El rosa me tocó los labios antes de que yo decidiera abrirlos.
Ella no me preguntó si quería. Me tomó del pelo, inclinó las caderas y me lo puso contra la boca, con Kim y Ji-soo mirando desde la pantalla. Diecinueve centímetros. El arnés crujiendo. El látex pegado a su cuerpo. Mi esposa, mi macho de esa noche, esperando que Sofía hiciera lo que el esposo jamás habría hecho.
—Ábrela —dijo—. Como una putita que pide.
El esposo se quedó quieto un segundo. Ese segundo fue el último resto de dignidad. Pensé en la cocina. En el uniforme. En la mujer recatada que antes no me daba la boca porque le daba asco. Ahora era yo el que tenía la boca cerrada… y ella, la que me la iba a abrir para un dildo rosa, para que dos hombres del otro lado del mundo se quedaran contentos.
Abrí.
El sabor era de silicona y de vergüenza. No de carne. Aun así el cuerpo lo recibió como una orden. Me lo metió despacio, hasta la lengua, hasta el fondo de la boca, y me sostuvo ahí. Los ojos se me llenaron. No de dolor puro. De la idea. De estar de rodillas, vestido de rosa, chupando lo que mi propia esposa llevaba puesto para usarme.
—Míralos —ordenó, girando un poco la cámara—. Que vean cómo se te acaba el marido.
Kim sonrió. Ji-soo no apartó la vista. Yo chupé. Torpe al principio. Después más hondo, porque ella me empujaba la nuca y Sofía, traidora, empezaba a aprender el ritmo. Cada vez que se me ahogaba el aire, el esposo gritaba por dentro que esto estaba mal. Cada vez que ella gemía “así, putita”, algo más bajo se me calentaba de una forma sucia, demasiado.
Me la sacó un segundo para que respirara. Me brillaba el labial corrido. Me colgaba un hilo de saliva.
—¿Te gusta servir?
No contesté a tiempo.
Ella me la volvió a meter.
—Eso es un sí.
Me usó la boca un rato. Lento. Después más firme. Como si me estuviera enseñando a ser lo que Kim quería: no un esposo que aguanta, sino una puta que se entrega. El plug grande seguía dentro. Cada inclinación me lo recordaba. Boca y culo ocupados. Nombre de hombre deshecho. Nombre de Sofía a punto de salir entero.
Cuando se cansó de mi lengua, me sacó el dildo de la boca y me dio una palmada en la mejilla, suave, dueña.
—Ahora en cuatro. El culo arriba. La cara al teléfono.
Me tembló el cuerpo.
El esposo entendió lo que venía y quiso gatear hacia atrás. Sofía ya se estaba poniendo. Manos en la sábana. Rodillas abiertas. El rosa del hilo corrido. El plug asomando. La cámara de frente, para que ellos vieran la cara que yo no podía esconder.
Ella me lo sacó despacio. El vacío me dio más miedo que la presión. Después sentí la punta del de diecinueve. Más grueso. Más de ella. Más de ellos.
—Respira —dijo—. Y gime. Quiero que suenes como la putita que ya eres.
Empujó.
El primer tramo me abrió de verdad. Un quejido se me escapó, alto, roto, nada de hombre. Dolía. No como una herida. Como un límite que se estaba yendo. Me agarré de la sábana. Cerré los ojos. Ella me los hizo abrir con la mano en el pelo.
—Que te vean.
Entró más. Centímetro a centímetro. El esposo lloraba por dentro: esto no se hace, esto no se vuelve atrás, mañana no voy a poder mirarla igual. Sofía, debajo de ese llanto, se abría. Se acomodaba. Y lo peor —lo que me destrozó más que el ardor— fue darme cuenta de que, más allá del dolor, la sumisión me gustaba en demasía. Me gustaba estar abajo. Me gustaba que ella mandara. Me gustaba que ellos miraran cómo me convertía.
Cuando estuvo hondo, ella se quedó quieta un segundo y me habló al oído, con la cámara todavía encima.
—Dilo. Diles qué eres.
—Soy Sofía… —gemí, la voz quebrada—. Soy tu putita.
Ella empezó a moverse. Lento al principio. Después con más intención. Cada embestida me sacaba un sonido que yo no reconocía: agudo, rendido, de alguien que ya no discute. El látex me golpeaba las nalgas. El arnés crujía. Kim decía algo bajo que no alcancé a entender. Ji-soo solo miraba, satisfecho.
Yo gemía.
Como ella quería.
Como una putita.
Y mientras gemía me preguntaba, roto, si el que estaba en cuatro era todavía un esposo… o si Sofía, por fin, había ganado del todo. Porque el dolor seguía. La vergüenza seguía. Y aun así, cada vez que ella entraba, el cuerpo se empujaba hacia atrás un poco, pidiendo más, traicionándome, confirmando lo que yo no quería admitir:
Que más allá del miedo, más allá del límite, esa sumisión me estaba gustando demasiado.
Ella lo notó.
Me agarró más fuerte del pelo.
Y siguió.
—Así —jadeó, para ellos y para mí—. Así se hace una puta.
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Quiero más!!!!
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