atenta a tu celular, porque seguro lo repetiremos.
Y con esas palabras, se dio la vuelta y se fue. Me dejó allí, sola, en medio de mi sala, destrozada y humillada en ese charco de semen y vergüenza. Pero una parte de mí, una parte oscura y retorcida, alcanzo a sujetar el celular y ponerlo contra el pecho, ya estaba esperando el siguiente mensaje.
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