No me dio tiempo a hablar.
Todavía de rodillas, con el grande puesto, el rosa a centímetros de la cara y ella parada frente a mí en látex, tomó el teléfono como quien toma un mando. No me pidió permiso. No me avisó. Marcó. Sonrió hacia la pantalla con esa soltura nueva, la de la mujer que ya no esconde nada.
—Ya está lista —dijo—. Sofía está de rodillas.
Al otro lado del mundo se encendieron dos caras. Kim. Ji-soo. Habían planeado todo. La caja. El secreto. El ruego. El maquillaje solo. Hasta el color rosa del que ahora me apuntaba. Yo, su esposo, era el único que no sabía que esa noche no éramos dos. Éramos cuatro. Ellos mirando. Ella dirigiendo. Yo en el piso.
Me dio un vuelco el estómago.
Quise taparme. Quise decir que no, que eso era demasiado, que una cosa era un juguete quieto y otra estar arrodillado como una puta con la verga de su macho apuntándole a la boca… y que esa verga ahora era de mi propia esposa. El látex le brillaba. El arnés le ceñía las caderas. Los diecinueve centímetros rosa me llenaban la vista. El esposo gritaba por dentro que eso no era un matrimonio. Sofía, traidora, no se levantaba.
Ella giró el teléfono para que me vieran.
—Mírenla. Se arregló sola. Pidió el secreto de rodillas. Y ahora va a aprender para qué les mandaron esto.
Kim rio bajo. Ji-soo no. Observaba. Esa mirada me pesó más. Porque no era sorpresa: era inspección. Habían esperado este momento. Yo recién lo estaba entendiendo, tarde, humillado, con la polla todavía marcada por sus besos y el culo ocupado por el más grande.
—Acércate —me ordenó ella, sin apartar la cámara.
Gateé un poco. El rosa me rozó los labios. El olor del látex. El cuero. La certeza sucia de que mi mujer quería hacerme su putita con ese arnés, no por un juego de una noche, sino para que sus coreanos se quedaran felices al otro lado de la pantalla.
El esposo cerró los ojos.
Sofía los abrió.
—No. Que te vean la cara —dijo ella—. Esa cara de marido asustado es lo que ellos quieren ver morir.
Me tomó del pelo. No me empujó todavía del todo. Me dejó ahí, en el borde, con la boca cerca, luchando. Una parte de mí se preguntaba cómo iba a mirarla mañana en la cocina. Otra, más hondo, ya se estaba acomodando a ser lo que Sofía quería ser: la que se arrodilla, la que recibe, la que existe para que ellos sonrían.
—Diles quién eres.
La voz me salió rota.
—Sofía.
—¿Y qué está haciendo Sofía?
Tardé. La cámara encima. El dildo en la cara. Mi esposa esperando. Ellos en silencio.
—Está de rodillas… para su macho.
Ella se humedeció la sonrisa.
—Así. Ahora sí empezamos.
Los dejó viendo.
Me dejó pensando.
Y esa noche, mientras el último límite se le ponía nombre frente a dos pantallas, yo entendí lo más cruel:
No era solo que ella quisiera usarme.
Era que lo había acordado sin mí.
Y que, aun así, yo seguía ahí, de rodillas, sin levantarme.
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