El límite (1): El secreto

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Todo empezó por mensajes.

No con una caja abierta sobre la mesa. Con ellos hablando con mi esposa, sueltos, dueños, diciendo que ya habíamos pasado los tres tamaños y que ahora iban a enviar algo más entretenido. Algo para que ella y Sofía se entretuvieran de verdad. Kim lo ideaba. Ji-soo lo confirmaba. Yo no veía la pantalla. Solo veía a ella sonreír de una forma que ya no era de esposa recatada.

Esa noche, mientras yo secaba un plato, me lo dijo a medias.

—Va a llegar algo.

Algo con lo que Sofía y yo nos vamos a entretener mucho.

Esperé el resto.

No vino.

—¿Qué es?

Se encogió de hombros, contenta.

—Secreto. Hasta que llegue el paquete.

Esa palabra me hizo más daño que cualquier orden.

El esposo empezó a dar vueltas. ¿Otra prenda? ¿Otro tamaño? ¿Algo que yo pudiera soportar sin perder el último resto de hombre? Sofía, más hondo, ya se había excitado con no saber. Porque no saber era de nuevo estar debajo.

El paquete llegó.

Y no lo abrió.

Lo dejó en la silla. Lo tocó al pasar. Me miró a mí, no a la caja, y cada vez que yo preguntaba se le agrandaba la sonrisa. Primero pregunté como esposo, al pasar, como si no me importara tanto. Después pregunté de verdad. Después pregunté demasiado.

—Dime qué es.

—No.

—¿Es como lo otro?

—Peor. O mejor. Según quién pregunte.

Cada negativa le encendía la cara.

A mí me iba doblando.

El esposo se odiaba por insistir. Sofía se odiaba por necesitar la respuesta. Las dos cosas juntas me sacaron la voz hasta casi el ruego. Me oí a mí mismo, bajo, junto a la mesa, pidiéndole que me lo dijera. Casi de rodillas por dentro. Casi Sofía sin vestirme todavía.

Ella se acercó, me tomó de la barbilla y se dio el gusto de mirarme rogar.

—Te lo digo —susurró—. Pero no vestido así.

Si quieres saber qué hay en esa caja, te arreglas como Sofía. Tú solo. Lencería. Maquillaje. Ropa sexy. Como una putita que está pidiendo verga a su macho.

El aire se me cortó.

No era todavía el contenido.

Era el precio de saberlo.

El marido quiso decir que no, que eso ya era demasiado para una respuesta. Sofía, traidora, ya estaba imaginándose frente al espejo, pintada, abierta, humillada, pidiendo con la cara lo que el esposo no se atrevía a pedir con la boca.

Ella señaló el baño.

—Cuando salgas así… te cuento qué nos mandaron para entretenernos.

Hasta entonces, el secreto sigue siendo mío.

Me quedé mirando la caja cerrada.

Y entendí que el último límite no empezaba al abrirla.

Empezaba ahora, en el ruego, en el maquillaje, en tener que convertirme en la putita de mi propia mujer solo para que me dejara saber.

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