El baño se me hizo enorme cuando ella cerró la puerta del otro lado.
Siempre me había vestido con sus manos. Ella elegía. Ella depilaba. Ella acomodaba el hilo, el corsé, el trazo del labial. Yo solo aguantaba. Esa noche, por primera vez, Sofía tenía que nacer sola. El precio de saber qué había en la caja no era arrodillarme. Era mirarme y hacerlo yo.
Sobre el lavamanos dejó lo justo: lencería chica, ropa sexy, maquillaje. Nada de instrucciones. Nada de “te ayudo”. Solo su voz, desde la pieza:
—Cuando te veas putita de verdad, sales. Antes no.
El esposo se quedó quieto un rato, sosteniendo el hilo como si todavía pudiera devolverlo. Las manos le temblaban. Pensó en salir a medias, en pedir ayuda, en romper el trato. Sofía, más hondo, ya se estaba sentando en el borde de la tina, entendiendo que esta vez la transformación no venía de afuera. Venía de él.
Me quité la ropa de hombre con una lentitud sucia. Cada prenda que caía era una ayuda que ya no iba a llegar. Me puse el hilo. Me lo clavé yo. Me ajusté el body. Me subí las medias. Sin sus dedos corrigiéndome, todo quedaba un poco torcido, un poco más real. Más mío. Más vergonzoso.
Después el maquillaje.
Nunca lo había hecho solo. Me manché. Me equivoqué. Me limpié y volví a empezar. El esposo se veía ridículo en el vidrio: un hombre serio intentando pintarse la boca. Sofía, en cambio, empezó a aparecer cuando el error se volvió forma. Base. Ojos. Labios más oscuros de lo que ella me habría permitido. Una versión menos perfecta… y por eso más puta.
Recién ahí me atreví a mirarme de verdad.
No de reojo.
De frente.
El espejo no devolvió al de siempre. Devolvió una mujer mal hecha y, aun así, reconocible. Caderas marcadas por la tela. Pecho apretado. Boca pintada. Ojos asustados. Una putita arreglándose para pedirle verga a su macho, exactamente como ella había dicho. Me dio un vuelco el estómago. Miedo. Asco. Calor. Las tres cosas juntas.
El esposo quiso borrar el labial con el dorso de la mano.
Sofía se inclinó hacia el vidrio y se quedó mirando.
¿Esa soy yo?
¿Esa es la que va a salir a rogar un secreto?
¿Esa es la que mi mujer quiere mostrarles a ellos?
Me acomodé el pelo. Me bajé un poco el body. Me di la vuelta para ver la espalda, el hilo, la línea de las medias. Cada segundo frente al espejo me iba sacando del nombre de siempre y me iba metiendo en el otro. No porque quedara linda. Porque por primera vez no había una esposa tapándome los fallos. Había solo yo, aceptando el reflejo.
Se me llenaron los ojos.
No lloré.
Me quedé quieto, mirándome, hasta que la cara del hombre se me desdibujó lo bastante como para poder decir, en voz baja, solo para el vidrio:
—Sofía.
La puerta no se abrió.
Ella esperaba.
Salí despacio, con los tacones inseguros, con el corazón golpeándome el cuello. Me detuve en el marco. Mi esposa me recorrió entera, lenta, dueña, y por primera vez no tuvo que corregirme nada. Le bastó verme hecha por mí misma.
Sonrió.
—Ahora sí pareces la que pide.
Siéntate. Te voy a decir qué hay en esa caja.
Yo me senté.
Todavía sintiendo el espejo pegado a la piel.
Todavía sin saber si la que esperaba la respuesta era el esposo… o la mujer que yo mismo acababa de pintar.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos